Culturas — 1 de marzo de 2023 at 00:00

Los antiguos cultos femeninos de Anatolia y su influencia en Grecia y Roma

por

El descubrimiento de Göbekli Tepe cambió la concepción que, hasta entonces, se tenía del desarrollo del Neolítico. Allí se vio que antes de que los humanos iniciaran la agricultura y antes de que decidieran asentarse, algo les movió a reunirse en torno a una idea. Eran cazadores-recolectores procedentes de diversos pueblos de la zona; grupos diferentes que se pusieron de acuerdo para, durante un periodo de tiempo de muchos años, construir un complejo sagrado en piedra, un lugar para el culto de las deidades que eran comunes a todos ellos. Sobre aquellas gigantescas piedras grabaron curiosas figuras antropomorfas sin cabeza, toros, grullas, zorros, serpientes, patos, jabalíes, bucráneos, haches, círculos con medias lunas, gacelas, onagros, leones, grandes reptiles y también un llamativo dibujo tallado que muestra a una mujer desnuda en cuclillas, probablemente dando a luz.

A cerca de 700 km de Göbekli Tepe está el sitio de Çatal Höyük, un poblado agrícola levantado en el VIII milenio a. C. Allí, en el interior de una vasija, se encontró la famosa «Mujer sentada», una figurilla de arcilla cocida que representa a una mujer desnuda, semejante en sus formas a las «Venus» paleolíticas, sentada en una especie de trono flanqueado por dos fieras, parece ser que leopardos. No es posible contemplar esa imagen sin evocar a la Cibeles frigia. Por el análisis de los restos de aquel poblado, se sabe que en el 5700 a. C. tuvo lugar un incendio que destruyó parte de la ciudad e hizo que la gente la abandonara para no volver.

A algo más de 300 km hacia el oeste de Çatal Höyük está Hacilar Hoÿük, una cultura que se desarrolló en Anatolia desde aproximadamente el 7040 a. C. hasta el 6600 a. C. El lugar no fue abandonado como Çatal Höyük, pero a partir del 5300 a. C. se observan cambios en la cultura de las personas que vivieron allí. Hay indicios de fortificación y de un templo que, posiblemente, sería comunitario, en vez de los lugares de culto vinculados a las viviendas. Se sabe que el sitio fue deshabitado y vuelto a habitar varias veces, posiblemente por gentes distintas. En las excavaciones de los niveles más antiguos apareció una gran cantidad de figurillas femeninas desnudas, realizadas en cerámica cocida y con un aspecto muy similar al de las estatuillas de la diosa halladas en las investigaciones arqueológicas de Gimbutas en la vieja Europa. En los niveles más recientes, esa abundancia de diosas cambia.

Los restos de culturas encontrados en Anatolia son, hasta el momento, los vestigios de civilización humana más antiguos que se conocen. Hasta el instante en que la cultura indoeuropea entró en contacto con la cultura anatolia, la vida en general discurrió sin grandes cambios durante varios milenios. La agricultura, el cuidado del ganado, los cultos, las relaciones con los pueblos vecinos, la crianza de los hijos, etc., se mantuvieron más o menos estables. Es evidente que en un periodo de tiempo tan extenso las cosas no debieron sucederse de manera totalmente homogénea. Hay que contar con que debió de haber conflictos con aldeas cercanas, problemas con las cosechas, escasez de algunas materias primas… incluso luchas personales de poder. Aunque se sabe que no había jerarquías por riqueza, sin duda existía algún tipo de reconocimiento social por algún otro motivo, aunque eso no se tradujera ni en una casa más grande ni en una tumba más lujosa.

Mersin, en la costa sur de la península anatolia, ha estado habitada ininterrumpidamente desde hace unos 11.000 años. Hacia el 4500 a. C., la ciudad, siguiendo la estela del cambio cultural que se produjo en toda Europa, levantó fortificaciones que perduraron hasta aproximadamente el II milenio a. C. La también anatolia ciudad de Troya, fundada sobre el 3500 a. C, ya se construyó como ciudad con defensas, y en los distintos niveles de su historia ya se aprecian pruebas de destrucción desde prácticamente el principio. La ciudad fue destruida y levantada de nuevo varias veces a lo largo de su historia, que finalizó aproximadamente sobre el siglo XIV de nuestra era.

El pueblo hático habitaba la zona norte de Anatolia, en torno a la ciudad de Hattuš, cuando, entre el 2000 y el 1700 a. C. los hititas, de origen indoeuropeo, los fueron absorbiendo poco a poco. Se desconoce a qué familia pertenece la lengua de los háticos, pero se han identificado topónimos, nombres propios o de dioses que se conservaron en la lengua hitita. Según algunos investigadores, los propios hititas se esforzaron por mantener la lengua hática en algunos de los textos rituales que heredaron de ellos después de que convirtieran Hattuš en la capital de su imperio. Por otra parte, la lengua de los hititas, una lengua anatolia, es el testimonio más antiguo que tenemos hasta el momento de la familia lingüística indoeuropea, y mantuvo, como decíamos, rasgos de la lengua y posiblemente también de los cultos de los pueblos autóctonos de la zona. Se sabe que, en asuntos religiosos, los hititas no tuvieron problema en conservar tanto los santuarios locales como los cultos y dioses de los pueblos conquistados, sin que haya vestigios de que intentaran imponer los cultos propios o centralizar la religión. Igualmente, según se recoge en Historia y leyes de los hititas, algunos de esos cultos locales previos a la invasión hitita se remontaban a épocas muy diversas, «algunos relativamente recientes, otros de una antigüedad tan remota como el Neolítico». Según explican Alberto Bernabé y Juan Antonio Álvarez-Pedrosa:

«En efecto, la situación geográfica de la península anatolia, en la vecindad de culturas muy desarrolladas, y la gran receptividad de los hititas a toda clase de influjos culturales facilitó el trasvase a su propio acervo de mitos y leyendas de procedencia ajena. A su vez la cultura hitita habría de servir como transmisora de estos elementos de origen oriental a la griega, aunque sigue siendo un misterio la forma exacta en que este trasvase de produjo»[1].

Kubaba
Kubaba

Así, al observar el panteón divino de Hattuša se encuentran algunas divinidades que provienen tanto de la zona de Kaneš o Kültepe (conocida también como Neša[2]), lugar antiguamente habitado por los háticos, como de la actual Capadocia, donde se encuentra Çatal Höyük. De esa zona procede, originariamente, Kubaba, una deidad que acabaría siendo identificada con la Cibeles romana. Según el lingüista belga Louis Deroy, al comparar la grafía hitita del nombre Kubaba con el mismo nombre hallado en algunos textos de la cultura minoica cretense, aparece un nuevo e inesperado hecho: «la existencia de una gran diosa de este nombre en el mundo egeo prehelénico»[3].

También de la zona de Kültepe procede Hannahanna, que se traduce por ‘abuela’ y que es básicamente una diosa madre. Igualmente, los hititas asimilaron a la diosa Inara, que era la deidad protectora de la región y que, de forma muy similar a Cibeles y a otras deidades, era una «señora de las fieras», como luego lo sería también Ártemis para los griegos, solo que ni Ártemis ni Apolo, su hermano, dioses por excelencia de los griegos, fueron originariamente griegos, sino muy posiblemente de la región de Anatolia, que «pasó del Asia Menor a Grecia a través de las islas, y no viceversa»[4]. Como en el caso de Kubaba y otras deidades femeninas, se constata una influencia entre los cultos de Anatolia y los hallados en la zona del Egeo, algunos de los cuales acabaron asimilados a la religión griega y, a través de esta, a la romana.

«A pesar de ser esencialmente cazadora, es protectora de los animales, sobre todo de los ciervos, siendo llamada por Homero “la señora de las fieras”, lo cual, con otros variados datos, ha hecho pensar que Ártemis era originariamente la madre de los dioses, similar a la Cibeles frigia. (…) Aunque su culto se extendía por toda Grecia —su templo más famoso era el de Éfeso, en Asia Menor—, fue sobre todo honrada en las zonas más montañosas de la Hélade, especialmente en la Arcadia»[5].

Según algunas leyendas, Éfeso (en Anatolia) fue fundada por las amazonas. Entre los antiguos nombres que Plinio el Viejo le atribuye, está el de Ortigia[6], estableciendo una curiosa relación topónima con la isla Ortigia (en Siracusa, Sicilia), donde algunos mitos sitúan el nacimiento de Ártemis antes de acompañar a su madre, Leto, a Delos para dar a luz a Apolo (otros dicen que ambos nacieron en Delos) y que, como ciudad, habría sido fundada por Eneas tras su salida de Troya. En Éfeso está también la que se cree fue la casa donde la Virgen María vivió hasta su «ascenso» al cielo, lugar en el que se refugió conducida por el apóstol Juan tras la crucifixión de su hijo. En cualquier caso, la relación que esos mitos expresan entre los cultos anatolios y los que posteriormente se asumieron en la Grecia clásica es evidente.

Arinnitti
Arinnitti

Independientemente de los relatos míticos, el origen de la ciudad se ha relacionado históricamente con Apasa, capital del reino luvita de Arzawa, conocida por los testimonios escritos que los hititas dejaron de ellos en el 1650 a. C., y por la mención que Ramsés III hace de ella al conocer su destrucción por los pueblos del mar. Según el historiador holandés Frederik Woudhuizen[7], el luvita fue la primera lengua de origen indoeuropeo que se habló en Creta, lo que lo convierte en el testimonio más antiguo (2000 a. C.) de la presencia de indoeuropeos en dicha isla. Resulta interesante que, además de la impronta luvita en el lenguaje cretense, se hayan identificado palabras de origen pelasgo (supuestamente los muy desconocidos pueblos indígenas de la zona del Egeo), de donde procederían los nombres de deidades como Idamater (que podría traducirse como ‘madre árbol’) y Deméter (traducido aproximadamente como ‘madre tierra’)[8].

Entre los diversos elementos que la arqueóloga Marija Gimbutas identificó en relación con lo que ella denominó «la gran diosa de la vida, la muerte y de la regeneración»[9], aparece la diosa andrógina, el perro con su vinculación a la diosa luna, el gamo hembra, la abeja y el oso, por citar algunos, y señala que esos elementos de la diosa neolítica (y posiblemente anterior) de la vieja Europa, sobrevivieron después del III milenio a. C. en la antigua Grecia y el oeste de Anatolia bajo las formas que hoy conocemos como Hécate y Ártemis, pero que, para Gimbutas, fueron originariamente deidades de origen no indoeuropeo y no griego.

«En Grecia, como en India, la Gran Diosa sobrevivió al horizonte cultural indoeuropeo sobreimpuesto. Como predecesora de la anatolia y griega Hécate-Artemisa (relacionada con Kubaba, Kybele/Cibeles), continuó su vigencia durante la Edad del Bronce, luego durante la Grecia clásica e incluso más tarde en la historia, a pesar de las transformaciones de su apariencia externa y de los nombres tan distintos que recibió. La imagen de Hécate-Artemisa de Caria, Lidia y Grecia basada en las descripciones de autores griegos, las pinturas de vasijas y los hallazgos de los mismos santuarios dedicados a esta diosa multifuncional, suplementan y verifican nuestra comprensión de la apariencia y funciones de la diosa prehistórica. Las fuentes escritas vierten sangre en sus venas de arcilla, piedra, hueso u oro»[10].

Ambas comparten tantos elementos que es difícil saber si son dos diosas diferentes o dos aspectos de una misma deidad. Representaciones clásicas de Hécate la dibujan con cuerpo alado o como un híbrido de mujer y pájaro, del mismo modo que las diosas pájaro descritas por Gimbutas. En la Grecia clásica, una quedó más vinculada a la muerte y la otra a la vida, pero jamás de un modo total, tal es su semejanza. Hécate gobernaba el inframundo. El temor de los hombres al más allá transformó su carácter protector en tenebroso. En cuanto a Ártemis, la eterna y virginal Ártemis, el aspecto de pureza es solo uno de los que acompañaba, como vimos, a la diosa de la regeneración y la fecundidad, aspecto que nunca terminó de perder Ártemis, tal y como puede comprobarse en su papel protector de los partos o en la representación de múltiples pechos que adoraron en Éfeso bajo su nombre. Los perros acompañan a ambas deidades, ya sea con un sentido ctónico o como el acompañante de «la cazadora», aunque curiosamente Ártemis tenga como tarea, sobre todo, proteger y velar por la naturaleza salvaje y sus criaturas.

Artemisa de Éfeso
Artemisa de Éfeso

La vida y la muerte van siempre de la mano, como la virginidad y la fertilidad. La pureza de Ártemis está en su gran proximidad a la ley natural, que es también la pureza de la Tierra que genera sin cesar y sin «pecado». En su relación con Cibeles (o Kubaba) existe también todo eso, la naturaleza salvaje, el dominio de las fieras, la muerte y la resurrección, la generación y la pureza, la androginia… porque aunque parezca que la casta y juvenil belleza de Ártemis es esencialmente femenina, no podemos olvidar que es la contraparte de su gemelo Apolo, como si la diosa primigenia también hubiera escindido de sí a su parte masculina. Existen representaciones donde Hécate y Ártemis, con cuerpo triple, se representan como una sola, acompañada de un ciervo y un perro, portando el arco y las flechas de la «cazadora» y la antorcha que guía, permite alumbrar en la oscuridad y dar protección en los alumbramientos, así como en los caminos. ¿Acaso no son una misma cosa? El camino que conduce de la vida a la muerte, el que conduce de la muerte a la vida, y el que recorren los hombres para dirigirse de un lugar a otro. Un camino es un camino. Un viajero es un viajero. La protección para todos ellos la da Hécate-Ártemis; quizá por eso es tan estrecha la relación entre Hermes[11] y Hécate como protectores de los caminantes, y Hermes y Apolo, como conductores de este y del otro lado de la vida. También las etapas de la vida son un camino. Nacer y morir son, claramente, las más evidentes, pero cada umbral que pasamos es, en pequeño, una nueva muerte y un nuevo nacimiento. Pasar de la infancia a la adolescencia, de la juventud a la edad adulta, de la madurez a la vejez… y en cada una de esas etapas vuelve a estar presente Hécate-Ártemis.

Otro aspecto interesante será el que se representa a través del símbolo del oso. Hay testimonios de rituales de iniciación (o más bien ritos de paso) que realizaban las muchachas atenienses en honor a Ártemis, en las cuales llevaban máscaras de oso. Eran las pequeñas «oseznas» que, antes de llegar a la edad casadera, se preparaban para su futuro papel de madre oso. Algunas etimologías apuntan a la relación entre su nombre y una raíz protoindoeuropea que significa ‘oso’, que también llegó al hitita con la misma significación, pero no está confirmado. El mito quiere que Calisto, casta muchacha que formaba parte del cortejo de Ártemis, tras ser engañada por Zeus para tener relaciones con él y dar a luz un hijo al que llamó Arcas (de donde procederían los arcadios), fuera convertida en osa por Ártemis y luego situada en el cielo como la constelación de la Osa Mayor. Así, a través de este mito, se relaciona el origen de la región de Arcadia con Ártemis y la osa, justamente en el lugar donde la diosa era especialmente reverenciada. Se cuenta que, originariamente, el nombre de los habitantes de Arcadia era pelasgos, siendo el término pelasgo una palabra usada para denominar tanto a los arcaicos habitantes de Grecia como al primer hombre que habitó aquellas tierras, tras surgir de ellas. A veces directamente se refieren a él como «promotor del género humano»[12], pero en una época en la que la civilización aún no existía.

Cibeles
Cibeles

«Uniéndose a la oceánide Melibea —o a la ninfa Cilene— había engendrado a Licaón, cuyos cincuenta hijos dieron nombre a casi todas las ciudades de la Arcadia; pero los descendientes de Licaón eran tan bárbaros y crueles que Zeus decidió destruirlos y envió sobre ellos el diluvio»[13].

Al referirnos a Ártemis como «cazadora», hemos usado a propósito el entrecomillado ya que, creemos, la asociación de esta con la caza y la figuración de ella misma como cazadora no es totalmente correcta o, por lo menos, no está completa en su interpretación. Los relatos son ambiguos a la hora de mostrar sus hazañas como cazadora, pero son muy específicos y detallados cuando ella dispara certeramente sus flechas contra los que cometen faltas en su culto, los que atentan contra su virginidad o contra aquellas ninfas que se dejan seducir. Ártemis, como Apolo (y muchas veces junto con él), castiga duramente los pecados contra la pureza y, siendo arquera como él, «hiere de lejos» a los que no merecen su piedad. Los poetas la describen como cazadora, e imaginan en sus elaboraciones literarias las cacerías de la diosa, con su manada de perros persiguiendo ciervos, jabalíes y demás, pero son los cazadores quienes acaban muriendo por una u otra razón a causa de las flechas de Ártemis. Sin embargo, volviendo a las tradiciones, sí que encontramos, asociados a la diosa, lugares sagrados donde las ciervas iban a parir con seguridad, o sitios donde los depredadores convivían en paz con los mansos animalillos, estando prohibido que nadie los cazara una vez que entraban en esas tierras. Ártemis corre con la cierva y el perro a su lado y, más que «matadora», es realmente la dominadora de la naturaleza salvaje e instintiva, germen primero e imprescindible para la vida en sociedad que conduce a la civilización. Como dice Walter Otto[14]:

«Por consiguiente, se comprende que ella fuera conductora en sendas lejanas por donde vagaba con su multitud de espíritus. Así se acerca a Hermes. Varios epítetos la denominan “la indicadora de caminos”. En leyendas de fundaciones muestra a los colonos el camino hacia el lugar donde deben fundar la nueva urbe».

Ártemis y Cibeles son señoras de las fieras, son las gobernadoras de la naturaleza salvaje, así como de todos los animales que habitan en ella. Ellas no son diosas civilizadoras, no son deidades de los poblados o de las ciudades, pero a veces se las puede encontrar representadas con una corona mural, marcando de alguna manera el límite y el camino de la civilización. De hecho, sin comprender la esencia de la naturaleza, sin conocer el profundo alcance de sus leyes y sin el vínculo perpetuo de los hombres con sus raíces naturales, el ser humano se acaba perdiendo en su creencia de que ha domesticado lo salvaje. No son diosas de la siembra, como sí lo son Deméter o Perséfone, porque los cultivos son una forma de domesticación de la naturaleza que ella no alienta, aunque conduzca a ella, porque sí que es rectora de la generación y la regeneración, sin cuya intervención no es posible ningún nacimiento, ni siquiera el de la semilla plantada. Es habitual relacionar a estas dos deidades con los leones o fieras similares. El carro de Cibeles está tirado por leones, y el trono donde está la «Mujer sentada» de Çatal Höyük está flanqueado por dos grandes felinos, posiblemente leopardos. Esta imagen quedó fijada en las representaciones de la antigua diosa Anaitis persa, cabalgando una leona o bien alada, dominando a dos leones con sus manos, igual que las representaciones del héroe Gilgamesh en Súmer. Anaitis, gran diosa del Asia Central desde antes del III milenio a. C., sobrevivió también bajo otra forma la llegada del zoroastrismo, convirtiéndose en la hija de Ahura Mazda. Ella sería la diosa de la sabiduría, de la vida, de la fertilidad, la salud, la curación… (¿no es Apolo, posiblemente de origen frigio, el dios por excelencia de la medicina?). Algunos autores apuntan a que ella y la hindú Saraswati son la misma deidad, y no se equivocan, pues la llamemos Saraswati, Cibeles, Kubaba, Hécate, Ártemis, Anaitis, Deméter, Ishtar o María, todas ellas provienen de una misma madre, la Diosa. Ellas son también la Diosa.

Bibliografía

ALVAR, J., BLÁZQUEZ, J. M. y OTROS (1995). Cristianismo primitivo y religiones mistéricas. Madrid. Cátedra.

BERNABÉ, A. y ÁLVAREZ-PEDROSA, J. A. (2000). Historia y leyes de los hititas. Madrid. Akal.

CIRLOT, J. E. (1997). Diccionario de símbolos. Barcelona. Ediciones Siruela.

FALCÓN, C., FERNÁNDEZ, E. y LÓPEZ, R. (2002). Diccionario de mitología clásica. Madrid. Alianza Editorial.

GIMBUTAS, M. (2021). Diosas y dioses de la vieja Europa. Madrid. Ediciones Siruela.

GIMBUTAS, M. (2022). Las diosas vivientes. Barcelona. Ediciones Obelisco.

HESÍODO (2029). Teogonía. Trabajos y días. Escudo. Certamen. Madrid. Alianza Editorial.

OTTO, W. (2003). Los dioses de Grecia. Ediciones Siruela. Madrid.

WOUDHUIZEN, F. Luwians: the earliest Indo-Europeans in Crete. De la conferencia «Europe through the Millennia – Languages, Races, Cultures, Beliefs» celebrada en Lodz (junio de 2004).

[1]    Historia y leyes de los hititas.

[2]    Los hititas se denominaban a sí mismos «nesitas», esto es, procedentes de la ciudad de Neša. Fue en esta ciudad donde los hititas comenzaron a desarrollar su expansión y a trasladar su capital a Hattuša, pero, antes de eso, mantenían acuerdos comerciales con los pueblos de la zona.

[3]    Traducción propia del francés: «La confrontation de cette graphie hittite hiéroglyphique avec quelques documents de la Crète minoenne va nous permettre d’ajouter, au problème complexe de l’origine et de la nature de la déese, une donnée nouvelle et inattendue: l’existence d’une Grande Déese de ce nom dans le monde égéo-crétois préhellénique».

[4]    Diccionario de mitología clásica.

[5]    Diccionario de mitología clásica.

[6]    En realidad, hay varios lugares en la Antigüedad, tanto en Grecia como en la Magna Grecia, que se asocian con el nombre de Ortigia.

[7]    Luwians: the earliest Indo-Europeans in Crete.

[8]    Luwians: the earliest Indo-Europeans in Crete.

[9]    Diosas y dioses de la vieja Europa.

[10]  Diosas y dioses de la vieja Europa.

[11]  Misteriosa deidad estrechamente ligada a Apolo y a Hécate. Algunos autores asocian la etimología de su nombre con «erma», que significaría ‘montón de piedras’, en referencia a los mojones que señalan los caminos. Su culto se asocia a su lugar de nacimiento, en una gruta en el monte Cilene, en Arcadia.

[12]  Diccionario de mitología clásica.

[13]  Diccionario de mitología clásica.

[14]  Los dioses de Grecia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish