Septiembre 2020

El mito del héroe

Escrito por  Lola Fernández
El mito del héroe El mito del héroe

Cuando oímos la palabra mito, en seguida pensamos en la Antigüedad, en un tiempo pasado que poco tiene ya que ver con nosotros y con nuestra época. Vulgarmente lo entendemos, además, como un engaño, una falsa creencia, algo que no tiene un significado real, como una mentira. Sin embargo, la palabra mito tiene otros significados muy profundos y está más en contacto con nuestra realidad actual de lo que pensamos.

Los mitos han acumulado tanto conocimiento, tanta experiencia, tanta sabiduría a lo largo de miles de años que, de alguna manera, son la puerta a través de la que «lo sagrado entra en el mundo» (Mircea Eliade). Las personas que los crearon, en lo más profundo de sí mismos estaban, por el hecho de ser humanos, en contacto con lo divino.

Los mitos son modelos para el hombre y, si nos detenemos y prestamos atención, podríamos sacar de ellos no solo modos de actuar, sino fuerzas para actuar. Ese es el caso del mito del héroe. Pero los primeros mitos que la Humanidad creó tienen que ver con la creación del mundo desde el caos. De ahí provienen todos los demás.

En la Antigüedad existía la costumbre de rememorar el mito a través de ritos y celebraciones. Era una forma de hacerlo presente, de revivirlo, de recordarlo y, a través de ceremonias, alejarse de la cotidianidad para entrar en un tiempo y un espacio sagrados en los que el hombre se paraba ante el misterio de la vida y del cosmos.

Todo ha cambiado; aun así, nos han llegado hasta hoy algunos mitos y celebraciones rituales a través de diversos cauces, desde el Renacimiento y, posteriormente, a través de otros como el Romanticismo alemán, cuando las tradiciones populares y orales vuelven a ser fuente de inspiración para filósofos y poetas. Hoy día perduran, sobre todo, en ritos relacionados con la naturaleza, como la llegada del verano en la noche de San Juan, o el inicio del nuevo ciclo de luz del Sol el día del nacimiento de Jesús.

Mito y filosofía

Filosofía y mito se han dado la mano a lo largo de una parte de la historia. Los mitos dejaron su influencia en los inicios de la filosofía. El interés en buscar el origen del ser y de todo cuanto existe y con él las primeras especulaciones filosóficas derivan de las mitologías.

Ni Sócrates ni Platón abandonan el mito. Platón, como es sabido (por el mito de la caverna), lo usa para dar explicaciones llenas de imágenes, elige el discurso mítico como más sugestivo y adecuado para hablar de cosas profundas. A través del mito, lo invisible, lo incomprensible se torna más inteligible para el hombre.

El mito no aspira ni a encontrar la verdad completa ni a expresarla en su totalidad, ya que no es posible, sino a sugerir algo de ella mediante un mensaje que ha de ser interpretado y que en nuestro interior puede seguir desarrollándose y encontrar nuevos ecos.

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Y es que mito y razón no son enemigos, son perfectamente complementarios. El mito, con su lenguaje simbólico, puede seguir expresando cuando la razón ya no puede seguir adelante.

El mito no es, por tanto, ni falso ni infantil. Expresa verdades eternas con un lenguaje de símbolos dirigidos no solo a la razón, sino también al sentimiento y al espíritu.

Es por eso por lo que el pensamiento mítico ha logrado sobrevivir, aunque disminuido, cambiado y camuflado, a la crítica devastadora de un racionalismo feroz que no veía, ni en los antiguos relatos ni en la imaginación humana, ninguna fuente de verdad. Hoy día perviven en muchos personajes de cómics, en libros como la saga de Harry Potter, o El señor de los anillos, o en películas como La guerra de las galaxias, que relatan, al igual que el Mahabharata o el mito artúrico, la lucha del bien, de lo más noble del ser humano, contra el mal, su lado oscuro. Este relato es universal y atemporal, ya que ambas fuerzas no son exteriores al hombre, sino que están dentro de él.

En todos ellos se narra el viaje del héroe y las etapas por las que pasa su viaje vital:

  • El miedo y el rechazo a la aventura, cuando aún no es un héroe.

  • Su encuentro con un Maestro que le da técnicas de lucha y formación. Lo inicia.

  • Las pruebas que tiene que superar. Su lucha contra la tentación.

  • La victoria y finalmente el regreso a lo cotidiano como vencedor de los dos mundos.

Y este es el proceso que todos vivimos cuando no evadimos la batalla permanente que la vida nos plantea.

Pero hoy día la superficialidad nos invade. Es complicado hablar de estos temas. Eludimos cuestionarnos cómo vivimos, eludimos hacernos preguntas vitales e imaginar, en medio de la tendencia general, otros modos de vivir que puedan hacernos más felices y hacer más felices a los que nos rodean. El dinero, la fama, el éxito material son los ídolos. El espacio para lo sagrado es reducido, cuando no inexistente, ni a través de ritos y ceremonias ni de ninguna otra manera. Por eso hoy se hace más necesario que nunca recuperar el mensaje que encierra el mito del héroe. Es un modelo a imitar por los valores y virtudes que defiende, por su ansia del bien, por elevarse por encima del hombre común hacia las cualidades de la divinidad.

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Mito y actualidad

Para vivir una vida con sentido necesitamos no solo la razón, porque el hombre no es solo razón. Necesitamos retomar el sentido heroico de la vida, vernos como el héroe que necesariamente estamos llamados a ser a lo largo de nuestra vida.

Vivir es un reto, un enorme desafío para el que necesitamos todas nuestras fuerzas; tenemos que vérnoslas, como decía Miguel Hernández, con la libertad, el amor y la muerte. Y no hay ni universidad que nos enseñe ni diploma que nos certifique que estamos viviendo bien. El mito del héroe, con sus cualidades a imitar, nos muestra el camino. Él nos impulsa a ser protagonistas y no espectadores.

Este es el sentido de la filosofía como una vía práctica. La filosofía es una búsqueda de la verdad y un camino de evolución personal. Ser filósofo no es estudiar, sin más, enrevesadas teorías de antiguos pensadores, como mucha gente tiende a pensar en un mundo que está olvidando claves esenciales. Ser filósofo es mucho más difícil, aunque también más apasionante. Es poner de acuerdo lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Es encontrar qué buscamos en la vida. Es saber dónde queremos llegar, y tener un buen proyecto de vida. Es, por tanto, algo práctico y aplicable al día a día. Y para ello es necesario tener ideas claras y certezas fiables en las que apoyarse.

Ser filósofo es ser un enamorado de la verdad, de la sabiduría, y como enamorado, poseer toda la pasión y la fuerza para llegar a la meta que uno se ha propuesto. La vida se convierte así en un ejercicio de entrenamiento y mejora, de evolución continua, en una aventura.

Y al margen de las tendencias generales de nuestra sociedad, en el interior de cada uno de nosotros hay un héroe en potencia, que afronta con coraje las dificultades de la vida, que aprende de sus errores, que no se da por vencido, que intenta vivir en armonía con la naturaleza buscando la divinidad que hay en ella, sin dañar a nadie, siempre en continuo cambio y llevando la filosofía como luz que ilumina su camino.

Estamos llamados a aunar lo que se nos da al venir a la vida, cuerpo, emociones, inteligencia, conciencia, intuición, en una vida con sentido. Y no es fácil. Muchos se pierden por el camino. Por eso es… la tarea del héroe.

 

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