Historia — 7 de marzo de 2026 at 00:00

Jacques-Marie Émile Lacan (1901-1981)

por

Jacques-Marie Émile Lacan

«Se ve, pues, que con Lacan las cosas nunca eran simples. Le sucedía a menudo denigrar a hombres cuyo reconocimiento buscaba y ridiculizar valores que admiraba secretamente» (Élisabeth Roudinesco).

«El loco es el que reprocha al mundo las perturbaciones de su alma» (Jean Michel Vappereau).

El 13 de abril de 1901, en el seno de una familia próspera en el negocio de las conservas de vinagre, nace Jacques-Marie Émile, el primogénito de cuatro hermanos (el segundo de ellos morirá a los dos años).

Desde niño destacó por sus habilidades matemáticas y de joven estudió filosofía, antropología, historia, lingüística y ciencias exactas. Sus maestros describen su gran imaginación y les llama la atención su incapacidad «de organizar su tiempo y de comportarse como los demás». «La arrogancia era el rasgo principal de ese adolescente» (1) que, desde temprana edad, renegó de su abuelo y se alejó del negocio familiar para cursar estudios superiores.

Estudió Medicina y se especializó en Psiquiatría; a los veinticinco años presentó una tesis sobre psicosis paranoica y su relación con la personalidad, que le valió la entrada a la Sociedad Psicoanalítica de París. Según Celia Bertin, en el ambiente de discordia de la Sociedad Psicoanalítica de París (los puristas freudianos contra los disidentes doctrinales), Jacques Lacan será admitido como miembro titular sin haber concluido su psicoanálisis didáctico, pero con la promesa de continuarlo posteriormente. Lacan nunca terminó su tratamiento porque consideraba a su supervisor, Rudolph Loewestein, de inteligencia inferior a la suya. Según Marie Bonaparte, en una carta a Anna Freud, dice de Lacan que «está demasiado impregnado de paranoia, hace cosas de discutible narcisismo, se permite demasiadas intervenciones personales». En 1953, casi veinte años después, la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) le expulsará por estar en desacuerdo con sus métodos, especialmente por la reducción —a tiempo variable— de la consulta de cincuenta minutos —estandarizada por Freud—. Esto le permitía a Lacan tener más pacientes y formar a más aprendices que sus colegas.

Junto a otros disidentes fundaría luego la Escuela Freudiana de París (posteriormente y ya sin Lacán, se llamará Escuela de la Causa Freudiana). En ella será no solamente fundador, sino formador, líder y tendrá funciones administrativas. El niño que se sentaba al volante del coche de su padre a jugar que conducía siguió amando la velocidad toda la vida. Se le acusará de hacer sesiones didácticas de diez minutos y de apoyar a los estudiantes que se negaban a presentar prácticas de un año con tres sesiones de cuarenta y cinco minutos semanales antes de ser admitidos a los controles. No se puede prever el tiempo que necesita un sujeto para comprender, «si el sujeto da a luz una palabra verdadera».

Al decir del propio Lacan, él busca un retorno a Freud que Raquel Zak explica de forma irónica: «el “retorno a Freud” proclamado por Lacan es, en realidad, un “retorno a Freud solo en parte”, y es, en rigor, una “apertura a Lacan”» (6).

Sin duda, se trata de un personaje que no deja indiferente a nadie. Para Zak, existen varios Lacan (para escuchar todos los Lacan, el documental Jacques Lacan. Reinventar el psicoanálisis (8)). Tal vez él mismo lo insinuó luciéndose en las fiestas de disfraces y usando la cinta de Moebius como modelo de un consciente que se alterna e interconvierte en inconsciente.

A Lacan le atrae el lenguaje y sus misterios. De él mismo se decía que tenía la habilidad de decir frases capaces de herir con una puntería infalible. También las usará para sanar: «curamos con palabras, encontrando y desenterrando palabras claves» (6). Frecuenta los círculos surrealistas y se entrevista con Salvador Dalí, quien acaba de publicar El asno podrido en la revista El Surrealismo al Servicio de la Revolución, escrito en que el artista sostiene su teoría de que la llamada paranoia es resultado de una actividad creativa lógica, pues siempre utiliza materiales controlables y reconocibles: las palabras, los objetos, los símbolos… «La paranoia utiliza el mundo exterior para afirmar la idea obsesiva, con la característica perturbadora de hacer que la realidad de esta idea sea válida para los otros. La realidad del mundo exterior sirve como ilustración y prueba, y se pone al servicio de la realidad de nuestro espíritu» (S. Dalí, 7). También, las que consideramos alucinaciones son solo una forma de interpretar la realidad y no tanto una enfermedad (una forma única y particular reservada a poseedores de esa «sutileza que escapa a los seres normales», diría Dalí).

Tal vez esta idea es más sencilla de explicar gráficamente, a través de los cuadros pareidólicos del pintor: si yo veo un rostro donde otro ve una pila de objetos, es posible que las dos cosas sean ciertas; «le someto al problema, aún más complejo, de saber cuál de tales imágenes tiene más posibilidades de existencia». En el universo de Salvador Dalí, efectivamente, existen ambas. Los surrealistas anticipan una crisis de la conciencia, una crisis que persigue la revolución del mundo, mundo que se abrirá a las infinitas posibilidades de la física cuántica en ese mismo siglo.

Jacques Lacan analiza las cartas y textos de Marcelle, una institutriz enloquecida condenada por intento de homicidio en 1931 —que se creía con la responsabilidad de regenerar Francia haciendo evolucionar la lengua—. Inspirado por Dalí, Lacan defiende que la escritura de Marcelle no es simplemente automática, sino que posee una parte de intencionalidad, igual que las creaciones poéticas surrealistas. (Para reír con un increíble Cadáver Exquisito, la carta de Marcelle al presidente es imperdible: pág 55 de Esbozo de una vida, de Jacques Lacan.).

A Lacan se le acusa de apropiarse de términos, nociones o teorías de otros sin reconocer la autoría original. Uno de los ataques más airados se publicó en la Revista Freudiana de París por Edouard Pichon, quien también le da lecciones de gramática y le critica por «inventar palabras». A la hora de la verdad, todos los psicoanalistas se ven obligados a crear palabras nuevas por el simple hecho de tener que traducir a Freud a otras lenguas. La diferencia es que Lacan las inventa por completo, utiliza palabras de un área aplicadas a otra (matemática, ciencias sociales o derecho en psicología). Su fuerte creativo serán las palabras con doble sentido (para fines de musicalidad, profundidad u ofensa).

Frecuentando el mundo intelectual al que había abierto para él la puerta la famosa actriz que tomó por segunda pareja, se codeó con Camus, Sartre, Simone de Beauvoir, Claude Lèvi-Strauss, Heidegger y llegó a ser médico personal de Pablo Picasso. Durante la guerra fue movilizado como médico auxiliar, efectuando diagnósticos y peritajes a soldados. Fue analista y tutor de muchas jóvenes promesas de la tercera generación de freudianos. Roudinesco dice que, con su encanto, era capaz de atraer hacia sí a los profesionales más prometedores, además de que contaba con la ventaja de flexibilidad de horario y disponía de mucho más tiempo, puesto que no se regía por las normas de horas a la semana y mucho menos de años de tratamiento convenidos por los ortodoxos.

Una de las características que más destaca esta analista en su biografía es la mentira: la capacidad de vivir vidas dobles y de engañar a quemarropa sin ser capaz de reconocerlo. Aunque regresa siempre a Freud, sus trabajos están teñidos de otras corrientes: filosofía, sociología, estructuralismo, surrealismo, matemática. Lacan no se compromete al cien por cien con ningún pensador, con ningún color político, con ninguna moda, con ninguna idea. Parece haber sido el tubo de ensayo donde, en esa época vertiginosa, se gestaba una nueva forma de pensar, holística tal vez, más profunda, y al mismo tiempo de un ser humano más lúdico, informal y no atado a reglas. La amoralidad y el fin que justifica los medios fueron quizá el precio que pagó por ser único, recordado e inmortal. Su amiga Françoise Dolto dirá en una entrevista que nunca le terminó de entender por completo. De sus seminarios podía tomar «algunas ideas», pero el resto, el resto era más bien «un clima» (1).

Lacan llegará a tener muchas amantes y muchos conocidos, pero pocos amigos verdaderos; entre ellos —se dice—, solo dos fueron mujeres. Una de ellas fue Françoise Marette (o Dolto, que es su apellido de casada), pionera del psicoanálisis infantil que rechazará la técnica del juego y el estudio de los dibujos y se volcará de lleno en el lenguaje. Ella será la confidente de sus miedos y comprenderá su vacío, asumirá a los pacientes con los que Lacan fracasa. Dolto le obsequia caramelos y juguetillos los días de fiesta,; Jacques Lacan, el coleccionador de antigüedades, cuadros caros y primeras ediciones de libros, le escribirá cartas recordándole cuánto la quiere, y cómo es ella la única que sabe darle «regalos que a él le gustan» (1).

Con Dolto vivirá la crisis de la Sociedad Freudiana de París. De la segunda generación, ambos serán iconos por su inteligencia y por su genio —como recalca Roudinesco—. Fueron los únicos que enseñaron un saber freudiano sin ningún tinte de psicología (la formación de ambos era medicina). Los estudios de Lacan de filosofía tampoco eran universitarios, provenían de sus lecturas y de frecuentar a los propios intelectuales. En todos sus estudiantes incentivó la formación psiquiátrica. «Así realizó una perfecta síntesis entre las grandes vías siempre necesarias para la implantación del freudianismo en un país dado: la vía médica, por la que una ciencia de la clínica se adueña del terreno de la locura, y la vía intelectual (literaria o filosófica), única capaz de dotar a una doctrina de un fundamento teórico» (1).

En agosto de 1961 el comité internacional dictamina que Lacan no debe seguir formando psicoanalistas ni ejerciendo controles (tutorías para los profesionales en formación). No solo despacha pacientes en diez minutos, sino que cobra sumas escandalosas, atiende a personas de la misma familia, mantiene relaciones sentimentales con sus analizadas y no tiene reparo en aceptar suicidas frustrados. Dos años más tarde se le expulsará como didáctico. La IPA (Asociación Internacional de Psicoanálisis) se pone a sí misma la soga al cuello al excluir una doctrina que, a diferencia de Jung o Adler, no reivindica una disidencia sino todo lo contrario: se afirma como ortodoxia freudiana. Se trata de una escisión sin precedentes. Apartar a Lacan viene aparejado con apartar también a Dolto. Sancionar a las dos figuras francesas más poderosas y carismáticas del momento fue tan desastroso para la IPA como para el propio Lacan, que perdió la posibilidad de enarbolar la bandera de «relevo freudiano» y ser «Su Majestad» también en Norteamérica. Sin IPA y sin Sociedad Freudiana, Lacan no tendrá más remedio que formar su propia escuela: la escuela freudiana de París.

A partir de 1964 ocurrirán tres eventos históricos para lo que se convertirá en el futuro lacanismo:

* Lacan se apoyará en Spinoza, Kant y Sade para otorgar un marco ético al freudismo. «Se lucha y se muere por un deseo». «La verdad de cada uno es la libertad de desear». «El hombre no es libre sino de su deseo de libertad; que le da la libertad de morir y le constriñe a someterse a una colectividad donde el bien y el mal se ordenan en un mismo imperativo» (1). Que puede resultar una suma, a su vez, de los deseos de los demás.

* El editor François Wahl (Editors du Seuil), que se analiza con Lacan, creará un vínculo especial con él y le instará a publicar su obra. Wahl es minucioso y su trabajo busca la excelencia. Las publicaciones de esta editorial no solo están revisadas por Lacan en vida, sino que están ordenadas y sus principales errores han sido corregidos. Serán el principal cuerpo doctrinario porque antes de estas publicaciones se trata solo de artículos, escritos y conferencias sin conexión ni orden real.

* El estudiante de filosofía Jacques-Alain Miller toma contacto con sus textos y queda deslumbrado. El joven Jacques no solo se casará con la hija favorita de Lacan, Judith; sino que será quien ordene el caos de su pensamiento. Miller termina «comprendiendo tan bien a Lacan» (1) que no solamente lo hará a su manera, sino que, con el tiempo, se le señalará un estilo tan distinto que terminará por convertirse en algo aparte: una especie de lacanismo milleriano.

En la recién nacida escuela freudiana, se instaurará, sin planearlo, un «freudismo de masas», en oposición al movimiento anterior intelectual y de élites, freudismo de segunda generación. Paradójicamente, respecto a lo que Lacan predicaba, la mayoría de sus seguidores tendrán formación en psicología y ningún estudio en filosofía, letras ni medicina. Al grupo también se añadirán sacerdotes y pastores. A sus sesenta y tres años, Jacques Lacan se verá rodeado de adoradores, en lugar de discípulos capaces de entablar diálogos críticos. El filósofo y médico Georges Canguilhem da su sentencia con la siguiente metáfora: «Cuando se sale de la Sorbona por la calle Saint-Jacques, se puede subir o bajar» (1). La IPA estaba compuesta de muchas sociedades diferentes, admitía en su seno todas las tendencias doctrinarias derivadas del freudismo, pero se les restringía a reglas técnicas. La EFP funcionará por completo al revés: las reglas técnicas no existen, las sesiones, formación y tratamientos no tienen un tiempo estipulado ni un precio estándar. Sin embargo, en lo que respecta a los textos; Freud —explicado por Lacan— se convertirá en la palabra sagrada.

El salón o la biblioteca de su casa-consulta se llenará de pacientes y analizantes que comentan entre ellos lo que les ha dicho el maestro. Interpretan sus palabras y gestos y, de alguna manera, se analizan un poco entre ellos —al parecer los minutos que se les dedican no son suficientes—. Algunos se quedan agrupados en la acera a la salida de la casa, conversando. Lacan atiende desde la mañana, recién salido de la cama con una bata elegante, y a lo largo del día va realizando su aseo personal, recibe al peluquero, al sastre o a la manicurista en medio de las sesiones. La división entre vida personal y profesional se ha diluido.

«No seguimos a Freud, lo acompañamos». Lacan será famoso por reformar conceptos del psicoanálisis y por la idea de que las enfermedades mentales ya no tienen un carácter individual solamente. Esta visión estructuralista será la que predomine en su obra. Según su mito individual del neurótico, todo sujeto se determina a través de su pertenencia a un orden; este orden es genealógico y también social. Cuando el sujeto se hace consciente de esta pertenencia, este hecho será causa de profundas neurosis. En ese sistema estructural hay tres tipos de órdenes:

Imaginario. El orden imaginario es la forma en que percibimos a los demás; también es el lugar de las ilusiones del yo (que aunque no sean tangibles no solo existen, sino que permanecen siempre). Entran aquí todos los fenómenos ligados a la construcción del yo: captación, anticipación, ilusión.

Simbólico. Estamos dominados por estructuras sociales, simbólicas, de lenguaje. Los simbólico no solo es prioridad, sino que se hace ley.

Para Lacan el inconsciente freudiano tendrá una función de significante: me señala algo que yo tengo que interpretar.

Los símbolos, las ilustraciones, las imágenes (el lenguaje, la forma en que el sujeto cuenta su propia historia), permiten al individuo formarse como sujeto. Se identifica al principio, al contemplar su reflejo en un espejo, pero luego ha de empezar a preguntar: ¿quién es realmente y quién no es?

El estadio del espejo se organiza sobre la base de tres tiempos fundamentales, que implican la progresiva conquista de la imagen del propio cuerpo: 1) existe una confusión primera entre el cuerpo del niño y el cuerpo del «otro» (el «otro» como la madre, el cuerpo de la madre). En un comienzo, el infans vive y habita «en el otro». 2) Al mirar un espejo, el infans descubre que «el otro» del espejo no es un ser objetivamente real sino tan solo una imagen, y, por lo tanto, ya no intenta atraparla. A partir de este momento, el infans «sabe». Sabe discriminar entre la imagen del otro, y el otro en su realidad objetiva. 3) Constituye un momento dialéctico entre los dos tiempos precedentes, dado que el infans no solo se da cuenta de que el reflejo del espejo es una imagen, sino —y sobre todo— porque adquiere la convicción de que esta imagen es la suya propia.
Al reconocerse en esta imagen, el
infans re-une los fragmentos dispersos vivenciados de su propio cuerpo en una totalidad unificada, que es «la representación del cuerpo propio». La imagen del cuerpo es, entonces, estructurante para la identidad del sujeto, que, a través de ella, logra «su identificación primordial» (6).

Real. Lo real no se define fácilmente porque, al parecer, está en constante desarrollo, es imposible de representar a través del lenguaje y «no cesa de no escribirse»(6). Lo real escapa a todo —lo simbólico incluido—. En esta dimensión se ubica la realidad psíquica de Freud (que tiene una coherencia comparable a la realidad material y es capaz de suplantarla); pero también lo imposible de encontrar, una especie de mundo de los arquetipos. Promueve un movimiento o una búsqueda hacia lo «irremediablemente perdido; lo que falta. La falta» (6). La raíz detrás del deseo, posiblemente.

Al mismo tiempo, lo real a veces parece poseer un matiz «maldito» (1) o de «sombra negra», por el hecho de escapar a la razón.

Lacan otorga un rol activo a la persona y por eso no le llama «paciente». Para él, la persona ha de ser protagonista de su terapia y ser capaz de analizar su propio pensamiento. Juntos, psicoanalista y «analizante» reflexionan sobre el discurso y los recuerdos.

Desde 1968 toma como pasatiempo los acertijos matemáticos, los nudos y las figuras geométricas complejas. Su contacto con estudiantes y matemáticos le ha abierto otra puerta. Se obsesiona con la manera de plasmar sus teorías en forma de ecuaciones o símbolos. No en vano en América su nombre será asociado más a la filosofía y a una forma del pensamiento francés que a la clínica.

A los setenta años, frustrado por no haber transmitido suficiente, hará análisis exprés a todos sus discípulos, algunos llevados a tiempos verdaderamente minimalistas. Terminar las sesiones en minutos será su obra final. El joven sin reglas que, temprano en la vida, había llegado a «esa función fundamental de maldecir a Dios» había, por fin, encontrado paz poniendo sus propios límites. Unos límites que se parecerán a los de un juego.

En 1980 los miembros de la escuela escuchan boquiabiertos la lectura de la carta de disolución de la escuela freudiana. Lacan la lee de corrido y de forma monótona. Está enfermo y envejecido y, aun así, sus seguidores, acostumbrados a las rarezas del gurú, se niegan a aceptarlo. La disolución completa tardará casi un año en hacerse efectiva.

Las últimas publicaciones de que se ocupará Miller son Los seminarios de Lacan (en los tomos finales ya figura Miller como coautor); provienen de transcripciones de clases y se les critica su desorden, poca coherencia y abundancia de errores (lapsus en el nombre de autores de citas o de palabras griegas). Para este último período del que hablamos, ni Miller tiene la paciencia de revisarlos ni parece interesarle mucho. Solo se entrega a publicar y publicar. Para ese momento, Lacan se acerca a los ochenta años y el arte de abstraerse que ha practicado toda su vida llegará al culmen, contestando siempre que no, y dibujando nudos en una servilleta en lugar de hablar.

«Las diversas formas que puede tomar el objeto en cuestión serán controlables y reconocibles por todo el mundo tan pronto como el paranoico las haya simplemente indicado». Esta explicación de Dalí nos recuerda cuando de niños tomábamos una sopa de mentira, o peleábamos una guerra disparando con palos. No podrían compararse dos cosas si fuera imposible algún tipo de conexión entre ellas. ¿Es acaso esa la obra de Lacan, el seductor, el paranoico? ¿El niño genio que nos hizo beber la sopa invisible y que abrió nuestros ojos a conexiones insospechadas para que pudieran desde entonces ser reconocibles por todos?

Bibliografía

1. Roudinesco, Elisabeth, Jacques Lacan. Esbozo de una vida, historia de un pensamiento. Editorial Anagrama, 1995. Barcelona, España.

2. Bertín, Celia. Marie Bonaparte. La discípula de Freud que exploró la sexualidad femenina. Tusquets Editores, 2013. Barcelona, España.

3.https://www.psicoactiva.com/biografias/jacques-lacan/

4.https://espaciopsicopatologico.files.wordpress.com/2017/02/jacques-marie-emile-lacan.pdf

5.https://www.jotdown.es/2021/04/jacques-lacan-un-trampantojo/

6. https://raquelzdeg.tripod.com/es_xqlacan.htm

7. https://dabriainsein.wordpress.com/2020/03/28/el-asno-podrido/

8. https://www.youtube.com/watch?v=IPMyn7ASpVs&t=1225s Documental: Jacques Lacan. Reinveintar el psicoanalisis.

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