
El baile, la música y la indumentaria típica muestran parte de la identidad de un pueblo. El baile payés (Ball Pagés) tiene, en toda su amplia expresión, un legado cultural de pueblos que, con anterioridad, han dejado en las Pitiusas (así llamaron los romanos a las islas de Ibiza y Formentera por la abundancia de pinos) una forma de simbiosis con el carácter hospitalario y feliz del ibicenco. Este baile, en la mayoría de las ocasiones, se efectúa en torno al pozo o a una fuente de aguas vivas no estancadas. Más que ofrecer un espectáculo, pretende mostrar en cada movimiento todo un simbolismo. Difícilmente se puede formar una idea clara de ello el que solo por descripción lo conozca, pues es muy original y tiene una cierta complejidad. El baile está acompañado de un tambor, una flauta, un s’espasi y unas castañuelas. Los instrumentos de música solo los toca el hombre.
Comienza el baile con la concentración de los bailadores en un gran círculo al son de la música (numerosas danzas ancestrales de otras culturas tienen esta misma forma de comenzar).
El bailador saca a bailar a la bailadora, reclamándola al centro de la rueda, haciendo sonar la castañuela de su mano derecha y manteniendo a su vez este mismo brazo elevado unos 45º. Y empieza al son de la música con un delirio de saltos, vueltas y patadas en el aire que superan la cabeza de la bailadora, con su correspondiente braceo a la vez que toca las castañuelas, como si pretendiese aturdir, fascinar e impregnar de vitalidad a su pareja con su vigorosidad. Esta, por el contrario, recogida en etérea elegancia, se desliza apenas enseñando los pies con pasos muy cortos y en círculos reducidos, los brazos sujetos a la cintura, o cogiendo con una mano la falda levantándola tímidamente.
El bailador la sigue, osado y vigoroso en hermoso acto de entrega, no dándole jamás la espalda; a la vez, repica sus castañuelas y el ritmo va alcanzando una energía y movilidad frenética. Entonces ella abre más sus círculos y, dibujando un ocho imaginario en su traslación, se hace más esquiva, y él todavía saltará más, arrimándose y alejándose constantemente, pasándole el brazo sobre la cabeza en señal de gentil despedida, finalizando con una reverente inclinación de rodillas ante ella, la «dona».
Encontramos similitudes, en tratados antiguos sobre el baile, en figuras púnicas, cuando se compara la imagen de la bailadora ibicenca con su vestido acampanado con exvotos de la diosa Tanit de forma campaniforme. La postura hierática y distante que mantiene la bailadora, incluso con las manos en una posición similar a alguno de estos hallazgos, nos hacen pensar en un paralelismo.
El baile tiene su origen en una comunidad eminentemente rural. Servía no solo para festejar la recogida de la cosecha, las matanzas del cerdo, las bodas y también como motivo de relación social. Esta forma de expresar la alegría de un acontecimiento se convertía en un despliegue de colorido por parte de la bailadora por su indumentaria y sus joyas, y de energía por parte del hombre debido a su enérgico danzar.
Según la ocasión a festejar hay distintos tiempos y figuras de baile tanto para el hombre como para la dona.
Adentrémonos en esta joya plástica que es el baile payés (ball pages). Consta de dos tiempos diferenciados por el ritmo marcado del tambor y la flauta: «sa curta», de ritmo lento y «sa llarga», más rápida.
Durante «sa curta» la mujer se desliza suavemente, sin delatar el movimiento de sus pies, cubiertos bajo las amplias faldas, sin levantar la vista del suelo, describiendo en su desplazamiento reducidos círculos. El bailador la acompaña, marcando el paso de danza con pequeños saltos, siempre de cara a ella, muy cerca, a un lado, a otro, cruzándose por delante agitando los brazos al son que tocan las castañuelas. Descritos los tres primeros círculos, la música aviva el ritmo, dando paso a «sa llarga». La dona aumenta moderadamente la velocidad de su deslizamiento y la amplitud de sus círculos; el bailador, que va intercalando saltos compulsivos y arrítmicos, agita las castañuelas y, haciéndolas repiquetear fuertemente, mantiene sus brazos caídos.
A veces los pies se elevan por encima de la cabeza de la bailadora. Así evoluciona ante su pareja, a veces alejándose de ella y otras acercándose hasta muy cerca de su cara, dando rápidas vueltas, procurando mantenerse siempre frente a la misma. Como galardón final, levanta una mano hacia la cabeza de la dama o dobla la rodilla, que no llega a tocar el suelo, siendo una expresión de reverencia, tanto como la misma danza. Por estas expresiones y otros detalles que veremos más adelante se ha catalogado como una danza de cortejo. Quizás por ello notemos cómo los roles están bien determinados.
En el baile de las dotze rodadas (doce vueltas), los dos bailadores se deslizan suavemente. Ella, con la mano derecha en la cadera, la izquierda baja, cogiendo un pliegue de la falda. Él avanza deslizando los pies en línea, uno tras otro, la mano derecha al pecho, el brazo izquierdo caído, picando a intervalos la castañuela. En las tres primeras vueltas, marchan los dos a la par, describiendo un círculo; después se separan, siguiendo circunferencias distintas, tangentes, encontrándose a cada vuelta en el punto de tangencia; luego, oponiendo codo a codo, giran en forma de aspa otras tres vueltas; por último, se sitúan uno frente al otro, levantan ambas manos juntas ante sí, a la altura del pecho, con los dedos hacia arriba, los de ella en forma de piña, él sosteniendo las castañuelas, y unidos por el dorso de las manos, en actitud de dación mutua, efectúan en forma de rueda, las tres últimas vueltas. Las lentas y mecánicas figuras rotatorias de las dotze rodadas están sugiriendo los astros y su movimiento.
El baile de sa filera lo efectúan tres damas (una principal o la novia, en el centro y otras dos damas a cada lado) y un solo bailador, llevando el ritmo vivo de «sa llarga». Las tres donas evolucionan, describiendo círculos y espirales (movimiento de rotación y traslación que hace la Tierra); es un movimiento con equilibrio y energía pasiva y la motivación para el que danza a su alrededor. Estos círculos y espirales avanzan en hilera. El bailador actúa entre ellas, dirigiéndose siempre a la del centro. A veces, al cruzarse en dirección opuesta, levanta un brazo, pasándolo sobre las cabezas de ellas. La danza termina doblando él la rodilla ante la dama central. Cuando se efectúan en una boda estos distintos tiempos de la danza, se armonizan ceremoniosamente, iniciando el baile los padres y abuelos de la novia, con «sa curta».
Le sigue «sa llarga», retirándose los mayores y entrando los jóvenes, que la bailan con más vigor. Seguidamente una sola pareja marca delicadamente los pasos de las dotze rodadas. Esta danza, ejecutada en honor a los novios, termina con la entrada del novio en la pista y, con un golpe de castañuela, invita a la novia, que sale acompañada de dos damas a bailar la danza de sa filera. Hay quien también opina que la primera impresión es la de estar ante una forma arcaica, pero con solo profundizar un poco vemos todo un abanico cargado de simbolismos que, afortunadamente, el ibicenco sigue ejecutando escrupulosamente con suma fidelidad y amor.
Él tránsito de «sa curta», bailada por los ancianos, a «sa llarga», para que continúen el baile los jóvenes, nos viene a comunicar el antiguo mito de la transmisión de poderes y experiencias efectuado por la vieja generación a la nueva.
La trayectoria general del baile tiene su evolución en círculos, espirales y curvas, de sentido variable, y nos está ofreciendo básicamente las líneas estructurales de antiguas danzas de laberinto. A las danzas de laberinto se les ha atribuido relación con la mitología del tránsito de la vida a la muerte en las culturas megalíticas.
No es posible situar con certeza el origen de la danza ibicenca, sobre todo por la antigüedad a la que habría que remontarse, ya que las tradiciones de la gente mayor y de sus antepasados se pierden en la profundidad del tiempo. Solo podemos hacer una comparación de algunos de sus elementos plásticos con datos de otras danzas remotas, para poder así intentar localizar sus raíces y ancestros.
Históricamente, los orígenes de las primitivas danzas del Mediterráneo están ubicados en la isla de Creta. Los griegos consideraban a los cretenses y a los egipcios sus maestros de danza. Ya es de sobra sabido que los fenicios adaptaron el legado artístico de estas civilizaciones y que su labor por el Mediterráneo occidental fue continuada por los cartagineses (llamados púnicos por los romanos). Fenicios, y luego púnicos, fueron los antiguos pobladores de la isla de Ibiza, considerándose hoy en día la antigüedad del primer asentamiento hacia el siglo VIII antes de nuestra era.
Según la antigua leyenda de Teseo, cuando en Creta reinaba el rey Minos, Atenas se hallaba sometida a aquella isla y tenía que entregar a la misma un tributo anual de doce jóvenes, de ambos sexos, procedentes de la nobleza. Los jóvenes eran entregados al minotauro (hijo de Minos), al que dicho rey había encerrado en el laberinto construido bajo su palacio. En una oportunidad, Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, formaba parte del grupo de jóvenes. Al llegar a Creta, Ariadna, hija de Minos, se enamoró del príncipe griego y se propuso ayudarle a salir del laberinto. Para ello, le entregó una madeja de hilo, aconsejándole que fuera deshaciéndola mientras se adentraba en las galerías subterráneas. Teseo luchó con el minotauro, le venció y salió del laberinto siguiendo el hilo de Ariadna. Juntos llegaron a la isla de Delos y allí bailaron una danza llamada «ronda de paso de grulla».
Esta danza de evolución laberíntica se conservó por mucho tiempo en aquella isla, suponiéndose que trascendió a otras zonas del Mediterráneo, como es el caso de Ibiza, pues un paralelismo que se da en las dos danzas es el contraste de la actitud de ambos danzantes, como por ejemplo, que la dama no da una réplica activa al bailador.
Aunque ha sido durante siglos la única practicada en fiestas y reuniones por los jóvenes ibicencos, no se ha incluido en ella esa escalada de instigación y réplica propia de los bailes de galanteo. Por ello, los que solo ven en ella un baile de cortejo se quedan a las puertas de lo que en sí tiene de más trascendencia y simbolismo. La actitud de la dama es serena, recatada y de encantadora ingenuidad. En Grecia se ejecutaba la «danza de la inocencia», dedicada a Artemisa, diosa de la fecundidad, bailada por las jóvenes con paso lento de traslación y rotación a modo de imitación del movimiento de la madre Tierra Artemisa, Astarté, Tanit, distintas adaptaciones de nombres de diosas madres.
Por otra parte, la actitud del bailador ibicenco es tensa, manifestando un símbolo de una pugna de sentimientos: los brazos bajos, pegados al cuerpo, indican una idea de sujeción, a la vez que los gigantescos saltos verticales sobre sí mismo nos hablan de un impulso del individuo de proyectarse por encima de las limitaciones corporales, poniendo de manifiesto una cascada de vigorosidad, conjugando el riesgo para conservar el punto de equilibrio, la manifestación de pequeños misterios, que nos enseñan a vivir, a saber descubrir nuestro particular «laberinto». Así pues, estas danzas de secretos ancestros rinden culto a la vida, a la renovación del ciclo vital, a la representación de los planetas y el vigoroso Helios.
Indumentaria
Desde el vestido al calzado, incluyendo los instrumentos, todo es autóctono y netamente artesanal. El ibicenco, orgulloso de su indumentaria, tanto por su originalidad como por su conservada pureza a través del tiempo, lleva actualmente para festejos y ocasiones donde se ha de poner el traje típico, piezas de ropa tan antiguas que han ido pasando de generación en generación, y las prendas que se han de hacer nuevas por su deterioro conservan la más pura forma de la tradición.
Traje femenino
Gonella negra: es el vestido más antiguo (siglo XVII), tejido de lana gruesa, ceñido y esbelto. Se acompaña con la emprendada, conjunto de joyas de plata y coral.
Dependiendo de la ocasión, se cubren la cabeza con un pañuelo blanco o un mantón igualmente blanco con un ribete ancho. Está plisado desde la cintura y llega hasta los pies, con ribete blanco, asomo de cola y delantal de la misma tela. Para lograr los numerosos pliegues de la falda, humedecían la tela prensándola con una piedra, y luego se ponía a secar al sol. Un fino mantón blanco o amarillo de seda se cruza sobre el pecho. Sobre este, y cuando hace frío, se puede utilizar el abrigai, pequeño capote de lana que llega hasta la cintura.
Las emprendadas que se pueden llevar con este vestido son de plata y coral, o de plata y nácar. En la actualidad apenas quedan unas pocas de estas últimas. El coral tiene un rico simbolismo como árbol eje del mundo y como océano abismal. Por su color rojo se le relaciona con la sangre, y se le atribuyen virtudes de protección contra la influencia lunar, los rayos y torbellinos.
Encima del pañuelo que cubre la cabeza, llevan un sombrero negro de fieltro, de ala ancha y adornado con flores naturales, aunque en la actualidad casi siempre son artificiales.
Gonella blanca y de color: constan de varias faldas acampanadas superpuestas, tantas como las que pudiese la novia ponerse el día de la boda, ya que lo que llevara ese día consigo al salir de la casa de sus padres sería su ajuar. La gonella se completa de refajo, faldellín y vestit, atados a la cintura y un mantón cruzado ante el pecho, destacando en la espalda la trenza larga que sale por debajo del pañuelo que llevan en la cabeza, rematándola un gran lazo de seda, de vivo y distinto color según el estado social: el rosa para las niñas y jóvenes sin compromiso, el verde para las prometidas, el rojo para las casadas y el negro para las viudas.
También llevan, cuando bailan, vistosas flores hechas de lazo de raso a ambos lados de los hombros. La cabeza, cubierta por el pañuelo, puede llevar también un sombrero blanco, airoso, formado por cordoncillo de pita, con una cinta negra. Otra modalidad es llevar el pañuelo abierto, y uno de los picos de este, recogido en una parte del ala del sombrero. Huelga decir que el día de la boda también se lleva la emprendada.
Cuando la gonella es blanca es de novia (actualmente también se usa para bailar, precisamente para representar esta modalidad). Cuando es de color con un delantal largo y no lleva joyas, indica que se hace una actividad de trabajo en el campo y aún hoy encontramos en el mundo rural de Ibiza señoras mayores que en su vida cotidiana siguen vistiendo con esta indumentaria y ellas mismas se confeccionan sus propias piezas de ropa. Este mismo vestido también es usado para algunas celebraciones (fiesta del pueblo, de los pozos o para ir a la iglesia). En estas ocasiones llevan un delantal más pequeño de seda con adornos florales o geométricos. También en esos días se portan las joyas emprendadas, siendo siempre de oro con este vestido.
Traje masculino
Se compone de la roja barretina catalana, cayendo a la derecha (la barretina es el antiguo gorro frigio, utilizado en el simbolismo de la masonería). Chaleco corto de paño (drap) blanco por detrás y por delante negro, decorado con botones de plata colgante, siendo lo más corriente doce botones por cada lado y en doble hilera; son de filigrana y cuerpo esférico. Camisa de lino o algodón, con cuello de unos dos dedos de ancho, que se lleva subido, adornado con bordados en el mismo color blanco, al igual que la plisada pechera. Pañuelo de seda al cuello. Faja roja, cuyos flecos a veces penden a lo largo de las caderas.
El traje de verano consta de los mismos elementos menos el chaleco, sustituyendo el pantalón de estameña por uno de lino, también estrecho en los tobillos y ancho en los muslos para dar libertad de movimiento. Para defenderse del frío y la lluvia lleva el «mantón» o manta de lana. Para acentuar un luto usa el caputxu, grueso abrigo con capuchón, que ha sido comparado con el sayo griego y con la chilaba argelina.
Las piezas del calzado se llaman espardenyas. Es utilizado en el ambiente rural e incluido en la vestimenta del baile payés tanto para el hombre como para la mujer, habiendo una cierta diferenciación. Las espardenyas están formadas por una suela hecha de un trenzado continuo de esparto picado, dando la forma y número del pie que ha de calzarla y se hacen todas artesanalmente. Por la parte que da al suelo suele estar alquitranada para que dure más. La cubierta de la parte delantera y la talonera se hacen de una fina y primorosa trenza de hilos de pita (extraído por el artesano de la planta denominada pitrera). Después de hecha la puntera, terminada en forma de morro y plegada la punta hacia arriba para la mujer y abierta para el hombre, se «emblanquina», que es darle un tratamiento con productos naturales para enlucirlas y blanquearlas.
Instrumentos musicales
Su elaboración se realiza, al igual que la ropa, por el payés ya mayor que conserva esta enseñanza artesanal. La música ibicenca se basa en la percusión y el viento.
Las castañuelas: son generalmente de madera de enebro. Cada mitad tiene en su interior una hendidura circular en forma de U. Están unidas ambas mitades por una cinta roja que se adaptará a la mano del bailador y un travesaño de madera que las separa un poco por arriba, haciendo que hacia la punta se encuentren para hacer el sonido. Por la parte posterior y en ambas mitades, pueden estar pintadas y estucadas, siempre con figuras geométricas y motivos florales y vegetales del lugar. Las castañuelas que nos ocupan son las más grandes del mundo; miden de largo de 10 a 15 centímetros, adaptadas más o menos por quien las va a hacer sonar. No se tocan con los dedos como las andaluzas, sino no con un braceo y abriendo y cerrando la mano a la vez, a modo de sacudida, guardando un ritmo.
El tambor: se hace de un tronco de pino de unos 20 cm. de largo y de ancho. El pino se ha de cortar en luna vieja1 de Navidad, de julio o de agosto. La sección elegida se redondea por igual con una gubia y una maza, es ahuecada cuando aún está verde. Se deja una pared de cinco milímetros de grosor. Por fuera, en todo su contorno va estucado y pintado igualmente que las castañuelas.
La flauta: el origen de la flauta parece remontarse a Mesopotamia, extendiéndose desde allí a India, China y Japón, así como a las riberas del Mediterráneo. En dibujos de vasijas y relieves de la antigua Grecia se repite la figura de un músico tañendo, a la vez, dos flautas sostenidas una por cada mano, forma que también utiliza la música ibicenca, siendo actualmente la forma más usual la de tocar flauta y tambor por la misma persona a la vez. Consta de tres agujeros para su digitación.
Con este número limitado de agujeros puede ser completada la escala musical con artificiosas aplicaciones de los dedos y gran control del soplo. Su escala es diatónica. En el diseño tradicional debe ir siempre el símbolo de Tanit, relacionado con la vida vegetal, y es también frecuente la representación de dos peces. Normalmente es de madera de adelfa. Es curioso comprobar cómo hoy en día el ibicenco dice que no debe faltar el símbolo de Tanit, porque esto hace que la flauta suene bien, aunque muchos ni siquiera sepan lo que ese símbolo representa.
El s’espasi (espadín): espada fabricada también artesanalmente por herreros isleños. Cuelgan de ella cintas de los colores de la bandera de Ibiza. El sonido que de él se extrae es como el del triángulo que se utiliza en las orquestas, pero no se utiliza para cuando es música de baile, solo para otras canciones.
La xeremia: pequeño instrumento de viento, compuesto por dos finas cañas de unos cinco milímetros de diámetro por unos quince cm de largo. Las dos cañas están paralelamente atadas. Su registro de sonido son unos agujeros en su parte superior, con dibujos grabados a fuego. La lengüeta sonora se obtiene mediante un corte longitudinal. Era utilizada por los pastores cuando estaban en el monte, probablemente para hacerse compañía, ya que es pequeña y de fácil transporte. Pero lo más interesante de este instrumento de viento es su similitud, por su forma y elementos, al antiguo mait egipcio, instrumento este que aparece ya representado en un relieve egipcio del tercer milenio a. de C. y del que se conservan dos ejemplares procedentes de hallazgos arqueológicos en el Museo del Cairo. Actualmente todavía se encuentra este instrumento en alguna región de la ribera del Nilo y en Ibiza, y que se tenga conocimiento en ningún otro lugar.
El bimbau: otro instrumento metálico de pequeñas dimensiones.
El calatrec: instrumento de percusión, hecho de caña, pero a diferencia de la xeremia, que tiene dos cañones, el que aquí nos ocupa solo tiene uno y grueso; también con una incisión en su parte superior. Dicha incisión hace las veces de una tecla de piano. Junto con el calatrec también se pueden tocar las castañuelas.
La joyería
La emprendada es la dote. La ostentación que muestra la mujer ibicenca a través de las joyas es solo un indicativo de conmemoraciones determinadas e importantes de su vida que quiere realzar. Es importante señalar que una de las cualidades del carácter de este pueblo es la señorial prudencia que muestra en todas las manifestaciones. Todos estos accesorios se iban adquiriendo paulatinamente. El conjunto de anillos que cubre casi todos los dedos, era un regalo que hacía el novio como símbolo de amor y de capacidad de poder ganarse la vida, constatando así la posibilidad del mantenimiento de una familia.
A veces se llevan hasta veinticuatro anillos. En este caso los anillos cubrían, en tres franjas, la primera y segunda falange de todos los dedos excepto el pulgar. Los tres modelos que lo configuran son el de borronat, el de «sello» y el de «rosetas». Del primero y el último penden dos cadenitas en comba, con dos colgantes en su centro: una llave y un corazón; y en el otro, igualmente una llave y un triángulo. Es curioso señalar que el emblema formado por dos llaves, un corazón y un triángulo se relaciona con el dios Jano. Había antiguamente la existencia de otro colgante, representando una campanita, totalmente ignorado en la actualidad, pero se sabe —narrado por gente mayor— que era para ahuyentar a los espíritus maléficos.
Volviendo a los anteriores colgantitos, encontramos paralelismos en el mundo arqueológico con hallazgos en la misma Ibiza, como el caso de colgantes en forma de triángulo y llave hallados en la necrópolis púnica del Puig des Molins en Ibiza ciudad. El parentesco morfológico de la llave lo podemos relacionar con el emblema del ankh, para abrir las puertas de la muerte a la inmortalidad. El triángulo es símbolo de femineidad, con el vértice hacia abajo; el corazón lo es del amor y la llave serviría para penetrar en este amor. La interpretación popular más extendida es la de la entrega del corazón y los bienes materiales, representados por la llave de la casa por parte del enamorado.
Toda la joyería se haya representada y recreada en terracotas púnicas halladas en la propia isla. Los ornamentos que ostentan tendrían un significado simbólico ritual, relacionados con atributos de carácter astral y funerario de las divinidades que los llevan. Muchos de estos ornamentos encuentran sus paralelos en placas decoradas con motivos fitomórficos y en la decoración de huevos de avestruz en los que aparece la flor del loto, árbol sagrado de la vida.
1 Luna vieja: luna menguante, con la forma de una pequeña guadaña de luz.




















