Filosofía, Sin categoría — 21 de marzo de 2026 at 00:00

Los zapatos de bailarina de ballet: el plomo que se convierte en oro

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Cuando contemplamos el fluir aéreo de una bailarina de ballet es difícil no pensar en un hada. La suavidad de sus movimientos y la sutileza pastel de su vestido, para nada nos recuerda las horas de incansable disciplina o la tenacidad con que ha educado y esculpido sus músculos. Mucho menos somos conscientes de la fuerza que es capaz de sostener sobre las puntas de sus pies, especialmente sobre su dedo más largo, que suele ser el dedo gordo.

Cuando una bailarina de unos 60 kg aterriza después de un salto, digamos de un metro de altura, la recepción en punta asegura una fuerza de entre 3000 a 6000 newtons (según como frene su movimiento). El equivalente, durante heroicos milisegundos, es el mismo que si ella hubiera tocado el suelo de puntillas cargando cinco adultos de 100 kg cada uno. El eje de su espalda ayuda a repartir el impacto, de manera que la verticalidad de bambú nos asegura, por un lado, la elegancia del movimiento y, por otro lado, la salud de la artista.

Pero esta bailarina guarda un secreto más. La contradicción de los opuestos se conjuga en ella de una forma aún más insospechada cuando descubrimos que gran parte del secreto de la belleza de su vuelo está en contacto con el suelo. La punta de su zapatilla está revestida de una combinación de materiales que le otorgan una dureza y fuerza especiales. La «caja» es un cofrecillo que guardará como un tesoro los deditos de la bailarina. Aquí, de nuevo es la verticalidad la clave, y la articulación del tobillo queda bloqueada cuando ella se pone de puntillas. El refuerzo del arco plantar y las cintas que anudan su pantorrilla rematan el conjunto que convierte sus piernas en dos pilares de estabilidad.

Esta historia de amor entre el arte y la ciencia se remonta a mediados del siglo XIX, en París, cuando una bailarina representó La sílfide con unas zapatillas especiales creadas por ella y por su padre, el hombre que le enseñó a bailar. Filippo y Marie Taglioni modificaron unos zapatos de baile poniéndoles refuerzos en las puntas. Este diseño no solo le permitió a Marie hacer movimientos sutiles, elegantes, abiertos y armoniosos, sino que le abrió el mundo del conocimiento y dominio que tenía de sí misma. Ahora con la punta, el equilibrio del propio cuerpo depende de un área mínima y obliga al bailarín a hacer microajustes. La caja no solo entregó belleza al mundo del ballet, sino que acercó a los bailarines a su propia verdad.

Una curiosidad bonita sobre esta caja es que hoy en día está formada casi siempre por capas de papel, cartón, pegamento y tela. Los zapatos profesionales son caros y exclusivos (los fabricantes tienen cada uno su propio estilo y su propia firma). Los intentos caseros de alargar la vida de las zapatillas con superglue y con plástico no funcionan porque no solamente es necesario que estas sean resistentes, sino que deben ser flexibles. El conglomerado de capas de cartón, cuero, arpillera y pegamento tiene casi propiedades vivas: está formado por fibras como los tejidos orgánicos (fascias y músculos, pero también los huesos y los cuernos). Responde de modo diferente según la velocidad y el esfuerzo, cambia con la humedad y la temperatura; bajo presión lenta cede y se amolda, pero un golpe repentino activa su rigidez (recordemos que absorberá parte del impacto de las caídas). Cuando hablamos de fluidos, esta propiedad se llama tixotropía, lo cual nos recuerda que hay maneras de tratar los materiales que generan en ellos respuestas inesperadas (no es lo mismo un masaje enérgico que uno relajante, tampoco es lo mismo cuando pedimos las cosas «por favor»). La caja no solo puede desgastarse y deformarse, sino que «avisa» antes de fallar, pues se degrada de poco a poco, como si envejeciera.

La doctora Selina Shah, especialista en medicina deportiva e interna, quien enriquece su experiencia con los más de treinta años en los que ha sido ella misma bailarina y deportista, enumera entre las características que pueden hacer sospechar a un maestro que su joven bailarín está listo para las puntas, además de las obvias cualidades físicas y técnicas, el equilibrio, la madurez mental y la capacidad de aprender y escuchar. Todos, atributos de una persona en camino a la propia transformación. No en vano la palabra discípulo remite a la disciplina y a una capacidad de tomar que depende siempre (¡cómo no!) del propio aprendiz.

Los antiguos chinos tienen una imagen que resume el universo:

a. El cielo (), arriba, lo elevado, la perseverancia.

b. La tierra () abajo, la obediencia.

En esta pareja, lo horizontal acepta ser guiado hacia arriba. Esa obediencia, que es entrega, es lo que permite que la tierra se acerque, primero, a su propio centro —tal como el bailarín debe conocer y manejar su centro de gravedad—. Y, en segundo lugar, que se acerque al Misterio. Lo superior desciende sobre lo inferior y le recuerda el camino de regreso a casa, porque es solo de esa manera —recordando— como la tierra puede elevarse. La tierra elevada encuentra la máxima fuerza y estabilidad, tal como la pirámide natural que representa la montaña.

Esta idea se asocia a la mística, pues sin duda es magia y misterio ese contacto. Lo contradictorio, lejos de ser irreconciliable, se ha encontrado. Se ha unido.

c. Por eso, en el medio, existe el orden () o el rito, la ceremonia. Que es también la armonía y el equilibrio con que logramos unir el uno con la otra. Entre el cielo y la tierra está la vida. Y la vida es, sin duda, sagrada. El ejercicio de esa magia.

La bailarina nos recuerda que la disciplina, el arte y la belleza son también elementos de un ritual cotidiano que nos permite elevarnos de la brutalidad, de la rudeza, de la horizontalidad. Esta artista nos recuerda que para conjugar los opuestos se necesita una tensión especial, pero esta no tiene por qué ser evidente. También es dignidad llevar una carga sin que se note.

Con la misma elegancia de un rayo de sol, que ni aun en el suelo deja de brillar, ella nos recuerda que se puede uno sobreponer a las caídas, que el dolor y el llanto se transmutan también en triunfo y en aplauso. Que se puede superar todo peso. Nos recuerda, como decía Platón, que el alma humana también tiene alas.

Eleva el peso de su cuerpo y lo convierte en escultura y en música. El público se queda sin aliento, porque sabe que presencia un milagro: estamos viendo volar al plomo. Hemos tocado con ella, gracias a ella, también nosotros el cielo y esto, sin duda, es un rito y una ceremonia.

Bibliografía

  1. https://www.fisicalab.com/ejercicio/891#:~:text=Aunque%20parezca%20incre%C3%ADble%2C%20una%20bailarina,un%20coche%20de%201000%20kg.

  2. https://balletomanos.com/2011/08/29/biomecanicadanza/#:~:text=Simplemente%20caminar%20en%20los%20zapatos,pero%20no%20ha%20sido%20estudiada.

  3. https://elpiedesnudo.wordpress.com/2013/11/10/en-puntas-1/

  4. I-Ching. Libro de las Mutaciones, Editora y Distribuidora Hispanoamérica S.A, España. 2002

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