Sociedad — 1 de junio de 2024 at 00:00

Materialismo y visión ideal en una sociedad moderna

por

Materialismo

Las series surcoreanas

Si hablamos con jóvenes o nos informamos de ello, sabremos ya del avasallador empuje del llamado k-pop, o pop coreano (de Corea del Sur, evidentemente), que ha sustituido al europeo o al americano, cansados ya de sí mismos, y extenuados salvo excepciones.

Y no es solo un modelo emergente de una sociedad de consumo que, con productos más frescos (no son lo mismo las actuaciones de los ochenta que las de ochentañeros) sustituye al anterior. De la sociedad de consumo «american way of life» a la hipersociedad de consumo coreana, en la que en tu curriculum vitae laboral debes incluir las operaciones quirúrgicas de embellecimiento (un signo de cortesía confuciana hacia el prójimo de las clases sociales adineradas; las demás, las que no pueden, deben ser plebe inmunda). Ya sabemos que las imitaciones son mucho más desmedidas que los originales, o sea, más papistas que el papa.

Corea del Sur se nos ofrece como una sociedad que prueba que el capitalismo funciona… ¿pero funciona realmente, hace a la gente más feliz, más consciente, más útil a los que le rodean?

Una atenta observación de sus frutos culturales nos indican:

Culto exagerado al cuerpo (lo que significa visión desenfocada de lo espiritual y angustia futura garantizada), con hiperdelgadeces (que deben ser anoréxicas las más de las veces), acento sobre las escenas de comidas y de gustos sensoriales, falta de madurez emocional, en que el romanticismo meloso es más de adolescentes, y consecuencia quizás de una infancia robada por los excesos de trabajos, en la que por competitividad (según la visión de los padres) duermen cuatro horas y no llegan a vivir como niños. En una sombría interpretación de la filosofía confuciana, nos es difícil sentir los valores trascendentes. Ya sabemos que en Confucio lo importante es el orden en la sociedad, en la familia, en las relaciones jerárquicas laborales o de edad, pero este orden debe ser el reflejo del cielo en la tierra, el Li, un espejo de los principios eternos en el aquí y el ahora, y lo terrestre, bien ordenado, diamantino, debe permitir elevar un corazón ardiente hacia lo alto y decir con el Maestro: «¡Qué grande es la ley del deber del hombre sabio, es un mar sin orillas!». Si no es así, es confucionismo sin alma.

Y de este modo, como me decía un amigo filósofo de una sociedad semejante, la japonesa, no vemos al individuo afirmado sobre sí mismo, revelando la verdad eterna de que cada uno es portador naturalmente, sino una garra del mundo o una pieza de máquina del sistema. No vemos a la sociedad verticalizada por la llamada de las estrellas y valores eternos, sino pesando cada vez más sobre sí misma y sin saber hacia dónde ni cómo ir a largo plazo. La infancia moralmente abandonada, la vejez casi excluida, y los adultos con explosiones (burn out) de estrés por acumulación de años y años de presión insufrible.

Estos son indicios, como dice Hamlet de que «algo huele mal en Dinamarca». Y, sin embargo, también es cierto que las sociedades son complejas, que las joyas centellean a veces en los estercoleros, o que el telar del tiempo y las fuerzas luminosas y oscuras que luchan en su presente hacen que veamos, en el ejemplo de la religión cristiana y el siglo XIII, en plena actuación, la brutal crueldad de las Inquisiciones y la mística de los franciscanos, cara a cara.

En mi opinión, una de estas joyas que iluminan desde lo estético y ejemplar el alma y la llenan de esperanza son las historias de palacio del Imperio Joseon, dentro del K-drama. El bello romanticismo del cine coreano, del k-drama, es famoso en el mundo entero en series como «Aterrizaje de emergencia en tu corazón», o en «Woo, una abogada extraordinaria», deliciosas de ver, o en películas de acción de un suspense puramente humanista como «Lluvia de acero».

Dentro de este k-drama, hallamos todo un género, semejante en su prodigalidad (que indica su difusión en el mundo) a los westerns americanos, con parámetros fijos, casi ceremoniales, pero con una infinidad de variantes en sus guiones y en las situaciones que generan. Es el de «Historias de palacio de la dinastía Joseon», en que el encuadramiento (la psicología y moral neoconfuciana, el palacio, los vestuarios, la organización social) es perfectamente histórico, pero la historia como tal no. Y siempre una historia de amor que llena con los más puros sentimientos hasta los intersticios la acción, como la sangre alimenta a cada una de las células gracias a los capilares. El amor baña la tragedia, el drama y lo cómico (también en abundancia) de estas historias de palacio, como cuando una esponja se sumerge en el mar, y hasta el más mínimo de los detalles es cuidado para que no se pierda ni un átomo de este amor que, como decían los filósofos presocráticos, mantiene la cohesión de todo lo que vive. Y para que este sobreviva, y para que los héroes confucianos protagonistas derramen el bien sobre la sociedad entera, vemos grandes sacrificios y luchas a muerte contra la corrupción en la política y en el palacio, corrupción que es uno de los elementos comunes no solo de nuestra sociedad, sino de estas historias de la dinastía Joseon.

Características principales

He visto las series completas de El afecto del rey, La historiadora novata, Cautivar al rey y La luna abrazando al sol y me he quedado estupefacto con cada una de ellas, extasiado con la belleza de sentimientos, de heroicidad, de paisajes, de vestuarios y con la más ínfima delicadeza de los detalles, destinados a conmover, en una especie de catarsis semejante a la de los mejores momentos de la tragedia griega, con Esquilo, Sófocles o Eurípides. Algunos tan chocantes —por ejemplo, Cautivar al rey, que vi en un solo día sus casi veinte horas.

Hay decenas de ellas más que desconozco, y evidentemente hay que ser prudente en este camino, pues en general, el k-drama tiene todos los ingredientes para ser muy adictivo. De estas que he mencionado puedo destacar:

1-La enorme tensión psicológica del drama, en el estilo lento, oriental, que para quien no está acostumbrado puede ser desesperante, pero que permite ir aumentando la fuerza emocional de lo que sucede y alimenta toda una estética que es alimento para el alma.

2-El cuidado de los detalles, los mínimos gestos de la cara, las filmaciones muy de cerca, los movimientos de cámara lentos, casi milimétricos, la sabia elección de la música que va creando un ambiente emocional y que es continua, unido a canciones muy bellas y melódicas, de gran romanticismo. Todo ello va conformando un lenguaje que sumerge en una gran emotividad. La sabia combinación de lo trágico, el tono normal, pero exquisito, y lo cómico envuelve al espectador y lo arrastra, casi sin darse cuenta a través de las horas y horas de filmación.

3-El ejercicio de las polaridades humanas, de los roles de cada edad y sexo, muy determinados, y por una cultura que hizo del orden confuciano su bandera es también muy atractivo, en un mundo sin valores y de modernidad líquida, en disolución, tal y como tan bien describió Zygmunt Bauman. El hombre es malvado, vulgar o todo un caballero, principesco, perfecto en el uso de las armas y en el ejercicio de las letras, que cuida y protege a su mujer. La mujer será vulgar, maléfica o, en el caso de las protagonistas, una verdadera dama, delicada en sus gestos, armoniosa en su discurso, sabia consejera y al mismo tiempo con una gran fortaleza moral, pero que valora ser protegida por el caballero, sobre todo cuando lo ama. El caso de la serie El afecto del rey es diferente, y llega al culmen de la fusión de valores, al más puro estilo shakesperiano del andrógino, porque es una mujer disfrazada de hombre que debe ejercer como príncipe y luego rey, semejante así a la Porcia de El mercader de Venecia.

4-El ejemplo de prudencia de las protagonistas en las series que mencioné antes es proverbial, un arquetipo de recta acción, siguiendo el deber. Y recordamos lo que decía el sabio hindú Nilakantha Sri Ram, de que la «recta acción» no es solo la desinteresada inegoísta, sino que es mucho más. Incluye las cualidades de inteligencia, delicadeza, diligencia, responsabilidad, discreción, inocencia, perseverancia y justicia. Es difícil retratar a alguien en acción con todos estos valores y, siguiendo al Bhagavad Gita, podemos afirmar que la recta acción es la suma condición humana. En las series mencionadas las protagonistas son aureoladas con estas virtudes en sus actos, la prudencia como reina, y por lo tanto, se convierten en ejemplares, en pura pedagogía, y siempre con un gran sentido de humanidad. Por lo que verlas se puede convertir en un «baño purificador», en un recuerdo de lo que está bien, de dónde está la estrella de nuestros anhelos. Así lo comprobamos en el príncipe Lee Hwi en El afecto del rey; o en Goo Hae-ryung en La historiadora novata; en Yeon Woo en La luna abrazando al sol; en Kang Hee-soo en Cautivar al rey.

5-En una sociedad descreída y cínica como la nuestra, que hacemos mofa de todo tipo de valores y somos indiferentes a todo aquello que pueda venir del pasado —pues así han amasado los Amos de la Caverna y las fuerzas disolventes la arcilla de nuestra naturaleza hasta convertirnos en «masa humana», en que sucumben el verdadero individuo y la mejor tradición—, estas series, en vez de irse a tiempos futuros estúpidos, tipo Marvel, vuelven a la magia y mística de siempre, y a las fuerzas eternas del corazón humano. Las acciones y escuelas de magia y chamanismo en La luna abrazando al sol, sus modos de trabajar en lo invisible, para bien y para mal (en esta última, por ejemplo, las ceremonias para exorcizar los eclipses y renovar la sociedad tras el caos que los acompañan), las ceremonias confucianas de todo tipo y con todo detalle y un largo etcétera, atraen al espectador, sea o no coreano, y hacen vibrar, no sabemos por qué ni cómo, nuestras fibras más profundas. Nos hacen sentir que hay un mundo más natural, más en armonía con todo lo que nos rodea, desde bosques, ríos y fuentes hasta el prójimo, con sus paisajes también sedientos de luz y vida, de orden y belleza. Que hay un lenguaje que nos permite acercarnos a ese mundo sin alienaciones, drogas psicológicas o escapismos. Nos hacen sentirnos más buenos, más justos y más sabios, quizás porque lee en los más profundos pliegues del alma humana. El deber es deber. El honor es honor. La lealtad es lealtad. La amistad es sincera y se es verdaderamente responsable de lo que se ama. Qué importa todo lo demás, y ¿no justifica todo ello la misma vida, y el mismo elixir del tiempo que se nos ha dado, para usarlo por aquello que sea realmente válido, en vez de por apariencias, por nadas, o por más y más deseos y miedos que nos hacen más y más esclavos?

El afecto del rey

Respecto a la serie El afecto del rey (The King Affection), emitida ya finalizando el año 2021 en la televisión surcoreana, está basada en el cómic o manga (manhwa, en coreano) Yeonmo de Lee So-Young, que sitúa la acción en torno a 1480, la época de consolidación económica y cultural del Imperio, con los confucianos (sarim) colaborando con la política de la corte.

La historia narrada es puramente ficticia. Un príncipe destinado a gobernar tiene gemelos. El malvado abuelo de la protagonista, lord Shangeon, convence al rey de que es un mal augurio e inaceptable para ellos, y de que debe ejecutar a la recién nacida y a todos los que saben que hubo gemelos. El rey cede, el príncipe heredero también y se convierten en cómplices del delito, y a través de ese complejo de culpa el abuelo comienza sus juegos de codicia y asesinatos controlando poco a poco para su favor personal toda la política del país. Pero la madre de Lee Hwi (y de su hermano gemelo) consiguió salvar a esta, haciéndola pasar por muerta con técnicas de acupuntura y la entregaron de modo secreto como huérfana a un monasterio budista para que la educaran.

El destino hace que, siendo adolescentes, se reencuentren ambos hermanos, intercambien papeles (para así ser el heredero del príncipe heredero más libre y hacer lo que quisiera fuera de palacio), y al final asesinan al mismo, pensando que era su hermana gemela. Ella, la protagonista, debe asumir un papel masculino, como hijo del príncipe heredero, como príncipe heredero después y luego como rey, sabiendo que si descubren el engaño le está casi garantizada la pena de muerte… Y por otro lado, como rey, intentando gobernar de forma justa, casi impotente ante la corrupción y la tiranía ejercida por el abuelo, que le ha colocado como un títere a su servicio en el poder. Bien, no seguiré más para no hacer spoiler (ya va una buena carga del mismo).

Al final, él-ella, gracias al efecto y al afecto de su joven maestro tutor va venciendo sus terribles miedos (de ser asesinada en cualquier momento por el tirano) y se va mostrando como un perfecto ejemplo de gobernante justo, sabio, sacrificado, audaz, prudente y dispuesto a arrancar la mala hierba que mata al reino entregando si es necesario su vida para ello. La historia de amor entre la niña y luego protagonista con el joven maestro confuciano, dado el «cambio de género» del mismo para proteger el secreto y la vida suya y de varios de sus servidores, tiene pasajes muy divertidos. El famoso cantante Rowoon hace de tutor y maestro Jung, e incluso una de las canciones del repertorio es suya. La actriz, Park Eun bin, ganó el Top Excellence Award, Actress del 2021 de los Premios KBS Drama, y la serie obtuvo en el 2022 el 50 premio internacional Emmy como mejor telenovela del año.

Debido al culto a la belleza física tan exagerado en Corea del Sur, sus actores son antes modelos y la serie parece un desfile de Adonis y Pandoras, con sus pieles inmaculadas, con un cuidado skincare de diez pasos, sus ojos redondeados con artificio (y cirugía). Pero el efecto es ciertamente sorprendente, parecen «de otro mundo», un mundo paralelo o mítico, y sus miradas nos recuerdan las de los cuadros de la pintora de ojos grandes Margaret Keane, con su penetrante emotividad. El resultado es una serie que te hace reír, llorar, pensar, querer emular sus actos de sacrificio y grandeza, anhelar esos ritos sociales de tal delicadeza y sentimiento, de la más pura nobleza confuciana, con su Ren (humanidad), Li (armonía del cielo en las relaciones humanas), Yi (rectitud), Zhi (sabiduría y conocimiento) y Xin (sinceridad), que fueron pilares del mundo confuciano y lo son de la misma naturaleza humana. De ahí que el tan gran interés mundial por estas escenas del Imperio de Joseon sean un clamor silencioso del alma que quiere recuperar lo que siente que ha perdido.

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