Filosofía — 5 de marzo de 2026 at 00:00

Aristóteles: amistad, felicidad y virtud

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Aristoteles, amistad. virtud

Finalidad de este artículo

El filósofo chino Mencio, o Meng Tsé, cuenta que en una ocasión su maestro Confucio recibió al primer ministro de uno de los diferentes reinos, quien le hizo la siguiente consulta al maestro: ¿qué podía hacer su príncipe para que su reino fuera próspero, justo y respetado? (En aquella época, China estaba dividida en varios reinos que se disputaban el poder con guerras e intrigas).

Confucio le respondió que había que «recuperar el valor de las palabras».

Ante el asombro e incomprensión de los presentes, el maestro lo aclaró: «que el juez sea juez, que el médico sea médico, que el artesano sea artesano, que el padre sea padre…».

Necesitamos recuperar el valor de las palabras.

Hoy vivimos también momentos de gran confusión, en los que se ha perdido el valor de la palabra y, en consecuencia, el de las ideas que encierran, empobreciéndonos a todos y haciéndonos más fáciles de manipular. Y entre estas palabras que se emplean de una forma vacía están la amistad, la felicidad y la virtud, que para Aristóteles son fundamentales para una vida plena, individual y colectivamente.

La «naturaleza propia del ser humano»: importancia de la mente

Siguiendo la tradición de los grandes filósofos que le precedieron, Aristóteles concibe al hombre como un ser compuesto, donde lo más importante —lo que los griegos llaman «la naturaleza propia del hombre»— es su mente, su intelecto.

Para él, este compuesto lo forman dos grandes fuerzas: el cuerpo físico y el alma. Y el alma, a su vez, está formada por la vida vegetativa —en común con las plantas—, la vida sensitiva —en común con los animales— y la razón o intelecto, propia del ser humano y que tiene dos niveles: el inferior es la razón normal, «que es pensada» —es subjetiva porque se deja influenciar por las cosas externas a uno mismo: opiniones, modas, estados emocionales, etc.— y, por tanto, está muy unida al deseo, ya sea por interés material o de honores, o por placer (esta característica es fundamental para Aristóteles a la hora de catalogar los diferentes tipos de amistad); y hay un nivel superior al que llama la recta razón o razón superior, «que piensa por sí misma» —es objetiva, ve las cosas tal como son y no como nos gustaría o nos parece, y percibe la unidad, a Dios, en todo— y es propia del hombre bueno, feliz o «completo». La recta razón nos acerca a Dios, que es concebido como Mente Suprema y es llamado noûs o «principios indemostrables» porque escapan a nuestra mente.

La vida humana no es vegetar, sino vivir con conciencia: «Darnos cuenta de que existimos, de que vivimos, es cuando percibimos que sentimos, que pensamos y qué estamos pensando».

El bien supremo y la felicidad

Todas las personas buscan el bien, o lo que les parece bueno. «Todo conocimiento y toda acción que realiza el hombre tiene por finalidad el bien (beneficiarse), y no hay nadie que tenga por objeto el mal (perjudicarse)».

Hay tres tipos de bienes:

Bienes del cuerpo: la salud y la belleza.

Bienes del alma. «Los bienes más superiores son los del alma, que son de tres clases: pensamiento, virtud y placer».

Bienes externos: la riqueza, el poder, los honores, etc.

Para Aristóteles, el bien supremo es la felicidad o vida virtuosa, que es un bien del alma: «La felicidad consiste en vivir conforme a la virtud». «Este estado de felicidad superior solo puede vivirlo un hombre completo y durante toda su vida». «Llamo completo a aquello que una vez adquirido no nos deja desear otra cosa; e incompleto cuando después de obtenido advertimos la necesidad de alguna otra cosa».

La felicidad consiste en vivir conforme a la virtud.

Felicidad y bien supremo son lo mismo en el ser humano: es un estado elevado del alma —de nuestro ser interior— donde el alma permanece siempre en serenidad y equilibrio, de paz y lucidez, en medio de la tormenta del mundo; nada la agita ni la aparta de su centro ni la desvía de sus convicciones. Es estable y duradera porque la naturaleza humana está en sintonía con la Ley Natural.

Cómo alcanzar la felicidad

Hay tantos tipos de felicidad como personas, ya que cada cual considera como bueno lo que le gusta o le interesa, y pocos son los que consideran bueno el comportarse según las virtudes. Porque, como dice el maestro jonio, «dejarse llevar por los deseos cuesta poco, pero ser virtuoso requiere un gran esfuerzo».

Hay tantos tipos de felicidad como personas.

La verdadera felicidad solo se puede lograr a través de las virtudes o acciones dirigidas por la recta razón. Y hay dos tipos de virtudes: las morales y las intelectuales. Las morales se adquieren por la práctica, y las intelectuales a través del estudio y de la reflexión sobre el alcance de nuestros actos. Las primeras nos dan experiencia; las otras, sabiduría, siendo estas las propias del filósofo según Aristóteles.

Primero hay que practicar las virtudes morales: la moral es cuestión de práctica. «El bien propio del hombre es la actividad del alma dirigida por la virtud. Y si hay muchas virtudes, dirigida por la más alta y perfecta de todas». Las virtudes morales son las perfecciones del alma a través de perfeccionar la voluntad y el carácter.

Una vez tengamos la fuerza moral en nosotros, el siguiente paso es empezar a practicar las virtudes intelectuales para ser hombres y mujeres «buenos», lo que es decir bondadosos, honrados y con criterio —que es lo contrario de la opinión, pues se basa en el conocimiento superficial—.

Las grandes virtudes de Platón y su relación con las de Aristóteles

Dice Diógenes Laercio, refiriéndose a las enseñanzas de Platón:

«De la virtud perfecta hay cuatro divisiones: una es la prudencia, otra la justicia, otra el valor y otra la templanza. De ellas, la prudencia es la causa del obrar rectamente en las acciones. La justicia, del actuar justamente en las sociedades y en los pactos. El valor, del lograr en los peligros y en los espantos no escapar, sino resistir firmes. La templanza, del dominar las pasiones y no esclavizarse a ningún placer, sino vivir ordenadamente».

A continuación, y de manera libre, voy a relacionar las virtudes platónicas con las dos grandes virtudes aristotélicas, a fin de mostrar de forma más clara el proceso de dominio del carácter y de comprensión o expansión de conciencia que plantea Aristóteles.

Antes hay un paso previo que no se dice porque se presupone que se ha comprendido: darse cuenta de que vivimos en la ignorancia… ¡y queremos salir de ella! Hay un inconformismo vital con el comportamiento de la mayoría de la gente, que, como ya se dijo, prefieren la comodidad del deseo al esfuerzo de la virtud. Es el famoso «sólo sé que no sé nada» socrático.

El fin de la virtud es ser felices para ser buenos amigos y buenos ciudadanos.

Primer paso: practicar las virtudes morales. A través de la fortaleza primero y después por la templanza. La fortaleza nos da fuerza de voluntad para no abandonar el camino emprendido, y con esta voluntad buscaremos el dominio de las pasiones a través de la templanza. Lo que se busca es tener un carácter estable, sin grandes altibajos, para tener una vida moral cada vez más sólida. Una vez tengamos esta base, pasaremos al paso siguiente y último.

Segundo paso: practicar las virtudes intelectuales. Primero a través de la prudencia, como dice el propio Aristóteles, y luego por la justicia. La prudencia no es contemplación sino reflexión profunda y activa: nos indica cómo actuar en cada caso, previendo las consecuencias que se pueden producir; es un «saber actuar» en cada ocasión. Y como la justicia —que es dar a cada cual lo que le corresponde según su naturaleza (Platón)— lo que busca es el bien común; por eso la justicia —con su expresión, la política— es la más superior de todas las ciencias, porque se refiere a todos los integrantes del Estado. Lo que se busca es que haya buenos ciudadanos.

En ambos casos, la virtud nos ha de llevar, primero a ser buena gente, y a continuación, a ser buenos amigos y buenos ciudadanos. Para Aristóteles el gobernante ideal es el hombre bueno, como se explicará más adelante.

Bibliografía

Aristóteles. Ética Nicomáquea. Biblioteca Básica Gredos. Madrid 2000. Traducción y notas T. Martínez Manzano.

Aristóteles. Gran moral y Moral a Eudemo. Espasa-Calpe S.A. Madrid, 1942. Traducción Patricio de Azcárate.

Diógenes Laercio. Vidas y opiniones de los filósofos ilustres: Platón. Alianza Editorial. Madrid 2007.

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