Arte — 3 de septiembre de 2026 at 12:10

Las heroínas de Puccini

por

Puccini

ACTO I

La ópera, un camino de conocimiento

La música es el lenguaje más bello que comparten todos los seres humanos y, a través de ella, nos han sido transmitidos los misterios de la vida y de la muerte. Desde la cuna a la tumba nos acompañaron las nanas, los primeros juegos que adornábamos cantando y que nos unían inmediatamente con otros niños que compartían esos mismos códigos secretos, que abrían mágicamente la llave de la amistad. El amor, con sus dichas y desdichas, lo unimos a unas notas; basta oírlas para trasladarnos anímicamente al mismo estado. Y la misma muerte la coronamos de compases finales que anuncian a aquellos que nos han acompañado que el concierto ha culminado.

La historia nos ha legado a grandes maestros de este lenguaje, que lo han elevado a lo más sublime para el más excelso fin: adentrarse en el misterio de la vida: ¿por qué nacemos, por qué vivimos y por qué morimos, por qué nos duele recorrer los días? La música ha puesto a nuestro alcance el camino de la belleza y, transitando por él, mediando la piedad de las diosas, hemos comprendido, por un instante, que todo fluye hacia la verdad y hacia la justicia y que el suceder de momentos que consideramos irrelevantes en espera de la gran escena final no es sino una ilusión, porque la vida es mucho más generosa, y cada paso, cada encuentro, cada palabra es, como decía Salinguer, un peregrinaje de Tierra Santa en Tierra Santa.

Sin duda, Puccini ha sido uno de esos audaces que nos ha guiado en ese sagrado transitar y su obra se ha caracterizado por otorgar un papel principal a la mujer y sus distintos dones, conociéndola y describiéndola, elevándola a la dignidad de entregada amante, de generosa dadora de vida, de sutil inspiradora y de intrépida guerrera que posee el secreto de la victoria.

Puccini nació en 1858 en la Toscana, en el seno de una familia de músicos que podía remontarse hasta una quinta generación. La Italia en la que se hizo hombre había logrado su unidad. Atrás había quedado el romanticismo, el de las grandes pasiones e ideales, y una nueva Europa se lanzaba en brazos de la sociedad industrial. Nace el cine, se inventa el teléfono, el hombre se vuelve veloz con los primeros coches y los aviones se elevan ante los ojos asombrados de los hombres, que pondrán en la técnica todas sus esperanzas. El positivismo lo invade todo, se cree que las ciencias diluirán el dolor en los tubos de ensayo de los laboratorios. En el arte destacan el simbolismo y el impresionismo.

También será Puccini un hijo de su tiempo, y su obra se verá teñida del denominado verismo. El verismo en música aparece a finales del siglo XX y esta tendencia relega los grandes temas románticos, fantásticos, simbólicos o legendarios, con sus grandiosas escenografías, para preferir esas lonchas de vida (squarcio di vita) tomadas de lo cotidiano y tanto más seguras de llegar al gran público, que amaba, reía, sufría y moría en los entornos que recreaba Puccini.

Este movimiento también constituía una reacción contra el wagnerismo, ya que reducía el papel de la orquesta al de un instrumento de acompañamiento, hasta no considerar la música más que un comentario sonoro. A la complejidad orquestal del drama lírico que inserta las voces en la trama sinfónica, se opone aquí un discurso más emocional. Decía el maestro: «No estoy hecho para las acciones heroicas. Me gustan los seres que tienen un corazón como el nuestro, que están hechos de esperanzas y de ilusiones, que tienen relámpagos de júbilo y horas de melancolía, que lloran sin aullar y sufren con una amargura interior».

Sería un error de base ver en Puccini un ser simple. Buscaba, sí, la sencillez, pero eso llevaba un proceso muy laborioso. Sabía exactamente lo que buscaba, sabía qué melodía precisa estaba escrita en el cielo de los arquetipos del filósofo griego, y esa y no otra, ni una nota más ni una menos, ni una palabra más ni una menos quería en el pentagrama y en el libreto.

El público ha identificado siempre el melodrama de Puccini con sus heroínas, a las que eleva y otorga un papel principal en su universo. Mimi, Tosca, Butterfly, Turandot, nos entregan lo que han aprendido viviendo y muriendo, con alegría o con desesperación, y nos transmiten su experiencia susurrándonos el viejo dicho: «Mutato nómine, fabula de te narratur», ‘cambia el nombre, y el cuento hablará de ti’.

ACTO II

La Bohème

Tolstoi nos decía que todas las familias felices se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su manera. Es decir, que es en la desgracia donde se esconde la historia que es digna de ser narrada. La Bohème es una de estas historias.

Gracias a una beca, Puccini pudo trasladarse a Milán a seguir clases en el conservatorio. Durante esos años vivió la pobreza, que luego ilustraría en La Bohème. Las cartas que hay de esa época aluden a la frugalidad de las comidas, a la imposibilidad de asistir a las representaciones de la Scala por falta de dinero, a la necesidad de economizar.

En La Bohème se recrea un París lleno de artistas pobres, que viven entregados a su arte, pero que están terriblemente acuciados por la necesidad. No obstante, el ambiente que se percibe es alegre, porque si bien ni siquiera tienen combustible para alimentar el fuego y se ven obligados a avivarlo con las hojas de una novela, se saben creadores, y sienten que el cielo les da cierta licencia de pillería para aprovecharse de aquellos que solo rinden culto al vil metal.

La escenografía de La Bohème es cinematográfica, no hay nada de artificio, vemos simplemente pasar la vida ante nosotros. En los tiempos de Verdi, las escenas tenían preámbulos que los directores de escena tenían que planificar, pero aquí las arias surgen con la espontaneidad de la lengua hablada.

Como hace Chejov, como hace Dickens, como hace Conrad, Puccini pide piedad para el ser humano, nos muestra como somos, sin disimular nuestros defectos y nuestras miserias, pero sabiendo ver en nuestra alma el deseo de ser mejores. Su juicio es certero, pero no es implacable, sabe que el hombre es de barro y de fuego y que se debate en esa lucha. Sus óperas rezuman agradecimiento por todo la que la vida nos otorga.

Madame Butterfly

Madame Butterfly es un caso aparte dentro de las óperas de Puccini. En ella todo es diferente. Toda la meticulosidad que observaba en sus composiciones es aquí ignorada, el equilibrio entre la perfección de la forma y el contenido se rompe. Sin embargo, es una de las obras que más ha conmovido a su público, a pesar de que la escenografía se da en un paisaje que nos resulta extraño, el Japón y sus costumbres. No obstante, la universalidad de la tragedia nos traspasa el corazón y, a través de ella, comprendemos y reconocemos los universales del amor, el dolor, el abandono, la traición y la muerte, pasando a ser anecdótico que la protagonista sea una geisha o que se hable de ciruelos en flor y de kamis.

El Japón de 1900 era un país lleno de contrastes, que apenas había dejado atrás el antiguo sistema feudal, con príncipes regionales y samuráis. Estaba a punto de comenzar la era Meijin, en la que se producen cambios vertiginosos en un corto periodo de tiempo, sumiendo a la sociedad del Japón en un profundo desgarro. La apertura de Japón a Occidente, el paso del kimono a la levita, trajo consigo todo el dolor que lleva abandonar los muros de la patria amada y conocida e introducirse en un paisaje desconocido, que les rechaza y que no comprenden. El abandono de la familia, las propias costumbres y hasta los mismos dioses para entregarse a una suerte nueva que resulta aparentemente fallida, se refleja con toda la intensidad en esta obra.

El argumento de la ópera nos cuenta la historia de una geisha de quince años, apodada Madame Butterfly, que se casa con el teniente Pinkerton, un marino americano, de paso por Nagasaki. El militar es un joven indolente que no ve en este matrimonio más que una diversión. Ella, en cambio, para poder amarle ha renunciado a la religión de sus antepasados; sus parientes, al conocer este hecho, la repudian, quedando la joven a la merced de Pinkerton.

En el acto II han pasado tres años desde la marcha de Pinkerton, que ha jurado volver «en la época de los ruiseñores». En ese tiempo, la joven se ha convertido en madre y espera ansiosa la vuelta de su esposo, hasta que le llega el terrible mensaje de que Pinkerton ha regresado, pero se niega a acudir a su lado, ya que ha venido acompañado de su esposa americana con la intención de quitarle a su hijo. En el último acto, Butterfly se rinde a su destino, entregará el niño a Pinkerton y morirá suicidándose.

Butterfly nos produce una profunda conmoción, porque no solo sentimos piedad por ella, sino que la comprendemos. Sentimos piedad desde el principio porque sabemos de la soledad de su amor. Pero eso mismo hace de ella una heroína. Su pasión, su entrega, su lealtad proceden de su alma. Es una fuerza que posee en su interior. Así vence la maldad y el egoísmo, porque pese a que el americano nada vale, ella no muda sus sentimientos. En ningún momento parece ridículo su inmenso amor frente al del americano superficial, la admiramos como hicimos con el ruiseñor del cuento de Wilde, que tiñó con la sangre de sus venas una rosa que creía destinada a un amante verdadero. El espectador rinde honores a la geisha y sabe que ese amor tiene algo de sagrado.

Tosca

La Tosca procede de una obra del mismo título de Sardou. Puccini la presenció en Milán interpretada por la famosa Sarah Bernhardt. La obra se representó en francés, idioma que Puccini desconocía; sin embargo, pudo seguir la representación escena tras escena. En seguida se dio cuenta de las posibilidades que la obra tenía para ser llevada a la ópera. El resultado fue la ópera teatral del sur por antonomasia, que conjugaba bondad, maldad, belleza y terror. El ambiente de Tosca no es ni romántico ni lírico, sino apasionado, penoso y oscuro. La obra requiere nervios templados en sus héroes y en sus espectadores, que son testigos de torturas, un intento de violación, un asesinato, una ejecución y hasta un suicidio.

El argumento transcurre en una fecha capital en la historia de Italia, el 14 de junio de 1800, el día en que sería invadida por Napoleón, y la acción se desarrolla en los lugares más emblemáticos de Roma. En el interior de la iglesia de San Andrea della Valle de Roma, Angelotti, antiguo cónsul de la república romana y prisionero evadido, se esconde en la capilla de los Attavanti. En ella entra el pintor Mario Cavaradossi, que trabaja en el lienzo de una Madona.

Angelotti sale entonces de su escondite y pide refugio a Mario, quien accederá a ayudarle ya que también él es un republicano simpatizante. En el momento en el que el cañón anuncia que la evasión de Angelotti ha sido descubierta, la iglesia se llena de sacerdotes y de fieles para el Te Deum, celebrando la derrota de Bonaparte. En el segundo acto, la acción gira en torno a Scarpia, jefe de de la policía, un sádico que adivina que Cavaradossi ha ayudado a Angelotti en la fuga. Scarpia desea a Tosca, la novia del pintor, y le obliga a escuchar las torturas a las que está siendo sometido su novio, que no quiere revelar el escondite de Angelotti.

Ella, finalmente, no puede soportar los sufrimientos de su prometido y revela el escondite. El torturador le promete a Tosca dejarles escapar con vida si ella se le entrega. Ella finge aceptar el acuerdo. Fingirán el fusilamiento de su prometido y, luego, ellos podrán huir con un salvoconducto. En el tercer acto, Mario, el pintor, se dispone a morir, pero Tosca llega y le comunica que el fusilamiento es solo una farsa. Sin embargo, Scarpia, el villano, le había engañado y las armas finalmente sí estaban cargadas. Tosca, desesperada ante la muerte de su amante, se lanza al vacío.

Tosca podría considerarse la obra más wagneriana de Puccini, debido a la utilización de leitmotivs, que en su caso no se desarrollan, sino que se utilizan como símbolos. Puccini crea una auténtica dramaturgia fílmica. El mismo comienzo de la obra es sobrecogedor, ya que no hay obertura, sino tres acordes de una gran violencia que constituyen el leitmotiv de Scarpia. Tras ellos no sabemos en qué tonalidad seguirá el discurso, y lo primero que sentimos es una gran desorientación Esos acordes están en relación directa con la naturaleza íntima del personaje Scarpia, del torturador, un auténtico criminal que ha instaurado un régimen de terror. La violencia, el desconcierto que nos transmiten esos tres acordes que se insinúan cada vez que Scarpia aparece, y convierten la metáfora musical en una experiencia en cada uno de los oyentes.

Tosca es un personaje lleno de contrastes y, por lo tanto, muy difícil de perfilar musicalmente. La vida la pone en una situación límite, y Puccini escribe una de las arias más conmovedoras para soprano: «He vivido solo para el arte y el amor. No he hecho mal a alma alguna». Tosca se pregunta: «¿por qué Dios me prueba de esta forma?». Tosca, cuyo destino es amar y vivir, se ve obligada a asesinar y a suicidarse.

Turandot

Turandot fue la última obra de Puccini. Trabajó en ella durante cuatro años, en condiciones deplorables, enfermo, desanimado y con el temor de no ser capaz de terminarla. Hasta el último aliento luchó el alquimista Puccini con su gélida heroína, buscando el modo de transformarla en una amante, convirtiendo en fuego el hielo de su corazón.

El argumento de la ópera es el siguiente: un edicto anuncia que el pretendiente de sangre real que pretenda casarse con la princesa Turandot deberá acertar las tres adivinanzas que ella le formule. Si no acierta, será decapitado. El príncipe Calaf, pese a ver en la pica las cabezas de sus antecesores, resuelve afrontar la prueba totalmente hechizado ante la belleza de la cruel princesa. El padre del príncipe y Liù, la esclava que le ama en silencio, quieren hacerle desistir de su idea, pero el príncipe insiste pertinaz. Él, finalmente, acierta las pruebas, pero Turandot no quiere entregarse a él.

A su vez, el príncipe no quiere poseerla contra su voluntad, sino que ambiciona que ella libremente le otorgue su amor. De modo que el príncipe le ofrece a Turandot devolverle su libertad si a la mañana siguiente adivina su nombre. Liù, la esclava, es la única que conoce su identidad, pero en un acto de amor heroico prefiere morir torturada antes que revelar su nombre. Turandot, conmovida, derrite el hielo de su corazón y descubre en su alma el amor que siente por el príncipe. El personaje de Turandot carga con la culpa de los tiempos, con la humillación y la degradación de su antecesora, que había sido violada mil años antes por un intruso. Es la culpa de la humanidad, la rueda de la venganza y de las acciones encadenadas lo que se deposita en este caso en Turandot, quien no se siente libre de renunciar al fatídico legado que le impide amar.

Pero ¿qué significado tenía para Puccini esta Turandot con la que sabía que se despedía del mundo? Probablemente, no es casual que en esta su última obra concurrieran los elementos simbólicos de la búsqueda del nombre, que la tradición identifica con la misma esencia de lo que cada hombre es, y la revelación de que ese nombre que estaba oculto detrás es el amor.

ACTO III

La ópera, maestra de vida

Puccini nos ha legado su obra viva y, con sus distintas heroínas, nos ha mostrado el alma femenina y sus atributos. Ellas son el corazón del mundo que recrea; alrededor de sus presencias, se teje la vida y la muerte. Representan el amor que mueve el mundo, la lealtad que es hija de la voluntad, que permanece firme en su palabra, aunque todo mude en derredor, personifican la esperanza que nos hace persistir, la alegría que aligera y que siembra de energía y de juventud cuanto las rodea, son el abrazo que protege y consuela, son la evocación de un ideal que las traspasa, de la belleza que necesitamos como el respirar.

Mimi, Butterfly, Tosca y Turandot nos han precedido; su dolor nos salvará del nuestro y su experiencia se convertirá en camino que nosotras podremos transitar. Sus cantos valientes nos han revelado que somos dueñas de nuestro destino, que las luchas y sufrimientos jamás son estériles, que en las noches más oscuras brillan las estrellas de amor y de esperanza y que el alba nos quiere vencedoras.

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