Arte — 3 de marzo de 2026 at 00:00

Elegancia y ética según Ortega y Gasset

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Elegancia y ética según Ortega y Gasset

¿Qué tienen que ver la elegancia y la ética? Pues, según Ortega y Gasset, mucho, tanto que son lo mismo. ¿Cómo llega a esa conclusión? De la siguiente manera:

En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia, como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer, que es el originario. Entonces tendremos que, no siendo la famosa ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones, eso, precisamente eso, es la elegancia. Ética y elegancia son sinónimos.

Poco se puede añadir a lo expresado de forma tan clara y redonda por don José.

La ética, la facultad de elegir o la inteligencia son todas ellas nociones que nos llevan a lo que es genuinamente humano. No es característico de la naturaleza vegetal, ni de los animales, por muy superiores y mamíferos que sean, ni de las galaxias del universo. Es lo propio, lo genuino, lo característico y lo «exclusivo» (con matices) del ser humano. Es lo que se manifiesta en mayor o menor grado en cada individuo, y constituye a la vez la meta que puede alcanzar un ser humano o a la que puede acercarse en la medida en que se cultive a sí mismo, es decir, su personalidad y su carácter, sus facultades manifiestas o latentes, lo que se ve por fuera y lo que se vive por dentro.

Tanto en su versión más material y mundana como en su sentido más profundo y escondido, he aquí la meta y el proceso evolutivo que incumbe al ser humano: aprender a elegir, desarrollar el discernimiento, utilizar correctamente su mente, ser inteligente, y hacerlo en todas sus manifestaciones con elegancia y ética.

En qué consiste elegir

Como explica Ortega,

la cosa es endemoniadamente paradójica pero, a la vez, sin remedio. Porque elegir es ejercitar la libertad, y resulta que eso —ser libres— tenemos que serlo a la fuerza. Es la única cosa para la cual el hombre no tiene últimamente libertad: para no ser libre.

Estas palabras nos recuerdan que la libertad es añorada muchas veces, pero ignorada casi siempre en su sentido último. Hagamos algo o decidamos no hacerlo, la elección es siempre nuestra. Así que, aunque busquemos cualquier excusa o no lleguemos a entender cómo es esto posible, lo cierto es que somos nosotros, cada uno, los que vamos construyendo —con cada acto o con cada ocasión en que nos negamos a actuar— el sendero por el que transitamos la vida. Esta vida.

En realidad, más que «ser» libres, «nos sentimos» libres en las cosas que verdaderamente importan. Algo dentro de nosotros nos susurra que, si lo queremos de verdad, podremos, aunque las circunstancias no sean favorables. El estoico Epicteto lo demostró hace muchos siglos. A pesar de ser esclavo en la Roma en que vivió, su espíritu libre descubrió y compartió interesantes criterios de actuación ante los avatares de la vida, sirviendo de orientación a humanos de cualquier tiempo y lugar a la hora de elegir las mejores opciones.

Una característica interesante que se da en el acto de elegir es que —como nos señala Ortega— los diferentes proyectos o posibilidades de acción de cada situación no son casi nunca equivalentes, sino que, al reflexionar sobre ellos, se ordenan de forma natural según una jerarquía precisa, colocándose en la cúspide el que para nosotros tiene más sentido y, por tanto, el que debería ser elegido. Si no fuera así y todas las posibilidades de hacer algo fueran igualmente apropiadas, no se podría decir que elegimos, sino que escogeríamos al azar una opción con un resultado aleatorio.

Elegir es hacer uso de la cualidad del discernimiento, una virtud —como todas— que se pule y se vuelve poderosa en la medida en que se ejercita. Consiste en preferir entre varias posibilidades la que consideramos más apropiada, sea en pensamiento, palabra o acción. Dado que cada situación, ineludiblemente, requiere una respuesta de nuestra conducta —tácita o expresa, grande o pequeña, de hacer o de no hacer—, he aquí la gran relevancia que supone elegir y, sobre todo, elegir bien, pues paso a paso, vamos dibujando el camino hacia una determinada dirección. De ahí la importancia de colocar bien nuestras prioridades en la vida y saber distinguir cuándo elegimos «porque me gusta» y cuándo lo hacemos «porque debo», cuándo es para conseguir una meta material y cuándo es para dar cabida a nuestros anhelos espirituales.

Podríamos añadir, por tanto, que, para saber elegir y poder hacerlo, hacen falta dos ingredientes: a) el suficiente conocimiento como para distinguir las posibilidades en juego (no podemos llamar elección a escoger entre el contenido de dos cajas cerradas); y b) aplicar la voluntad en asumir una decisión con sus consecuencias (no es suficiente preferir una de las opciones; hay que querer dar el paso de elegirla). Cuando entre varias posibilidades que se nos ofrecen dudamos sinceramente porque no conseguimos valorar cuál es la mejor, el hecho de elegir una de ellas nos permitirá aprender de sus resultados y habremos adquirido una experiencia muy útil para futuras decisiones.

Hemos tenido en cuenta, de este modo, algunos conceptos filosóficos que siempre preocuparon al espíritu humano, como el libre albedrío, la cuestión de si lo que nos sucede en la vida queda fuera de nuestro alcance o podemos participar activamente en la modificación de nuestras circunstancias, y cuál es nuestro papel, protagonista o secundario, en la consecución de metas a lo largo de nuestro trayecto vital.

Dice Ortega:

El presente en que se resume y condensa el pasado individual y el histórico es, pues, la porción de fatalidad que interviene en nuestra vida y, en este sentido, tiene esta siempre una dimensión fatal, y por eso es un haber caído en una trampa. Solo que esta trampa no ahoga, deja un margen de decisión a la vida y permite siempre que, de la situación impuesta, del destino, demos una solución elegante y nos forjemos una vida bella.

Los antiguos de Oriente manejaban un concepto interesante al respecto. Ellos hablaban de un Dharma universal, una ley natural que obliga a todos los seres, y que podríamos imaginar como un ancho camino cuyos bordes elásticos devuelven al centro a aquel que intenta salirse de sus límites. El caminante es libre de avanzar más deprisa o más despacio e incluso de pararse a meditar. Cuando se provocaba una reacción de los bordes del camino de la vida —reacción que llamaban Karma—, esta sucedía de modo justo, automático, extrahumano y proporcional al movimiento realizado: si se embestían los bordes hacia el exterior, el rebote tenía mayor fuerza que si solamente se tropezaban los márgenes suavemente. Por lo tanto, las decisiones siempre tenían consecuencias, y nunca eran favorables cuando se infringía la ley natural.

Responsabilidad

Volviendo a Ortega,

elegir supone tener a la vista los diversos naipes que es posible jugar: el óptimo, el simplemente bueno, el que no vale la pena y el que es franco contrasentido. Ciertamente, somos libres para preferir este último, aun a sabiendas de que no es preferible, pero no podemos hacerlo impunemente. La acción insensata o que tiene sentido deficiente, una vez elegida, va a llenar un pedazo incanjeable de nuestro tiempo vital, va a convertirse, por tanto, en trozo de nuestra realidad, de nuestro ser. El albedrío nos ha jugado, pues, una mala pasada.

Tener libre albedrío, libertad para elegir, constituye una preciada atribución del ser humano. Sin embargo, no podemos eludir la parte onerosa del regalo: somos responsables de todo lo que hacemos, decimos y pensamos y también de lo que omitimos en pensamiento, palabra y obra. Decía Ortega y Gasset que las pesadumbres —en plural— se originan en una única gran pesadumbre: la responsabilidad, pues somos responsables no ante un tribunal de este o del otro mundo, sino ante nosotros mismos. Hemos de saber justificar ante nuestro entendimiento lo que hemos preferido, la acción o conducta que hemos escogido de entre las que eran posibles y los motivos que la avalan. Como dice Ortega, «los crímenes íntimos se caracterizan porque el hombre se siente de ellos, a la vez, autor, víctima y juez». La humana criatura —como nos llama el filósofo—no puede librarse aunque quiera de la carga de sostener con cada minuto, decisión a decisión, el edificio de su vida sin poder descargarlo sobre otros.

La parte positiva es que siempre tenemos la posibilidad de enmendar el rumbo si así nos lo sugiere nuestra experiencia y realmente queremos hacerlo. Somos, por tanto, artífices y responsables a la vez de los grandes hitos que marcan nuestra existencia, provocando y asumiendo (voluntariamente o a la fuerza) las consecuencias de nuestras acciones.

Nos recuerda Ortega que, ya que estamos abocados a elegir, depende de nosotros hacer las cosas de un modo mejor o de un modo peor, y que nos engañamos si creemos que el drama de las decisiones solo se da en los grandes conflictos de nuestra vida. Una palabra se puede pronunciar mejor o peor y un gesto puede ser más grácil o más tosco. «Entre las muchas cosas que en cada caso se pueden hacer, hay siempre una que es la que hay que hacer». Para ello es preciso percibir la diferencia de rango y calidad entre las acciones posibles. Ortega declara que esto no está al alcance de todos en la misma medida, pues no somos todos iguales ni utilizamos las mismas herramientas, y hay quien no entiende de conductas como no entiende de cuadros.

Por eso tienen tan poca gracia y es tan triste, tan desértico el trato con ellos. Esa ceguera moral de la mayoría es el lastre máximo que arrastra en su ruta la humanidad y hace que los molinos de la historia vayan moliendo con tanta lentitud.

También para esto las filosofías antiguas ofrecían un argumento. No somos todos iguales porque no partimos todos con las mismas características ni del mismo punto del camino. O mejor dicho, no vemos el inicio del camino ni la meta final, porque solo tenemos acceso al tramo que nos toca recorrer en nuestra vida actual, pero cada tramo es una etapa en la que recogemos aquello que hemos sembrado anteriormente aunque no lo recordemos y en la que experimentamos aquello que necesitamos para nuestra evolución como seres humanos. La vida en su totalidad sería, pues, como una escuela, y lo que nosotros concebimos como nuestra vida actual sería un curso, una etapa de aprendizaje, lo cual explicaría las enormes desigualdades de inicio que se dan en la vida de las personas en cuanto a capacidades físicas, psicológicas o mentales, y en lo referente a las circunstancias en las que uno nace.

La elegancia

Dice Ortega y Gasset que los demagogos han sido los destructores de todas las civilizaciones y los grandes fabricantes de barbarie. Por eso propone acceder a la ética quitándole su aire solemne, denominándola elegancia de la conducta o arte de preferir lo preferible.

La elegancia, lejos de ser algo superficial, es un ingrediente y, a la vez, un síntoma «de toda vida auténticamente enérgica». La vida es energía y, en su sentido auténtico, es la expresión de esa energía en versiones depuradas. Así que Ortega está colocando la elegancia como un valor estructural, a través del cual aflora a la vista —en distintos niveles— la conducta teñida de tonos elegantes. Es decir, la elegancia es la manifestación de una actitud vital poderosa, decidida y eficaz, que debe inspirar y penetrar los gestos, los modos de andar, de vestirse, de usar el lenguaje, de llevar una conversación, de sentir y de pensar.

Para Ortega, la elegancia es una virtud privativa de la vida plenamente humana, que apareció cuando el ser humano se vio en la disyuntiva de elegir entre los propósitos que derivaban de sus instintos y los que provenían de su mente, ambos completamente distintos en cuanto a fines. Este último camino es el que convierte al hombre en elegans o elegante, que no es más que el que elige y elige bien. Ese tener que elegir transforma al humano en un ser más libre, pues la libertad —según sugiere Ortega y Gasset— se va construyendo en la medida en que se va eligiendo bien, y esta continuada labor de elegir bien convierte al hombre en «inteligente» (o bien-eligente). Aquí se esconde su más alto privilegio.

Cuenta Ortega cómo la elegancia, de modo inadvertido, impregna zonas profundas de nuestra vida.

La elegancia es una sutil calidad, gracia, virtud o valor que puede residir en cosas de la más variada condición».

Y pone algunos ejemplos. En la matemática hay soluciones elegantes; y en la literatura, elegantes expresiones. Pueden ser elegantes ciertos utensilios, la fachada de un edificio, el perfil de una serranía o la planta de un caballo. El hombre puede poseer la elegancia en la figura de su cuerpo, pero también en su alma o modo de ser. Hay gestos elegantes y hay acciones que lo son, puesto que, según Ortega y Gasset, existe una elegancia moral que no es igual a la simple bondad. Y también hay sentimientos elegantes y pensamientos elegantes.

Ortega ilustra la elegancia como potencia esencial del hombre con el caso de la demostración matemática. Se dice que una demostración es elegante cuando se consigue probar un teorema con el menor número de ideas intermediarias. La elegancia matemática consistiría en hallar la línea intelectual más corta entre un teorema y su demostración.

Lejos de implicar esto una capacidad intelectual reducida por buscar lo breve, la prueba elegante es la manifestación —en palabras de Ortega— de un intelecto rebosante y elástico, que supera la dosis exigida, un hijo de la mente. La elegancia reside en la expresión sobria de una lujosa y exuberante capacidad que la matemática no necesita. Donde se elimina lo sobrante, hay elegancia.

Extrapolando este criterio a otros ámbitos, dice Ortega que se debe aspirar a obtener un logro máximo con un mínimo de medios no solo en matemáticas, sino también en indumentaria, en guerra, en política o en arte. Y yendo más lejos,

si la vida y la cultura misma no han de quedar estranguladas, es preciso que sobrevengan épocas que poden todas las excrecencias y prefieran quedarse solo con lo sustancioso y eficiente.

Recapitulando lo que se refiere a la elegancia de la conducta diaria,

se trata de evitar el capricho. El capricho es hacer cualquier cosa entre las muchas que se pueden hacer. A él se opone el acto y hábito de elegir —entre las muchas cosas que se pueden hacer— precisamente aquella que reclama ser hecha. A ese acto y hábito del recto elegir llamaban los latinos primero eligentia y luego elegantia. Es, tal vez, de este vocablo del que viene nuestra palabra int-eligencia. De todas suertes, elegancia debería ser el nombre que diéramos a lo que torpemente llamamos ética, ya que es esta el arte de elegir la mejor conducta, la ciencia del quehacer. Elegante es el hombre que ni hace ni dice cualquier cosa, sino que hace lo que hay que hacer y dice lo que hay que decir.

Para Ortega y Gasset, la elegancia es una faceta esencial de la especie humana, como la verdad, la belleza o la justicia. La elegancia es la sobriedad en la plenitud y está estrechamente ligada a la capacidad de elegir la propia conducta en cada paso de la existencia; algo esencial si consideramos que «la vida tiene la elegancia de ser fungible, es decir, que desaparece conforme va siendo».

Bibliografía

José Ortega y Gasset. Obras completas. Revista de Occidente.

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