Filosofía — 11 de enero de 2026 at 00:00

Reyhaneh Jabbari: Hacer lo correcto a pesar de todo

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Reyhaneh Jabbari
Reyhaneh Jabbari

¿Qué tienen en común Reyhaneh Jabbari, una joven irania condenada a muerte, una homilía pronunciada en una pequeña capilla en Lisboa y Platón?

Puede ser difícil de ver a primera vista, pero en verdad lo tienen todo, siendo el alumno de Sócrates el denominador común.

En el año 2007, Reyhaneh Jabbari, en una tentativa de violación de que fue víctima, mató a su atacante, en legítima defensa, aunque sin siquiera darse cuenta en aquel momento de que este moriría. El instinto fue huir, cruzándose en la puerta con un segundo hombre.

Reyhaneh vivió sus siete años siguientes en la prisión, años señalados por la tortura y por un juicio lleno de contradicciones y de presiones que culminaron en una condena a muerte en el año 2009. A esto siguió una larga espera en el corredor de la muerte, mientras la familia luchaba dentro y fuera de Irán por justicia y clemencia.

En realidad, todo el proceso expuso la parcialidad del funcionamiento de un sistema jurídico patriarcal donde la honra masculina vale más que la vida de una mujer. En otras palabras: la ley de gisas (ley de represalia, la venganza de sangre) pone en las manos de la familia del hombre muerto el poder de perdonar o exigir la ejecución. Como en la ley del talión, contenida en el antiquísimo código de Hamurabi, en la Babilonia del 1770 a. C., ojo por ojo y diente por diente, así sigue, a no ser que la persona a quien cabe aplicar ese superpoder de arrebatar una vida se abstenga, y en vez de ello, escoja la clemencia.

Al final de muchos esfuerzos de la la familia y de muchas conversaciones de la madre con la mujer y el hijo mayor del hombre muerto —era el hijo quien tendría la última palabra—, Reyhaneh fue confrontada ante una elección, la verdad o la supervivencia. Para escapar a la horca tendría que admitir que mintió en la tentativa de violación. Ante el rechazo de la joven, el hijo prefirió dar un puntapié a la banqueta de la horca y, según su visión, lavar así la honra del padre.

Es aquí donde entra la mencionada homilía —oída dos días después de haber visto el documental sobre Reyhaneh— en una capilla despojada de ornamentos dorados, pero rica en sabiduría y humanidad.

Con los ojos cerrados, el sacerdote habló sobre la verdad como la iluminación del bien, al mencionar el escarnio y la humillación que soldados y otros ejercieron sobre Jesús, al que le preguntaron directamente: «Si eres Dios, ¿por qué no te salvas a ti mismo?». Para el común de los mortales sería obvio salvar el pellejo, es un instinto biológico, pero el propósito no era salvarse a sí mismo en el sentido del cuerpo; era salvar su existencia, sí, en un propósito mucho mayor, una existencia más allá de lo orgánico; salvar aquella verdad de que estaba imbuido para alcanzar el bien.

Según las palabras del sacerdote no era «salirse con la suya».

Tal como Reyhaneh. ¿Cómo podría salirse con la suya, si tal cosa la haría para siempre prisionera de una mentira? Como dijo en una carta a la madre, «no te preocupes, yo estoy libre por dentro, en esta verdad, no son estos muros que me cercan los que me aprisionan». Más o menos así.

Y aquí es donde entra Platón cono denominador común, con sus arquetipos del Bien, de la Justicia y de lo Bello. Platón llama justicia al estado en que cada uno cumple la función que corresponde a su naturaleza, y el conjunto vibra como un organismo saludable. Justicia no es apenas cumplir leyes, es participar en un orden vivo, y eso no fue lo que le aplicaron a Jesús, ni a Reyhaneh, sino que ambos escogieron esa justicia mayor.

Del primero, sabemos que fue el no transigir en su verdad lo que le permitiría revelar el Bien, el cual torna todas las otras formas inteligibles y deseables, y alimenta aún a mucha gente más de dos mil años después. De la segunda quedó el saber que una joven común puede también tener ese mismo «no transigir», tal vez no porque lo haya aprendido como enseñanza cristiana, a la que aparentemente no tuvo acceso, sino porque la aprehendió como arquetipo, que está más allá de cualquier apropiación humana.

Aquí, el «no transigir» es la expresión de la justicia, es hacer lo que es correcto, lo que cabe independientemente de los intereses individuales, que en estos casos eran intereses vitales, pues consistían en el hecho de sobrevivir. Incluso ante el dolor terrible de ambas madres, ante la inminente pérdida más dilacerante y anunciada de sus vidas. «Querida Sholeh, no llores por lo que estás oyendo», escribió Reyhaneh a la madre, casi al final.

Felizmente, no todos nos hallamos en marcos tan extremos en la vida, que nos exijan decisiones tan difíciles, pues las mismas serían insoportables para la mayoría; pero todos tenemos momentos casi en lo cotidiano en los que, ante el estrés, las dificultades y las presiones, se nos obliga a escoger entre ser justos o «salvarnos».

Esta es una elección que nos define y fundamenta el resto de nuestra vida.

Sobre todo, y no despreciablemente, en este momento de posverdad en que parece que ninguno de aquellos arquetipos consigue tener amplio eco entre las personas, estos ejemplos son de máxima importancia.

¿Es fácil? No. Mas forma parte de una lucha diaria.

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