Arte — 15 de abril de 2026 at 00:00

Danza en el Renacimiento

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Danza en el Renacimiento

La danza es el más preciado regalo de las musas al hombre. Ha sido siempre la manera natural de armonizarse con el poder del cosmos. El movimiento rítmico le proporciona la llave, tanto para la creación como para la reintegración de las formas, y encuentra así el medio de permanecer en contacto con la divinidad. El valor histórico de la danza reside en su significado oculto y en la posibilidad de profundizar en los diversos matices expresivos que en ella pusieron todas las civilizaciones, lo que nos permite conocer mejor a esos hombres y mujeres de otros tiempos que nos legaron sus culturas, sus tradiciones, sus mitos y que dejaron en sus danzas la vibración interna de su destino en la historia.

La danza, en su sentido más puro, es una síntesis de las bellas artes, siendo la más viva y humana, ya que tiene por instrumento interpretativo el cuerpo mismo. Un poeta romano llamado Lucano, del siglo II d. C., veía la danza como el comienzo de la Creación: «Con la creación del universo comenzó también la existencia de la danza, lo que significa la unión de los elementos. La danza circular de las estrellas fijas, la belleza del orden y la armonía en todos sus movimientos; todo ello es un modelo de la primera danza en el momento de la Creación».

La danza como arte

Como arte natural y primordial por excelencia, tiene un valor universal y simbólico, porque expresa un sentimiento, un estado del alma, y colabora en la expresión de los mitos, transmisores del pasado.

El ritmo encontró en la danza su inmediata expresión desde que se prestara atención a los sonidos repetidos de la naturaleza. La primera expresión del ritmo ejecutada fue gracias al repetido chocar de dos bastones, el batir de palmas o el choque continuado de los pies en el suelo. Más tarde se agregó la cadencia acompasada del cuerpo, los movimientos de brazos y piernas, así como la asociación de la voz. Pero en el momento que a todas esas manifestaciones externas se unió la intención interna de un significado pasional además de un placer estético, la danza empezó a ser la expresión más completa de los sentimientos humanos.

Su espontaneidad, su valor vital, esquemático y funcional, la hace ser como una proyección humana del movimiento universal del cosmos, parece una madre llena de recursos fecundos, inmutable a través de los siglos, tan segura de su fuerza como la propia naturaleza que la creó como expresión humana de sus fuerzas vitales, porque en la naturaleza todo es ritmo, y en ello reside la esencia de la vida. Esto es lo que los pueblos primitivos de nuestros días y los de antaño sienten en sus danzas al sumergirse en la esencia vital de lo creado, pues se hallan más cerca de la Madre Naturaleza. Y aunque nosotros supiéramos explicarlo, no somos capaces de sentirlo, de vivirlo como ellos.

Por sí misma, la danza es la expresión artística más antigua que conocemos; por ello no podemos datarla, ya que está inmersa en el hombre y en la vida, solo podemos identificar las distintas formas que se desarrollaron según qué época, momento histórico, civilización o pueblo, pues daba la oportunidad de expresar aptitudes sociales, artísticas, guerreras y religiosas.

El Renacimiento

Por Renacimiento entendemos un extenso florecimiento cultural desde finales del s. XIV, que comienza en el norte de Italia y que se extendió rápidamente hacia el resto de Europa durante los siglos XV y XVI, e incluso siguió influyendo en el s. XVII, abarcando la Reforma. Sus influencias se harán notar en España, Portugal, Inglaterra, Francia y Alemania.

Según parece, comienza en Italia, país que le llevaba ventaja a Occidente también en el aspecto económico y social. En él se organizan técnicamente el financiamiento y transporte de las Cruzadas, en él comienza a desarrollarse la libre competencia frente al ideal corporativo de la Edad Media y en él surge la primera organización bancaria de Europa, porque la emancipación de la burguesía ciudadana triunfa antes que en el resto de Europa; y finalmente se conserva la tradición clásica, base del Renacimiento.

Su nombre indica «volver a nacer»; así lo entendían los hombres de aquella época: como una vuelta al nacimiento de la civilización clásica tras un período de degeneración. Es un siglo de luz y esperanza, que contrasta con las tinieblas de la Edad Media; un renacer de todas las artes y letras donde el artista ensancha su alma, abre sus canales secretos y agudiza sus sentidos más sutiles con los que es capaz de redescubrir su armonía interna, reflejo del espíritu universal.

El artista busca la inspiración que le servirá de perfume para embellecer su obra. El arte aspiraba a enriquecer la vida y lo consideraban como elemento educativo de la humanidad. Como todos los periodos, tuvo su nacimiento, su esplendor y su caída. Así son los ciclos de la vida.

Una vez hecha esta pequeña presentación, nos introduciremos en ese apasionante período de la mano de una amiga que desde el fondo de los tiempos siempre acompañó en su peregrinar al hombre.

Daremos un paseo por varios momentos del Renacimiento y trataremos de imaginar cómo eran los hombres y mujeres en aquella época, todo ello de la mano de la danza, que alguien describió como el espejo de cada pueblo. Así como sean sus danzas será ese pueblo o momento histórico.

Recogeremos un pequeño muestrario que va desde las danzas de salón a otra más simbólica, pasando por las nacidas de las influencias de otros pueblos, para finalizar con el ballet. Espero sea del agrado de todos el viaje, y animo a todos los que quieran sumergirse en el apasionante mundo de las artes y las letras que no esperen más, que logren sacar todas aquellas joyas que guardamos en el interior o se impregnen de todo aquello que es bello, justo y bueno. Todo está a nuestro alcance, solo debemos alzar la mano, cogerlo e impulsarlo hacia adelante, para que vuelva un nuevo renacer, pleno de belleza y armonía.

Las danzas en el Renacimiento

En las altas esferas de la sociedad europea de los siglos XVI y XVII, era la danza el incentivo mayor de las reuniones aristocráticas y cortesanas, donde el saber ejecutar bien los pasos de la gallarda o de la pavana constituía un signo externo de buena educación. Ello hizo decir a Lope en su obra El maestro en el danzar:

Verdad es que es el danzar

el alma de la hermosura,

que, más que el rostro, procura

persuadir y enamorar.

La gallarda

De aquellas danzas de finales del Renacimiento, fue la gallarda la que contó con más parejas que aprendieron de maestros de danza. Precisamente en una obra de Calderón, cuyo título es igual a la de Lope, El maestro en el danzar, tenemos una descripción en verso que nos sitúa en el ambiente de su época y nos informa de cómo se bailaba la tan famosa gallarda:

La reverencia ha de ser:

grave el rostro, airoso el cuerpo.

Sin que desde el medio arriba

se conozca el movimiento de la rodilla;

los brazos, descuidados, como ellos

naturalmente cayeron;

y siempre el oído atento

al compás, señalar todas

las cadencias sin afecto.

¡Bien! En habiendo, acabado

la reverencia, el izquierdo

pie delante; pasear la sala,

midiendo el cerco

en su proporción de cinco

en cinco pasos. ¡Bueno!

En cobrando su lugar,

hacer cláusula en el puesto

con un sostenido, como

que está esperando el acento.

Así vemos qué importancia tuvieron ciertas danzas de salón y cómo queda constancia de ellas, gracias a nuestros poetas. La gallarda recibía este nombre en atención a la alegre y animada compostura llevada por quien bailaba. Y es que lo fundamental en todos los países fue el característico avance alternativo del pie izquierdo y el derecho, hasta contar los consabidos cinco pasos, en cuyo momento se daba un salto y, al seis, las parejas quedaban quietas, en postura. Por ello en Francia se la llamó cinq pass, y en Inglaterra fue nombrada por Shakespeare sinkapas, aunque siempre conservó su originaria denominación provenzal, que en Francia se decía gaillarde, en italiano gagliarda, gailland en inglés y gallarda en España.

Como vemos, la gallarda era el baile universal por excelencia en el mundo del siglo XVII. Por eso en las fiestas de palacio, que solían seguir a las recepciones ofrecidas a embajadores extraordinarios para acuerdos de bodas reales o convenios, era la gallarda internacional el baile preferido, que sin necesidad de intérprete creaba ambiente entre damas y caballeros de distintos países.

Así, por ejemplo, el 26 de mayo de 1605, estando en España el almirante inglés para concertar con Felipe III las paces entre Inglaterra y España, la reina hizo la merced de ser su pareja en el baile que se daba en el salón de palacio y él, agradecido por la distinción de que era objeto, hincó su rodilla en tierra y besó las manos de la reina. El rey poseía tal habilidad en el complicado arte de los ceremoniosos bailes de la corte que despertaba la admiración de todos los caballeros destacados de la época.

Pocos años después, en tiempos de Felipe IV, y con motivo de la celebración de la Paz de los Pirineos, fueron famosas las fiestas con que fue agasajado el mariscal francés Grammont, embajador extraordinario de Luis XIV, quien venía a pedir para su rey la mano de María Teresa, hija de Felipe IV.

La pavana

Otro gran baile de la época, nacido en la corte de España, más propio aún de grandes señores, reyes y príncipes, fue la pavana, que se realizaba imitando los movimientos del pavo real. Por ello los bailarines sacaban pecho, se inflaban como lo hace dicha ave y daban los mismos pasos enfáticos a través del salón, lo que les servía para exhibirse con orgullosa magnificencia. Por eso, resaltar su gentileza y gallardía, al bailar la pavana el caballero no solía despojarse de indumentos tales como capa y espada.

Los pasos graves y ampulosos con que los nobles caminaban en los cortejos eran considerados como el distintivo de su estatus. Levantaban la capa por detrás con el extremo de la envainada espada al andar, apoyada una mano en el pomo, ademán que trascendía en el pavonearse del baile, como un canon de señorío, expresión histórica que nos permite comprender la concepción aristocrática del mundo, tan característica en el ambiente de los siglos XVI y XVII.

A pesar del favor de que gozó durante casi un siglo en las cortes europeas, ese baile decayó como el canto del cisne de un período mundial que iniciaba su decadencia.

En Italia se la conoció con el nombre de paduana y por ello se la identificó con la ciudad de Padua, creando una confusión del origen verdadero, base de tantas discusiones de especialistas, a lo cual contribuyó la serie de variaciones, al estilo de las originarias pavanas, que se bailaron allí con el nombre de padovanas y pavaniglias, algunas de ritmo más rápido, como el passamazzo, hasta retornar a España una de estas variantes con el nombre de pavanilla italiana, que tuvo buena acogida entre la nobleza de la época de Felipe III.

Sin embargo quedó reducida en los salones como introducción al baile, un prólogo de la suite bailable, cuyo elemento fundamental siguió siendo gallarda.

La courante

El baile característico de la nobleza, que ocupó el lugar dejado por la pavana, fue sustituido por la courante, genuinamente francesa. Representa el momento histórico en que, a la supremacía de la corte española en el mundo, sucede el esplendor de la corte francesa del Rey Sol. Con parecida pomposidad a la exhibida por la antigua pavana, las parejas caminan en la courante alrededor del salón, sueltas o de la mano, con pasos hacia delante, hacia atrás y al costado, alternativamente. Es el baile por excelencia en los salones de Luis XIV, el cual las prefería a todas las danzas. Es la antecesora del minué, con el cual se marca ya el paso a la época del Barroco y del Rococó francés.

Danzas populares de espadas

Las danzas de espadas son tan antiguas en Europa que su origen se pierde en el fondo de los tiempos, como una reminiscencia de antiquísimas danzas indoeuropeas. Si bien en Europa se conservan con más pureza, también se observan indicios de ellas en países orientales, por lo que suelen confundirse con las danzas de palos.

El significado simbólico de las danzas de espadas obedece al ritual de una danza guerrera, por un lado, y al conjuro mágico de fecundidad por otro, así como al sortilegio de protección contra el mundo de lo desconocido. Estas tres ideas, conservadas por el folclore nacional, se hallan contenidas en el simbolismo de las danzas ejecutadas en el Renacimiento y el Barroco.

Durante el Renacimiento, se produjo una asociación de ellas con las danzas de palos, también de antiquísimo origen y unidas a los simbolismos ancestrales de fecundidad de los campos. También es frecuente la esgrima pantomímica guerrera, el lanzamiento hacia arriba de uno de los danzantes por los demás o su elevación sostenida por ellos en grupo cerrado, como una exhibición de habilidad atlética, que es en realidad, no solo un homenaje al héroe, como en la danza de las espadas de otras culturas, sino más bien un simbolismo de crecimiento, una invitación o exaltación mágica a la naturaleza dirigida al incremento de la vegetación, en un proceso prehistórico de magia imitativa.

Otro aspecto que aparece a veces es la presencia del personaje bufo, el bobo, que conocemos ya de las danzas en los finales de la Edad Media. Este personaje no es precisamente un elemento de comparsa para provocar la hilaridad de los espectadores, ni se buscó con su presencia intercalar en la danza un cuadro de comicidad; su origen dista mucho de obedecer a estos móviles.

De cara pintada a rayas, a veces con careta, es una reminiscencia de los hechiceros prehistóricos, lleno de colgajos misteriosos que hoy se reproducen, sin saber por qué, en la indumentaria del llamado bobo, con cintas, cascabeles, correas y latiguillos. Si lleva latiguillo golpea con él hacia el suelo o hace giros, hoy intrascendentes, pero que antiguamente representaron todo un misterioso ritual, como lo realiza en nuestros días el hechicero de algunas tribus australianas o africanas situado en el centro del círculo de los guerreros.

Por otra parte, los palos de los danzantes son una reminiscencia no solo de danzas prehistóricas, sino de los bastones mágicos o bastones de mando labrados con dibujos misteriosos que parecen propiciatorios para la guerra o la caza.

Influencia de danzas exóticas en el Renacimiento

A partir del siglo XVI y hasta finales del siglo XVIII aparecen en Europa algunos aspectos de esa sociedad heterogénea del otro lado del Atlántico, en donde se hicieron famosas danzas que nadie mejor que las mulatas sabían interpretar, a las que incorporaban un extraordinario vigor erótico en la expresión de la provocación como pantomima del amor carnal hecho danza. Las sanciones de las autoridades civiles y eclesiásticas de las colonias españolas apenas conseguían frenar esas fiestas.

Estas danzas eróticas se hicieron famosas con diversos nombres, muchos de ellos olvidados, pero algunos terminaron por cruzar el océano hasta introducirse en los puertos andaluces, de los cuales pasaron a toda España y de aquí al resto de Europa, donde encontraron, sobre todo en Francia, la misma infiltración exótica. Una vez modificadas y adaptadas al ambiente europeo, fueron acogidas con entusiasmo creciente como la expresión más licenciosa del baile popular en el mundillo truhanesco de las grandes urbes de la época, sobre todo en Sevilla y en Madrid.

Todo ello fue censurado por su inmoralidad, pero significó la transfusión de una savia nueva impregnada de salvaje primitivismo, que sobreponía el desbordamiento de la naturaleza frente a los reparos y honestidades de la época. Las autoridades llegaron a prohibirlas, pero muchos respetables burgueses y nobles buscaron en la exhibición de dichas danzas una de sus más apetecibles expresiones.

La zarabanda

Uno de los nombres con que se las conoció era la zarabanda, que tuvo su apogeo en la época de Felipe II, hasta que Felipe IV terminó por prohibirla, pero aún se bailaba en los típicos corrales, donde era pedida a gritos por el público impaciente. La zarabanda era un derroche de lúbricos zarandeos de todos los encantos femeninos de la danzarina, que recorría con provocativas contorsiones el corro de admirados espectadores, mientras las palabras procaces de su canción sobrepasaban el excitante ritmo del guitarreo de los acompañantes.

Este tipo de danza tuvo vigor propio como para salir del ambiente estrictamente popular de mesones y corrales y lograr introducirse, algo pulida y desbravada, en los palacios de príncipes y nobles, convertida ya en un baile que gozó durante medio siglo del favor de gran parte de Europa.

La chacona

Cuando la zarabanda empezó a decaer, surgió la chacona, también procedente de América, parecida a la anterior, pero dotada de un desenfreno todavía mayor. No había comediante ni bailaora a quienes no se la pidieran los espectadores. En la cumbre del regocijo y el entusiasmo, el vulgo solía corear aquel estribillo:

El baile de la chacona

encierra la vita bona.

Se halla en todo su apogeo ese lenguaje renacentista, italianizado, donde la «vita nuova» de los ilustrados trasciende al vulgo, que nombra, como una parodia, a su vida de jolgorio, la «vita bona». La chacona, que se hizo la preferida de las danzas españolas, no tardó mucho en cruzar las fronteras para extenderse sobre todo por Francia e Italia.

Existen numerosas alusiones a esta danza por los clásicos castellanos y aun algún italiano; incluso Cervantes refiere en unos versos cuál fue el arrollador triunfo de la danza, que traspasaba el ambiente popular para escalar los salones e incluso turbar el retiro del claustro, porque se intentaron hacer letrillas para recitarlas con el compás de chaconas, como villancicos en las fiestas de Navidad, cuando eran permitidos los cánticos y alegrías populares en los monasterios, como expresión del sano alborozo por la conmemoración del nacimiento de Jesucristo. Por último, pasó a los salones, ya de una forma pulida y menos jacarandosa, como un baile de parejas, baile alegre pero ya desprovisto de chistes groseros y de movimientos escandalosos.

Hay que tener en cuenta que la chacona no solo fue ejecutada por una sola bailaora, que ponía en ella toda se excitante fantasía, sino que también fue un baile de pareja, como lo describió el poeta renacentista italiano Juan Bautista Marini, que sirvió para dar a Barbieri una descripción según la cual en la chacona, «la atrevida muchacha empuña un par de castañuelas de biensonante voz, las cuales repica fuertemente al compás de sus preciosos pies; el otro tañe un pandero, con cuyos cascabeles sacudidos la invita a saltar; y alternando los dos en su bello concierto se ponen de acuerdo para la explosión…».

Luego, ocurrió con la chacona igual que con la antigua zarabanda, pues dio lugar a una serie de variaciones que se llamaron mudanzas, con mil pasos de baile diferentes, como corrito, corrogrande, cruzados, deshechas y otros.

De todas las danzas populares, ninguna lo fue tanto como la zarabanda y la chacona. Se hicieron tan conocidos aquellos compases que llegaron a influir en la música señorial; incluso se infiltraron en muchas composiciones musicales de España, Portugal, Francia, Italia y Centroeuropa.

Otras danzas

Cuando aquellas fueron desapareciendo, apareció la capona. Y también, lleno de gracia picaresca y vistosidad, merece la pena destacar el canario, padre del mundialmente conocido zapateado, el cual constituye uno de los aspectos fundamentales del folclore andaluz, no gitano, cuyo equívoco procede de que los gitanos incorporaron este baile a la riqueza expresiva de sus danzas típicas.

Pasó al resto de Europa, al que llamaron los franceses «danse des canaries». Llegó a constituir uno de los bailes que más popularidad alcanzaron en los salones en los siglos XVI al XVII. Carecía ya de su explosivo alarde de agilidad y zapateo, pero conserva sus características de bizarría en el altillo y el zapateo de la suela y el tacón, que le servía de adorno y exotismo en la danza de galanteo, característica en sus acercamientos y retrocesos de la dama y su pareja. Más parecía una jota cortesana que un auténtico zapateado previo, tan evocador en lo que respecta a sus valores simbólicos y artísticos.

En las fiestas, tanto palaciegas de la corte como de la nobleza españolas, destacaron y fueron admiradas las llamadas danzas moriscas. El patrón común solía desarrollarse sobre la base de una danza coral bailada en dos grupos enfrentados. Estos podían ser de hombres y mujeres que realizaban una danza de carácter incitante. En otras ocasiones representaban bandos de moros y cristianos.

En España, la danza morisca por excelencia fue la zambra, ejecutada por moros y moras. En Italia constituyen, al llegar a escenificarse, verdaderas bufonadas de un atrevimiento tal que rayaba lo desvergonzado, pero hacía las delicias del vulgo. A veces estas exhibiciones componían un verdadero ballet.

En Inglaterra, la morris-dance tuvo, durante los siglos XV y XVI, una difusión extraordinaria. Debió de pasar de Inglaterra a Francia, constituyendo un espectáculo tanto popular como palaciego. Se danzaba al compás de un tamboril con la melodía de un flautista, en dos grupos de a tres bailarines, los cuales iban revestidos de un atuendo chillón con profusión de campanillas colgadas. La forma característica de la morris-dance estuvo constituida durante el siglo XV por un grupo de seis hombres y un bufón, muchacho vestido de mujer que se denominaba Mayde Maryan, y por otro hombre que llevaba adosada a la cintura una figura de caballo recortada en cartón.

La morris-dance, tan popular en la sociedad renacentista inglesa, no constituye una semejanza fortuita de nombre con la danza morisca, como algunos tratadistas han supuesto, sino una diversidad más de las muchas que tuvieron en Europa al difundirse desde España las danzas de moriscos. En el mundo burgués y cortesano se transforma finalmente en un ballet agradable de interpretación y significado muy variable.

El ballet

Bastante antes de la época de Luis XIV, ya eran famosas las mascaradas y representaciones danzantes, generalmente mitológicas, que las damas y caballeros de la nobleza francesa escenificaban en los salones de palacio, donde ponían en juego todos los recursos de sus aptitudes artísticas. Desde la llegada a Francia de Catalina de Médicis, la corte francesa se aficiona al estilo italiano de estos juegos escénicos, que tienen lugar en los parterres y salones, donde aparecen con antifaz y penacho de plumas. Es la danza la que juega el papel más importante en dichas representaciones. Incluso al terminar las exhibiciones solía iniciarse, como continuación, un baile general en el cual los espectadores invadían el salón para formar parejas de baile. Estas representaciones danzantes en la corte se conocían con el nombre de ballets de cour.

Charles L. Beauchamp, maestro de danza de Luis XIV, es el primero en poner los cimientos de la danza clásica, y el Florentino Lully, nombrado músico de la corte del Rey Sol, se encarga de la dirección y composición de los ballets. Así empieza a nacer lo que sería el verdadero ballet francés, cada vez más independizado de la ópera italiana. Al propio tiempo, el ballet se convierte en un conjunto de escenografía, música y danza, dejando los salones como lugar de escenificación para lograr un sitio propio; se consiguen escenarios y sus representaciones trascienden fuera del ámbito de la élite cortesana.

Tras este paseo por un periodo de la historia, que supuso el renacimiento de todas las artes, está claro que para danzar hace falta una técnica, una gran disciplina, pero también hace falta algo más, algo que no se enseña en academias, algo inmerso en el interior de cada ser, alrededor suyo, en cada forma de vida, en cada plano de manifestación visible o invisible.

Todo es danza, todo tiene movimiento, armonía y vida, pero hemos olvidado leer en los pequeños detalles; así, basta cerrar los ojos y sentir cómo la danza nos funde en un abrazo con lo que de inmortal existe en nosotros.

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