Filosofía — 1 de diciembre de 2021 at 00:00

Etimologías del Bien y el Mal

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Bien mal etimologia

Mucha tinta se ha derramado, a lo largo de la historia, para tratar de entender cuál es la naturaleza del bien y del mal y, sobre todo, para saber cómo diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Dejando a un lado las interpretaciones religiosas y jurídicas[i] sobre lo que se debe o no se debe hacer, lo cierto es que en el ser humano existe una especie de «código» bastante capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo, aunque luego los intereses personales o sociales establezcan otras reglas. Existen, también, prioridades más o menos consensuadas por la ética acerca de estos dos principios, como el bien común por encima del personal, o tratar de elegir, en caso necesario, entre el menor de los males. Sin embargo, en este artículo no vamos a hacer un análisis filosófico, religioso o político de lo bueno y lo malo, sino que vamos a coger el pico y la pala para excavar en el pasado etimológico de las palabras para, quizá, encontrar algún tesoro que nos permita conocer mejor qué son y qué no son.

Antes de comenzar, es importante comprender qué es lo que puede aportarnos esta tarea de remover piedras y polvo del pasado, solo para saber qué palabra impronunciable usaban los sumerios para denominar tal o cual cosa. El curso mismo de la historia demuestra algo esencial, y es que, aunque en apariencia avanzamos en línea recta por el tiempo, esto no es más que un espejismo, una ilusión óptica que engaña nuestra percepción. El tiempo avanza. Los seres humanos avanzamos por el tiempo sobre el espacio, pero su movimiento no es rectilíneo, sino, de alguna manera, circular, espiralado más bien, por lo que desde el principio de los tiempos, aunque avanzamos por la espiral, pasamos periódicamente por momentos semejantes a otros momentos ya vividos. A veces aprendemos y mejoramos, y otras volvemos a caer en los mismos errores, repitiendo historias y acontecimientos ya vividos. Y es que la naturaleza humana no cambia. Lo que nos impulsó en el pasado a ir a la guerra, a construir templos, a sacrificarnos por los demás o a explotarlos, es lo mismo que nos impulsa ahora; por eso no es vano ni estéril el trabajo de remontarnos a nuestros orígenes, o al origen de las palabras que usamos para designar cosas o ideas. De alguna manera, una palabra es un símbolo, es el recipiente por el que expresamos una idea, ya sea de forma oral o escrita, incluso cuando se escribe mediante otro símbolo, y ahora vamos a levantar un poco el velo de esas ideas.

En Egipto, por ejemplo, la idea de acción se expresaba con un jeroglífico: un brazo humano extendido con la palma hacia arriba. Si esa mano aparecía tendida sujetando un pan, fonéticamente se leía di, y su significado era ‘dar’ y ‘ofrecer’. Lo curioso de esto es que, para los egipcios era totalmente desconocido tender la mano para pedir, porque las manos se tendían para dar a los demás. Según el egiptólogo francés Christian Jacq, «dar es alimentar, permitir que otro se alimente para tener buena salud, puesto que, en opinión de los antiguos sabios, no existe felicidad egoísta».

Platón fue uno de los filósofos que más habló del bien y del mal, dejando una impronta indeleble en pensadores posteriores, como el esencial Plotino. ¿El concepto del bien es algo que adquirimos según los patrones sociales y familiares en los que nos desarrollamos, o es algo innato? Esta pregunta es esencial, ya que si el bien es adquirido, podemos aceptar que sea variable, dependiendo de lo que una sociedad, religión, pueblo o época consideren que es bueno o malo; si, por el contrario, el sentido del bien y el mal es innato, resultaría que existe una concepción original, común a todos los seres humanos, y que es la sociedad, la familia o las experiencias las que pueden reforzar o modificar ese sentido original.

Platón afirmaba que todos los seres humanos buscan el bien, la justicia, la belleza y la verdad, y los buscan porque es algo que está presente de forma innata en todos nosotros. El problema está en que, en lugar de buscar el verdadero Bien, la verdadera Justicia o la verdadera Belleza, nos golpeamos continuamente tratando de alcanzar reflejos efímeros e ilusorios de estas grandes ideas o arquetipos, que serían reales, completas, felices e inmutables, y eso nos hace infelices e incompletos. La permanente angustia vital de los seres humanos estaría causada por creer que satisfacer sus deseos es lo bueno y ponerles límites es lo malo, de la misma manera que un niño pequeño sufre y se rebela porque no le dejan hacer o comer lo que quiere cuando quiere. Platón solo fue uno de los muchos que afirmaron, tanto en Oriente como en Occidente, que el Bien con mayúsculas, solo puede ser alcanzado a través del fortalecimiento del alma, pues el alma comparte naturaleza con el Bien, la Belleza, la Verdad y la Justicia, mientras que la personalidad es ajena a esa naturaleza, por lo que, si bien es necesaria para desarrollarnos como seres humanos, no será nunca una herramienta válida para conocer y alcanzar el Bien.

En un experimento realizado hace algunos años por un equipo de psicólogos, concluyeron que el sentido del bien y del mal parecían ser innatos al ser humano. Hicieron un sencillo estudio con niños muy pequeños, a partir de los seis meses y todos menores de un año, cuando los condicionantes sociales aún no se han establecido. Mostrándoles reiteradamente una imagen en la que unas figuras sencillas ayudaban o perjudicaban a otra, los niños mostraron mayoritariamente rechazo por el «malo» y afinidad por el «bueno». En la práctica, parece que Platón tenía toda la razón al considerar este bien como propio del ser humano.

En una curiosa, y algo críptica, obra de Platón, el Crátilo, el filósofo ateniense aborda una sorprendente etimología de los nombres de las cosas y de los dioses. En ella habla también, cómo no, de lo bueno y de lo malo. Aquí, el bien (to agazon) tiene la propiedad de mezclarse con todas las cosas y penetrarlas, pero al mismos tiempo no permite que las cosas se detengan, ni permite que el movimiento llegue a su fin, ni cesa un instante, y no solo eso, sino que libra a las cosas de lo que podría hacerlas terminar, de manera que, de alguna manera, las vuelve permanentes e inmortales, no en el sentido físico o material, sino en un sentido metafísico, como algo que permanece en su esencia, pues el bien es una esencia, y a la esencia de las cosas es a donde se dirige, a su «alma», la esencia que todos y todas las cosas compartimos. Quizá por eso, en El banquete, Platón decía que «el amor consiste en el deseo de poseer el bien para siempre». Los arquetipos son eternos e inmutables; por eso, acercarnos a ellos nos aproxima, más que ninguna otra cosa, a la inmortalidad. Ser conscientes de la inmortalidad del alma sería una conquista que nos haría permanecer a pesar de la muerte física. En cuanto al mal, en el Crátilo, Platón lo define como aquello que impide el curso de las cosas, lo que nos quiere encadenar y poner obstáculos al movimiento. Así, la enfermedad y la muerte son frenos al movimiento de la vida, y por eso los griegos llamaron a la maldad kakia.

Volviendo a los egipcios, el jeroglífico que ellos usaban para lo bueno y lo bello parece a simple vista un instrumento de cuerda. En cierto modo lo es, pero se trata en realidad de un instrumento distinto: una tráquea junto al corazón y los pulmones que se lee nefer, y que se traduce como lo bello, lo bueno, lo perfecto, lo completo. Lo interesante de que los antiguos egipcios usaran como símbolo de lo bueno nuestro aparato cardio-respiratorio, no solo nos conduce de nuevo a la idea de movimiento y circulación permanente, sino que nos recuerda que los antiguos usaron la misma raíz indoeuropea an∂-, que se traducía como ‘respirar’, para expresar la idea de ‘viento’, ‘aliento’ y ‘alma’.

Hay otra raíz indoeuropea, bhes-, traducida igualmente por ‘respirar’, de la que se formó en griego la palabra psique, donde confluyen los significados de ‘aliento’, ‘vida’ y ‘espíritu’. De la raíz wē- (‘soplar’) los latinos crearon la palabra ventus o viento, de donde hoy usamos palabras como ventilar, vendaval o ventana, y que en sánscrito se usó para denominar el nirvana como «bienaventuranza obtenida por la absorción e incorporación del individuo en la esencia divina».

Los antiguos egipcios creían que lo contrario de nefer era dju, traducido literalmente como ‘malo’. Lo malo para ellos era un árido y desolado montículo en el desierto, el lugar donde suelen merodear las fuerzas peligrosas y nefastas, como dice Christian Jacq. Así, vemos la tierra seca y yerma, donde nada puede crecer ni prosperar, en oposición a lo aéreo, a lo que dispersa las semillas, mueve las nubes, agita las aguas, aviva el fuego y despierta el espíritu. El mal en oposición al bien. La tierra en oposición a lo celeste. La materia y el espíritu.

También de origen indoeuropea, la raíz esu- se traduce como ‘bueno’, y de ahí provienen palabras como bien y excelencia, pero también el nombre del símbolo de la esvástica, que se traduce como ‘afortunado’. Y es que la verdadera fortuna del hombre, su verdadera felicidad está en dar pues, ciertamente, «no existe felicidad egoísta».

Para los egipcios, el bien estaba íntimamente relacionado (como en Platón) con la justicia y la verdad. Así, bajo el nombre de Maat, simbolizada para una pluma de avestruz, toda la sociedad faraónica se organizaba y orientaba, ya que Maat era la precisión, el orden en el mundo, la verdad, el timón que orienta la nave y el codo que mide todas las cosas. Sin Maat no habría existido Egipto. Sin Maat nada podría existir, porque se crea en ella o no, se la llame por ese nombre o por otro, Maat es la ley, y todas las leyes, que mueven y mantienen en movimiento el universo y todo lo que en él hay. Lo contrario de Maat era Isefet, el pájaro del mal que causa el desorden, el caos, la desgracia y la injusticia, todo lo que paraliza y detiene a las civilizaciones hasta llevarlas a la muerte, igual que en los mismos seres humanos. La función el faraón en Egipto era esencial: hacer que Maat ocupara el lugar de Isefet.

«No hay mayor tarea que esta, puesto que la felicidad de un pueblo, como la de un individuo, depende de la práctica de Maat, que es a la vez exactitud y justicia. El tribunal del otro mundo solo formula una pregunta fundamental a quien se presenta delante de él: “¿Has respetado y practicado Maat durante el tiempo de tu existencia?”»[ii]

Bibliografía

Jacq, C. (1999) El enigma de la piedra. Barcelona. Ediciones B.

Gordillo, F. (2020) Ensayo sobre las palabras. Madrid. Amazon.

Hamlin, J Kiley; Wynn, Karen; Bloom, Paul & Mahajan, Neha (2011/11/28). 19931-6. How infants and toddlers react to antisocial others. 108. 10.1073/pnas.1110306108. Proceedings of the National Academy os Sciences of the United States of America.

Platón (1841) Cratilo. Versión de Patricio Azcárate. Tomo IV. Madrid. Medina y Navarro editores.

[i]     Uno de los textos escritos más antiguos del que tenemos constancia es el famoso código de Hammurabi, un texto legal donde se exponían los distintos castigos impuestos a los cometían alguna falta, con lo que ya se establecen actos socialmente execrables y la necesidad de un castigo o compensación por el mismo.

[ii]    Cita de El enigma de la piedra, de Christian Jacq.

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