
Así como el estudio de las ciencias esotéricas está oculto al vulgo y solo se muestra a unos pocos y en épocas resplandecientes de la historia, así va paralelo el conocimiento y estudio de la divina proporción.
Según H. P. Blavatsky, el estudio de las ciencias esotéricas tiene dos objetos:
* Probar que la esencia espiritual y física del hombre es idéntica al Principio Absoluto y a Dios en la naturaleza.
* Demostrar la presencia potencial en el hombre de la misma virtualidad existente en las fuerzas creadoras de la naturaleza.
Por tanto, el conocimiento de la divina proporción es un camino de retorno al Principio Absoluto.

La divina proporción o canon de proporción parte, según algunas tradiciones antiguas, de enseñanzas recibidas por los individuos más evolucionados del género humano cuando despertó su conciencia humana, incluyendo estas enseñanzas las primeras nociones de arte, ciencia y conocimiento espiritual.
Era este un conocimiento que se habría enseñado en las iniciaciones, donde el candidato podía conocer el arte verdaderamente divino y comprendía el significado oculto en cada regla y ley de proporción. Pasaría entonces de la Atlántida a Egipto y, cual austera antorcha traída de Egipto por Pitágoras y dorada por la claridad de Platón, vuelve a brillar con Vitrubio, Durero, Rafael, Piero de la Francesca y Leonardo da Vinci. Pero es Luca Pacioli di Borgo, en 1506, en Venecia, quien deja un tratado fundamental para artistas y filósofos: La divina proporción.
A partir de allí se pierde, hasta que en 1850 el alemán Zeysing retoma este conocimiento, que mantiene Matila Ghyka en sus dos obras más importantes: Estética de las proporciones en la naturaleza y en las artes y El número de oro, ritmos y ritos.
Si el artista busca reflejar los arquetipos y el filósofo estudia el macrocosmos y el microcosmos, ambos se encuentran en la divina proporción. Porque esta proporción es una forma de comunicación más allá de las palabras. ¿Se comunica porque el ojo se ha acostumbrado a verlo, o porque es el pálido reflejo de la trascendente ley de los números?
La estética es el concienciar las relaciones armónicas, es traer del subconsciente individual una armonía o proporción armónica que subyace en el cosmos y en el hombre.
La perfecta adaptación de un objeto o un animal a su razón de ser, sugerida por su forma a nuestro subconsciente, es lo que causa el placer estético que nos invita a contemplarlo.
Hay una correlación entre lo estético y el equilibrio estático o dinámico. La arquitectura, en cuanto arte mayor, excluyendo sus detalles decorativos, es un ejemplo de esto: no solo actúa sobre nosotros el observar las columnas del Partenón, sino el espacio que esas columnas dejan entre sí.
Platón dice en el Timeo: «Es imposible combinar dos cosas sin una tercera, es preciso que exista entre ellas un vínculo que las una. No hay mejor vínculo que el que hace de sí mismo y de las cosas que une un todo único y armónico. Tal es la naturaleza de las proporciones».
Nosotros, simple filósofos, podemos buscar todo lo antedicho por la vía de la razón, de la mente concreta. Comencemos por dividir una recta en dos partes desiguales, de modo que la razón entre la mayor y la menor sea igual a la razón entre la mayor y la longitud total de la recta. ¿Cómo podemos constatar esto?
Dado un segmento AB se traza una perpendicular sobre B, obteniendo BY; el segmento BD se encuentra dividiendo AB por dos. Se une A con D. Haciendo centro de compás en D con radio BD, se marca sobre AD y se obtiene E. Haciendo centro de compás en A se realiza el arco EC y se obtiene el punto de oro (figura 1).
Ahora bien, si el segmento dado es AC, se dibuja un cuadrado ACFG; se traza la recta OF que une F con el punto medio de AC y con O; como centro de compás se describe el arco FB (figura 2)
Fibonacci utiliza este procedimiento para la escala que lleva su nombre, y que es tan fácil de observar en las ramas de los árboles. Así se puede constatar la divina proporción, según Luca Pacioli, o como la denomina Leonardo da Vinci, sección áurea.
De aquí se toma el número de oro 1,618, es decir, que si la longitud de la recta AB fuera de un metro, la proporción AC dada en metros sería de 0,618. Pero eso pertenece a otro estudio; en este trabajo nos interesa la proporción.
Kepler estudia dicha proporción —o joya preciosa como él la llama— en la botánica, refiriéndose a que es uno de los dos tesoros de la geometría; el otro es el teorema de Pitágoras.
La divina proporción se encuentra en la distancia que existe entre los planetas, en las conchas marinas, en los peces, en los caracoles, en las flores…
Constató Zeysing que la figura humana es un reflejo perfecto de proporción áurea y observó la evolución armónica en las distintas edades. Así observa que la división determinada por el ombligo es la manifestación más importante de la divina proporción en el cuerpo humano. Desde los talones al ombligo, daría la parte mayor de una recta dividida armónicamente; y desde el ombligo hasta arriba de la cabeza, la parte menor. Pero si esta proporción la invirtiéramos poniendo arriba su parte mayor, tendríamos esta desde arriba de la cabeza hasta la punta del dedo medio, extendiendo el brazo y la mano hacia abajo, y desde este punto a los talones la parte menor, manteniendo idéntica proporción.
En el pulgar de la mano del hombre encontramos la misma razón entre la falange menor y la mayor. Y también en las patas delanteras del caballo, en las patas de las arañas, en las hormigas, en las abejas, etc. De tal modo, podemos ver la divina proporción tan cerca de nosotros como tan grande sea nuestro interés al investigar. ¿No será acaso que tenemos que aprehender con los ojos del alma las proporciones áuricas que nos rodean por doquier?
La divina proporción en Egipto
En tantos perfiles egipcios, tan característicos que sin esfuerzo nos vienen a la memoria, encontramos esta divina proporción. En el Anubis de la tumba de Tutankamon, en la pluma de Maat, en los cartuchos y hasta en los pequeños jeroglíficos de todos los templos es un canon que no se abandona.
El análisis y estudio de la gran pirámide nos sigue sorprendiendo por nuestra inmensa pequeñez, pero nuestro tiempo no nos permite conocer aún los misterios de aquellos grandes sabios.
La pirámide es de base cuadrada, orientada de norte a sur. El meridiano de la Gran Pirámide es el que atraviesa más continentes y menos mares. Además, divide en dos partes iguales la tierra de la superficie del globo. El paralelo 30º, donde se encuentra el centro de la monumental obra, atraviesa el máximo de tierras. Ahora bien, si se multiplica la altura de la pirámide, que es de 148,208 m por un millón, da 148.208.000.000 km; y nos sorprenderá saber que la distancia de la Tierra al Sol es de 149.400.000 km.
La razón del perímetro del cuadrado de la base y los días del año, da una media de 0,6373991, que es la medida del metro piramidal o codo sagrado, así llamado por el abate Moreux[1]. Si se multiplica esta medida por diez millones, da 6374 km. Volvemos a sorprendernos al constatar que el radio medio de la esfera terrestre es de 6371 km.

Es también el abate Moreux quien observa que multiplicando la pulgada piramidal, que es la veinticincoava parte del codo sagrado, por cien mil millones, se obtiene la longitud del trayecto de la Tierra sobre su órbita en el intervalo de veinticuatro horas; que sumándole el número de pulgadas piramidales de las dos diagonales de la base de la pirámide, se obtiene 25.800, número de años del ciclo de la precesión del eje terrestre sobre la eclíptica; o movimiento retrógrado que modifica los puntos equinocciales y que anticipa un poco de año en año la época de los equinoccios.
Para no extendernos demasiado en temas que indican un arte mucho mayor de lo que generalmente se cree que es arte, nos referiremos brevemente al canal de entrada de la Gran Pirámide, que es un telescopio meridiano natural, que —según el abate Moreux— en época de la construcción de la pirámide permitía observar la estrella del Dragón. Y que actualmente permite ver la estrella polar.
Por los distintos movimientos de la Tierra en relación a los grandes ciclos, el último equinoccio cíclico o Gran Primavera ocurrió en el 5644 a. C., que fue la época de los diluvios. Según estos cálculos, actualmente nos acercaríamos al Solsticio del Gran Verano, que caerá en el año 2295. En el 10234 será el comienzo del Gran Otoño, una nueva época glacial.
El astrónomo inglés Alfred Barley calculó que, en la época del Gran Otoño, los hombres que habiten el paralelo 29º58’53 verán el sol culminar en el cenit, exactamente por encima de la Gran Pirámide. Esto reproduciría así el Gran Año de la Humanidad, regulando las eras glaciares, las muertes y nacimientos de civilizaciones.
Sus constructores, verdaderos artistas, concibieron el trazado de la Gran Pirámide aplicando rigurosamente la sección áurea; ¿será por eso su perdurabilidad? Parecería que hubieran querido realizar un monumento que debería durar tanto como el globo.
La Gran Pirámide sería también el metrónomo cuyo acorde armonioso, incomprendido muchas veces, resuena en el arte griego, en la arquitectura gótica, en el primer Renacimiento y en todo arte que, junto con la divina proporción, encuentra la vibración de la vida.
La divina proporción en Grecia
En el esquema dinámico del Partenón, según Jay Hambidge[2], el rectángulo del frontón da —por medio de cuatro diagonales— las principales proporciones horizontales y verticales, y el rectángulo de la base se compone de los mismos elementos que la fachada.

La divina proporción en el Renacimiento
La arquitectura del primer Renacimiento presenta una reacción del estilo latino, opuesto a un renacer de un estilo esotérico místico. El contacto con el pensamiento platónico renueva la necesidad de la virtud, de la verdad, de la belleza en sí misma. La geometría del espacio pasa a ser el fundamento de la enseñanza, no solo en arquitectura sino en pintura. Casi todos los pintores de la época son también arquitectos y todo hombre ilustrado domina la geometría.

El arte de finales del siglo XX no conoce para nada aquellos cánones de proporción de los maestros iniciados de los comienzos de la humanidad. H. P. Blavatsky nos habla de ellos muy veladamente.
En otro plano de conocimiento más accesible para el neófito, Matila Ghyka nos acerca un estudio más comprensible para los hombres de esta época.
Mucho queda por investigar y descubrir para aprehender aquellas leyes heredadas de los antiguos. Si este trabajo ha llegado a despertar mínimamente el deseo de conocimiento de las leyes de divina proporción, tan antiguas como la humanidad misma, y tan cercanas, habrá cumplido su cometido.

Doctrina Secreta H. P. Blavatsky
Estética de las proporciones en la naturaleza y en las artes. Matila Ghyka.
El número de oro: ritos y ritmos pitagóricos en el desarrollo de la civilización occidental. Matila Ghyka.
Timeo, Platón.
[1] (1867-1954) Astrónomo, meteorólogo, divulgador científico, profesor de enseñanza secundaria y sacerdote católico francés. Abate desde 1891.
[2] Pintor y escritor estadounidense (1867-1924). Él concibió la idea de que el estudio de la aritmética con el agregado de los diseños geométricos fueron el fundamento de la proporción y la simetría en la arquitectura, escultura y cerámica griegas.




















