Historia — 17 de marzo de 2026 at 00:00

Khalil Gibrán, un lenguaje mágico para descubrir el cielo

por

Khalil Gibrán

«Mis palabras no son más que

tus propios pensamientos hechos sonidos,

y mis obras son tus propias esperanzas concretadas en actos».

El loco (Khalil Gibran).

Preludio

«Después de siete días [de mi nacimiento] un profeta, después de mirarme, le dijo a mi madre: “¡Tu hijo será un estadista y un gran político que arrastrará multitudes!”. Y yo le respondí indignado: “¡Mentira! Es una profecía falsa, yo no quiero ser más que músico”. Pero tampoco esta vez, con gran asombro mío, fue comprendido mi idioma» (El loco).

Sí, Khalil Gibrán fue un músico del lenguaje, con sus ritmos y modulaciones, capaces de remover el recóndito lugar donde duermen nuestros mejores anhelos. La melodía de su palabra resuena para siempre en su obra y, una vez más, oímos su voz con ecos renovados. Sus hermosas metáforas y sus magníficas comparaciones nos elevan del suelo aun en contra de nuestra voluntad. Hay en su pluma un elemento mágico que obra el grato prodigio de cambiar la dirección en que miran nuestros ojos. Por un momento, una barrera invisible nos aleja del mundo y sus ruidos, y nos giramos para enfocar un tesoro reluciente que yace escondido en nuestro interior y que pugna por captar nuestra atención con sus destellos. Por un instante conseguimos verlo, secuestrados por las palabras de este filósofo cantor que, dulcemente, casi de puntillas, nos dirige con fuerza hasta lugares desconocidos y cálidos, tan llenos de riqueza que no deseamos abandonarlos hasta que el hechizo se rompe y, con la última línea de nuestra lectura, regresamos otra vez al exterior.

Khalil Gibrán —como él firmaba en inglés— es el escritor de cultura árabe más famoso de los tiempos modernos. Sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas.

Un día el ojo dijo: «Veo a lo lejos, más allá de este valle, una hermosa montaña, velada por una niebla azulada. ¿No es verdad que es maravillosa?».

El oído lo oyó y, después de un rato de escuchar con atención, añadió: «¿Dónde está esa montaña? No la oigo».

Y entonces habló la mano: «Trato inútilmente de tocar o sentir la montaña, pero no encuentro nada».

Y habló la nariz: «No existe ninguna montaña, pues no puedo olerla».

El ojo miró hacia otro lado, y los demás comenzaron a murmurar de la rara alucinación del ojo. Y se decían entre sí: «Algo funciona mal en ese ojo» (El loco).

Su patria

Líbano es un país lleno de historia, donde se funden linajes étnicos procedentes de los antiguos fenicios, hebreos, filisteos, asirios y árabes. Es una tierra hoy oscurecida, como tantas otras, por la acción ignorante del hombre, que ha provocado la deforestación y el deterioro de los espacios por cuestiones económicas y conflictos religiosos. Pero movamos unos minutos el gran reloj de la historia y encontraremos la cuna de Khalil Gibrán en este pequeño país, famoso desde la Antigüedad por sus bosques sagrados de milenarios cedros.

El norte de la región tiene una belleza especial. Las elevadas montañas, vestidas permanentemente de nieve, alternan con floridos valles en un paisaje singular, y la ciudad de Bisharri se alza como guardiana de la floresta sagrada en una de las cumbres más altas. En este lugar llegó al mundo Khalil Gibrán un día de invierno de 1883. Nunca decayó en él el amor que sentía por su tierra y a él alude en numerosas ocasiones.

Era como un secreto de la Tierra revelado al cielo. Los naranjos y los manzanos, que parecían huríes o novias enviadas por la naturaleza para inspirar a los poetas y despertar la imaginación, llevaban blancos vestidos de perfumados capullos. (…) La primavera es hermosa en todas partes, pero es más hermosa en el Líbano. Es un espíritu que vaga por toda la Tierra, pero en el Líbano hace su morada, conversando con reyes y profetas, cantando con los ríos los Cantares de Salomón, y repitiendo con los sagrados cedros los recuerdos de las antiguas glorias (Alas rotas).

Sus primeros pasos

Vecinos míos, vosotros recordáis con placer la aurora de vuestra juventud, y lamentáis que haya pasado; pero yo recuerdo la mía como un prisionero recuerda los barrotes y los grilletes de su cárcel (Alas rotas).

Nació en el seno de una familia modesta, en la que destacaba una madre cariñosa, cuyo afecto guardó siempre, que alimentaba su fantasía leyéndole relatos de héroes árabes. El trabajo de su padre consistía en cuidar las ovejas de un rico ganadero. Apenas sabemos nada de su infancia, salvo que era sensible, tranquilo y aficionado al dibujo.

Fue un niño que buscaba la soledad y pasaba horas dedicado a la lectura y a la meditación. Admiraba las pinturas de Leonardo da Vinci y amaba la música. Se embelesaba contemplando la naturaleza, fuera en el fragor de una tormenta o en la calma de una mañana soleada.

El deterioro de la situación económica del Líbano a comienzos del siglo XX por causa de la ocupación turca provocó una gran corriente migratoria de libaneses hacia el continente americano. En 1895, cumplidos ya los doce años, Gibrán emigra a Estados Unidos con sus tres hermanos y su madre. Poco después regresaba a Beirut para estudiar en la Dar-al-Hjikma, donde aprendió árabe y francés y realizó estudios de medicina, derecho internacional, historia de las religiones y música.

En 1901 volvió a Washington pasando por Europa. Visita Grecia, España y Francia, y al año siguiente disfruta de nuevo de la belleza de su patria y recorre los lugares históricos de Líbano y Siria.

Por esas fechas escribió Espíritus rebeldes, libro que fue quemado en la plaza de Beirut al poco tiempo de publicarse a causa del dogmatismo religioso imperante, que lo consideró «peligroso y nocivo para la juventud». Nunca escatimó Gibrán sus denuncias contra los abusos y la radicalización de los jefes religiosos, ya fueran obispos cristianos, imanes mahometanos o sacerdotes brahmanes.

La sociedad humana se ha plegado durante setenta siglos a leyes corrompidas, hasta el punto de no poder entender el significado de las leyes superiores y eternas (Alas rotas).

¿Estás preocupado por los numerosos credos que profesa la humanidad? ¿Estás extraviado en el valle de las creencias contrarias? Si estás en este caso, haz de la Belleza tu religión y adórala como si fuese tu diosa porque es la obra visible, manifiesta y perfecta de las manos de Dios. Aléjate de los que han jugado con lo divino como si fuese una farsa y se han asociado con la codicia y el orgullo (La voz del maestro).

Su periplo

Mirad, es la isla que me vio nacer. Desde allí me lancé al mundo con una canción y un acertijo; una canción para los cielos y una pregunta para la tierra (El jardín del profeta).

Entre 1902 y 1903 mueren su madre y sus hermanos Pedro y Sultana, provocando en él una profunda tristeza. La enfermedad que les atacó había motivado su regreso a Estados Unidos, sin saber que nunca más volvería a pisar suelo libanés; allí se quedó a vivir con su hermana Mariana.

A la sombra de los rascacielos americanos –indignos sustitutos de los milenarios cedros de su Líbano natal–, comienza a escribir artículos, simultaneando esta actividad con su faceta de pintor. En estos años entabla relación con personajes de su momento como el escultor Rodin o el músico Debussy.

En 1912 comienza su correspondencia con Mary Ziyadeh, escritora árabe famosa en los ambientes cultos de la época y pionera de actividades vedadas a la mujer en aquel ambiente estrecho. Esta correspondencia se mantuvo durante veinte años hasta la muerte de Gibrán.

Su decidida actitud contra la injusticia no se reduce al aspecto religioso, sino que denuncia costumbres sociales que considera inaceptables. Por ello, muchas veces encontramos en sus libros referencias a la infravaloración de la mujer oriental.

Las mujeres orientales no abandonan el hogar de sus padres hasta que les echan al cuello el pesado yugo del esposo, y no salen de los amantes brazos de sus madres hasta que van a vivir en calidad de esclavas a otro hogar, donde tienen que soportar los malos tratos de la suegra. (…) El matrimonio, en estos días, es una farsa (…). La mujer se considera como un bien de consumo, se persigue y pasa de una casa a otra, como algo que se compra (Alas rotas).

También desenmascara a los que se disfrazan de políticos, filósofos o artistas sin serlo, y los considera necrófagos que no contribuyen al bien común.

¿Eres un periodista que vende sus principios en los mercados de esclavos y se realiza en la calumnia, en la desventura de la gente y en el crimen? (…) ¿O eres un maestro que se asoma al escenario de la historia e, inspirado en las glorias del pasado, predica a la humanidad y obra de conformidad con lo que predica? Si es así, constituyes un remedio para la humanidad doliente y un bálsamo para los corazones que sufren (La voz del maestro).

Su palabra

porque el alma es nuestra casa; nuestros ojos, sus ventanas; y nuestras palabras, sus mensajeros (La voz del maestro).

Su obra destila claves para un mejor vivir, como los consejos que da el navegante experimentado a su grumete novel al iniciar una travesía por una ruta ya conocida. No hay que hacer mucho esfuerzo para oír el mensaje. Aunque dicho en voz baja, penetra delicadamente en el corazón y en la mente como la fina llovizna de primavera que empapa la tierra con suavidad hasta llegar a la semilla enterrada en terreno fértil. La semilla vive en un mundo oscuro y frío, inerte e ignorante de que es portadora de una vida magnífica que se despierta y transforma al contacto con el agua.

Khalil Gibrán sentía una necesidad imperiosa de exteriorizar sus certezas –como él escribió–, de que la voz de la vida hablara a través de él.

Venid y recibid de la abundancia de mi corazón y aliviadme la carga. Mi alma se abate bajo el peso del oro y de la plata. Venid, buscadores de tesoros ocultos, llenad vuestras bolsas y aligerad mi peso (La voz del maestro).

Se reafirma en la presencia de vida en todo lo manifestado, grande o pequeño, se mueva a nuestros ojos o nos parezca inerte.

¿Por qué dices: «¡oh, cosa muerta!» (…)? El ritmo de la piedra acaso sea otro ritmo, pero yo te digo que si sondeas las profundidades de tu alma y mides las alturas del espacio, no oirás más que una melodía, y que en esa melodía la piedra y la estrella cantan, una con otra, al unísono perfecto (El jardín del profeta).

También recuerda que aunque el camino no sea fácil es mejor recorrerlo con convencimiento que abandonarse a la inacción.

Seamos dos fuertes torres ante la tempestad. Enfrentémonos al enemigo como valerosos soldados, y opongámosle nuestras almas. Si resultamos muertos en la batalla, moriremos como mártires; si vencemos, viviremos como héroes. Retar a los obstáculos y a las dificultades es más noble que retirarse a la tranquilidad (Alas rotas).

Su legado

…y había una batalla en su silencio (El jardín del profeta).

Gibrán nunca fue fuerte físicamente. Su gigantismo se debe al esfuerzo sobrehumano de su voluntad, empeñada en una actividad casi compulsiva por su afán de servir de instrumento de unión entre pueblos de distintas culturas y entre el hombre y su condición espiritual.

Sintió la mano de la nostalgia en los últimos años de su vida. Deseaba regresar a su tierra natal, pero al mismo tiempo prefería permanecer en América porque —según se desprende de sus cartas— allí tenía mayor capacidad de acción.

Cada vez que cierro los ojos veo aquellos valles, llenos de magia y dignidad, cuyas montañas, cubiertas de gloria y grandeza, trataban de alcanzar el cielo. Cada vez que cierro mis oídos al clamor de la ciudad, oigo el murmullo de aquellos riachuelos y el crujido de aquellas ramas (Alas rotas).

Las banderas libanesa y norteamericana arroparon el féretro que trasladó sus restos a Beirut. Corría el año 1931. Su cuerpo fue enterrado, pero su voz siguió flotando en el viento –al que él tanto cantó– y llega hoy hasta nosotros como la suave brisa que nos reconforta bajo el plomizo calor.

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