
No deja de ser curioso que una sociedad tan viril y en cierto modo machista como la griega, de la que los atenienses fueron máximo exponente, tomara como divinidad de la guerra y la sabiduría a una diosa en lugar de a un dios. Atenea, diosa protectora de las ciudades y de los héroes, prefiere resolver los conflictos pacíficamente, pero vence en todas las batallas. Diosa protectora de las ciencias y las artes, enseña a los hombres las técnicas de la agricultura y la ganadería, de la cerámica, del tejido y los demás oficios, junto con las artes plásticas.
El objetivo de este artículo es profundizar en la relación de esta diosa con las ciencias, y analizar lo que el mito nos puede enseñar a las mujeres en la ciencia del siglo XXI, teniendo en cuenta que todo mito tiene su significado psicológico-antropológico. Si el ser humano, como microcosmos, es un reflejo del macrocosmos, será interesante estudiar en qué medida somos reflejo de esa potencia cósmica que representa la figura de la diosa griega Atenea.
Interpretar el simbolismo de Atenea nos ayudará a entender mejor las biografías de algunas de las mujeres que a lo largo de la historia destacaron en el estudio de las ciencias; un mundo que se nos presenta esencialmente varonil, donde los nombres femeninos aparecen casi como una anécdota.
Recordando el mito de Atenea
Atenea es una de las diosas principales del Olimpo en la religión griega. Hija predilecta de Zeus, es su apoyo más incondicional y seguro.
Cuenta el mito que estando Metis (primera esposa de Zeus) preñada, este fue advertido de que el hijo que naciera de ella le destronaría, como él había hecho con su propio padre, Cronos. Así pues, Zeus persiguió a Metis para darle muerte y ella se transformó en mosca para evitarlo, momento que el dios aprovechó para tragársela. Llegado el momento en que Metis tendría que estar de parto, Zeus sufrió un terrible dolor de cabeza, tan grande que pidió a Hefaistos que le abriera el cráneo de un hachazo para ver lo que le ocasionaba tal dolor. Al abrirse la cabeza de Zeus surgió de ella la diosa Atenea, adulta y armada totalmente, dando un grito de guerra que resonó en todo el Olimpo. Por tanto, aunque Atenea tiene una madre (Metis, la astucia o, en otras interpretaciones, la prudencia), se la considera nacida de Zeus, y desde el primer momento su colaboración y fidelidad serán siempre para Zeus.
Atenea aparecerá a partir de entonces apoyando siempre a los héroes: Ulises, Perseo, Teseo, Hércules, todos ellos contarán en algún momento con la ayuda inestimable de la diosa, que les prestará siempre el arma o el recurso necesario para superar sus pruebas.
La guerra de Troya, narrada en la Ilíada, comienza míticamente con el juicio de Paris, al que Afrodita, Hera y Atenea obligan a elegir entre ellas a la más bella. Cada una de las diosas intenta sobornar al inocente juez con una dádiva: Hera le daría el poder, Atenea la gloria, y Afrodita a la mujer más bella de Grecia… y Paris eligió a Afrodita. Desde entonces, Atenea guardó rencor contra Paris y los troyanos, ayudando en la guerra a los griegos.
También encontramos a Atenea enfrentada con Poseidón, con quien compitió por el apadrinamiento de la ciudad fundada por Cécrope. Poseidón golpeó con su tridente el suelo y de la arena surgió un hermoso caballo; pero a continuación, Atenea hizo surgir del suelo un enorme olivo cargado de aceitunas, símbolo de la paz, y los hombres eligieron a Atenea como patrona de su ciudad, a la que llamaron Atenas. Atenea será considerada no solo por los atenienses sino también por otros muchos pueblos del Ática como la protectora de sus ciudades, pues ningún otro dios se esforzará tanto para defender la paz.
Sin embargo, Atenea será siempre inflexible contra la vanidad de los mortales y su falta de respeto hacia los dioses. Cuenta el mito que Aracné era una joven famosa por su habilidad en el tejido y el bordado. Era tan hábil que se jactó de que podría superar en el tejido a la misma diosa Atenea. Enterada esta, la retó, y ambas elaboraron un bello tapiz, igualando en algunas versiones el de Aracné al de la diosa, y en otras versiones superándolo. Según el mito, Atenea, celosa de la habilidad de la mujer, quiso castigar la osadía de esta de medirse con una diosa, y la convirtió en araña.
También castigó cruelmente a la más bella de las gorgonas, Medusa, para vengarse en ella de Poseidón. Transformó sus cabellos en serpientes e hizo que sus ojos convirtiesen en piedra a quien la mirara. Después ayudó a Perseo a vencerla prestándole un escudo con el que protegerse de la mirada maléfica. Del cadáver de Medusa surgió el caballo alado Pegaso, y Perseo ofreció la cabeza cortada del monstruo a su diosa protectora, que la colocó en su égida.
Como Artemisa, Atenea será una celosa defensora de su virginidad. Pero este celo no nace de resentimientos, ni de la necesidad de aislarse de los hombres. Es más bien una expresión de su completa falta de interés por el aspecto sexual de las relaciones entre hombres y mujeres. Cuenta el mito que, en una ocasión en que acudió a la fragua de Hefaistos a recoger unas armas, este, abandonado por su esposa Afrodita, intentó violar a Atenea eyaculando sobre su muslo. Asqueada, Atenea se limpió arrojando el producto al suelo, naciendo de él un monstruo llamado Erictonio, mitad hombre mitad serpiente (en otras versiones, futuro rey de Atenas).
Atenea es una diosa presente en los momentos más importantes de la mitología griega: en la gigantomaquia (la guerra contra los titanes), en la Odisea, en los trabajos de Hércules, en el viaje de los argonautas… A lo largo de todos ellos va ofreciendo a los hombres importantes elementos: desde la construcción de barcos a la de los zapatos, desde el cultivo del olivo al uso medicinal y como combustible de su aceite, el hilado y el tejido y todas las artes consideradas «femeninas». Aparece también aconsejando sabiamente a los dioses e inspirando inteligentes soluciones a los hombres, por lo que se acudía a ella a la hora de hacer justicia.
Sus símbolos son la égida con la cabeza de la gorgona y el búho, ave nocturna que se relaciona con la atención y la concentración permanentes, virtudes indispensables para el estudio.
Feminidad de la diosa Atenea
El nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus y su poderosa virginidad pueden interpretarse, como en algunos textos poéticos se hace, en el sentido de que Atenea representa en cierto modo una negación de la feminidad y la maternidad, lo cual encajaría mejor en esa mentalidad machista que se atribuye al pueblo griego: «Sin madre nací; y en todo —salvo en el himeneo— lo varonil mi corazón cautiva. Por la causa del padre me declaro…» (Orestes, de Esquilo).
Además, las relaciones de Atenea en la mitología con las mujeres son malas: envidia, competencia, resentimiento… A simple vista podríamos pensar que Atenea es más masculina que femenina, como si fuese una diosa para los hombres pero no para las mujeres; por eso se la ve apoyando a héroes como Ulises, pero castigando a mujeres como Aracné.
Entiendo que esta visión nace del concepto simplista de que la feminidad está exclusivamente en lo que a los hombres les está vedado: el tener hijos. Los hombres pueden engendrarlos, pero es el cuerpo de la mujer el que alberga y alimenta al hijo hasta su nacimiento. Y por eso históricamente su función se ha visto reducida al cuidado de los hijos, su alimentación, su educación, el cuidado del hogar y de la familia. Siendo todo esto muy importante, se olvida, sin embargo, que además de madre, la mujer es ser humano, como el hombre, con sus mismas necesidades y potencialidades mentales y espirituales. Atenea representa estas cualidades femeninas que no están en relación con la función biológica de la reproducción y la función cultural y social de la nucleación de la familia. Y que siendo comunes a las de los hombres, tienen su propia «modalidad», estilo o entonación.
Hay dos dioses masculinos que podemos considerar como «contrapartes» de Atenea: Ares, dios de la guerra, y Hefaistos, dios del fuego, el herrero.
Ares es un dios violento y temible. Representa el valor, el coraje y la furia incontenible del combate. Atenea, en cambio, representa la inteligencia en la lucha, la negociación, la estrategia, la superación individual del guerrero convertido entonces en héroe. Es Atenea la que aparece siempre apoyando a los héroes en cada una de sus pruebas, de las que salen reforzados y más sabios. Atenea apoya la inteligencia en la acción, la constancia y la perseverancia; en definitiva, el esfuerzo y el trabajo personal.
Hefaistos, el dios del fuego y de la fragua, deforme y contrahecho como la cambiante forma de la llama, tiene el poder de transformar la materia creando objetos prodigiosos. Pero es Atenea la que idea esos objetos. Ella no los elabora, pero sí los proyecta. Se la considera la inventora del arado, de la yunta, la brida de los caballos y el carro, de la flauta y de la trompeta; de la olla, la cocina, el hilado y el tejido y, en general, de todas las artesanías. Es también la que enseña a los griegos a cultivar el olivo y a criar el ganado. Atenea es la inteligencia en la creación, y por ello, protectora de las artes y las ciencias y la patrona de la filosofía.
Es una diosa destructora e implacable a la hora de defender la justicia, pero, sobre todo, es creadora e imaginativa, esencialmente civilizadora.
Atenea no ama, como Afrodita, a los hombres, sino sus cualidades y virtudes, y por eso se mantiene virgen y sin hijos, pero creando en el mundo de las ideas y del arte. Es por eso la personificación de la sabiduría, que se aplica en todas las actividades del ser humano: la guerra, la técnica, el arte y la ciencia.
En cuanto a la competitividad y envidia con las mujeres, podríamos decir que solo se pueden desarrollar estos sentimientos ante iguales: no se compite con alguien que es claramente inferior. En el mito de Aracné, Atenea la reta a elaborar un tejido. Es una competición claramente asimétrica: una diosa contra una mortal: ¿qué opciones puede tener Aracné? Sin embargo, el tejido de la mujer no solo iguala al de la diosa, sino que resulta mejor, lo cual desata la venganza de Atenea. Ningún mito relativo a Atenea pone a ningún hombre a su altura, lugar que sí alcanza Aracné. En este caso, la calidad del tejido de la humana indica que las mujeres son las que pueden ponerse al nivel de la diosa, por lo menos en lo que a las artes y artesanías se refiere, si bien es una cualidad de la cual las mujeres no deben vanagloriarse, para no conseguir enfurecer a la diosa.
La guerra y las ciencias
Resulta llamativo que se reuniesen en una misma divinidad la representación de cosas tan opuestas como la guerra y las ciencias. La guerra destruye, produce dolor y muerte, mientras que las ciencias construyen, y pretenden eliminar el dolor y la muerte.
Sin embargo, observamos que con frecuencia van y han ido de la mano: es la ciencia la que ha aportado la técnica para el desarrollo de armamentos más sofisticados y poderosos; y así mismo, es la guerra la que ha apoyado y financiado la investigación científica, desde Arquímedes a Leonardo, o a Oppenheimer. Podríamos decir que este es el lado activo y «masculino» de la relación guerra-ciencia.
Pero también podemos estudiarlo desde otra perspectiva: ¿qué utilidad presentan las características de la guerra a la ciencia? ¿Es que hay algo que combatir en la investigación científica? Puede que sí: podemos empezar por la ignorancia del propio investigador, de la que tiene que ser consciente y que tiene que combatir con el estudio; para continuar con las limitaciones que los sentidos representan para la observación y comprensión de los fenómenos, que tienen que superarse con imaginación para diseñar la experimentación más adecuada; y terminar con los conceptos previos y paradigmas asentados en sus contemporáneos, tan inamovibles en ocasiones que han conducido al silencio y hasta la hoguera a grandes pensadores, y que hay que combatir con valentía y coraje. Sí, el científico que quiere triunfar en su investigación y defender la verdad que descubre tiene que ser un luchador esforzado y valiente. La naturaleza no muestra sus secretos más que a aquellos que combaten por su conocimiento y se vencen a sí mismos en la lucha.
Cuando estudiamos las biografías de las mujeres que en el pasado destacaron en las ciencias, observamos que ellas tuvieron un frente de lucha extra: su condición de mujeres. La mayoría de ellas no tuvieron las facilidades de sus contemporáneos masculinos para acceder al conocimiento y dedicarse al estudio. Se formaron y prepararon de forma autodidacta, a menudo a la sombra de un marido, un padre o un hermano que les proporcionara los libros y medios para aprender, y tras cumplir las obligaciones adjudicadas a su rol femenino.
También contaron, a la hora de publicar sus resultados, con la falta de interés de sus contemporáneos masculinos por lo que las mujeres pudiesen decir en un campo que siempre consideraron suyo, o peor, con la incomprensión y la intolerancia ante una actitud en las mujeres que no fuese el quedarse en casa y en silencio. Las mujeres que recogemos en este estudio fueron mujeres inteligentes y fuertes, que lucharon toda su vida contra los límites que se les ponían y contra la incomprensión de los hombres.
Atenea es una diosa inteligente, valerosa, con coraje, invencible en la batalla, pero también generosa. Todas sus creaciones son dones que ofrece a los hombres. Las mujeres de ciencia de nuestro estudio también lo fueron. No trabajaron para hacerse famosas, tener prestigio, hacerse importantes. La mayoría de ellas lo hizo por amor al conocimiento, al margen de sus obligaciones, o por amor y compasión por sus contemporáneos (sobre todo las dedicadas a la medicina). No se las recuerda por empeñarse en destacar ellas mismas, sino por la ayuda que pudieron prestar en su tiempo a aquel con el que trabajaron codo con codo, o a aquellos de sus conciudadanos que las necesitaron. No son mujeres competitivas, sino colaboradoras.
Agnódice (hacia el 300 a. C.)

Fue una joven muy inteligente y luchadora, cuya vida parece de novela de ficción. Nació en Atenas hacia el 300 a. C., en el seno de una familia noble. A pesar de la nobleza de su familia, no pudo realizar los estudios de medicina que tanto anhelaba, porque les estaban prohibidos a las mujeres. Aunque Platón había defendido en sus enseñanzas (la República) que las mujeres son tan valiosas como los hombres en todos los oficios, no era esa la opinión general de los liberales y demócratas atenienses y resto de los griegos. Eruditos de la categoría de Aristóteles afirmaban que la mujer era un ser inferior, y que debía quedarse en casa, sin intervenir en las cuestiones de la ciudad ni de la cultura.
Sin embargo, el empeño de Agnódice por aprender medicina era tan fuerte que decidió cortarse el pelo y disfrazarse de hombre para conseguirlo. De esta guisa se presentó en Alejandría para aprender del famoso médico Herófilo, con el que alcanzó los mejores resultados en los exámenes.
Agnódice, disfrazada de hombre, volvió a Atenas, donde empezó a ejercer como ginecóloga. Rápidamente todas las mujeres importantes de la ciudad quisieron tomarla como médico, lo cual es fácil de comprender, pues aunque desconocieran su auténtica identidad debieron de sentirse mucho más seguras y comprendidas por el joven médico que sabía ponerse en su lugar y entendía perfectamente sus problemas.
Su éxito despertó la envidia y los celos del resto de los médicos, que no tardaron en acusarla de corromper «a las esposas de los hombres». Esta expresión en comillas es tan expresiva respecto a la importancia que en estos momentos se daba a las mujeres en Grecia que hiela un poco la sangre. «Las esposas de los hombres» significa que la única importancia que se les daba es que cumpliesen estrictamente con esta función de esposas y madres, ningún otro valor como personas. Se la acusó de intentar violar a algunas de sus clientas y de practicar abortos.
Ante la naturaleza de las acusaciones, Agnódice no tuvo más remedio que revelar su auténtica condición, lo cual no le salvó la vida, pues en seguida los atenienses la acusaron de practicar una ciencia prohibida para las mujeres y se la condenó a muerte.
Cuando las mujeres se enteraron de la condena, se presentaron ante el templo en multitud, asegurando que si se ejecutaba a Agnódice, ellas también morirían. Su resolución debió de ser firme, porque los magistrados cambiaron el veredicto y no solo la absolvieron, sino que además le permitieron seguir practicando la medicina. Unos años más tarde incluso se reformaron las leyes para permitir a las mujeres acceder a los estudios de medicina.
Agnódice fue la primera ginecóloga conocida de la historia, y la manifestación protagonizada por las atenienses demuestra que la influencia de Agnódice traspasó la mera relación de médico-paciente, pues infundió valor y orgullo en las mujeres. Su rebelión no fue solo por la vida de Agnódice, sino por la dignidad de las mujeres.
Hipatia de Alejandría (370-415)
Hipatia vivió uno de los tiempos más difíciles de la historia, un tiempo de cambios, de «crisis», de violencia contenida a punto de estallar. La decadencia del Imperio romano.
El fanatismo religioso había ido sustituyendo a la tradicional coexistencia de múltiples cultos; los cristianos, perseguidos siglos atrás como una secta peligrosa, eran ahora los perseguidores.
Hipatia nació y vivió en Alejandría, la cual, en medio de la crisis, continuaba siendo centro luminoso de la cultura, la ciencia y la filosofía. Su famosa biblioteca, hija de la que fundara Ptolomeo (que sufrió varios expolios en tiempos de Diocleciano), era aún el centro cultural del Imperio, tanto de Oriente como de Occidente, y el Museo (la «casa de las musas») asociado a la biblioteca era una especie de universidad donde se desarrollaban actividades de investigación y enseñanza en campos como aritmética, geometría, astronomía, mecánica, zoología, botánica, historia, filosofía… hasta que en el año 391, el emperador Teodosio prohibió los cultos paganos y ordenó la destrucción de sus templos. La biblioteca debió de considerarse uno de los templos al paganismo, porque fue expoliada y destruida junto con el gran templo de Seraphis.
Nacida en el año 370 d. C., hija de Teón de Alejandría, uno de los maestros de la biblioteca de Alejandría que destacó especialmente en matemáticas y filosofía, su vida estuvo íntimamente ligada a la de la biblioteca. A diferencia de otras mujeres como Agnódice, Hipatia no tuvo ningún problema a la hora de obtener la educación más completa y exquisita, siendo hija y discípula de un profesor de la biblioteca de Alejandría, pues a diferencia de los demás griegos, Teón permitió que su hija estudiase en el Museo junto con los hombres y se convirtiera en «mujer de ciencia». El historiador Sócrates Escolástico, más de un siglo después de la muerte de Hipatia, la describió como una mujer inteligente y hermosa, cuyo talento y conversación atraía a la biblioteca y a su casa a las personas cultas de la ciudad y del resto del Imperio. Aventajó en todas las ramas del saber a su padre y a todos los filósofos contemporáneos, y era admirada por todos los hombres por su modestia y claridad de mente.
Hipatia destacó en matemáticas, geometría, astronomía y mecánica, y también en lógica y filosofía, convirtiéndose en la última gran exponente del neoplatonismo. Se la llamaba la Filósofa en la biblioteca, de la cual fue directora. Tras su destrucción en el 391, Hipatia impartía clases en su propia casa, la cual se convirtió en el centro de reunión de los eruditos de la ciudad en decadencia, entre los que se encontraban también muchos cristianos, como Sinesio de Cirene.
Escribió al menos cuarenta y cuatro libros, entre los que destacan trece volúmenes de comentarios de la Aritmética de Diofanto, ocho volúmenes sobre las cónicas de Apolonio, y un Corpus astronómico con tablas sobre los movimientos de los cuerpos celestes. Inventó el astrolabio plano (instrumento para medir la posición de las estrellas), el destilador de agua y el planisferio.
Teniendo en cuenta la baja estima en que los cristianos de los siglos IV y V tenían a las mujeres, auténtica misoginia que hacía de las mujeres «hijas del diablo», las persecuciones religiosas surgidas de la implantación del cristianismo católico como religión obligatoria, y las tensas relaciones políticas entre el obispo de Alejandría, Cirilo, con el prefecto de la ciudad, Orestes, amigo y asiduo de Hipatia, se comprende el odio que Cirilo sentía hacia aquella mujer, pagana, culta y con tanta influencia sobre las autoridades locales y los pensadores de Oriente y Occidente.
En medio de esta turbulencia, la brillante vida de Hipatia fue truncada de forma atroz en el año 415. Una caterva enloquecida, formada por un centenar de monjes encapuchados, la atacaron en plena calle y la arrastraron hacia la iglesia, en cuyo altar la desnudaron, descarnando su cuerpo con afiladas conchas, descuartizándolo después y quemando finalmente sus restos. Tanta crueldad y violencia partieron del propio obispo, que, ordenase o no directamente el asesinato, fue el instigador del odio visceral e irracional que enloqueció a los asesinos.
Dicho obispo es conocido todavía como san Cirilo, canonizado por la Iglesia probablemente por su éxito contra el paganismo en Alejandría, pues Orestes, tras denunciar el asesinato y ver cómo repetidamente la investigación se posponía, terminó abandonado Alejandría. Comenzaba la oscura Edad Media.
Trótula de Salerno (?-1097)

Se desconoce el origen de Trótula Maior, que destacó entre las «mulieres salernitae» o «damas de Salerno», especie de escuela de medicina femenina establecida en esta ciudad, única escuela no vinculada con la Iglesia, cuya fama era apreciada en los círculos científicos de la época (estamos hablando del siglo XI, superada la crisis psicológica del año 1000, cuando la curva descendente del Medievo comienza a cambiar de sentido).
Atendiendo médicamente especialmente a las mujeres, escribió varios tratados que fueron libros de texto en las escuelas de medicina hasta el siglo XVI, si bien su nombre fue apartado sistemáticamente de su obra, atribuida a diferentes autores masculinos.
Sus métodos son sorprendentemente modernos, defendiendo la importancia que para la salud tienen la higiene, la dieta equilibrada y la práctica de ejercicio. Cuando se consideraba a la mujer única responsable del sexo de los hijos, las malformaciones y los abortos espontáneos, Trótula defendía que estas cosas dependían también de la naturaleza del padre.
Historiadores de la medicina de comienzos del siglo XX (Sudhoff y Singer) consideraron que su obra era tan avanzada, sus prácticas quirúrgicas tan complejas y su lenguaje tan directo para la época en cuestiones sexuales que no podía haber sido escrita por una mujer. Los prejuicios contra las mujeres de ciencia no son modernos ni antiguos, sino permanentes.
Hildegarda de Bingen (1098-1179)
Entramos ya en el siglo XII, y tanto para hombres como para mujeres es difícil desarrollar cualquier tipo de conocimiento fuera de los conventos y monasterios. Había un serio peligro de ser acusado de hereje o brujo. Muchos de los científicos de estos siglos van a trabajar desde estos centros, refugio cristiano de los conocimientos antiguos, protegidos por «la inspiración divina».
Hildegarda de Bingen, nacida en Bermersheim (Alemania) en el año 1098, destacó desde niña por su brillante inteligencia, por lo que se la ingresó antes de los ocho años en la abadía benedictina de Disibodenberg, donde llegó a ser abadesa.
Se la conoce como una gran mística, cuyas visiones fueron analizadas por la Iglesia y aprobadas como auténticas. Sus obras abarcan diferentes campos de la existencia humana: obras místicas (Las visiones), ético-religiosas (Méritos de la vida), musicales (Symphonia armonie celestium revelationum, un conjunto de setenta y ocho obras musicales), de cosmología (Liber Divinorum Operum) y medicina (Libro de medicina compuesta, y Causae et curae).
Por sus vivencias místicas y su buena relación con las autoridades religiosas, alcanzó un prestigio tan seguro que no tuvo que sufrir los prejuicios de otras filósofas y científicas. Sus enseñanzas estaban «dictadas por Dios», así que no admitían discusión. Sus sabios consejos eran reclamados por personajes de toda Europa, con quienes mantenía una fluida correspondencia.
En medicina, destaca su concepto holístico de la actividad curativa de las plantas, así como la aplicación de las teorías sobre el funcionamiento del cuerpo humano de su época (la teoría de los cuatro «humores»: caliente-frío, seco-húmedo) particularmente a las mujeres, tratando con eficacia los problemas de la concepción o de la menstruación.
Fue una mujer erudita que influyó de forma importante en su época. Tan apreciados eran sus consejos que se la llamó «la sibila del Rin».
Oliva Sabuco (1562-?)

Nacida en Alcaraz (Albacete), Luisa de Oliva Sabuco de Nantes y Barrera es la española más significativa en filosofía y ciencias del Renacimiento español.
Los estudios académicos estaban prohibidos para las mujeres; sin embargo, Oliva fue esmeradamente educada por distintos personajes, moviéndose desde pequeña entre la élite cultural de Alcaraz. Se casó en 1580 con Acacio Buedo y, siete años después, editó su obra maestra científico-filosófica «Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada por los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y la salud humana».
Su talento fue admirado por los grandes de su época, como Lope de Vega, que la llamó «la décima musa». Su obra, «Nueva filosofía de la naturaleza del hombre» fue elogiada por su contenido filosófico, científico e incluso literario, llegándosela a comparar con el mismo Cervantes.
La Nueva filosofía está desarrollada en forma de diálogo entre tres pastores: Antonio, Rodonio y Veronio, entre los que Antonio es el maestro que va respondiendo a las preguntas de los otros dos. La obra se estructura en tres partes o coloquios: el primero sobre el conocimiento de uno mismo, desde un punto de vista médico y psicológico, en que Oliva introduce la importante relación entre mente y cuerpo para la salud; el segundo coloquio versa sobre la naturaleza y el cosmos; y el tercero de contenido político-social.
La primera edición de su libro fue en 1587, y fue altamente valorado y apreciado, editándose rápidamente otras sucesivas. Se ha traducido al portugués y al inglés.
No ha faltado quien ha dudado de la autoría de esta obra, adjudicándosela al padre de Oliva o a otros personajes, con tal de que fuesen hombres.
Siglos XVIII y XIX
A partir del Renacimiento, el número de mujeres que destacan en las ciencias va aumentando, pues las condiciones van siendo progresivamente favorecedoras de la educación, la cultura y la investigación, sobre todo para los hombres, a cuyo lado muchas mujeres como Margaret Cavendish (1623-1674), Gabriel du Chatelet (1706-1746), o Carolina Herschel (1750-1848) aprovechan para formarse de manera autodidacta, participando en discusiones científicas y traduciendo los textos elaborados por los hombres.
Es interesante destacar algunos de estos nombres por las dificultades que fueron capaces de superar:
Carolina Herschel (1750-1848)
Nacida en Hanover (Alemania) y nacionalizada inglesa, se la conoce como la primera astrónoma profesional. Siendo parte de una familia numerosa de músicos, solo ella careció de una educación esmerada por ser niña, destinada por sus padres al servicio doméstico y el cuidado de sus hermanos.
Vivió con su hermano William, junto al cual se fue a Inglaterra. En principio, William se dedicó a la música y Carolina estudió canto, destacando como soprano, pero cuando su hermano abandonó la música para dedicarse a la astronomía, ella le acompañó ayudándole a construir un microscopio con el que descubrieron el planeta Urano. Carolina estudió las matemáticas y la geometría que no habían querido enseñarle en su juventud, y descubrió, junto a su hermano, ocho cometas, más de quinientas estrellas y más de dos mil quinientas nebulosas.
Sus esfuerzos fueron reconocidos por el mismo rey Jorge III, que le concedió un sueldo, pero solo como la ayudante de su hermano.
Sophie Germaine (1776-1831)
Nacida en París durante la Revolución francesa, sus padres la mantuvieron en casa para protegerla. La educación seguía estando vetada para las mujeres, pero Sophie pudo dedicar mucho tiempo a estudiar en su biblioteca familiar, aunque sus padres veían con muy malos ojos el que se dedicara a estudiar matemáticas, que no se consideraba una materia apropiada para las mujeres. Más tarde se interesó por la ingeniería, pero la Ecole Polytechnic de París estaba prohibida a las mujeres. Sin embargo, Sophie se las arregló para obtener los apuntes y el material de las materias que allí se impartían.
Se inventó un seudónimo para firmar sus obras, «Sr. Le Blanc». Y con este nombre obtuvo el premio de la Academia al publicar el desarrollo matemático de las vibraciones en las superficies elásticas. El descubrimiento de su naturaleza femenina, si bien sorprendió a todos, no le impidió ocupar el asiento en las reuniones de la academia, tan esforzadamente ganado.
También hizo importantes aportaciones a la teoría de los números, desarrollando lo que se llamó «números primos de Sophie Germain».
Siglo XX
En número siempre inferior al de los hombres, son ya tantos los que destacan de nuestro siglo que se nos hace difícil escoger, cosa que tenemos que hacer para no hacer este trabajo demasiado largo. Desde Marie Curie, premio Nobel de Física por el descubrimiento de la radiactividad, hasta Mary Leaky, eminente antropóloga, o Dian Fossey, estudiosa de los gorilas.
Alice Eastwood (1859-1953)

Nació en Canadá e ingresó muy joven en un convento. Allí aprendió bastante sobre plantas. Después entró a trabajar de criada en una casa con una buena biblioteca. Allí se dedicó a estudiar en muchas áreas, profundizando en sus conocimientos de botánica y llegando a convertirse en una de las más importantes especialistas. Llegó a ser profesora de Botánica, directora de una revista especializada y de la Academia de Ciencias de California.
Rosalind Franklin (1920-1958)
Se destacó como niña prodigio y realizó estudios de Química, Física y Matemáticas, especializándose en cristalografía y difracción de rayos X. Con esta técnica observó los cromosomas, fotografiando la estructura en doble hélice del ADN. Esta fotografía fue enviada, sin que Rosalind lo supiera, a James Watson, que trabajaba con Francis Crick en la estructura del ADN. Watson y Crick recibieron el premio Nobel por su descubrimiento, sin citar a la auténtica autora de la microfotografía que les había conducido a sus conclusiones.
Rosalind murió en 1958 de cáncer (probablemente por la exposición a los rayos X) sin saber la trascendencia que tenía su descubrimiento.
Conclusión
La mujer está perfectamente capacitada para el estudio de las ciencias y la investigación científica. Pero se ha visto siempre limitada por los condicionamientos sociales, religiosos y políticos de su tiempo. Por eso las científicas que hemos aquí reconocido y homenajeado son auténticas heroínas, exponentes de la fuerza, el valor, la inteligencia y generosidad de Atenea.
Nos hemos extendido más en Hipatia de Alejandría, que además fue una mártir del pensamiento libre, cuya figura siempre veneraremos y reivindicaremos contra la ignorancia, el totalitarismo, el fanatismo y la irracionalidad. Estos son nuestros enemigos. Vencer estas lacras es nuestra guerra.




















