El pintor italiano Rafael supo captar con sutileza las diferentes formas de entender la filosofía que tuvieron Platón y Aristóteles. La filosofía platónica requiere una mente analógica en la que priman la metáfora y el símbolo, mientras que la aristotélica, que fue el esqueleto de la obra de Santo Tomás con todas sus secuelas, utiliza la mente analítica que clasifica. En su Escuela de Atenas, Platón señala hacia arriba y Aristóteles abarca un espacio terrestre indefinido.

Antes de su muerte, Santo Tomás manifestaba tristeza sin motivo aparente hasta que hizo una importante revelación, que no debía saberse hasta después de su muerte, que intuía próxima: «Todo lo que hasta ahora escribí me parece, únicamente, paja, en comparación con aquello que me ha sido revelado». Las últimas semanas habían sido de éxtasis espirituales, en los que se le habían mostrado verdades que convertían su ciencia anterior en ceniza. «Dios, además ha sellado con mi obligado silencio tales secretos».

Santo Tomás arrodillándose y ofreciendo sus obras a la Iglesia católica romana (Ludwig Seitz, Wikipedia).

Toda la base escolástica del autor de la Suma Teológica es Aristóteles, trabajosamente cristianizado para no ofender el dogma. Nos preguntamos si las visiones divinas cubrieron de ceniza también el pensamiento aristotélico, que era el esqueleto de su filosofía.

El mito de la caverna de Platón dice lo mismo: ¿son válidas las categorías nacidas de un mundo de sombras, razonadas por sombras?

Las imágenes mentales que tenemos del mundo dependen de nuestra percepción del mismo, construida por nuestros sentidos materiales. Con tan frágil arquitectura, sobre el barro de lo irreal, ¿queremos llegar a la verdad? Rafael fue muy agudo al pintar a Platón señalando hacia arriba y a Aristóteles queriendo abarcar la tierra, pues el método aristotélico, usando una mente analítica y no analógica (donde reinan la metáfora y el símbolo), más nos sirve para clasificar lo que vemos que para acceder a lo que desconocemos.

Platón (a la izquierda) y Aristóteles (a la derecha), un detalle de la Escuela de Atenas (Rafael, Wikipedia).

Como escribí en mi novela El viaje iniciático de Hipatia:

«La mente es como el horizonte que percibe nuestra mirada, une… y también separa la tierra del cielo. Nosotros debemos hacer de ese horizonte una puerta para elevarnos a vivencias más sublimes, que son las que necesita nuestra alma… y no dejar cerrada la puerta pensando que la realidad es nada más que esa puerta y no lo que espera detrás de ella. No se trata de edificar un mundo de conceptos y estructuras mentales derivados de la misma naturaleza matemática y geométrica de la línea que es el horizonte, dibujando con esta línea una realidad infinita pero horizontal, sino hacer con ella, con la mente, una escalera para subir al Cielo… Si no, antes o después, quien no haya experimentado las vivencias de los Misterios y sepa, por tanto, cómo respirar el aire puro de la verdad, quedará intoxicado por una filosofía, que en vez de usar o dominar la mente, entra en sus atractivos, pero fatales laberintos: la mente, en vez de ayudar a liberar el alma, la encarcelará aún más».

Las categorías aristotélicas

Aristóteles, acusado por Alejandro de revelar Misterios en sus obras, le responde que estos, sin un conocimiento previo, serán leídos pero nadie sabrá que están ahí. O sea, que quizás el lenguaje aristotélico es un velo que encubre verdades sublimes con el artificio de sus categorías.

Estas categorías aparecen en el Organon, compilado por Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Según los especialistas, el texto fue escrito por Aristóteles cuando aún estaba en la Academia. El libro Categorías, incompleto, formaba parte de los textos esotéricos o acromáticos, una especie de apuntes que usaba el Maestro del Liceo, y que después explicaría con ejemplos y significados ocultos que solo quedan esbozados.

Las categorías son los predicados del ser, y son diez. La formulación de estos predicados hace que parezcan más asociados a la matemática del lenguaje (a su sistema de lógica, base de su sintaxis, que es intrínseco a la mente humana, como demostró Chomsky) que a la naturaleza de la realidad, al orden divino subyacente. ¿Sería entonces un instrumento del lenguaje, el modo de conducirse de nuestra mente, categorizada por estructuras con las que puede construir y crear, pero que la limitan y atan al mundo, como los filósofos hindúes dicen de ella cuando la llaman Kama-Manas (ideas-forma ligadas por el fluido viscoso de los deseos y sensaciones)? ¿Son diferentes los Arquetipos de Platón de estos predicados del ser? Evidentemente sí, pero ¿son estos últimos una sombra de los primeros en la mente formal con la que nos movemos en el mundo? ¿Son un símbolo mental, estructural, de misterios de los que Aristóteles no podía hablar?

Este tema ya fue campo de batalla en la filosofía medieval en relación con los universales. ¿Los géneros y especies existen en la realidad sensible o son una herramienta mental para poder clasificar y organizar mentalmente lo que percibimos? O mejor aún, todo el árbol de géneros y especies ¿existe en la mente divina, como afirmara Raimundo Lulio, formando una especie de Escalera del Ser?, ¿o son solo «el nombre» que damos a lo que creemos conocer y de lo que en verdad nada sabemos, pues no hay dos rosas iguales y el concepto rosa es solo una caja mental donde meter todas ellas? El dialéctico Abelardo propone una solución salomónica: «Tiene razón Aristóteles al decir que los géneros y las especies existen solo en las cosas sensibles; pero también Platón al decir que existen en su pureza, como formas sin materia, en la mente divina».

Las categorías de Aristóteles son: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión. En sí mismas ni afirman ni niegan nada, son ideas (en el sentido aristotélico y no platónico). Pero al ser combinadas se realizan juicios que sí pueden ser verdaderos o falsos y con los que sí podemos conocer nuevas realidades, según Aristóteles.

Son parte del lenguaje, que es siempre expresión del pensamiento. La sintaxis y la morfología usan o expresan estas categorías. El singular y el plural lo son de la categoría «cantidad»; el sustantivo es la «sustancia», que puede funcionar como sujeto o como objeto directo, según la acción del verbo (otra categoría). La oración puede estar en activa o pasiva (otra categoría); no es lo mismo el amante que el amado. La 1.ª, 2.ª y 3.ª personas están definidas por la relación (otra categoría). La categoría «cualidad» puede definir la función de los adjetivos o el modo del verbo. Las categorías «lugar» y «tiempo» son definidas por palabras (adverbios, nombres de lugares o momentos), o por la forma que asume el verbo. El lenguaje, siguiendo las formas del pensamiento, y el pensamiento, adaptándose a las formas del lenguaje, usan necesariamente las categorías.

¿Esconden las categorías otros mensajes?

Pero ¿definen estas categorías realidades del ser? ¿Hay un mensaje «esotérico» detrás de su aparente trivialidad? Trivialidad necesaria, sin embargo; ¿y puede lo necesario no ser importante? Y sin embargo, puede no ser significativo para el alma, tener solo un valor instrumental, válido en el círculo de la mente concreta, y no fuera de ella; o sea, pertenecerían a la naturaleza de la caverna que hace prisionera al alma, aunque nos sean necesarias para «pensar» y «vivir» en ella. Aunque visto desde fuera de la caverna, desde la sabiduría, ¿podemos llamar a esto «pensar» y «vivir»?

la caverna michiel coxcie

La caverna (MichielCoxcie, WikimediaCommons).

¿Qué le importa al alma que yo hable a una o a diez personas (categoría número), que sea yo o uno de mis colegas (sustancia) quien revela una idea, si soy blanco o negro (calidad)? ¿Qué le importa si un suceso fue ayer, hoy o mañana (categoría tiempo)? Como diría Marco Aurelio: «Varios granos de incienso, destinados a ser quemados, se esparcieron en el mismo altar. Uno cayó antes, el otro caerá más tarde, ¿qué importa?».

Toda esa información son sombras sobre la caverna del mundo, necesarias en la vida de sombra, quizás de su misma textura material, y sin ella, nada sabemos del mundo, pero ¿qué sabemos de lo real, de la verdad que espera más allá, viva y perenne, que Platón llama Arquetipos? Así conoceremos el mundo: el gesto de Aristóteles en el cuadro de Rafael, gesto de dominio sobre el mundo, imposible sin conocimiento. Pero dominio, ¿para qué?, ¿qué cualidad moral o intrínseca hay en ello? Si es dominio para servir, proteger, desvelar, perfecto. Si es para hacer uso, sin más, del mundo, como hasta ahora hemos hecho, envenenándolo en todos los planos de la conciencia, ¿en qué nos acerca eso a la verdad?

Llegar a la verdad

Dice un aforismo: «Ayuda a la Naturaleza y trabaja con ella, y la Naturaleza te prestará obediencia, y abrirá, ante la mirada de tu espíritu, los tesoros de su seno virginal». ¿Son las categorías o las herramientas lógicas o aun metafísicas que predica Aristóteles, estos tesoros? Como decía Buda, no podemos dominar la mente sin conocerla, y no podemos no ser traicionados por ella sin dominarla, luego conocerla es un deber. Y es necesario conocer lo suficiente la caverna para salir lo más rápidamente de ella, pero ¿qué de verdad hay en ello, dónde obtiene aquí el alma su alimento?

El abuso del pensamiento aristotélico nos ha permitido un conocimiento deshumanizado del mundo, y ha adulterado la búsqueda del saber, convirtiéndola en un estudio de la mente y del lenguaje como instrumentos, sin trascendencia. El misterio ha sido crucificado en las categorías lógicas, y con las estrategias del discurso, hemos aprendido a vencer a nuestros adversarios, y aun a pensar, que es necesario. Pero, abusando, hemos dejado de saber en qué pensar, para qué pensar.

Veamos la diferencia con Platón, cuando dice que meditar es el diálogo del alma consigo misma, un acto de sinceridad en que ella abre los ojos y ve el mundo más real cuanto más limpia es su mirada; o cuando dice que pensar es una actividad interior semejante a caminar, que se avanza en el mundo interior si se hace sabiamente. Es la filosofía en su sentido dinámico, de búsqueda y amor de la verdad, bañados en la luz incesante que emana del misterio mismo.

La Escalera de Oro (Louis Janmot, Wikimedia Commons).

Una metáfora oriental[1] habla de la filosofía de lo fijo, que es como la de nuestros centros de saber actuales, porque ahogan nuestras preguntas con un sinfín de respuestas que no podemos asimilar.

«Un discípulo se había propuesto andar por un camino hasta llegar a su fin. Aquí el camino es el Tao, el viejo Sendero Iniciático. Caminaba y de pronto se fijó en la Luna y dijo: “Qué hermosa está la Luna esta noche”. Pero quisieron los dioses de la casualidad –aunque la casualidad no existe– que la Luna se escondiese detrás de una hermosa flor. Esto hizo que el discípulo dijese: “Qué linda está la Luna esta noche, que se ha escondido detrás de tan hermosa flor”. Y quisieron los mismos dioses que la flor estuviese sobre un árbol frondoso, y el discípulo dijo: “Qué linda está la Luna esta noche, que se ha escondido detrás de la hermosa flor de este árbol tan frondoso”, y poco a poco, el discípulo comenzó a repetir enormes letanías, nombrando miles de objetos. Se detuvo en el camino, clasificó los objetos y dijo: “Soy un sabio y he llegado”. Pero no había llegado a ninguna parte. Lo único que había hecho era quedar enredado en la ilusión de la pluralidad».

Las categorías, ¿forman parte de la matemática del pensamiento humano, o de la matemática divina, manifiesta en el orden armónico de la naturaleza? ¿Son trama de la realidad divina, o por el contrario, es la arquitectura de la cárcel en que estamos prisioneros? La cuestión no está resuelta, pero quizás ayude a despertar nuestra sed de altura, nuestra necesidad de ser auténticos, y no simplemente jaulas que sienten, hablan y piensan.

 

[1] Relatada por J. Á. Livraga en Magia, religión y ciencia para el III milenio, Ed. NA.

Publicado en Filósofos
Jueves, 01 Diciembre 2016 00:00

El Año de Aristóteles

En este mundo desquiciado, que aparezcan unos restos que podrían ser de la tumba de uno de los más grandes sabios de la historia puede parecer simplemente una anécdota romántica. Resulta irónico que este descubrimiento, que aún no se encuentra respaldado por inscripciones, se haya producido precisamente cuando se conmemoran 2400 años de su nacimiento, ocurrido en 384 a. C. Y la Unesco le ha dedicado este año en curso. Aristóteles no murió en su ciudad natal, sino en la isla de Eubea, donde se había exiliado junto con un grupo de discípulos suyos, pues en Atenas, donde ya funcionaba su escuela, había un clima de opinión contrario a los macedonios. Alguien llevó piadosamente sus cenizas a su ciudad y alguien erigió un mausoleo.

Para quienes amamos la Filosofía resulta reconfortante que la mayoría de los medios del mundo se hayan hecho eco de la noticia, insertándola en sus portadas o páginas de inicio. En estos tiempos de tanto desconcierto necesitamos recordar y conocer a los grandes pensadores que ofrecieron importantes claves para interpretarnos a nosotros mismos y al mundo. Y comprobar que sus luminosas reflexiones no han perdido vigencia y nos sirven para colocarnos en ese «justo medio» del que hablaba el estagirita en sus obras. Que ahora los buscadores de Internet estén repitiendo su nombre con motivo de los hallazgos arqueológicos y los homenajes conmemorativos es una buena ocasión para mirar a ese imponente personaje, tan grande que muchos pretendieron apropiárselo y de paso empequeñecerlo, adaptando a su tamaño la figura poderosa de uno de los discípulos directos del divino Platón.

Tan vigente, que todavía hoy quien quiera aprender a escribir, a narrar para el cine, encontrará lo que busca en la Poética de Aristóteles, o en la Retórica quienes quieran exponer sus ideas de manera eficaz como para que puedan persuadir a los demás para que hagan cosas buenas y provechosas, o en la Lógica, quienes quieran aprender a razonar y argumentar, sin olvidar su Ética, o su Política , para aprovechar mejor la vida .

Nosotros hemos querido contribuir a esta tarea que reivindica la inteligencia y la integridad moral con este especial sobre el estagirita y ayudar a conocerlo mejor.

Publicado en Editorial
Jueves, 01 Diciembre 2016 00:00

¿Qué es la fábula para Aristóteles?

«De aquí es claro que el poeta debe mostrar su talento tanto más en la composición de las fábulas que de los versos, cuanto es cierto que el poeta se denomina tal de la imitación. Mas lo que imita son las acciones; luego, aunque haya de representar cosas sucedidas, no será menos poeta; pues no hay inconveniente en que varias cosas de las sucedidas sean tales cuales concebimos que debieran y pudieran ser, según que compete representarlas al poeta. De las fábulas sencillas y acciones, se nota que las episódicas son de malísimo gusto. Llamo fábula episódica aquella en que se entremeten cosas que no es probable ni forzoso que acompañen a la acción. Estas, los malos poetas las hacen por capricho; los buenos, en gracia de los farsantes, porque haciéndolas a competencia para las tablas, y alargándolas hasta más no poder, muchas veces se ven precisados a perturbar el orden de las cosas.

Mas supuesto que la representación es no solo de acción perfecta, sino también de cosas terribles y lastimeras, estas, cuando son maravillosas, suben muchísimo de punto, y más si acontecen contra toda esperanza por el enlace de unas con otras, porque así el suceso causa mayor maravilla que siendo por acaso y por fortuna (ya que aun de las cosas provenientes de la fortuna aquellas son más estupendas, que parecen hechas como adrede; por ejemplo, la estatua de Micio en Argos, que mató al matador de Micio cayendo sobre su cabeza en el teatro, pues parece que semejantes cosas no suceden acaso); es consiguiente que tales fábulas sean las más agradables.

De las fábulas, unas son sencillas, otras complicadas; la razón es porque las acciones de que son imágenes se ve que son también de esta manera. Llamo acción sencilla aquella que continuada sin perder la unidad, como queda definido, viene a terminarse sin peripecia ni anagnórisis; y complicada, la que tiene su terminación con reconocimiento o mudanza de fortuna, o entrambas cosas, lo cual debe nacer de la misma constitución de la fábula; de suerte que por las cosas pasadas avengan natural o verosímilmente los tales sucesos, pues hay mucha diferencia entre suceder una cosa por estas o después de estas aventuras».

El arte de la poética , Aristóteles

Publicado en Cuentos con sabiduría
Jueves, 01 Diciembre 2016 00:00

Citas célebres Diciembre 16 Aristóteles

El que posee las nociones más exactas sobre las causas de las cosas y es capaz de dar perfecta cuenta de ellas en su enseñanza, es más sabio que todos los demás en cualquier otra ciencia.
 
Es de importancia para quien desee alcanzar una certeza en su investigación, el saber dudar a tiempo.
 
Es preciso que la filosofía sea un saber especial, de los primeros principios y de las primeras causas.
 
La mente siempre tiene razón, mientras que el apetito y la imaginación pueden equivocarse.
 
La inteligencia consiste no solo en el conocimiento, sino también en la destreza de aplicar los conocimientos en la práctica.
 
La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía.
 
Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia.
 
Los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará.
 
Lo que tiene alma se distingue de lo que no la tiene por el hecho de vivir.
 
Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia.
 
Aristóteles

Publicado en Citas célebres

Este mes en Esfinge entrevistamos en exclusiva al gran filósofo griego Aristóteles. Nacido en Estagira, como filósofo y científico sus ideas ejercen una enorme influencia en la historia universal. Le describen como el discípulo más legítimo de Platón, con quien se formó y estuvo impartiendo clases en su Academia. Se le atribuyen más de doscientos libros, pero solo treinta y uno de los casi cincuenta que han llegado hasta nosotros se consideran hoy como auténticos. Escribe sobre metafísica, filosofía de la ciencia, ética, política, estética, astronomía, biología... Fue maestro de Alejandro Magno y fundó el Liceo en Atenas, donde enseñó hasta un año antes de partir a su destierro. Sus discípulos reciben el nombre de peripatéticos porque Aristóteles filosofa mientras pasea.

Profesor Aristóteles, gracias por esta entrevista. Parece que este año es usted más famoso, ya que en mayo, durante el congreso internacional celebrado en la Universidad de Salónica, el arqueólogo Sismanidis dio a conocer las conclusiones de su equipo de arqueólogos sobre un edificio descubierto en la ciudad de Estagira que tiene que ver con usted...

Bueno, eso no tiene mucha importancia para mí. Si mis cenizas descansan aquí o allí no es relevante, ya que al final toda forma se disuelve en la sustancia. Lo que sí me parece más interesante es que se hayan tomado la molestia de organizar un congreso en mi nombre; para mí es un honor verme rodeado de tantos profesores y científicos que agradezco desde aquí.

¿Qué le agrada más, que se discutan sus obras o que se reúnan en torno a la filosofía?

Si me lo preguntara hace un tiempo, le diría que la discusión me entusiasma. Pero últimamente me conformo con que haya unos cuantos seres humanos ocupados y preocupados por la filosofía. En nuestro Liceo no éramos tantos, pero nos visitaba muchísima gente y la filosofía gozaba de enorme prestigio comparado con la actualidad. Hoy no logro entender cómo ustedes dicen estudiar filosofía cuando en realidad lo único que hacen es leer libros o sentarse para llenarse la cabeza de sistemas. En mi tiempo la filosofía era una forma de vivir, de entender el cosmos, una forma de caminar por la vida, ¡y vaya si caminábamos!

¿Qué es exactamente la filosofía?

La ciencia más útil que existe. Una técnica para educar verdaderamente el espíritu de los seres humanos. Un regalo de la vida para las personas. Algo que nace con la capacidad de asombro y termina con la contemplación de los dioses y de Dios. Aunque ya veo que para ustedes es algo tedioso que arrancan de sus planes de estudio. Si los jóvenes supieran que es la ciencia que tiene la rectitud de juicio, que usa la razón y que contempla la totalidad del Bien, ¡se enamorarían de la filosofía! La filosofía, disculpe mi insistencia y mi enamoramiento, puede servirse de todas las demás ciencias y dirigirlas, puesto que solo ella abraza en sí misma el recto juicio y una prudencia directriz infalible. No maten la filosofía, rescátenla…

Le noto algo pesimista, profesor…

Sí, bueno, puede ser. Es que no me gusta demasiado este tiempo de ustedes, con tantas máquinas y tan triste superficialidad. Pero el mío tampoco era mucho mejor. Tuve que salir de Atenas casi huyendo cuando murió mi amigo y discípulo Alejandro... Gocé mucho cuando me enviaba desde los rincones de Asia toda suerte de animales, minerales, libros y objetos curiosos. Hicimos una gran biblioteca y comenzamos a sistematizar las ciencias, ¡qué aventura del saber!

De hecho, se dice que usted transformó casi todas las áreas del conocimiento. Es reconocido como el padre fundador de la lógica y de la biología, entre otras, y se le atribuyen las nociones de categoría, sustancia, acto, potencia y primer motor inmóvil.

Pues sí, pero ya existían reflexiones y escritos previos sobre esas materias. Nuestro mérito, mío y de mis discípulos, fue solo realizar las primeras investigaciones sistemáticas, y gozamos mucho con ello. Podría quedarme horas estudiando y diseccionando un calamar, así como observando y clasificando flores o metales. También gozaba mucho comentando las más minuciosas nociones sobre ética, política o literatura... Siento que mi vida debería durar trescientos o tres mil años para estudiar todo lo que mi curiosidad buscaba. Y, sin embargo, parece que las gentes de hoy se aburren y no saben qué hacer con su tiempo… Quizá algunas de nuestras ideas fueron novedosas para nuestro tiempo, pero eran evidentes para cualquier persona con un poco de sentido común.

¿Y qué hay de cierto en la vieja rivalidad entre Platón y usted?

¡Oh, por Zeus, nada! Pues si mi maestro me abrió las puertas de la sabiduría y de su amada Academia, permitiéndome enseñar allí, también me abrió las de su corazón. Era un hombre sabio y venerable, y siempre veló por el bien de todos en su ideal de educar a la humanidad. Es cierto que alguna vez pronuncié algo parecido a que yo era su amigo pero que era más amigo de la verdad, pero es que en la Academia eso era lo principal y lo normal. La prensa, ya sabe, a veces sacan ustedes las cosas de contexto y parece que uno ha dicho lo que no ha dicho... No había que estar de acuerdo con todo, al contrario, se fomentaba la discusión y se apreciaba que tuvieras tu propia línea de pensamiento siempre que estuviera bien fundamentada. Si me apura, hasta me felicitaba por ello.

Pero ¿no estaban en desacuerdo en cosas fundamentales, como por ejemplo, en que existen dos dimensiones de la realidad: el mundo sensible y el mundo inteligible?

Mi sabio maestro se vio en la terrible tesitura de tener que explicar cómo se relacionan las ideas, o formas universales, con el mundo sensible y manifestado. Y yo intenté buscar otro camino. Para mí, el mundo no tiene compartimentos. La esencia es lo que define al ser, y la forma está inseparablemente unida a la materia, constituyendo juntas el ser, que es la sustancia. Creo que la importancia que otorgué al conocimiento sensible, y al conocimiento de lo singular para llegar a lo universal, abrió posibilidades a la investigación científica. Mi maestro no estaba en desacuerdo, aunque prefiriera otra cosa: él era un místico. Y yo no aspiraba a tanto. Pero, insisto, estamos de acuerdo en lo fundamental. Y lo fundamental es la ética. Si el carácter humano está bien cimentado, luego ya podremos hablar de metafísica…

Entonces, ¿le gusta la idea de complementariedad que se representa en el famoso cuadro La Academia , de Rafael?

¡Claro! ¡Me halaga! Salir representado junto a mi padre espiritual, Platón, con mi libro de ética hacia abajo, mientras él porta el Timeo y señala hacia arriba. ¡Qué bien lo ha captado ese Rafael! ¡Tiene futuro ese chico como artista! Se me antoja algo así como si yo fuera un Heráclito, que me ocupo del mundo del cambio y de lo mudable, mientras él es como un Parménides, que propone y defiende el Ser, el mundo de lo inmutable y eterno. ¡Ja, ja, ja! Ahora yo soy Heráclito y él es Parménides, tiene gracia (ríe)…

Volviendo al tema de las ideas, ¿cómo era esa diferencia entre ustedes?

Pues verá. Yo, para poder proseguir con mi investigación, no llegué a aceptar del todo la teoría de las ideas, aunque él me aseguró «que no eran ideas sino seres vivos»; las ideas eran la auténtica realidad, por ser subsistentes y autofundadas. Por tanto, el mundo sensible, captado por nuestros sentidos, no es más que una copia de aquellas. Como le digo, yo poseía una teoría que discurría entre el mundo de las nociones y el mundo sensible, si bien estaba abierto a admitir la existencia de sustancias separadas e inmóviles, como se puede ver en la lectura de mi libros de Física , y del que ustedes llamaron Metafísica . Les recuerdo cariñosamente que todo lo que conocen de mi obra, y de mis obras, son apenas unos fragmentos de notas tomadas en mis clases, son apuntes de algunas sesiones con mis alumnos. No conocen mis diálogos, ni comprenden completamente mi sistema filosófico, que fue ajustado a sus propios intereses durante la escolástica medieval. Además, yo mismo he modificado algunas líneas de mi pensamiento al comprobar por mí mismo ciertas cuestiones espirituales cuando he dejado mi cuerpo físico para pasar a otros niveles de la realidad…

¿Y qué ha descubierto?

Mire, le voy a ser sincero, que mi Maestro tenía razón en todo… Los neoplatónicos se dieron cuenta de ello y lo explicaron muy bien. Pero no me arrepiento en absoluto de mi línea de investigación; es más, mi maestro me animó siempre a emprender esa labor, la consideraba imprescindible. De ahí que, en cuanto pude, dediqué mucho tiempo y cariño también a la investigación científica. Y por ello, me faltó tiempo para entender algunos matices del mundo espiritual. Igualmente, siéndole completamente sincero, que me tilden de origen del materialismo o del cientificismo no me importa en absoluto, pues ahora sé que si no lo hubiera hecho yo, lo hubiera hecho otro y, probablemente, con menos fortuna.

Está usted muy misterioso… ¿Qué conclusiones éticas y políticas cree que se derivan de esa nueva cosmovisión que usted introdujo en la historia del pensamiento?

Pues verá, no le voy a contestar esa pregunta, si me lo permite. Porque cuando acabó nuestro tiempo, llegaron las escuelas morales que redujeron sus expectativas a la sencilla búsqueda de la felicidad. No era momento de dar prioridad a la metafísica, ni siquiera las personas tenían la mínima capacidad de abstracción necesaria para filosofar, mucho menos para entender las sutilezas metafísicas. Y ahora, cuando son ustedes incapaces de concentrarse dos minutos, cuando están obsesionados con el sexo, el poder, la fama y el dinero, cuando ni siquiera existen escuelas de filosofía moral en sus ciudades, ¿quiere usted que les explique a sus lectores tales sutilezas? No, señor mío, voy a hacer algo más práctico. Si me permite, prefiero darles un pequeño consejo…

Está bien, profesor, no se enoje conmigo. ¿Cuál es ese consejo?

Revisen cuál es la finalidad de toda actividad que realizan y se darán cuenta de qué es lo importante y qué vale la pena hacer. El bien supremo del ser humano es la felicidad y la felicidad es la sabiduría. Pero ustedes la buscan equivocadamente en cualquier cosa fugaz. Su mundo está hastiado, contaminado y triste; sus instituciones, obsoletas. Están huyendo hacia adelante. Solo en el desarrollo de las virtudes hallarán paz y sosiego en su infructuosa búsqueda del Ser…

Muchas gracias, profesor Aristóteles; ¿qué libro suyo nos recomendaría?

Los libros son semillas. Tengo muchos libros en proyecto, mejores que los que ya conocen de mí… Pero sobre todo, prefiero que lean aquello que les eleve el alma: poesía, ciencia, los clásicos de la literatura, incluso una danza o contemplar la naturaleza. Deben poder volver a ver en lo intangible; cualquier cosa que eleve sus conciencias hacia la plena presencia en el aquí y ahora... Y en esto estamos de acuerdo todos los filósofos…

Dedicada a mi amigo, el profesor Giosef Quaglia

Publicado en Entrevistas
Jueves, 01 Diciembre 2016 00:00

Aristóteles y Alejandro Magno

Aristoteles y Alejandro Magno: dos personajes históricos cuyos nombres tienen un peso específico por separado, confluyeron en un tiempo especial y desempeñaron el papel que les hizo inmortales. Uno fue filósofo; el otro, un civilizador y conquistador de mundos que no se conocían. Sus vidas se encontraron y Alejandro fue discípulo de Aristóteles.

¿Imagináis ser alumnos de Aristóteles?, ¿y ser profesor de Alejandro Magno?

Hablamos de dos grandes colosos de la historia, nada menos que de Aristóteles, uno de los más grandes filósofos, y de Alejandro Magno, el gran conquistador occidental, el último gran héroe de la Grecia clásica.
Los griegos consideraban a los macedonios unos bárbaros, pero los textos y testimonios indican que sus monarcas fueron unos grandes amantes y patrocinadores de las bellas artes griegas. Fueron mecenas de pintores, escultores y de grandes poetas.

Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro, destacó como uno de los grandes mecenas y precursores del arte y la cultura griegos; y quiso que su hijo y heredero tuviera una educación enmarcada en la tradición griega.
Corría el año 343 a.C. cuando Filipo II confió la educación de su vástago de trece años al filósofo más grande de la época: Aristóteles, que se haría cargo de su educación durante tres años.

aristóteles y alejandro magno 2Aristóteles tenía cierta relación con Macedonia. Su padre, Nicómaco, había sido médico en la corte de Amintas III, padre de Filipo y abuelo de Alejandro. Nicómaco pertenecía a la familia de los Asclepíadas, que se consideraban descendientes del dios Asclepio, fundador de la medicina y cuyo saber se transmitía de generación en generación. Ello hace pensar a algunos autores que Aristóteles había sido instruido desde pequeño en los secretos de la medicina, y que de aquí le vendría su afición a la investigación experimental y a la ciencia positiva. Según Plutarco, Aristóteles inspiró a Alejandro su afición a la medicina; en algunas de sus cartas, prescribía medicamentos y regímenes a sus amigos y parientes.

Además se sabe que Filipo mantuvo una estrecha relación con Platón, maestro de Aristóteles.

Así pues, el hombre con mayor amplitud de miras del mundo sería el maestro del que habría de convertirse en su mayor conquistador.

Alejandro pasó tres años al lado de una de las mentes más infatigables y de intereses más amplios que jamás haya existido. Resulta muy difícil estar de acuerdo con Bertrand Russell, cuando considera que la influencia de Aristóteles sobre Alejandro fue nula: « En conjunto, el contacto entre Aristóteles y Alejandro fue estéril, como si hubieran vivido en mundos distintos » .

Parece imposible creer que el pensador más profundo y enciclopédico de la Antigüedad, el que estableció las bases del pensamiento europeo, no influyera ni un ápice en un discípulo, aunque este fuera hijo del mismísimo Zeus y el domador de Bucéfalo.

En cambio, para otros autores, como Manley P. Hall, « Aristóteles transmitió a Alejandro Magno los principios básicos de la sabiduría antigua y, a los pies del filósofo, el joven macedonio se dio cuenta de la trascendencia del conocimiento griego, personificado en el discípulo inmortal de Platón. Elevado por su maestro iluminado al umbral de la esfera filosófica, contempló el mundo de los sabios » .

La paideia : así se educó Alejandro

Según Werner Jaeger, para abarcar el concepto griego de paideia deberíamos usar a la vez expresiones tales como civilización, cultura, tradición, literatura o educación, ya que cada una de ellas por sí sola solo expresa un aspecto del concepto griego.

La paideia propuesta por Aristóteles es un proceso de formación integral y gradual del ser humano, a desarrollar a lo largo de toda su vida. Implica abrir caminos interiores, a través de la búsqueda del conocimiento de uno mismo y la filosofía moral, práctica consciente de las virtudes morales; y caminos exteriores, invitándonos a ejercitar nuestras capacidades intelectuales para extraer todo el caudal de conocimientos adaptándolo, con sentido práctico, a la época que vivimos.

Aristóteles consagró su vida a la formación integral del ser humano, a una verdadera educación del espíritu, y durante los tres años que estuvo con Alejandro intentó cimentar el carácter de este en la ética y la práctica de las virtudes.
Aristóteles sabía que estaba formando las ideas del heredero del reino europeo más poderoso de la época y, según Manley P. Hall, « Aristóteles enseñó a su discípulo que si un día no había hecho algo bueno, ese día no había reinado ».
Se dice que Alejandro, durante su conquista, siempre llevaba con él una Ilíada , regalo de Aristóteles, que según dicen se sabía de memoria.

Como nos dice el profesor Giosef Quaglia, el amor de Aristóteles para con los mitos es una idea muy poco conocida, aunque son muchas las referencias que hay en sus escritos. Precisamente en su Metafísica hay una cita muy elocuente: « El que ama los mitos es en cierto modo un filósofo, pues el mito se compone de elementos maravillosos ». Podemos deducir que para él los mitos están constituidos por elementos que llevan al eje de su paideia : la filosofía.

Aristóteles veía el poder del alma griega en el heroísmo, y lo inculcó en Alejandro, que luchó conduciéndose como si fuese el propio Aquiles.

Según Plutarco, Alejandro quiso a Aristóteles casi tanto como a su padre, de este último había aprendido a vivir, y de Aristóteles, a vivir bien, con ética y filosofía.

La comunidad de ideas entre ellos duró mucho tiempo. Aristóteles le enseñó los límites del mundo entonces conocido, y Alejandro fue en su búsqueda y le mostró que el mundo era aún mayor. Tuvieron una fluida correspondencia e incluso Alejandro le enviaba toda suerte de animales, vegetales, minerales, libros… que ayudaron a Aristóteles a sistematizar las ciencias y crear una biblioteca.

Para Werner Jaeger, la relación se enfrió cuando la expedición a Asia se extendió y Alejandro empezó a confundir la conducta de Aquiles con otros papeles orientales y a Aristóteles no le pareció bien.

La muerte de Alejandro

Para entonces Aristóteles se encontraba en Atenas y ya había fundado el Liceo.

Cuando murió Alejandro en el 323 a.C., los atenienses se sublevaron contra los macedonios y Aristóteles, amigo de las máximas autoridades macedonias, fue acusado de impiedad. Y decidió marcharse diciendo que quería salvar a los atenienses de « pecar dos veces contra la filosofía »; la primera vez fue la condena de Sócrates.

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A la muerte del filósofo, sus seguidores continuaron con el estudio sistemático de las leyes y las constituciones. Parece ser que su ayuda fue muy importante para los primeros Ptolomeos en la Alejandría de Egipto, sobre todo sus consejos sobre las leyes del reino, la fundación de la gran Biblioteca y el Museo. Ptolomeo, uno de los grandes generales de Alejandro, fue el fundador de la dinastía ptolemaica.

El gran poeta Dante Alighieri dijo de Aristóteles que era « el maestro de nuestra vida ».

Es fácil imaginar que Alejandro absorbiera algún destello de la luminosidad de Aristóteles; seguramente, para él sí que fue el maestro de su vida, el que le abrió el apetito de saber y la curiosidad de conocer; el que inspiró y modeló su carácter y genialidad, para ser el líder que fue y convertirse en el mito que es.

Como dice Plutarco, « Aristóteles le infundió el amor y el deseo hacia la filosofía, que nunca se borró de su alma » . Uno de los regalos más preciosos que puede hacerte un verdadero maestro.

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Jueves, 01 Diciembre 2016 00:00

Aristóteles, el maestro de los que saben

Muchos son los calificativos elogiosos que a lo largo del tiempo ha recibido este gran filósofo de la Antigüedad clásica griega. Aristóteles no solo marcó el pensamiento de su época, sino que su huella siguió siendo reconocida por figuras de la cultura occidental de todos los siglos posteriores. Nos separan de él nada menos que veintitrés siglos, pero su figura sigue estando presente.

Hélade, año I de la Olimpiada XCIX. El mundo griego está muy convulso. El siglo anterior, conocido como el Siglo de Oro, ya parece muy lejano; la fama y la gloria que le dieron sus grandes filósofos, historiadores y poetas parece haberse difuminado sin apenas dejar rastro. Toda Grecia parece estar en pleno declive cultural.

En la ciudad de la diosa Atenea, sin embargo, lleva funcionando desde hace tres años una escuela de filosofía que luego se convertirá en la más renombrada de la Antigüedad. Su fundador, el gran filósofo Platón, había llamado a esa institución la Academia , en honor al héroe ateniense Academo.

 

Corría por ese entonces el año 384 antes de nuestra era, y mientras la fama de la Academia llegaba a todos los rincones de Grecia, en Estagira, una pequeña ciudad de la península de Calcídica, en Macedonia, se produce un acontecimiento aparentemente normal, que acabaría convirtiéndose en el comienzo de otro hecho extraordinario. La tierra de los dioses del Olimpo acababa de regalarse a sí misma y a la historia otro prodigio del pensamiento humano.
Del linaje de Asclepio, famoso dios griego de la medicina, nace un niño a quien sus padres, Nicómaco y Faestis, dieron el nombre de Aristóteles. El Estagirita –así es como también se le conocería luego en la historia– comenzaba su andadura por tierras griegas y, según dicen los que saben, la continuidad estaba asegurada. La máxima que podía leer el visitante de la Antigüedad en el santuario de Apolo en Delfos, «Γ νῶθι σεαυτόν », esto es, « Conócete a ti mismo », iba a seguir teniendo un fiel transmisor. Aristóteles cogería las riendas de Tales, Pitágoras, Anaxágoras, Sócrates, Platón y tantos sabios más, y seguiría intentando grabar la importancia de esa máxima en el alma de todos los griegos, y aun en los de habla no griega.

Un pionero del saber

Hoy, 2400 años después del nacimiento del gran filósofo de Estagira, se sigue hablando de él como « el padre de la lógica », « el pionero de la biología », « el gran científico » y tantos apodos más, pero quizás uno de los que más justicia le hace es el del gran poeta Dante Alighieri, que le definió como « el maestro de los que saben » [1] .

Nos atreveríamos a afirmar que prácticamente no ha habido ámbito del conocimiento humano que Aristóteles no haya investigado, como bien nos recordaba el gran helenista Thomas Taylor en el siglo XIX: « Parece que Aristóteles haya descubierto los misterios más secretos de la naturaleza y los haya esparcido por todas partes » [2] . De hecho, en el siglo III d.C., el historiador Diógenes Laercio, en su obra Vida de filósofos ilustres , llegó a atribuirle unos 500 textos, entre los que destacan los estudios de física y ciencia, y naturalmente, aquellos propiamente filosóficos sobre el alma y la ética, sin olvidar los escritos sobre política.

Aristoteles 2

¿Redactaría el propio Aristóteles todos esos textos? Difícil afirmarlo con certeza. Muchos de ellos deben de haber sido escritos por sus discípulos, y otros muchos son, probablemente, el resultado del trabajo de reconstrucción de citas y fragmentos, como en el conocido caso de Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Así pues, es evidente que los poco más de 50 textos que conservamos en la actualidad –de los cuales solo 30 son considerados auténticos por la comunidad filosófica internacional– contienen tan solo una parte de las enseñanzas que nuestro querido filósofo dejaría como herencia escrita para la posteridad.

Pese a las controversias y dudas sobre su legado, que hoy en día siguen sin poner de acuerdo a los historiadores e investigadores, la inmensa herencia cultural dejada por esta gran figura de la historia universal, y comprobada hasta la fecha, es el motivo por el cual este año 2016 ha sido declarado por la UNESCO como el Año de Aristóteles.
 
[1] La divina comedia , Canto IV, 131-133.
[2] The Philosophy of Aristotle , libro 1, pág 3. The Prometheus Trust , Londres, 2004.

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La importante herencia cultural de esta figura de la historia universal ha motivado que el año 2016 haya sido declarado por la UNESCO «Año de Aristóteles». Aunque estamos situados en otro milenio distinto al suyo, todavía podemos apreciar las huellas de los pasos pioneros de este filósofo en muchos campos del conocimiento.

Esta conmemoración ha motivado a muchas asociaciones filosóficas internacionales, entre las que destaca la Federación Internacional de Sociedades de Filosofía (FISP), a organizar varios congresos y homenajes en torno al gran filósofo. Algunos de ellos ya se han celebrado en lo que va de año, como es el caso de los dos congresos que representan los puntos culminantes de las celebraciones: el Congreso Mundial de Tesalónica del pasado mes de mayo, llamado Aristóteles, 2400 años, y el Congreso Mundial sobre la Filosofía de Aristóteles, que tuvo lugar en Atenas entre el 10 y el 20 de julio.

Son muchos los temas que se han ido debatiendo en los citados congresos, y sería imposible reasumirlos en unas pocas líneas de un artículo, con lo cual nos limitaremos a destacar los dos «descubrimientos» que nos parecen más significativos.

Los restos de Aristóteles

El primero de ellos se anunció el pasado 26 de mayo en el marco del congreso de Tesalónica. En dicho acto, el arqueólogo Konstandinos Sismanidis reveló una noticia que rápidamente iba a dar la vuelta al mundo, al menos en el ámbito cultural. A siete kilómetros de la ciudad actual de Stagira, en el emplazamiento de la antigua Estagira, anunció haber encontrado un santuario o templete recubierto en piedra que conserva unos restos que pertenecerían al cuerpo del admirado filósofo, el ciudadano más famoso de Estagira.

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Ahora bien, el equipo de arqueólogos no aportó muchas evidencias al respecto, pero el descubrimiento es seguramente merecedor de atención, quizás no tanto por el descubrimiento en sí –los filósofos que más se precian no tienen apego al cuerpo físico–, sino más bien por el aspecto romántico de poder seguir los rastros físicos de una figura tan destacada de la historia universal.

En cuanto a las pruebas aportadas, la primera hace referencia al hecho de que en el mismo templete se habían encontrado unas monedas pertenecientes al periodo de Alejandro Magno, y la segunda a que los restos del recinto fúnebre se remontarían justo al siglo IV a.C., esto es, el siglo de Aristótele s . Finalmente, también se alega como evidencia unos documentos antiguos que afirmarían que, tras la muerte de Aristóteles en la ciudad de Calcis (en el año 322 a.C.), se habrían madado trasladar sus restos a su ciudad natal por deseo suyo. Las pruebas parecen elocuentes, pero nos permitimos conservar algunas reservas sobre la veracidad del descubrimiento, ya que, por lo que se sabe hoy en día, el documento antiguo que habla de ese tema es la ya citada Vida de filósofos ilustres . En ese texto encontramos el siguiente pasaje: « που δ' ἂν ποιῶνται τὴν ταφήν, ἐνταῦθα καὶ τὰ Πυθιάδος ὀστᾶ ἀνελόντας θεῖναι, ὥσπερ αὐτὴ προσέταξεν »; es decir: « Cuando se construya mi sepulcro, allí se depositarán también los huesos de Pitia [1] , como ella ordenó ». Así pues, no habría ninguna referencia clara al hecho de que Aristóteles mandara trasladar sus propios huesos; solo se presume por la expresión « καὶ », que podemos traducir como  « también ». Sea como fuere –y a pesar de que un gran número de historiadores ponen en entredicho la autenticidad de muchas afirmaciones del documento en cuestión [2] –, el hallazgo ha cautivado la atención de expertos de todo el mundo, y muchos medios de información internacional se han hecho eco de la noticia.

Aristóteles filósofo

En cuanto al Congreso Mundial de Atenas, que en el momento de redactar este artículo aún no se ha celebrado, sabemos a a estas alturas que hará especial hincapié en unas excavaciones arqueológicas que recientemente han sacado a la luz los restos del Liceo, la institución del saber que el propio Aristóteles abrió en Atenas en el año 335 a.C.

En espera de saber más al respecto, queremos aprovechar la ocasión que nos brinda este aniversario para recordar los motivos que, según creemos, llevarían a Aristóteles a abrir una escuela para amantes de la sabiduría y a dedicarse a la filosofía como estilo de vida.

Como sabemos, nuestro querido Estagirita ya había conocido previamente tan noble ciencia en los tiempos de la Academia, cuando, de la mano de su gran maestro Platón, aprendió durante unos veinte años a moverse por las intrincadas redes del camino del conocimiento interior, y sobre todo, sintió la obligación moral de transmitir un método filosófico milenario cuyas herramientas estaba recibiendo con mucho esmero.

Su preocupación de base fue la misma de todos los sabios que le precedieron: proporcionar a todos los que se acercaban a las puertas de la filosofía las herramientas necesarias para conocerse en profundidad y motivar a buscar respuestas a los más grandes interrogantes del ser humano: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿adónde vamos? Todo ello para que todos, ayer como hoy y como siempre, sintamos la necesidad interior de mejorar la sociedad en la que vivimos participando en ella de forma altruista.

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Hoy, en medio de nuestras múltiples ocupaciones diarias, quizás apenas nos quede tiempo para la reflexión y la filosofía práctica y vital que tanto recomendó Aristóteles, pero preguntémonos: ¿estamos tan seguros de que tan noble ciencia merece ser arrinconada como si fuera algo inútil? Y también: ¿queremos seguir el juego de aquellos que quieren convertirnos en unas máquinas sin almas que transiten por la vida contaminados por ideas que nos llevan al enfrentamiento, al materialismo y al consumismo desenfrenado?

El camino que Aristóteles y tantos filósofos nos proponen recorrer es empinado, abrupto y posiblemente esté plagado de dificultades, pero es el camino que una parte de ti, lector, es muy posible que esté anhelado recorrer.
El deseo del que escribe es que no dejemos pasar en vano la oportunidad que nos brinda este aniversario de los 2400 años del nacimiento de Aristóteles y recordemos siempre dedicarle un hueco diario a la filosofía, que no es otra cosa que la práctica de la areté (los valores morales), la reflexión interior y la realización de una labor social altruista. Al respecto, quizás nos sea útil tener presente las que, según cierta tradición [3] , fueron las últimas palabras pronunciadas por el sabio estagirita poco antes de que su alma emprendiera el camino celeste.

« Quien conoce la ciencia filosófica conoce la vida en este mundo y en el otro. Bienaventurada es el alma que entiende esta ciencia » [4] .
 
[1] Pitia fue la primera esposa de Aristóteles, fallecida a los dos años de matrimonio.
[2] Por nuestra parte, también desconfiamos del hecho de que un filósofo como Aristóteles, seguramente convencido de la inmortalidad del alma, pidiera que se conservaran sus huesos.
[3] El texto a que nos referimos es conocido como La muerte de Aristóteles o El liber de pomo . Actualmente conservamos versiones del s. XIV en latín y en catatán.
[4] La muerte de Aristóteles , 310-315.
 

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