Historia — 5 de abril de 2026 at 00:00

Melanie Klein (1882-1960) 

por
Melanie Klein
Fuente: https://psicologiaymente.com/biografias/melanie-klein

«Quien come del fruto del árbol del conocimiento es siempre expulsado de algún paraíso».

En 1882 nace en Viena Melanie Reizes, la menor de los cuatro hijos de un matrimonio de origen ucraniano residente en Austria. Su hermana más cercana morirá cuando ella tiene solo cuatro años. A los dieciséis, Melanie aprueba los exámenes de ingreso para el Instituto de Enseñanza Media; quiere ser médico, como su padre, y se inclina ya por la psiquiatría. Al año siguiente, muere su padre; su primo segundo Arthur Stevan Klein le propone matrimonio. Al mismo tiempo que ella acepta, renuncia a la posibilidad de estudios superiores. Se casan en marzo de 1903, Melanie acaba de cumplir veintiún años y todavía guarda luto por la muerte de su hermano mayor. En enero del año siguiente nacerá Melitta, su primera hija. Hans nacerá a los cuatro años y, once años después, Erich.

Casada, viviendo en un pueblo desconocido, sin amigos y con dos niños pequeños, Melanie empieza a deprimirse. Viajará a Budapest y Abbazia para recibir tratamientos varios para sus «nervios». En 1914, recién parida de su tercer hijo, empieza un análisis con Sándor Ferenczi, psicoanalista húngaro de renombre. Este encuentro cambia su vida, y toma contacto con los trabajos de Sigmund Freud sobre el sueño. Sin duda, serán semilla fundamental de su trabajo futuro, puesto que para Klein el lenguaje simbólico de los sueños es el mismo que emplea el niño en los juegos.

En 1918, en Budapest, escucha la lectura de Los caminos de la terapia psicoanalítica de boca del mismo Freud. Al año siguiente, ella presenta a la Sociedad Húngara de Psicoanálisis un estudio que ha hecho sobre su hijo menor; es aceptada como miembro a raíz de ese escrito, tiene treinta y siete años. Melanie Klein presentará tres trabajos académicos antes de ser aceptada por la Asociación Psicoanalítica de Berlín; que en ese momento no solamente es el foco del psicoanálisis, sino que da mayor estructura a la formación didáctica y es más exhaustiva con las capacitaciones y los requisitos de supervisión de aprendices. A partir de que consiga la licencia, iniciará los análisis infantiles que la inmortalizarán. Karl Abraham, psicoanalista de peso, fundador de la Sociedad Alemana, será el supervisor de Klein en sus primeros trabajos.

En la Primera Conferencia Alemana de Psicoanálisis, presenta su trabajo llamado Erna. Abrahm declara que «el futuro del psicoanálisis radica en el análisis de niños» (1). A pesar del apoyo del presidente y fundador de la Asociación de Berlín, las teorías de Klein no son fácilmente aceptadas y generan controversia, aunque Freud, con sus comentarios sobre el famoso trabajo Hans, ha dejado claro que desde la infancia hay material susceptible de ser analizado. Melanie trabaja con niños muy pequeños, y en sus teorías tienen peso elementos psíquicos prácticamente prenatales. Afirma que, con escasos meses de vida, un ser humano ya es capaz de sentir ansiedad, angustia, reconocer la muerte, ejercer violencia, simbolizar, es capaz de hacer elecciones y de emplear defensas inconscientes que le permitan sobrevivir. Su concepción de la psique del niño como primitiva, pero no necesariamente sencilla, no es compartida en el medio.

Melitta, quien ha acudido a conferencias psicoanalíticas desde los quince años y se forma para llegar a ser médico y analista, contrae matrimonio con el Dr. Walter Schmideberg. Unos meses después del matrimonio de su hija, incapaz de sostener lo roto desde hace tiempo, Melanie Klein pondrá fin a su propio matrimonio.

Londres la reclama, la gente quiere escucharla. En la casa del hermano de Virginia Woolf dará dos conferencias semanales durante tres semanas. En 1926 Ernest Jones, fundador de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, la invita a vivir en Inglaterra de forma permanente. La esposa de Jones y sus dos hijos serán los primeros pacientes ingleses de Melanie.

En 1927 Anna Freud presenta ante la Sociedad Analítica de Berlín la Técnica para el análisis de niños; en el fondo, es un ataque al enfoque de Klein. Para Anna Freud los niños muy pequeños no pueden analizarse, justamente por la inmadurez de su yo. Para ella, si durante el juego o contando alguna historia el niño hace una asociación, esta es involuntaria y azarosa; por eso Anna Freud no juega. Otra diferencia es que la hija de Freud no duda en ganarse la voluntad del niño para poder llevar a un terreno de transferencia positiva la relación terapéutica. Para Melanie Klein el respeto a los afectos del niño es indispensable, no se le puede seducir. Jones organiza el mismo tema para ser tratado en el Simposio de la Sociedad Británica, su apoyo a Melanie Klein es total. Melanie Klein analiza el libro de Anna capítulo por capítulo, señalando con educación pero con profundidad los que considera errores o faltas. Aclara la técnica que, en los discursos, su contrincante ha caricaturizada y reducido a la sencillez. Y por si fuera poco, rectifica casos clínicos en los que Anna no ha tenido éxito. Sigmund Freud se siente personalmente afrentado.

Un mes después de la presentación de Los estadios tempranos del complejo de Edipo, se nombra a Melanie Klein miembro de la Sociedad Británica de Psicoanálisis; será la primera miembro no británica. En 1930 publica La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo, donde afirma que la capacidad de formar símbolos y formular el pensamiento son elementos esenciales para el desarrollo de un ego sano; gracias a este texto se comprenderán mejor los estados psicóticos. En 1931 ya hará en Londres su primer análisis didáctico a un aprendiz.

En 1932 su trabajo El psicoanálisis de niños es publicado en alemán y en inglés simultáneamente. Este trabajo es importante porque asienta las bases para las posiciones esquizo-paranoide y depresiva. Anna Freud la acusará de elaborar una teoría no psicoanalítica; sin embargo, serán sus trabajos posteriores sobre la envidia y la gratitud lo que parecerá levantar la mayor polémica entre los círculos freudianos. En 1933 su hija Melitta es aceptada como miembro del Instituto de Psicoanálisis y, aunque al principio defenderá la postura de su madre, cuatro años después se habrá convertido en una de sus más feroces enemigas.

El aporte más importante de Melanie Klein es, sin duda, el trabajo con los niños, empírico, minucioso y producto de observaciones gracias a su relación con bebés, con madres y también por la vivencia de su propia maternidad. Convencida de que los niños revelan su mundo interno y, como consecuencia, sus conflictos durante el juego, en su estudio tenía una mesa baja, pequeños juguetes de madera, material para colorear, pelotas, cuerdas, plastilina, tijeras y elementos que permitieran jugar con agua. En un último nivel lúdico, todo su despacho —incluido el baño— se convertía en un cuarto de juego donde los sillones, almohadones y muebles eran imaginarias casas, trincheras o niños mudos. Melanie Klein se implicaba en el juego de manera que podía percibir los símbolos, los elementos repetitivos, las ideas recurrentes, sentía qué cosas le producían angustia a un niño y observaba atentamente en qué punto era capaz de abandonar, cambiar de juguetes o decidía matar a todos. Según ella, el inconsciente y el consciente del niño están tan cercanos que muchas cosas que el niño no es capaz de verbalizar, directamente pasa a representarlas.

Una infancia feliz y con juego ayuda a un niño a crecer sano psíquica e intelectualmente hablando, pues le permite gestionar preocupaciones, superar miedos o conflictos y fortalecer lazos. Todo esto se notará en la adultez y en la calidad de relaciones que sea capaz de hacer y mantener una persona. El juego cumple una función «profiláctica» (5) en todo nivel. En primera instancia, el juego con la madre y luego con los hermanos o con otros niños en el jardín de infancia. El juego entre adultos y niños ayuda a acortar la distancia entre ambos mundos. Los juguetes-símbolo, los cantos e imaginaciones, construir y destruir, dibujar sus sueños, le permiten a un niño desarrollar una psiquis completa. Si se le prohíbe jugar en el suelo, ser ruidoso o si su madre no participa del juego, si sus fantasías se reprimen demasiado fuerte, siempre le faltará algo, su personalidad resultará empobrecida. Una madre que juega «sin duda logra algo de lo que tal vez no sea consciente en absoluto (…), realmente comprende a su hijo, es decir, que siente inconscientemente lo que sucede en el inconsciente del niño» (5). Esa comprensión será un vínculo que no tiene precio.

Su técnica clínica consistía en observar jugar a los niños y participar con los roles que el niño le asignaba. «Su enfoque era directo y, a veces, brusco, pero siempre reflejaba integridad y una profunda compasión por el sufrimiento de sus pequeños pacientes» (1). Se relaciona con los niños sin censura y con naturalidad. Según ella, algunos niños demostraban una capacidad de comprensión superior a la de algunos adultos. Para Klein, si podemos nombrar las emociones con palabras, podremos trabajar con ellas. Es muy seguro que el alma del niño agradezca tal franqueza, puesto que ella no tiene edad. Consideró un error ofrecer consuelo físico, compasión o reafirmación durante las sesiones. Esto, pensaba Klein, era un rol sencillo y débil, un alivio superficial cuando el verdadero trabajo terapéutico consistía en hablar con sinceridad y ayudar a educir la fortaleza interior (que siempre pasa por plantar cara al dolor y no por disimularlo). Un niño, después del consuelo, es perfectamente consciente de no haber arreglado las cosas, y el terapeuta no puede ser cómplice de ese engaño.

Aun cuando Klein es una psicoanalista freudiana, sienta las bases para poder entender el alma humana de una forma más profunda al otorgar al niño conciencia de un estado prenatal ideal, que pierde de repente, lo cual le llena de una angustia primaria. Son las fuerzas de vida y muerte, pulsiones de Eros y Tánatos, la dualidad protagónica. Para Klein, la torpeza, la falta de destreza deportiva, la aversión a determinada materia, los juegos demasiado fantasiosos, la pereza… son formas de inhibir desde la infancia la angustia primaria. Aunque ella relaciona las inhibiciones a la libido y a todo el tema sexual relevante para el freudismo, deja sobre la mesa claramente la fuerza de esa ansiedad —temor primario a la muerte— como la forma más omnipotente de sombra al reconocer intensidad también a impulsos pre-genitales: «al reaccionar con angustia, el yo repite el efecto que en el momento del nacimiento constituye el prototipo de toda angustia y lo emplea como moneda corriente por la que todo afecto se cambia o puede ser cambiado» (6).

Otra característica interesante de la tesis kleiniana es que, a diferencia de Sigmund Freud, ella no hablará de etapas a superar, sino que utilizará la idea de posiciones. Según esto, el individuo nunca descarta, evoluciona o supera por completo, sino que puede pendular de una posición a otra. De hecho, lo seguirá haciendo el resto de su vida, pues son las herramientas primeras con las que ha sobrevivido. Para Klein los sufrimientos y conflictos del adulto no son resultado del peso de la realidad, sino que tienen su origen en estos sufrimientos tempranos. El corazón de su trabajo se basa en las famosas posiciones esquizo-paranoide y depresiva.

a) Posición esquizoparanoide: la página web oficial (1) la define de la siguiente manera: «La expresión “posición esquizoparanoide” se refiere a una constelación (se entiende constelación como un conjunto de elementos de fuerza, como las estrellas) de ansiedades, defensas y relaciones de objeto interno y externo que Klein considera característica de los primeros meses de vida de un recién nacido y que, en distinta medida, persiste en la niñez y la adultez». Actualmente, se reconoce su efecto para el resto de la vida; el doctor Enrique Pichón Riviere basará ideas de su psicología social en algunos de estos interesantes conceptos kleinianos. La posición esquizoparanoide tiene lugar entre los 0 y los 6 meses de edad. Lo llamativo en esta tesis es la separación («esquizo»), la escisión tanto del yo como del objeto en múltiples trozos que pasan luego a ser clasificados en dos categorías. Ese maniqueísmo temprano —«escisión binaria»(1)— hace que el niño pueda —tranquilamente y sin ningún tipo de conflicto— dividir el mundo y las personas en trozos buenos y malos, «siendo el pecho de la madre el prototipo de ambos» (6). El pecho bueno, gratificante, que me nutre, calienta, consuela y amo y el pecho malo que me obliga, me persigue o que me es negado, se retira o retarda el alimento, me hace sufrir y odio. Se entiende la paranoia por el miedo a ser herido, por el daño y el dolor que causa (al que algunos analistas dan la cualidad de persecutorio). Probamente por la psiquis primitiva y la cualidad del subcuerpo astral del astral, la división se adereza con gran intensidad: lo odiado es negado de forma «ominipotente» (1) y lo amado es idealizado de forma exagerada.

La idea es que muy temprano en la vida, cuando se define «lo correcto» y «lo incorrecto», el niño se desarrolla mientras interactúa con las experiencias. En algunos niños, Klein afirma haber encontrado manifestaciones de una moral madura e impecable. La psique del niño, entonces, sabe a qué aferrarse o qué integrar, sabe con claridad qué decide rechazar. En estas divisiones no solo influye su propia experiencia, sino lo que él observa que es aceptado o rechazado a su alrededor. La escisión, como hemos dicho antes, no solamente ocurre en el entorno y es válida para los objetos: el niño también la sufre y descubre dentro de sí elementos buenos y elementos malos. Para mantener su salud psíquica, el niño recurrirá a mecanismos de control como:

* La proyección: lo expulso de dentro de mí y ahora aquello que no me gusta está fuera.

* La introyección: lo que me gusta me lo apropio.

En el fondo estos recursos nos irán haciendo fuertes para enfrentar elementos negativos. Se supone que la misma disociación primera fue ya un mecanismo de protección. En este caso, según el psicoanalista Juan Manuel Martínez (3), lo interesante es que todos los mecanismos parecen ser simultáneos y retroalimentarse ente sí de una forma misteriosa y cuántica: proyecto, y ahora la división es mayor, así que disocio, y entonces veo con claridad lo bueno y lo malo: lo bueno lo tomo; lo que no quiero, lo proyecto… y ahí empezamos otra vez.

A la conclusión (por usar una palabra) a la que llegue el niño, se considera una sublimación, puesto que media entre el sujeto y su pulsión, le permite gestionar su relación tanto con el entorno como con su mundo interior. «Una vez establecidos estos circuitos pulsionales complejos, producidas estas sublimaciones, los objetos, las pulsiones, las angustias y otros afectos pueden ser conservados, rechazados, retomados, destruidos, idealizados, reparados, en suma, elaborados, en tanto son así mediatizados por el niño» (2).

Con el tiempo, y cerca de los seis meses, el niño descubre que tanto el pecho bueno como el pecho malo pertenecen a la misma persona: su madre es ambas cosas. De pronto, se ha superado la dualidad y solamente existe un elemento. El niño es consciente de haberle querido dañar, atacar. Este descubrimiento es una cosa terrible, empieza ahora la posición depresiva.

b) Posición depresiva (o del objeto total): «Los muertos en la Madre Tierra quieren ser escuchados. Son parte de uno mismo» (5). El niño siente principalmente tristeza, angustia y culpa, no ha querido dañar aquello que ama. Esto es causa de depresión. Sin embargo, el niño también descubre que el objeto ha podido sobrevivir a sus ataques y deseos de destrucción; de esa manera se va reduciendo el sentimiento de omnipotencia natural infantil. Cada vez que en la vida sentimos culpa o pena, lo relacionaremos con la experiencia de esta culpa primera.

La culpa es una forma de sentirse responsable por un daño que se ha causado. «La reparación y el deseo de reparar son parte integral de la posición depresiva. La reparación se basa en el sentimiento de amor. (…) La reparación involucra enfrentar el sentimiento de pérdida y daño y el hacer esfuerzos para reparar y restaurar nuestros objetos» (1). Querer reparar indica que hay preocupación, empatía. Además, de forma importante, engendra esperanza. Esta esperanza será motor suficiente para superar la fase depresiva. Se interpreta también como una forma de creatividad, parte central del desarrollo humano.

Pero si este bebé no es capaz de reparar, o si la reparación parece ser insuficiente, existen dos opciones: regresar a la posición paranoide o entrar en la defensa maníaca de negar la culpa (por no ser capaz de resolverla, su forma de solucionar es ignorándola).

Antes de los dos años, ella describe un complejo de Edipo temprano y también tiene su propia explicación sobre la formación del yo o el superyó. Para no extender más este trabajo, a manera de conclusión, podemos destacar que a Melanie Klein no solo le acompañó el don de leer a los niños, sino también un optimismo inquebrantable. «Ha quedado en manos del psicoanálisis descubrir la riqueza y profundidad de la vida de fantasía del niño y también la importancia de estas fantasías para todo su desarrollo» (5). Idealizaba un futuro donde no solo los padres, sino los cuidadores de las guarderías tuvieran preparación y estuvieran capacitados para detectar elementos que requirieran atención o un trabajo específico: la forma en que un niño gestiona las primeras instrucciones acerca de su higiene, la llegada de un hermanito, la escolaridad y la alfabetización, la relación con sus padres, los amigos o la pubertad. La observación temprana puede marcar la diferencia entre un hombre sano y útil a la sociedad o un futuro criminal. «Sin duda que no es fácil saber a qué resultados conducirán las tendencias de un niño (…). Pero precisamente porque no sabemos, debemos tratar de saber. El psicoanálisis nos da medios para esto. Y hace aún más: no solo puede establecer el desarrollo futuro del niño, sino que también puede cambiarlo, y encauzarlo hacia mejores caminos» (6). Cada niño tiene distinto grado de sensibilidad, resuelve las cosas de manera distinta, forma un superyó más o menos severo; se desarrolla antes o después. Cada niño es un alma única y, aunque efectivamente sean innatas la percepción de la muerte, la agresividad, la angustia o el miedo de los niños, Melanie Klein aprende que también es innata la capacidad de amar.

El 1 de febrero de 1955 creó la Fundación Melanie Klein Trust. En su testamento pidió que sus documentos y notas, con los dibujos de los niños incluidos fueran legados a dicha Fundación. Actualmente son propiedad del Centro Contemporáneo de Archivos Médicos de la Biblioteca Wellcome para la Historia y Comprensión de la Medicina (aunque los derechos de autor siguen perteneciendo a la Fundación Klein Trust). Los trabajos originales de Klein en alemán, manuscritos, son muy difíciles de leer; los de la etapa inglesa sí están mecanografiados y tienen notas hechas a mano. Posteriormente, el archivo se ha ido ampliando con material procedente de donaciones: fotografías, diarios, correspondencia familiar y archivos sobre las discusiones que se mantuvieron en la Sociedad Británica de Psicoanálisis de 1939 a 1944. Actualmente suma hoy veintinueve cajas y se puede consultar en línea (5).

Bibliografía

Página web oficial de la Fundación Melanie Klein Trust https://melanie-klein-trust.org.uk/es/theory/

https://www.youtube.com/@psijuanmanuelmartinez

Klein, Melanie. Archivos y trabajos  https://klein-archive.tumblr.com/ 

Klein, Melanie. Obras completas. RBA Coleccionables S. A. 2006.

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