Enero 2015

Fernando Pessoa: verdades envueltas en metáforas

Escrito por  José Carlos Fernández
Fernando Pessoa: verdades envueltas en metáforas

El escritor portugués Fernando Pessoa, maestro en el arte de utilizar metáforas llenas de fuerza y belleza, nos ha dejado numerosos ejemplos de su inspiración, permitiendo al lector entrar en dimensiones difíciles de describir con palabras.

Como si fuesen puertas que nos llevan a caminos mistéricos, las metáforas del escritor portugués Fernando Pessoa (1888-1935) nos abren a bellas y maravillosas realidades, por ejemplo, cuando dice que sus “sueños sean esferas”, o cuando habla de la Noche, Gran Madre, como una “reina nacida destronada”, o dice que su vestido está ribeteado de infinito, o al referirse, casi al final de su vida a su Maestro, esperado, sentido y perdido, como una “flor por encima del diluvio de la inteligencia subjetiva”.

El orador romano Quintiliano enseñaba a sus discípulos que las metáforas son los ojos del discurso, y todos sabemos que los ojos son las ventanas del alma. A través, por tanto, de las metáforas verdaderas y espontáneas del poeta, entramos en otra dimensión, en su reino de intuiciones. Y del mismo modo que la metonimia es un proceso de simbolización, la metáfora también lo es, por transferencia de valores subjetivos, por analogía, siendo esta –la analogía– quien gobierna la magia de la naturaleza y los vínculos en el todo, desde lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño.

Las metáforas surgen, asimismo, de un conocimiento de la realidad, de una visión del mundo más allá de lo prosaico, donde impera la fría lógica de las apariencias o de la sucesión de hechos en el tiempo, y no fuera de él, sin él. Las metáforas de Fernando Pessoa brotan libres, naturales y espontáneas de su estro poético, de su inspiración, de ese flujo magnético que el Filósofo de la Academia, en su obra Ion, explica que imanta al poeta, al recitador y a los oyentes arrancándolos de lo cotidiano, y haciéndoles entrar en el reino del alma. Pero estas metáforas, dado el profundo conocimiento esotérico que Fernando Pessoa demostró a lo largo de su vida en todas sus obras, nacían de una cosmovisión, de una vida interna ejercitada y disciplinada que no se deja morir en la superficie de las cosas ni en sus juegos de luces y sombras y de tamaños relativos.

Recordemos que la educación que recibió Pessoa de su madre, y luego siguiendo sus naturales inclinaciones, fue una educación esmeradísima, y que con poco más de veinte años sabía de memoria todos los clásicos de la literatura, especialmente inglesa, siendo Shakespeare y Walt Whitman sus autores adorados; y que cuando entró en contacto con las obras teosóficas, se sumergió en el estudio de la Doctrina Secreta, Isis sin velo, de H. P. Blavatsky, y de todo tipo de tratado esotérico, pasando miles de noches en vela intentando penetrar sus misterios. El rosacrucismo, la cábala y angelología, la matemática sagrada y la numerología, la astrología y la magia ceremonial, la metafísica oriental y occidental, la simbología arcaica en sus mil aspectos, etc., fueron configurando, o mejor quizás, despertando una visión del mundo que nunca le fue ajena, y que adquiría, al estudiar perseverantemente, rasgos definidos.

El misterio del poeta

Su alma es tan extremadamente sensible a las verdades, y su verbo tan ígneo y dúctil, tan bendecido por el Alma del Mundo, que es capaz de dar forma en sus metáforas a intuiciones y enseñanzas con las que es casi imposible establecer ningún tipo de puente o vínculo con la imaginación. Ese es el misterio del poeta. Según Platón, los hijos de las musas están dotados para llevarnos, en el pegaso de su inspiración, adonde ni siquiera el sabio es por veces capaz; aunque el poeta, dice el discípulo de Sócrates, no lo hace de modo totalmente consciente ni voluntario, sino como llevado de misteriosos poderes que no controla y a los que sirve.

Vamos a ver algunas de estas metáforas y desarrollar lo que sugieren, o en qué se fundamentan, comparándolas, cuando sea adecuado, con la sabiduría platónica o las doctrinas herméticas que vitalizaron los escritos de Fernando Pessoa.

Qué profunda la metáfora de la Gran Madre como noche, como “domadora hipnótica de las cosas que se agitan mucho”, pues es el alma de la vida quien reduce las aristas en suaves curvas, y es el alma-barco de cada uno quien intenta una y otra vez quebrar el espejo de sus aguas para llegar al destino soñado.

Qué definitivo cuando en Oda marítima dice que “el puerto de embarque es nostalgia convertida en piedra”, ( Ah, todo o cais é uma saudade de pedra!), pues es siempre el lugar de las esperanzas, los encuentros y las despedidas (“El misterio de cada ida y llegada,/ La dolorosa inestabilidad e incomprensibilidad/ De este imposible universo/ Cada hora marítima más en la propia piel sentido” ). En este poema, Oda marítima, le pide a todas las cosas y asuntos navales que le den imágenes, metáforas, “para componer fuera de mí mi propia vida interior”. La comparación que hace después entre su alma y sensaciones con las partes de un barco nos recuerda a los textos del Libro de la oculta morada, donde el Aspirante debe llamar a estas partes del barco, que simbolizan las facultades del alma, con sus verdaderos nombres. ¿Cuál es el nombre de mi proa –pregunta el genio guardián–, cuál el de mis velas y el de mis remos? Las metáforas del arte de navegar viven muy dentro del alma, están demasiado enraizadas como para no aparecer en el mundo de los sueños, aunque jamás hayamos visto el mar con nuestros ojos carnales de esta vida material:

fernando pessoa2“¡Sed vosotros el tesoro de mi avaricia febril,

sed los frutos del árbol de mi imaginación,

tema de mis cantos, sangre en las velas de mi inteligencia,

vuestro sea el lazo que me une al exterior por la estética.

Dadme metáforas, imágenes, literatura,

porque en real verdad, en serio, literalmente,

mis sensaciones son un barco con la quilla hacia el aire;

mi imaginación, un áncora hundida a medias;

mi ansia, un remo partido;

y la tesitura de mis nervios, una red secándose en la playa!”.

Una luz que ciega

Sublime la enseñanza que presenta de la Verdad Total como un fuego que quema y una luz que ciega, insoportable. En el poema Demorgon, del heterónimo Álvaro de Campos, su alma gime y grita, enfrentada al Misterio que empieza a susurrarle su canción y a hacerle beber de un Grial, que, como para Anfortas, se había convertido en puro veneno de su existencia pecaminosa.

“¡No, no, eso no!

¡Todo menos saber qué es el Misterio!

Superficie del universo, oh, Párpados Cerrados,

no os levantéis nunca!

La mirada de la Verdad Final debe de ser insoportable!”.

Y compara el terrible misterio de la razón de la existencia con el de los espacios siderales que separan en el infinito a las almas y las estrellas. ¡Qué metáfora!:

“Dejadme vivir sin saber nada, y morir sin ir a saber nada!

¡La razón de que haya ser, de que haya seres, de que haya todo,

debe de traer una locura mayor que los espacios

entre las almas y entre las estrellas!”.

Esta tristeza y angustia de donde surgen metáforas tan desgarradoras nacen de un camino truncado, de que, por no haber superado Dios sabe qué pruebas de su vida interior, los huesos de su alma estén quebrantados. Y aun así, caído, desangrándose su alma, brotan de ella flores de belleza, amarga, pero belleza al fin. Es formidable ver la evolución de su poesía, y comprobar cómo, con poco menos de treinta años, algo se quebró en su interior, y la verdad buscada se convirtió en verdad rehuida, la verdad amada en verdad temida, y la perfecta cerámica de su existencia anímica, que él iba pincelando con esmero de artista, en pedazos rotos y abandonados, esperando una nueva oportunidad.

Un secreto escondido

En uno de sus últimos poemas escribe esta metáfora de su alma en pedazos como una vasija quebrada y sin esperanza de unir nunca más estos pedazos. El dolor y amargura que destilan sus versos es ilimitado y misterioso, como el rugido de un mar invisible en una noche lejana. El carácter portugués, tan abierto a los dolores ajenos, y tan compasivo, pues los siente como propios, ha hecho de este poema una canción popular:

“Mi alma se partió como un tiesto vacío,

cayó por la escalera excesivamente hacia abajo.

Cayó de las manos de la criada descuidada.

Se hizo más pedazos que la loza que había en el tiesto.

 

¿Estupidez? ¿Imposible? ¡Vete a saber!

Tengo más sensaciones que las que tenía cuando me sentía yo.

Soy una dispersión de cascos sobre una estera por sacudir.

 

Hice barullo en la caída como un tiesto que se partía.

Los dioses que hay miran, inclinados, desde el parapeto de la escalera

y miran fijamente los cascos que su criada hizo de mí.

 

No se enojen con ella.

Sean tolerantes con ella.

¿No era yo más que tiesto vacío?

 

Miran los cascos absurdamente conscientes,

pero conscientemente de sí mismos, no conscientes de ellos.

 

Miran y sonríen.

Sonríen tolerantes a la criada involuntaria.

 

Se extiende la gran escalinata doselada de estrellas.

Un casco brilla, en dirección al exterior luminoso, entre los astros.

¿Mi obra? ¿Mi alma principal? ¿Mi vida?

Un pedazo de tiesto.

Y los dioses lo miran especialmente, pues no saben por qué quedó allí”.

Y, sin embargo, en lo desgarrado y profundo de ese sufrimiento, aparentemente sin motivo ni medicina que lo haga cesar, se esconde un secreto. Un secreto que no hay alma ni metáfora que lo desvele sin desaparecer en lo infinito, y que anuncia una nueva vida esperanzada, un nuevo día tras la noche, pues como se decía en las Escuelas de Misterios, es en lo más profundo de la noche donde comienza a amanecer. En el fondo del cofre de Pandora, abierto en una tierra aterrada de males que aúllan los sufrimientos que anuncian, sonríe, tímida, en el regazo amparado por todos los dioses (este es el significado de Pandora, “regalo de todos los dioses”), la ESPERANZA.

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