
Hildegarda de Bingen: Una vida para contar
Hildegarda de Bingen (1098-1179), visionaria, abadesa, predicadora, autora de una enciclopedia médica, mujer comprometida social y políticamente, compositora y poetisa, es una de las personalidades más fascinantes de la Edad Media. Ya en su propia época, su vida fue objeto de gran interés y atención: fue una vida extraordinaria.
Lo interesante del caso es que podemos conocer su experiencia. La documentación conservada —biografía (Vita escrita por Theoderich von Echternach, que heredó el trabajo de los ayudantes que había tenido en vida, Volmar, Gottfried y Guibert de Gembloux), algunos fragmentos autobiográficos que se han conservado tal como ella los redactó, más de doscientas cartas, además de su propia obra, muy extensa— nos permite acceder a su personalidad.
Probablemente Hildegarda habría quedado en el anonimato si no hubiera recibido la orden divina de manifestar el contenido de las visiones que se le aparecían desde que tenía tres años y que solo había revelado a los más íntimos.
Fue la décima y última hija de los nobles Hildebert y Mechtild von Bermersheim. Cuando Hildegarda tenía ocho años, sus padres confiaron su educación a una joven dama de noble cuna que llevaba una vida de ermitaña en el monasterio de Disibodenberg, Jutta de Spanheim. Aquel era un monasterio dúplice.
Su tendencia al misticismo apareció muy pronto. La primera nota autobiográfica de la Vita nos habla de su niñez, de cómo descubrió su vocación:
A los tres años de edad vi una luz tal que a causa de ella mi alma entera se estremeció; pero como no estaba todavía en edad de hablar, no pude contar nada de esto. (…) A los ocho años, entré en trato frecuente con Dios, y hasta los quince vi muchas cosas.
Siendo muy pequeña empieza a asombrar y, a veces, asustar a quienes la rodean. Una anécdota contada en las actas de su proceso de canonización dice que, en cierta ocasión, exclamó ante su nodriza: «¡Mira qué hermoso ternero hay dentro de esta vaca! Es blanco, con manchas en la frente, las patas y el lomo»; cuando, algún tiempo más tarde, el ternero nació, resultó ser como la niña lo había descrito. Hildegarda tenía entonces unos cinco años.
Cuando alcanzó la edad requerida, solicitó convertirse en religiosa. Debía de tener catorce o quince años. Su salud fue siempre frágil. Muy pronto la joven monja comenzó a ayudar a los enfermos, tratándolos y curándolos personalmente.
Jutta murió cuando Hildegarda estaba cerca de cumplir cuarenta años. Unánimemente, las religiosas la eligieron entonces madre espiritual y tomó a su cargo la dirección del pequeño convento en que se había transformado la ermita, que el padre de Jutta, el conde Stephan de Spanheim, había hecho edificar junto al monasterio benedictino de Disibodenberg.
Uno de los monjes de San Disibod, llamado Volmar, su confesor y, con probabilidad, también su primer confidente, se convirtió en su secretario y amigo durante casi treinta años, hasta que murió en 1165. Él corregía gramaticalmente los escritos de la monja.
La angustia que le producía no saber la procedencia de sus visiones hizo que pidiera consejo a un monje de gran reputación: Bernardo de Claraval: «No he vivido segura ni una hora», le dice por carta. ¿Cómo saber si la visión viene de Dios o del demonio? Además, ella es solo una mujer. ¿Quién era ella para escribir? Solo una pobre forma femenina, como gusta de llamarse a sí misma. Felizmente, halló tranquilidad gracias al apoyo de Bernardo y del mismo papa Eugenio III, quien, mientras estaba en el sínodo de Tréveris en 1147-1148, envió una comisión a investigar sus visiones, y no solo confirmó su capacidad visionaria sino que le exhortó a que escribiera, y todo eso por medio de documentos.
Proclamada su condición de santa por tres papas, su nombre comenzó a aparecer en los martirologios, como el romano del siglo XVI.
La magnitud de la obra
Hildegarda de Bingen supo alternar una rica espiritualidad con una intensa actividad cotidiana. El volumen de su obra es inmenso y, por su diversidad, es único. Solo Avicena se le puede comparar en cierto modo: cosmología, ética, música, medicina y poesía mística. Reflexionó sobre los grandes problemas de la Iglesia y el Estado de su época y apenas hay campo alguno en el que no efectuase su contribución personal.
La obra profética o visionaria de Hildegarda de Bingen está formada por tres libros: Scivias (Conoce los caminos), Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), y el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas). Pero también fue responsable de dos tratados altamente realistas: uno, la Physica, trata de las propiedades de los diversos elementos naturales del mundo, como plantas, animales, pájaros y peces, incluyendo además piedras preciosas y metales; el otro, Causae et curae, es una enciclopedia médica inconclusa que trata de materias médicas, filosóficas y astrológicas, entre otras, de la formación del cosmos, de las enfermedades más importantes —de pies a cabeza—, de las afecciones del ánimo, de las clases de medicamentos y su aplicación y de los preceptos para un modo de vida saludable.
Compuso setenta y dos piezas musicales y un drama litúrgico, Ordo Virtutum, fundó y fue abadesa de dos monasterios benedictinos, escribió la biografía de dos santos, San Disibod y San Ruperto, elaboró una curiosa Lingua ignota que la llevó a particulares y extrañas elucubraciones y esta considerable obra creció aún más por su extensa correspondencia. Se añaden, además, obras motivadas por las enseñanzas prácticas como los sermones, a menudo pronunciados, caso único en una mujer, no en el interior de una iglesia, sino directamente ante el pueblo.
El análisis de su obra revela que Hildegarda tenía un amplio conocimiento de la Biblia, de las ciencias naturales, de los autores latinos y de la filosofía neoplatónica, lo cual contrasta con la ignorancia e incultura que ella misma se asigna.
Aunque empezó a escribir después de los cuarenta años, cuando murió había compuesto tal cantidad de textos que los publicados ocupan ya todo un gran volumen de la Patrología Latina del abad Migne, pero otros muchos están todavía inéditos o han sido recientemente estudiados.
El hombre y el universo
Luego oí una voz que me decía desde el cielo: lo invisible y eterno se manifiesta a través de lo visible y temporal (Scivias, primera parte tercera visión).
Una de las partes más fascinantes de su obra es su «teología cósmica», una cosmovisión donde todo está comprendido y explicado. En ella nos ofrece una consistente imagen que resume la teoría del microcosmos y el macrocosmos heredada de los clásicos. Para Mathyla Ghyka constituye un ejemplo de lo que él denomina pitagorismo monástico o neoplatonismo benedictino. El que evoca no es en absoluto un universo estático En una de las miniaturas que ilustran el Libro de las obras divinas, el hombre, microcosmos, aparece en el centro de un universo planetario con el que está entroncado a través de radios que forman un polígono estrellado:
(…) Apareció una rueda de maravillosa visión. Contenía signos que la acercaban a la visión en forma de huevo que había tenido hacía veintiocho años y que describí en la Visión tercera de mi tratado Scivias (…). En medio de aquella rueda aparecía la imagen del hombre (…). Sobre la cabeza de aquella imagen estaban los siete planetas, uno detrás de otro (Libro de las obras divinas, parte primera, visión segunda).
Esta imagen hoy nos es muy conocida gracias a un autor mucho más moderno: Leonardo da Vinci. Más de tres siglos antes de que este naciera, esa visión del hombre con los brazos extendidos sobre la esfera del mundo estaba ya presente en la obra de la religiosa renana. En una carta dirigida al monje Guibert le explica: «El hombre es celeste y terrestre».
[Dice la voz divina] (…) Yo soy la energía suprema, la energía ígnea. (…) En mí no hay nada mortal. (…) Sin origen, sin fin, yo soy esa vida que persiste, idéntica, eterna. Esta vida es Dios. Es perpetuo movimiento, perpetua operación, y su unidad se muestra en una triple energía (Libro de las obras divinas, parte primera, visión primera).
La vuelta al origen que describe la abadesa recuerda el devenir cíclico en lo que el Bhagavad Guita llama día y noche de Brahma, en períodos de manifestación e inmanifestación:
Antes de la caída de Adán, el firmamento estaba inmóvil y no giraba; después de la caída, en cambio, empezó a moverse y a girar. Pero después del último día, permanecerá inmóvil como estaba al principio (Causae et curae).
Refleja también la concepción panteísta de todas las tradiciones antiguas:
Así también Yo, el Padre, estoy presente en toda criatura y no Me ausento de ninguna como te ausentas tú, oh hombre; cuando te miras en el agua, aparece en ella tu rostro, pero desprovisto de fuerza, y al alejarte, se borra. En cambio, Yo no Me aparezco a las criaturas con esa inconstancia, sino que estoy en ellas con presencia verdadera (Scivias, segunda parte, sexta visión).
Habla de cambios ocurridos en la superficie de la Tierra y de cruces con animales de algunas razas humanas:
«(…) Antes del diluvio universal, el agua no fluía tan raudamente y no era aún tan líquida como lo sería después. En su superficie tenía [la Tierra], por así decirlo, una piel que retardaba un poco su flujo, de forma que el agua solo fluía apaciblemente. (…) En aquel entonces, los hombres habían olvidado a Dios, de modo que obraban más como animales que conforme a la voluntad divina. (…) Mujeres y hombres mantenían incluso relaciones carnales con los animales (…). La humanidad entera se transformó en una abominación, e incluso algunos hombres se amoldaron al comportamiento y a los sonidos de los animales salvajes (…). Desgarróse un poco su piel [la de la Tierra], aquella con la que había sido contenida el agua anteriormente para que no fluyera tan rápido como lo hace actualmente; entonces, el agua recibió un flujo impetuoso y ahogó a los hombres (…). También las piedras, que habían sido creadas junto con la tierra y que estaban cubiertas por ella, salieron a la luz como consecuencia del agua (Causae et curae).
La razón humana, para Hildegarda, tiene unos límites naturales:
«(…) Igual que con la mirada mortal no puedes observar a la divinidad, no podrás tampoco con la mente mortal comprender sus secretos, (…) como las plantas que crecen (…) sobre la tierra no pueden comprender los campos (Scivias).
«El alma es más poderosa que el cuerpo. (…) El alma puede vivir sin el cuerpo; este, sin embargo, de ningún modo puede vivir sin ella (Causae et curae).
[Habla la voz divina] Si las oscuras tempestades de la blasfemia y la desesperanza se ciernen sobre un hombre, y este no cede a ellas ni con su corazón ni con su voluntad, ni recreándose con perversidad en su amargo sabor, sino que entabla dolorosa y terrible batalla contra ellas, y si persevera, resistiendo con denuedo en este combate, acudiré rápido en su ayuda; que no zozobre bajo el peso de esta lóbrega sombra, y diré que es un gallardo luchador contra las más aciagas tempestades: pronta irá Mi mano en auxilio suyo, y le llamaré amigo Mío, pues soportando con paciencia, por amor a Mí, tantos quebrantos, noblemente los venció (Scivias, segunda parte, quinta visión).
De forma parecida Krishna anima a Arjuna en el Bhagavad Gita:
Así pues, empuña la espada de la sabiduría y corta de un solo tajo los lazos de la duda y desconfianza que atan tu mente y tu corazón. Yérguete ¡oh, príncipe! Y cumple tu destino. (…) Mucha virtud y mérito hay en el dominio de sí mismo, ¡oh, príncipe!, y los que tal hacen vienen a Mí.
Curó a los enfermos
Sus escritos medicinales fueron los únicos tratados de medicina que se escribieron entonces en el Occidente cristiano. En el siglo XII la medicina tan solo se practicaba en la escuela judía de Córdoba, la de Maimónides. En estos tratados no presenta nada como una revelación; aquí no hay «la luz viviente me ha dicho…».
Dios creó el mundo como bueno, pero el hombre, por su caída en pecado, llevó al mundo al desorden. Por eso, debilitado en su fuerza vital originaria (viriditas), se volvió enfermizo.
Viriditas es un concepto importante en la obra de Hildegarda. Se relaciona con vis (fuerza), y virtus (virtud), y designa el verdor exterior y visible así como la fuerza interior que lo produce; hay que entenderlo como «vida», «vigor», «frescura», «lozanía». «La tierra suda el verdor de la hierba» (Terra sudat viriditatem graminis). «Para Hildegarda, sudor está asociado no con el sudor del esfuerzo sino con la destilación del perfume, una cualidad celestial, o con lo que es fértil o hermoso en la tierra» (Peter Dronke).
Hildegarda aprecia las virtudes ignoradas de plantas y animales, que poseen una capacidad bienhechora oculta y sutil. Podemos reconocer en ello algunos conceptos homeopáticos. Tampoco olvida la fuerza curativa de las piedras preciosas, la terapia de la música, las indicaciones sobre higiene y dieta y el diagnóstico en virtud del color de la piel, del timbre de la voz, de la claridad de los ojos, del pulso, de la respiración, del tipo de fiebre, del grado de consciencia o de la índole de la orina.
Siendo ¿anciana? se fue a predicar
Entre 1158 y 1171 emprendió cuatro viajes de predicación: recorrió el Main, marchó a Tréveris y Lotaringia, remontó el Rin en dirección a Colonia y se dirigió a Suabia, cuando ya sobrepasaba la edad de setenta años. Pronunció sermones en numerosas catedrales, Tréveris, Bamberg, Colonia, Maguncia. Los clérigos que la escuchaban le pedían después que les dejara por escrito aquellos sermones. Esto ocurrió con el deán de la catedral de Colonia, que le ruega le envíe por escrito las palabras que de viva voz escucharon de ella.
Hildegarda le contesta con una serie de reproches:
Deberíais ser columnas de fuego, (…) toda la sabiduría que habéis buscado en las Escrituras y en el estudio se la ha tragado el pozo de vuestro egoísmo. Como si lo que sabéis, después de haberlo tocado y experimentado, lo sepultarais para colmar vuestros deseos y engordar vuestra carne (…) Deberíais ser día, pero sois noche. Pero seréis o día o noche. Escoged, pues, de qué lado queréis estar.
En el siglo XII la mentalidad de quienes la escuchaban era muy diferente a la que existirá después y su lenguaje es recibido como una llamada a la conversión.
Una mujer de su tiempo
Su celebridad llegó a oídos de las más altas autoridades estatales y eclesiásticas, que solicitaron su consejo en momentos de máxima tensión política y religiosa —había discrepancias entre el emperador alemán y el papa, y Bernardo de Claraval promovía la segunda cruzada—, y en muchos aspectos representó la conciencia espiritual y política de su tiempo.
Entre sus corresponsales figuran tres papas (Eugenio III, Anastasio IV y Adriano IV), monarcas (Conrado III, Federico Barbarroja, Enrique II de Inglaterra, Leonor de Aquitania y la emperatriz bizantina Irene), y monjas y eclesiásticos de toda condición. Hildegarda siempre distingue entre ella misma, la «pobrecita figura femenina» y lo que la voz divina expresa a través de ella. Amonestar, advertir o reprender a los demás es algo que hace siempre en nombre de la luz y de la voz, y no en el suyo propio.
Hildegarda fue también consultada por otro poderoso personaje a propósito de la cruzada. Se trataba de Felipe de Alsacia, conde de Flandes. Él utiliza un tono de lo más respetuoso: «Vuestra santidad habrá sabido que estoy dispuesto a hacer todo aquello que sea susceptible de complaceros…». En el tono solemne de la respuesta, la abadesa, hablando por la luz viva, desliza esta pregunta: «¿Por qué has matado a tu prójimo sin que intervenga mi justicia?». Es una frase estremecedora, pues el conde había hecho morir a latigazos a un hombre a quien había encontrado hablando con su esposa.
El papa Anastasio IV, se dirige a ella con admiración, pero, seguramente, no se esperaba la respuesta que recibió:
Oh, hombre, que por atender tu ciencia has dejado de reprimir la jactancia del orgullo de los hombres que han sido puestos bajo tu protección, ¿por qué no haces revivir a los náufragos, que no pueden salir a flote de sus dificultades si no reciben ayuda? (…) Tú abandonas a la hija del rey, es decir, la justicia, (…) que te había sido confiada.
La sibila del Rin
Dotada desde sus primeros años de vida de la capacidad de ver y oír cosas imperceptibles para el resto de los mortales, Hildegarda desempeñó el papel de profetisa. La Vita nos cuenta:
De todos los lugares llegaban hasta ella muchedumbres de gentes de ambos sexos a los que concedía exhortaciones por la gracia de Dios y a cada uno según su vida. (…) Como conociera gracias a su espíritu profético los pensamientos y las intenciones de los hombres, reprendía a los que se habían acercado a ella solo por curiosidad con intención frívola y perversa.
(…) Preveía en espíritu la vida y los cambios de los hombres, y de algunos la consumación de la vida presente, y también la gloria y las penas de sus almas según la cualidad de sus costumbres y de sus méritos. (…) Y como supiera con precisión cuándo era tiempo de callar, también sabía cuándo, con quién, por qué y cómo era tiempo de hablar. (…) Solía describir con detalle cosas del futuro.
Al final del Liber vitae meritorum no solo manifiesta que es consciente de su labor de profetisa, sino que lanza una maldición contra cualquier persona que, en el futuro, modifique lo que ella ha escrito, ya que Hildegarda se considera un simple instrumento de Dios.
En 1150, tuvo que luchar por la independencia de su comunidad y su traslado a Rupertsberg. Después de enfrentarse a una durísima oposición por parte de los monjes de Disibodenberg (los monjes no querían renunciar a las dotes e influencia de las familias nobles de las que procedían las monjas), al final, pudieron trasladarse a la nueva construcción. En 1165 Hildegarda fundará un nuevo monasterio: Eibingen, que sobrevive hoy.
En el año anterior a su muerte Hildegarda tuvo que hacer frente al conflicto más doloroso de su vida.
En 1178 había accedido a que un noble fuese enterrado en suelo consagrado en Rupertsberg. El noble había sido excomulgado, aunque antes de morir se reconcilió con la Iglesia. Pese a todo, los prelados de Maguncia, alegando que ese hombre había muerto excomulgado, ordenaron a Hildegarda que exhumara su cadáver y se deshiciera de él. La pena, de lo contrario, sería la excomunión para ella y para sus monjas, que ya no podrían oír misa, comulgar o cantar el oficio divino.
Hildegarda desobedeció el mandato. En el proceso de su canonización podemos leer que a sus ochenta años, respondió al desafío: con su vara de abadesa trazó una cruz en el aire sobre la tumba, y borró luego toda señal que pudiera identificar el enterramiento. Asumió la responsabilidad de que ella y sus monjas vivieran expuestas a la vergüenza pública porque su luz viva le dijo que profanar el cuerpo enterrado en suelo consagrado era desobedecer a Dios.
El monasterio enmudeció y los cantos y melodías tan amados por Hildegarda cesaron. Privadas de la misa, sin el consuelo de la comunión, las hermanas asistían tristes a la batalla de su abadesa. En marzo de 1179, seis meses antes de morir Hildegarda, el arzobispo de Maguncia autorizó el levantamiento de la excomunión.
Todo está en las visiones
He aquí que en el año cuarenta y tres de mi vida en esta tierra,(…) vi un gran esplendor, del que surgió una voz que desde el cielo me decía: Oh, frágil ser humano, ceniza de cenizas y podredumbre de podredumbre, di y escribe lo que ves y oyes (Scivias).
Hildegarda reveló a un desconocido que sus visiones eran de dos clases, una de las cuales era mucho más rara, intensa y gozosa que la otra. A él le dijo que en ningún momento cesaba de ver esa luz. Después de una larga respuesta a su carta sobre las visiones, el monje Guibert de Gembloux quedó tan anonadado que se trasladó a Rupertsberg para pasar en compañía de la octogenaria monja los dos años que antecedieron a su muerte.
Desde mi infancia, antes que mis huesos, mis nervios y mis venas se hubieran afirmado, hasta ahora que soy septuagenaria, siempre he disfrutado del regalo de la visión en mi alma. Según la voluntad de Dios, mi alma sube a las alturas del cielo, a las diversas regiones del aire, y se pasea entre pueblos diferentes, aunque habiten regiones lejanas y lugares que son para mí remotos.(…) Yo no oigo esas cosas con mis oídos del cuerpo (…); las veo solamente en mi alma, y los ojos de mi cuerpo siguen abiertos, porque nunca sufrí el desfallecimiento del éxtasis; las veo despierta, tanto de día como de noche (…) Se me dice que esta luz es la sombra de la luz viviente y, así como el sol, la luna y las estrellas se reflejan en el agua, así sucede con los escritos, los sermones, las virtudes y algunas obras humanas, son revestidas de formas, resplandecen en esa luz. Conservo durante mucho tiempo en la memoria todo lo que he visto y aprendido en esta visión; de modo que recuerdo lo que alguna vez he visto u oído; simultáneamente veo, oigo y sé, y aprendo en un instante lo que sé. Pero lo que no veo en esa luz, lo ignoro, pues no soy docta.
(…) no con mucha frecuencia, percibo en esta luz otra luz que es nombrada luz viviente (…) Desde el momento en que la contemplo, toda tristeza y todo dolor es arrancado de la memoria, de forma que adquiero las maneras de una simple niña y no de una mujer vieja.
Sus visiones son precisas y evolucionan ante sus ojos con gran lujo de detalles y colores. Hildegarda no ofrece un extracto de sus visiones, sino un relato de las mismas. La voz divina que oye en su visión le explica también el sentido alegórico de las imágenes que contempla. Lo que resulta excepcional, y a ella misma le sorprendía, es que esta clase de visión se diera al mismo tiempo que su visión física.
Hildegarda afirma que sus visiones proféticas son la fuente directa de lo que escribe, y de su dominio intuitivo de la música, de las Escrituras y de las obras teológicas y filosóficas, cuyo hermetismo puede descifrar sin dificultad, pese a haber recibido una instrucción rudimentaria. Sus conocimientos son a menudo asombrosos.
Su convicción de que ha visto en la luz y en plena vigilia las contestaciones a lo que le preguntan significa que no tiene miedo a decir lo que haga falta. Muchas veces se expresa de forma cortés y humilde; pero cuando se trata de manifestar lo que cree que es la verdad, lo hace desafiando cualquier oposición.
La guía en quien confiar
Su papel de directora espiritual queda atestiguado en los consejos que encontramos en sus cartas contestando ruegos y haciendo entender a sus corresponsales el camino para remontar sus dudas o defectos. En ocasiones, la respuesta es directa: «muchas veces juzgas a los otros en cosas en las que tú misma no deseas ser juzgada», le dice a la abadesa Hazzecha. Otras veces, Hildegarda percibe en su interlocutor cuál es su carencia más acusada, el defecto que más le estorba, y, en palabras de Peter Dronke, le prepara una imagen talismánica que le sirva de apoyo y guía, actuando igual que cuando adapta sus conocimientos médicos de un modo personal a sus pacientes.
Su uso de la alegoría tiene un objeto pedagógico, como cuando muestra la imagen de virtudes y defectos:
De la cambiante masa surgieron más espectros, algunos grotescos, como la Cobardía, cuyo cuerpo temblaba con la flacidez de un gusano, acabado en una cabeza con una sola oreja peluda.
(…) La Tristeza se le presentó como un leproso de cabello negro como el azabache. Se escondía detrás de unas grandes hojas y se desgarraba el corazón, ya que tenía la muerte por felicidad. A continuación se acercó el Engaño, el vicio envuelto en tinieblas, que aunque apresado en una endurecida espuma, segregaba una especie de viscoso lodo.
En Rupertsberg, Hildegarda vela por las monjas de las que era abadesa.
(…) Veía en mi visión verdadera, con mucha inquietud, cómo los espíritus aéreos combatían contra nosotras. Vi que esos mismos espíritus atacaban a algunas de mis nobles hijas a través de distintas vanidades, enredándolas como en una red. Entonces, instruida por Dios, las instruí a mi vez.
Insiste en evitar los excesos de penitencia y mortificación, que son, en realidad, errores. A una religiosa, en quien adivina la práctica de excesivas privaciones, le dice:
A menudo veo que cuando alguien aflige su cuerpo con un exceso de abstinencia, nace en él el fastidio, y por ese fastidio se multiplican los vicios mucho más que si hubieran sido contenidos con justicia.
El caso de Sigewiza
La Vida menciona curaciones asombrosas, algunas ocurridas sobre su tumba, donde se percibía «un suave olor que salía de su sepultura».
Uno de estos milagros tuvo lugar durante un viaje por el Rin que emprendió para predicar. En el barco, una mujer le mostró a su hijo, un niño ciego. Hildegarda tomó agua del río con su mano izquierda, mientras bendecía con la derecha al pequeño echándole el agua sobre los ojos. En seguida, recobró la vista.
Por su correspondencia, conocemos un episodio que tuvo mucha resonancia en la época: la curación de una joven noble, Sigewiza, en lo que parece haber sido un caso de posesión demoníaca. Fue durante una larga enfermedad de Hildegarda.
Hildegarda meditaba y ansiaba saber la forma exacta en que los demonios podían afectar a los seres humanos. En su visión, comprueba que el demonio no puede «entrar» en la persona, aunque sí cubrir y ensombrecer a los humanos «con un humo de negrura». O sea, que puede asediar y «obsesionar» a las personas, si bien no cabe hablar de «posesión» diabólica.
La voz que habla a través de Sigewiza llama burlonamente a la abadesa no Hildegardis, sino Scrumpilgardis («Arrugarda»). Lo que se desprende del relato de Hildegarda es que intentó curar a la joven diseñando para ella una complicada representación dramática mimética. Aunque la perspectiva aterrorizaba a toda la comunidad de Rupertsberg, la aceptaron, y tras semanas de rezos y de prácticas ascéticas por parte de las monjas y de todo el pueblo de Bingen, el resultado fue la paulatina recuperación de Sigewiza.
¡Ah, la música!
La música, como la luz y el viento, se difunde por las cosas. Para Hildegarda es la manifestación sonora y física de la gloria del cosmos y de la armonía de sus partes: el mundo es sinfonía.
Al dar vueltas, el firmamento emite maravillosos sonidos que nosotros, sin embargo, debido a su excesiva altura y amplitud no podemos escuchar (Causae et curae).
Una symphonia es algo material e inmaterial. La música surge de lo terrenal, pero se remonta hacia Dios, estimula a las almas soñolientas y las mantiene atentas:
A través de sonidos dispuestos en armonía (…) podemos transformar nuestras acciones y nuestro ser interior (…).
Su obra Symphonia armonie celestium revelationum es un ciclo de, aproximadamente, setenta canciones litúrgicas (antífonas, responsorios, himnos y secuencias). Se trata de música «revelada». También lo es la última visión del Scivias, que es, más bien, una audición, la transcripción de un concierto celestial: «oí (…) todo tipo de músicas maravillosas (…)».
La opereta religiosa Ordo virtutum es una obra peculiar de Hildegarda. En ella aparecen las figuras alegóricas de las virtudes celestiales en lucha con el diablo. Según la concepción de Hildegarda sobre la música, las palabras del diablo no tienen ninguna melodía, solo son ruido. Los cánticos y la alabanza musical de Dios son privativos de los ángeles y los hombres.
El interdicto caído sobre su monasterio fue la causa de que Hildegarda escribiera a los prelados de Maguncia indignada por la prohibición de cantar los salmos e himnos, exponiendo toda una teología de la música.
(…) Los profetas, (…) inventaron no solo los salmos y los cánticos, que se cantaban para aumentar la devoción de los que los escuchaban, sino también los distintos instrumentos musicales, (…) para que tanto con las formas y las calidades de esos mismos instrumentos como en el sentido de las palabras que oían y les eran repetidas, los hombres pudieran instruirse interiormente.(…) Por eso debéis reflexionar, vosotros y todos los prelados, con extrema atención (…), antes de cerrar con una sentencia la boca de una asamblea dispuesta a cantar las alabanzas del Señor (…).
Su obra más oculta y desconocida es la Lingua ignota. En este lenguaje ignoto Hildegarda configuró un glosario misterioso de unos novecientos términos desconocidos referidos a seres terrenales y celestiales, en su propio alfabeto de veintitrés caracteres, con un significado que se expresa en lengua germánica. Las litteras non visas (letras nunca vistas) y la lingua inaudita se relacionan con la composición musical.
«La lingua ignota debió de ser una especie de lenguaje secreto para iniciados, empleado para crear una atmósfera de mística intensidad en el convento» (Barbara Newman) «La abadesa habría tratado de reconstruir la lengua hablada por Adán antes de la caída, lengua que le permitía conversar con los animales, lengua hablada por los ángeles. Reencontrar esa lengua era el modo de volver a entrar en contacto con el tiempo de los orígenes» (S. Gouguenheim). «La Lingua de Hildegarda exige con urgencia una edición comentada (…) Yo creo que quedó sin terminar; o, al menos, que la colección de palabras que queda representa solo una fracción de lo que tenía previsto» (Peter Dronke).
La orden celeste de utilizar a un corrector para pulir su gramática se encuentra en la carta dirigida al papa Anastasio; en realidad, en la carta, según Victoria Cirlot, se alude al paso de la lingua ignota, celestial —la que a ella se ha mostrado—, a la humana; de ahí que se concluya con la «adaptación» al sonido humano.
Particular interés ofrece –comenta Victoria Cirlot– la relación entre palabra y música: los melismas (largas frases melódicas para una sílaba) no están en correlación con el acento de una palabra o su importancia en el texto, y «las dos sonoridades funcionan como una especie de contrapunto, impredecible y rico (…). Las creaciones de Hildegarda, comparadas con las de un himno contemporáneo, sonarían más primitivas o desconcertadamente vanguardistas» (Barbara Newman). Ritscher lo calificó de «gregorianizantes», pero no gregoriano.
Para A. Castro y M. Castro, traductores del Scivias, «en esta obra se traslucen dos ejes, entrelazados en el texto: el de la palabra con sus ecos, que llamaríamos melódico; y un eje espacio-temporal, de tipo arquitectónico, que integra las imágenes (…). Se advierte una voluntad musical que crea complejos paralelismos de imagen y palabra (…). La urdimbre del Scivias es la de una obra musical: una morada de la música que abarca la palabra, la imagen, sus encadenamientos rítmicos, sus reverberaciones en una armoniosa síntesis de las Escrituras».
¿Alegoría o realidad?
Los estudios sobre Hildegarda se han centrado, sobre todo, en la idea de que sus visiones responden a una concepción alegórica del mundo.
Sin embargo, en el Liber vitae meritorum, la voz de la luz viviente le dice: «esto que ves es verdad». Ella insiste en que todo lo ha visto y oído con completa consciencia y lucidez, en los reinos celestialesy no en el mundo físico.
Victoria Cirlot cita a Corbin, quien ha desarrollado ampliamente la realidad de la tierra intermedia, de la geografía visionaria, que es el lugar del símbolo por excelencia. «La eclosión espontánea de los símbolos (…) no saca a la luz formas arbitrarias y “fantasiosas”, sino contenidos fundados e invariables, que corresponden a esa estructura permanente (…). Descubren a la mente una región no menos “objetiva” que el mundo sensible». (…) Una vez consumada la ruptura de nivel, el alma revela todas las presencias que la habitaban desde siempre sin que hubiera tenido, hasta ese momento, conciencia alguna de ello. El alma revela su secreto; se contempla (…) como presintiendo una familia de seres de luz que la atraen hacia un clima más allá de todos los climas conocidos hasta entonces».
***
Todavía hay muchos puntos por investigar en la obra de Hildegarda de Bingen, muchos documentos que permanecen a la espera de un análisis exhaustivo que rescate todo aquello que el tiempo inexorable (más de 900 años ya) no haya devorado. Pero lo que nos ha llegado nos permite sentir la fuerte huella de una pequeña monja que un día, entre las tribulaciones del mundo, vio la luz.
¿Podremos nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio, volver la vista hacia lo alto, como ella, y comprender que el universo está ordenado? ¿Que el hombre, lejos de ser un prisionero desvalido en sus redes puede, con su voluntad, forjar un mundo nuevo y mejor? Podemos y debemos. ¡Así sea!
Bibliografía
Hildegarda de Bingen, una conciencia inspirada del siglo XII. Régine Pernoud. Editorial Paidós testimonios, 1998.
Una luz tan intensa. La insólita vida de la mística alemana del siglo XII Hildegard von Bingen. Joan Ohanneson.Ediciones B, S.A. Barcelona, 1998.
Las escritoras de la Edad Media. Peter Dronke. Ed. Crítica, colección Drakontos,1995.
La mujer en el tiempo de las catedrales. Regine Pernoud. Colección Plural, Historia. Ediciones Juan Granica, Barcelona, 1982.
La mujer medieval. Mariateresa Fumagalli Beonio Brocchieri. Alianza Editorial. Edición de F. Bertini, Madrid, 1991.
Mujeres medievales. Eileen Power. Encuentro Ediciones, Madrid, 1979.
SCIVIAS: conoce los caminos. Hildegarda de Bingen. Traducción de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro. Editorial Trotta, Madrid, 1999.
La mujer en la Edad Media. Margaret Wade Labarge. Editorial Nerea. Madrid 1988, edición de 1996.
Vida y visiones de Hildegard von Bingen. Edición a cargo de Victoria Cirlot. Siruela, Madrid, 2001.




















