Arte — 21 de julio de 2026 at 00:00

La salud y el arte: armonía

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la salud y el arte

El universo se nos aparece ordenado, regido por leyes. Todo planeta o astro tiene su órbita y nunca choca con nada; todo tiene su tamaño, su velocidad y, según los antiguos, hay una inteligencia detrás que lo anima. Tanto en el micro como en el macrocosmos actúa una ley fundamental de la evolución que se manifiesta preferentemente en proporciones de números enteros.

Decían los pitagóricos que el universo ha sido construido con ritmo y armonía, y las esferas en sus giros ejecutan música. Según los pitagóricos, al decir: 0, 1, 2, 3, 4… estamos enumerando una sucesión, ponemos un orden, o sea, hay tiempo y hay algo que se está moviendo, se está trasladando, dirigiéndose hacia algún lugar. El número expresa el proceso de creación, diferenciación y evolución de las cosas.

Los egipcios tenían conocimiento no solo de todo el sistema solar, sino también de estrellas de gran magnitud, como Sirio A y Sirio B, entre otras. Prueba de ello es el estudio realizado por el astrónomo R. Mitchel sobre el ataúd de una momia egipcia en el que se encontraba la representación del sistema solar. Todo se halla en movimiento, es uno de los principios o facetas de la Gran Naturaleza Una. Maimónides hace referencia al «lugar natural»; cada ser en la naturaleza tiene un lugar que le es propio y donde se halla en resonancia perfecta con la vida, como la órbita de giro de un planeta; es su lugar, es su número.

Para Maimónides, el universo es un ser vivo, estructurado según el número 4, que es la base sobre la que se asienta todo lo manifestado. Las influencias que las estrellas vierten sobre el mundo sublunar, la tierra, el hombre, son también de cuatro tipos. Toda la actividad de las distintas almas o elementos depende de las virtualidades de las distintas esferas celestes, pero las esferas a las que se refiere no son las físicas, sino las figuradas; los antiguos llamaban a las estrellas «figuras», y debe entenderse figuras geométricas. Figuras que se entrelazan produciendo armonía o disonancias.

Los antiguos decían que cada astro es un número dotado de cuerpo. Este número 4 es el asiento, lo estable de todo lo que vive. Pero se intuye al omnipresente 7 detrás, simbolizado por la pirámide de base cuadrada. La estructura de la vida es septenaria. Los números serían los peldaños de la escalera que nos acerca al cielo (Isis) y la estrella que en él brilla (Seshat). Los números son seres vivos, reflejo de la diosa Maat, diosa del orden, la verdad y la justicia. Todo cuanto no se ajusta a la medida de Maat perece víctima del caos, devorado por el tiempo, que solo consume lo irreal. El 7 es Isis, que es representada en varias claves; en una clave es la Luna, cuyos ciclos de tiempo están regidos respecto de la Tierra por el número 7; por otro lado es la naturaleza y el alma de la tierra. Es la señora de los siete escorpiones, las siete pruebas para subir los peldaños de su escalera.

Según el poeta romano Lucano, del siglo II d. C.: «Con la creación del universo comenzó también la existencia de la danza, lo que significa la unión de los elementos. La danza circular de las estrellas fijas, la belleza del orden y la armonía en todos sus movimientos, es un modelo de la primera danza en el momento de la creación».

La danza ha sido siempre la manera natural del hombre de armonizarse con el poder del cosmos. El movimiento rítmico le proporciona la llave tanto para la creación como para la reintegración de las formas. La danza, como imagen corporal de creación, es la forma más antigua de la magia. En Egipto, la danza se consideraba una actividad sagrada caracterizada por su sello místico y simbólico. En algunas danzas egipcias se utilizaban el sistro y el collar menat para marcar el ritmo.

Las iniciadas en los misterios de Hathor tenían la misión, por medio de sus instrumentos, cantos y bailes, de transformar una fuerza peligrosa en energía creadora. La danza tenía una importancia ritual. Curiosas son las danzas astronómicas de gran belleza plástica que existieron en Egipto. El altar, colocado en el centro del templo, simbolizaba el Sol, y los danzantes significaban los signos del zodíaco, o los siete planetas, y giraban en torno del altar en el sentido de la evolución de los cuerpos celestes. Ante aquellos cuerpos en movimiento, sometidos a una rotación calculada, el espíritu debería elevarse hasta dar la sensación de hallarse flotando en el éter.

En Egipto, el canto y la danza no eran solo para las mujeres, pero las sacerdotisas debían iniciarse en estas disciplinas. La música se consideraba como un despertar del espíritu y una aproximación a las fuerzas ocultas de la naturaleza.

Gracias a la música, decía Mozart en La flauta mágica, era posible sortear el obstáculo de la muerte. Bach practicó durante mucho tiempo el rito de la «ofrenda musical», pues la sutileza de los sonidos formaba parte de los alimentos gratos a las divinidades; a través de la música era posible unirse a lo divino.

También había en Egipto unas cantoras e instrumentistas vinculadas a Hathor, la soberana del amor. Se identificaban con Maat, la armonía celeste que respiraban las divinidades. Estas mujeres músicas repelían todas las influencias nocivas para que nada impidiera que la estatua ejerciera su influjo. Los instrumentos más utilizados eran los sistros. La soberana decía que su sonido alejaría cualquier elemento hostil a la Señora de los Cielos, ya que Hathor imprimía su ritmo divino en el sistro que las instrumentistas hacían vibrar. Estas vibraciones producían un sonido que encantaba el oído de la divinidad y llevaba la alegría a la tierra. La campanas, al igual que el sistro, servían para atraer a los buenos espíritus.

Para los griegos, la danza era un medio de educación. Se concede a la armonía de movimientos y al ritmo corporal un lugar destacado no solo por la plasmación de su belleza plástica, sino por la influencia que el desarrollo armónico del cuerpo tiene en la salud espiritual.

Sobre todo en la India, donde la danza representa la creación del universo, el orden y la armonía, entre los innumerables tipos de danzas encontramos una pequeña variante de las danzas circulares, que son las danzas en espiral. La espiral es la imagen esquemática del universo en evolución, simbolizando la peregrinación del alma, su trayectoria y evolución aun después de la muerte. La Venus de Milo, que gira sobre sí misma en forma de espiral, es símbolo del alma que abandona los ropajes. La espiral representa algo más que un ciclo; por ejemplo, tenemos el caduceo de Hermes; dios de la medicina, la serpiente en forma de espiral.

  1. P. Blavatsky, refiriéndose a las formas espiraladas, dice de las pirámides y del zigurat: «Estas construcciones no son meras resultantes de un dictamen caprichoso, sino que obedecen a determinados cálculos orientados al servicio de una numerología sagrada». La danza es el resultado de una meditada observación de la naturaleza, donde todo se mueve rítmicamente describiendo figuras y marcando leyes. De ahí que la sección áurea esté presente no solo en la naturaleza, sino también en el cuerpo humano, en especies animales, en la arquitectura antigua, en el crecimiento de las plantas y en la música de los grandes compositores. Macrocosmos y microcosmos están regidos por una sola clave numérica; también en el hombre podemos detectar el número de oro, de ahí que, en la medida que se aproxima a dichos arquetipos numéricos, ciertas partes del cuerpo o toda la persona nos parece armónica.

Según los pitagóricos, hallar el ritmo en nuestro crecimiento es corregir los defectos de medidas y gracia. El alma del hombre como reflejo del alma del mundo debía lograr la armonía. Toda desarmonía era considerada por los pitagóricos como un desarreglo; del mismo modo, toda enfermedad era causada por una desarmonía, un error de cálculo, la salud es armonía.

El poeta alemán Novalis decía: «Cada enfermedad no es más que un problema musical. El médico tendría que saber encontrar la clavija correspondiente en cada caso y apretarla o aflojarla para afinar el instrumento, o sea, al hombre».

Vibración es ley, la música es vibración; vibración es movimiento y el movimiento es el elemento determinante de la vida de nuestro cosmos. Tenemos que armonizar nuestras diferentes dimensiones, unas con otras, afinándolas, entonándolas con nuestra conciencia como si fuera el director. El concepto de musiké en los griegos regía leyes conjuntas que conocemos solo teóricamente y en parte. Una de estas leyes conjuntas era el ritmo, y la medida fundamental de ese ritmo era el pulso del corazón. Hay, por lo tanto, en nuestro pequeño cosmos una belleza simple y profunda propiciada por las medidas y proporciones que tan solo un hombre tan natural y profundo como el griego era capaz de concebir. De Grecia, alrededor del 1200 a. C., procede el pensamiento del origen divino de la música a través de Apolo, Orfeo y Anfión, y de la lira, cuyo inventor fue Hermes. Ya en esta época la música era inseparable de las ceremonias religiosas, dedicándose la lira al culto de Apolo y el aulos (oboe) a Dionisos.

El cielo, la tierra y el ser humano están sometidos a la misma ley, la de la naturaleza. Se hablaba de la música ordenada del alma como de la música de las esferas, puesto que las proporciones numéricas se hallaban tanto en el macrocosmos como en el microcosmos. Platón compara el alma con las cuerdas de un arpa, siendo el cuerpo el marco en el que están tensadas. Si el cuerpo se pone enfermo, las cuerdas del alma se desafinan, y si son las cuerdas las que están demasiado tensas, se rompe el marco. Somos una parte de la naturaleza que puede integrarse en la gran consonancia. El pulso y la respiración se consideraron ya desde antiguo como la medida de tiempo fundamental para el hombre.

En todos los pueblos antiguos encontramos referencias sobre terapia musical, solo que rodeadas de un ropaje mitológico. En Palestina, hace aproximadamente mil años, David cura las depresiones de Saúl con su arpa. En Grecia, Homero cuenta cómo Ulises calma sus heridas a través de cantos; también en Grecia cantaban poemas a las enfermedades para curarlas. Se dice que Orfeo era un genio en la música y un gran experto en la curación de enfermedades. La peste de Troya se combatió con cantos. Y Apolo es el padre de las musas y de Esculapio, que es el dios de la medicina. Esta terapia del sonido es utilizada en Tíbet desde tiempos impensables. Los pitagóricos decían que la música era un medio psicohigiénico y terapéutico para alcanzar la armonía entre el cuerpo y el alma. Porque la música representa simbólica y prácticamente una manifestación de las leyes universales a través de las leyes análogas que la conforman (escala armónica, proporciones de números enteros).

Según Platón, hay dos principios en los cuales está basado nuestro mundo: el número como principio formativo y organizativo, y la materia como principio formable y organizable.

Si estos dos principios en el hombre están armonizados, dicha armonía es salud, belleza y bondad.

La medicina, la estética y la ética están unidas. El ideal de «una mente sana en un cuerpo sano», de un hombre bueno, bello y justo, sigue siendo una guía imprescindible para el hombre del siglo XXI. El bien específico de la música es que tiene la capacidad para introducir orden y belleza de forma perfecta en las acciones y en la vida. La música que escuchamos influye en nosotros según como somos y produce en cada uno de nosotros un determinado efecto dependiendo del estado de ánimo que tengamos. Si la persona que está escuchando la música es noble y de elevada cultura, se recrea a la luz de su visión de la bondad, la verdad y la belleza. Todas las modalidades del arte nos conducen primero a los tipos y después a los arquetipos, y nos acercamos a los arquetipos por medio de la comprensión que tengamos del arte.

Cuanto más se discipline el hombre para apreciar profundamente el arte, tanto más apresurará su evolución porque anticipará experiencias. Leer poesías hermosas purifica el carácter, lo mismo que cuando se contempla una flor, porque es, en cierto modo, un pensamiento divino. Otra característica sorprendente del arte es que misteriosamente rejuvenece. Una vez actualizada la naturaleza artística, el hombre se remonta a la eterna juventud, porque el arte trata con arquetipos, y estos influyen en nosotros y acrecientan nuestra imaginación. El creador imaginativo no envejece, ya que el arte confiere inocencia de mente y salubridad de espíritu, desapareciendo toda impureza.

Para poder vivir en un mundo más justo y más bello, debemos convertirnos en verdaderos artistas, porque el verdadero artista es el que introduce amor donde no hay. Podemos también recordar la frase de Sri Ram: «Las cuerdas de nuestra vida diaria son pocas en número, mas podemos hacer con ellas melodías infinitas».

Bibliografía

El arte y las emociones, Jinarajadasa.

El banquete, de Platón

Revista N.A. n.º 153 «Música y medicina», de Walter Gutdeutsch.

 

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