Historia — 15 de febrero de 2026 at 00:00

Marie Bonaparte, la princesa discípula de Freud

por
Marie Bonaparte
Fuente: www.freud.org.uk

«Si alguien escribe alguna vez mi vida que la titule La última Bonaparte, porque lo soy. Mis primos de la rama imperial tan solo son Napoleón».

Marie-Félix Blanc de Bonaparte murió al mes de parir a Marie. La sobrina nieta de Napoleón, Marie Bonaparte, fue una princesa atípica. Su infancia estuvo marcada por la soledad y el destino al que la condenaba la gran herencia de su madre, ese dinero que, durante la primera parte de su vida, Marie vería tan codiciado.

Su natural curiosidad e inteligencia le permitieron conocer y estudiar la naturaleza humana a partir de la observación. Miró el mundo por la ventana mientras crecía, pues su abuela temía por su salud (si Marie moría, la herencia regresaría a la familia materna). Absorbió las conversaciones y los comportamientos de sus mayores, y descubrió los misterios de la psique humana a través del teatro, la ópera y la literatura. Heredó el amor a la ciencia y a las letras de sus antepasados más cultos. Clasificó plantas y estrellas y leyó a Rousseau y a Platón. En persona vio a Pierre Curie sacar el radio fosforescente de su abrigo y tomó café con Jean Paul Sartre, entrevistó (y amó) a políticos, médicos, poetas. «Soy susceptible de sufrimiento, no de aburrimiento» (1). Pronto en la vida, tomó la decisión de hacer algo grande; podía ser vicio de su apellido, pero también una necesidad contra viento y marea de ser vista por su padre. O quizá de ser vista y existir para sí misma: «Rousseau me conmovió, no diré que me cambió: solamente lo despertó todo, todo en mí… Mi Jean-Jacques, me gustaría ser cálida y elocuente como tú, me gustaría ser genial como tú, me gustaría remover a los hombres y al mundo como remueve el viento un montón de hojas secas, como hiciste tú» (1).

Sus experiencias infantiles en relación con el desapego son tempranas y violentas: el recuerdo de su madre, sus niñeras e institutrices, su deseo de estudiar medicina, sus mascotas. Desde niña convive con la partida de aquello que desea o ama, se acostumbra a que se lo nieguen o arrebaten. Crece, según su propia descripción, carente de amor y rodeada de soledad e injusticia. Le asombra sobremanera la mentira y cómo pueden los adultos vivir en medio de ella con una naturalidad escandalosa.

La terapéutica corre por sus venas casi sin saberlo y escribe desde su juventud. Los cuadernos y diarios con temas diversos que nos deja han permitido rastrear una biografía ordenada, histórica y clínica. Llama la atención la forma natural en que busca tempranamente enfrentar sus miedos en cuanto los descubre: a las armas de fuego, a la muerte.

A los dieciséis años un empleado de confianza de su padre la enamora. Cuando tiene en su poder cartas de amor escritas por su mano, la manipula para conseguir su fortuna, chantaje que ella vive en silencio y con miedo permanente durante cuatro años. El hecho es que este acontecimiento —acompañado ya de su natural desconfianza hacia quienes la rodean— marcará su forma de relacionarse con los hombres para siempre, será cauta y dilatará consumar físicamente la unión con sus amantes por un lado y, al mismo tiempo, su enamoramiento estará caracterizado por el ardor y la ingenuidad adolescentes.

A los veintitrés años, su padre arregla un matrimonio con el príncipe Jorge de Grecia. En su condición de alteza real dará a Jorge dos hijos y, aunque el príncipe es homosexual, le permitirá realizarse en la maternidad y aprender otras facetas del amor-odio, la necesidad y la amistad. No solo será su compañera, sino, como princesa griega, una pariente política y figura diplomática ideal. Su papel en la guerra de los Balcanes a cargo de un barco-hospital la pone en contacto con la posibilidad de ayudar a sanar a los demás.

En el París de los años 20, ya ha publicado en una revista médica y bajo pseudónimo su famoso estudio sobre la frigidez en que apoya la teoría de que la distancia entre el clítoris y la vagina afecta la capacidad de la mujer de sentir placer. La publicación se justifica con trabajo de campo realizado a partir de observación —afirma— en más de doscientas mujeres.

Su alteza real de Grecia y Dinamarca tiene cuarenta y tres años cuando, a raíz de su propia condición psicológica (según amigos psiquiatras refieren a Freud por carta se trata de neurosis, entre otras cosas), concierta sesión para psicoanálisis con Sigmund Freud. Un día le escribirá ella misma a su maestro: «El mayor placer de mi vida ha sido haberle conocido, haber sido contemporánea suya».

El encuentro con este nuevo padre le cambiará la vida para siempre. Aprende de Freud todos los días y toma multitud de notas mientras realiza su propio tratamiento. Durante algunos meses no atiende los requerimientos de su esposo, de la institutriz o de sus propios hijos reclamándola. El psicoanálisis resulta ser «la cosa más emocionante que he hecho nunca». El análisis que hace Freud de los cuadernos de infancia de la princesa Mimí es asombroso y ella misma confirma, luego, algunos hechos por boca del entonces octogenario caballerizo de su familia. En 1926 ya es delegada de Freud en la naciente Sociedad Psicoanalítica de París; ante su devoción, Freud coloca sobre ella la responsabilidad de la traducción francesa del vocabulario analítico, para no perder la pureza de la idea.

En ese entonces, en América toma fuerza un movimiento contra la práctica del psicoanálisis por parte de personal no médico. Esta causa por defender el «análisis profano» será una de las banderas más importantes de Marie. Financiará la quebrada editorial Verlag de Sigmund Freud; además, cuidará de que las publicaciones de la Sociedad de París sean avaladas por Freud y que su nombre salga en las portadas. Traduce al francés y al alemán escritos de Freud, mientras ella trabaja en sus propias obras.

Marie Bonaparte desarrollará una interpretación de textos de Edgar Allan Poe, y será vanguardista por sus trabajos en sexualidad femenina en los que incluye una investigación en África sobre la ablación del clítoris. Otro de sus temas fetiche es la mente de los asesinos. Pero además tocará lo abstracto, como el inconsciente y el tiempo. También será famoso Mythes de guerre, un librito que recopila fábulas que se crean y transmiten en tiempos de guerra, incluso las mismas historias en ambos bandos. Para escribirlo, se documentó directamente de militares a los que recogía de las carreteras haciendo autoestop. En el prólogo nos previene de la leyenda de un Hitler todavía vivo, semanas después de su suicidio.

En agosto de 1925 cumple por fin su sueño de entrevistarse con una mujer condenada a muerte por el asesinato a sangre fría de su nuera embarazada. En su reflexión dice que el crimen se refugia en aquellos que se han apartado del sentido de la realidad; condenar a muerte a esta mujer es, de alguna manera, mirar la vida desde ese mismo sitio. En el fondo, un criminal representa los deseos reprimidos de todos aquellos que no matan aun cuando lo deseen. Aunque su posición social y económica privilegiada le abre más puertas que a muchos, sin duda descubre lo mismo que los demás: «el psicoanálisis aísla; la inteligencia también».

En 1928 psicoanalizó a sus primeros tres pacientes, con el control vía correo desde Viena de su maestro y tutor y bajo la supervisión de su amante y amigo Rudolph Loewestein. Su forma de practicar el psicoanálisis será única. Atendía en el jardín de su mansión cuando el buen tiempo lo permitía, tumbada ella también o haciendo calceta. A sus pacientes les enviaba un chófer donde estuvieran para recogerlos y a veces también se los llevaba de vacaciones y en crucero. Es anecdótico que a un exhibicionista en la vía pública le ordenó que se tapara de inmediato, pues sus partes no tenían interés alguno. «En cambio sí me interesa mucho hablar con usted; por favor, llámeme» y le alargó su tarjeta.

En 1929 todavía no se ha curado de su frigidez y se somete a la famosa operación del clítoris. Se operará hasta tres veces sin resultados.

Para el setenta y cinco cumpleaños de Sigmund Freud pronuncia una conferencia en la Sorbona ante quinientas personas.

En 1934 ya ha alquilado un edificio para que la antigua Sociedad se convierta oficialmente en el Instituto de Psicoanálisis de París. Esta fundación servirá de modelo de enseñanza para la Comisión Internacional.

El nazismo avanza y se quema literatura de autores judíos en Berlín. La antigua viuda de Wilhelm Fliess, amigo cercano de Freud, aprovecha la oportunidad y vende a Marie las cartas que se intercambiaron ambos. Marie coloca estos escritos al nivel de los Diálogos de Platón. Celia Bertín explicará que su auténtico valor radica en que Freud, tratando de rebatir los argumentos de su amigo, ha desarrollado sus propias teorías. Posteriormente, Marie traducirá estas cartas para su publicación al alemán, trabajo en que participó de cerca Anna Freud.

En 1938 los nazis invaden Austria. Sigmund Freud ha retrasado todo lo posible su exilio, y Marie Bonaparte será su salvadora. Paga las «tasas de salida» que cobran los alemanes por el equipaje de emigrados y le pone a salvo en Londres. Además vela, dentro de lo posible, por las cuatro hermanas Freud, que no han conseguido permiso para salir. Ayudará a casi doscientos judíos a dejar Austria. En París propone al embajador de Estados Unidos que compre a México las tierras al sur de California para fundar una colonia judía. Freud se ríe de sus planes «coloniales». Tiene él ochenta y dos años y, cuando muere por fin, sus cenizas son guardadas en una urna griega que ella le regaló hace años.

Siendo abuela, Marie vuelve a su papel de superobservadora y, mientras crecen sus nietos, saca conclusiones sobre la génesis del superyó que compartirá con Anna Freud. Ante la ausencia de su maestro y aunque Anna es menor que ella, la coloca en la figura de tutor y confidente. Le enviará sus manuscritos apenas terminados, igual que hizo con su padre, y serán amigas hasta su muerte. En una entrevista para su libro, Celia Bertin pregunta a Anna qué palabra definiría a Marie Bonaparte y Anna Freud contestará sin vacilar: la rectitud.

A los setenta años Marie escribió: «Ahora lo que importa ya no es vivir mi vida sino comprenderla». Fue presidente honoraria de la Comisión de Enseñanza y del Comité de Administración del Instituto Freudiano. Además, vicepresidente de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA). Murió rodeada de tranquilidad, aceptando su leucemia y feliz de regresar por fin al regazo materno de la muerte.

1.Bertín, Celia. Marie Bonaparte. La discípula de Freud que exploró la sexualidad femenina. Tusquets Editores, marzo 2013. Barcelona. España.

https://www.revistavanityfair.es/realeza/articulos/marie-de-grecia-bonaparte-princesa-psicoanalista-frigidez-freud-frigidez/34962

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish