
Nunca nos preguntamos si al polluelo siente dolor al romper la cáscara del huevo para nacer.
No nos preguntamos si a la oruga le duele permanecer envuelta tanto tiempo en su fase de pupa, si le duele que le crezcan las alas o si le dolerá romper esa envoltura para poder salir volando, transformada en mariposa.
Recuerdo que, cuando era niña, de vez en cuando enfermaba, y mi madre me decía: «eso es otra crecidita; estás dando el estirón». Y, efectivamente, cuando pasaba la fiebre, me medía con una cinta métrica y mi cuerpo se había alargado unos pocos centímetros más.
Si a nuestro cuerpo le duele crecer, ¿por qué no debía dolerle a nuestra alma también?
El dolor y la conciencia
No nos gusta el dolor, pero por algo dijo Buda que era un vehículo de conciencia. Por las cosas que he podido vivir, es cierto. Muchas veces nos explican miles de conceptos: en el colegio aprendemos sobre historia, las religiones y filosofías del mundo nos enseñan sobre la identidad, el desapego, el karma… Pero a veces, hasta que no experimentamos una pérdida o un golpe de la vida, no comprendemos, no aprehendemos.
No es que el dolor traiga la sabiduría consigo; si fuera así de sencillo, todos los amargados serían sabios. Pero cuando tenemos la fortuna de conocer a un sabio —si es que la vida nos bendice con este regalo—, encontramos que son personas alegres. Pero ¿cómo?
Si descubrimos y comprendemos mediante el dolor, ¿no deberían ser los sabios las personas que más han sufrido?
Pues, en cierto modo, sí. Pero no es que regodearnos en el sufrimiento nos vaya a hacer entender los misterios de la vida; más bien, de lo que se trata es de descubrir la semilla de sabiduría que esconde cada suceso amargo de nuestra vida.
Reconocer las causas
Si aprendemos a discernir la causa de aquello que nos hizo daño, probablemente creceremos un poco. Nuestra alma dará ese «estirón» del que hablaba mi madre. Pero también debemos saber que comprender no siempre nos quitará el dolor. No vamos a autoengañarnos, amigos: por ejemplo, darnos cuenta de que había una piel de plátano en el camino, y de que fue eso lo que nos hizo resbalar y caer al suelo, no impedirá que nos salga el moretón en la pierna; aunque, al menos, sí nos ayudará a prestar atención por dónde andamos la próxima vez.
Veámoslo de este modo: el ser humano promedio se quejará de su caída, pero no mirará atrás jamás para ver por qué tropezó. Algunas personas puede que incluso tengan miedo de mirar, por si fue una mano fantasmal la que les hizo caer. Aquel que sea un poco avispado girará la cabeza, maldecirá la piel de plátano y seguirá su camino esquivando toda cáscara que encuentre por el suelo. El filósofo quizá se detenga a analizar la piel de plátano, y advertirá a sus colegas de ruta para que nadie vuelva a tropezar con la cáscara (logrando que no vuelva a caer quien consiga que le haga caso). Pero solo el sabio será lo suficientemente valiente y osado como para descubrir el desecho, reírse de lo pequeña que fue la causa que le hizo caer y llenarse de moretones, coger dichos restos y tirarlos a la basura.
Creo que aquí está la diferencia. El sabio no puede ahorrarse el dolor, pero sí creo que aprendió a reírse de este. No solo comprendió, sino que además hizo algo para no volver a caer por lo mismo.
Y no me malinterpreten; probablemente, incluso el sabio vuelva a tropezar… pero esta vez, al menos, ya no será por una piel de plátano.
Desdramatizar
Si todos nos tomáramos el tiempo y el atrevimiento de reírnos de nosotros mismos y analizar por qué los sucesos nos hacen sufrir, estoy segura de que la mayoría de veces descubriremos que la filosofía tenía mucha razón al decir que la causa del sufrimiento está en nuestra capacidad de sentirlo. Es como cuando alguien nos insulta: es conocimiento popular que «no ofende quien quiere, sino quien puede». Es decir, nadie nos ofenderá si nosotros no nos dejamos ofender por nadie; por mucho que me acusen de mentirosa, esto no me ofenderá si estoy plenamente segura de mi sinceridad.
El padecimiento ante las tragedias de la vida es una respuesta biológica que nos alerta de los cambios: El dolor que nos producen los cortes es un mensaje de nuestro cuerpo para que curemos esa herida y evitemos su infección o empeoramiento. El dolor (literalmente, duelo) ante la pérdida de un ser querido es una respuesta emocional que nos permite procesar los hechos y reajustar nuestros hábitos para la nueva vida.
¿Alguna vez nos hemos preguntado si al ave fénix del mito le dolían las quemaduras que le convertían en ceniza? Incluso aunque esta ave supiera que volvería a nacer, ¿acaso el fuego no ardería, no quemaría, no dolería?
Nosotros debemos intentar encontrar la verdad detrás del dolor; ¿qué me está queriendo decir mi cuerpo?, ¿qué enfermedad debo dejar que me convierta en cenizas?: ¿el apego a las cosas fugaces?, ¿el egoísmo?, ¿la ilusión de lo falso?, ¿la ignorancia?…
Si nos tomáramos las dificultades de la vida como notificaciones de nuestra alma, quizá seríamos un poco mejores, un poco más sabios. Cada discusión que tenemos con los compañeros del trabajo o con algún ser querido no es más que nuestro ego queriendo ganar una disputa (la mayoría de las veces). Cada vez que me hundo en un sufrimiento o enfado desbocado porque he perdido mi trabajo o a mi pareja, es porque he olvidado que soy algo más que un empleado o que un amante. Cuando me enfado con el mundo y prefiero aislarme porque no vale la pena tener fe en la humanidad, muchas veces es porque me olvido de que yo mismo soy un ser humano y de que soy un ignorante de las leyes de la naturaleza y el sentido de la vida.
Autorresponsabilidad
Les propongo que reflexionen sobre cuántas veces en nuestra vida le echamos la culpa de nuestras caídas a unas manos hercúleas e imaginarias, por no atrevernos a admitir que la simple razón por la que tropezamos fue porque no estuvimos atentos a un detalle tan tonto como la piel de plátano. Sé que a veces es duro admitir que nos derrota algo tan pequeño, pero cuanto antes lo asumamos, antes haremos como el sabio que se ríe por lo tonto que fue y aleja toda impureza, limpiándola de su interior.
Perdamos el miedo al dolor. Ese miedo es solo una emoción más, como el asco o la alegría. El dolor es un mensajero, un silbido del teléfono, un mensaje escrito por nuestra alma. Y aunque en el momento molesta, una vez que se aplica la pomada, solo queda una bonita cicatriz que se convierte en aprendizaje, como los libros en una estantería.
El dolor es señal de que debemos realizar un cambio; en nuestros hábitos, en nuestra forma de pensar o en lo que sea. Si fingimos que el moretón no existe, seguiremos tropezando una y otra vez. Si decidimos ignorar la fuente del dolor, las heridas persistirán, se multiplicarán o se harán más profundas. Puede que parezca que lo más fácil es levantarse como si nada hubiera pasado, soltar alguna palabrota y seguir andando malhumoradamente. Pero ustedes y yo sabemos que tirar una piel de plátano a la basura no es tan complicado. Lo realmente difícil es atreverse a mirar qué fue lo que me hizo tropezar, pero de forma sincera. ¿Fue el dichoso plátano?, ¿o más bien fue mi mala costumbre de ensuciar las calles echando los restos del fruto al suelo?, ¿fue la mala suerte o mi falta de disciplina?
Seamos como ese polluelo que se atreve a romper la cáscara, como esa oruga que se atreve a volar y como ese sabio que mira al dolor a los ojos y se atreve a aprender de él.




















