
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».
Cervantes escribió su gran obra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha con el fin de distraer al «desocupado lector», como él dice al principio de la novela, para que leyéndola «el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie ni el prudente deje de alabarla». Pero, además, también escribió Cervantes para otro tipo de lectores, buscadores de otras realidades, a los cuales él quiso transmitir entre líneas enseñanzas esotéricas que él adquirió a lo largo de su vida y que para nosotros siempre quedarán en el misterio, debido al silencio que él siempre guardó.
La historia de la pastora Marcela está insertada en los capítulos 12, 13 y 14 del primer tomo, como si fuese una novela que Cervantes escribió aparte y luego intercaló en el Quijote, siendo este un espectador de los acontecimientos acaecidos en el relato. Cervantes, en su obra, utiliza varios estilos de narración, y la historia de Marcela corresponde al tipo de novela bucólica o pastoril.
El discurso de Marcela es un canto a la libertad del alma, que quiere escoger una vida mística, elevada, pero también es un canto a la libertad física, del hombre que está encerrado por sus ideales, y de esto Cervantes sabía bien, ya que tuvo que sufrir en varias ocasiones la cárcel y el cautiverio. Pero, sobre todo, es un canto a la libertad de la mujer, que en la época de Cervantes estaba supeditada a los padres y al marido, en la más absoluta obediencia. Marcela es acusada de crueldad por no corresponder a los amores de Grisóstomo, el cual ha muerto por estar enamorado de Marcela y no ser correspondido. En cierta forma, la acusan porque su comportamiento no corresponde a la imagen sumisa que se espera de la mujer. Pero ella se presenta en el entierro y, con su discurso, consigue cambiar los prejuicios de los asistentes. El cambio se debe a la inteligencia de Marcela, que admira a los presentes, y también a los lectores de la novela.
Marcela demuestra que Grisóstomo (Hombre Gris) está fuera de razón, por suponer que el deseo del hombre tenga que estar compartido por la mujer; si así fuera, reinaría el caos de las pasiones y se perdería la moral y la razón. También acusa a Grisóstomo por no aceptar el derecho que ella tiene de ejercer su libre albedrío, de escoger su independencia, de querer vivir en el seno de la naturaleza para no someterse a las normas sociales que son injustas para la mujer. Por ello, en la actualidad, Marcela es un icono de la libertad de la mujer, libertad de escoger su vida, sus estudios, su trabajo, su matrimonio, con el derecho de ser ella misma por sus virtudes, por sus aptitudes, por su inteligencia…
Marcela es un personaje tan extraordinario, con tanta fuerza y personalidad, que son muchos los escritores que le han dedicado varias páginas en sus libros. No podemos mencionarlos a todos, pero, como representación, nombraremos al escritor Ortega y Gasset, que le dedicó un capítulo en su libro Estudios sobre el amor. Y a Concha Espina, que escribió la obra Mujeres del Quijote, donde nos dice de Marcela:
«Es para el arte pagano Artemisa, la hermana de Apolo, la casta diosa de los altos goces, llena de la gracia lunar, personificación de la celeste luz. Para el pensamiento cristiano es la virgen pulcra y austera, mística rosa de la soledad, peregrina del divino amor. Y es en el libro cervantino una hermana espiritual de don Quijote, una de esas “féminas inquietas y andariegas” soñadoras del ideal, a quienes persiguen con calumnias y alteradas voces el egoísmo, la rutina, los instintos impuros y crueles de la ciega multitud».
También hay escritores como Erna Berndt Kelley que piensan que, al crear Cervantes al personaje de Marcela, se inspiró en el mito de Astrea, diosa de la justicia, ya que el episodio de Marcela y Grisóstomo tiene como preámbulo la evocación de la Edad de Oro por parte de don Quijote, cuando este hablaba con los pastores. «Ciertos elementos del mito de Astrea, la última deidad que, según la mitología griega y romana, por la maldad e injusticia de los hombres, abandonó la tierra al final de la Edad Dorada para transformarse en la constelación de Virgo, los heredó Marcela».
Pero conozcamos, aunque brevemente, la historia de Marcela y Grisóstomo.
Estando don Quijote hablando con unos pastores, que le habían acogido e invitado a cenar, al ver unas bellotas, les habló de la Edad de Oro; una vez que terminaron, pidió a Sancho que le volviera a curar la oreja, que le estaba doliendo bastante. Viendo uno de los pastores la herida, le dijo que él le pondría un remedio con el cual sanaría. Estando en estos menesteres, llegó un pastor desde la aldea y les dijo:
«¡Grisóstomo ha muerto! Los pastores hablan, murmuran y cuentan que Grisóstomo ha muerto de amores, por aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el Rico, la que un día se fue a vivir al campo y se vistió con hábito de pastora. Grisóstomo había seguido estudios en Salamanca y era muy versado en astronomía, gran coplero y buen letrado. Pero así que vio a Marcela no tuvo otro designio que servirla y, despojándose del ilustre hábito escolar, se ciñó el pellico de pastor y puso todas sus ambiciones en merecer el amor de la bellísima pastora».
Don Quijote, junto con los cabreros, decide ir al lugar del entierro. Entre los asistentes a tan peculiar ceremonia fúnebre están los cabreros, vestidos de pieles, con barbas espesas y cabellos revueltos; también están los estudiantes que vienen de camino en sus trotones, dos gentileshombres, don Quijote y Sancho, y la gente del pueblo que había acudido al lugar. Es una representación que simboliza los distintos estamentos de una sociedad: trabajadores, aristócratas, estudiantes, curiosos, caballeros y escuderos.
«Los que allí estaban, vieron llegar, por la quiebra que dos altas montañas hacían, unos veinte pastores, todos con pellicos de negra lana, vestidos y coronados con guirnaldas que, a lo que después pareció, eran más de tejo y otras de ciprés. Entre seis de ellos portaban unas andas cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos que ocultaban por completo el cuerpo de Grisóstomo; lo llevan a enterrar al pie de la peña, junto a la fuente del alcornoque en la que vio por primera vez a la gentil doncella. La gente del pueblo murmura, hay expectación, el pueblo anda alborotado, porque los abades no quieren cumplir el extraño capricho de Grisóstomo, pues este entierro parece cosa de gentiles; pero sus amigos, los pastores, les instan a cumplir y que se lleve a término su último deseo».
Pero antes de seguir contando lo que aconteció en el entierro, conozcamos la historia de la joven pastora, tal como se la contaron a don Quijote cuando estaba con los pastores:
«En nuestra aldea hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandes riquezas, una hija, de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella cara que de un cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobre todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar.
Creció la niña con tanta belleza que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que le había de pasar la de la hija. Y así fue, que, cuando llegó a edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura se extendió de manera que, así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores de ellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Más él, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando su casamiento.
Y en lo demás sabréis que, aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las calidades de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa sino que por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer justas escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo aquí, cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio en guardar su mismo ganado.
Y, así como ella salió en público y su hermosura se vio al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores han tomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos. Uno de los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían que la dejaba de querer, y la adoraba.
Y así imitándola, muchos mancebos hidalgos y labradores han tomado el traje de pastor, y de tanto andar por esos campos, sus pasos van abriendo surcos por estas tierras, y en estos valles solo se oyen los lamentos de los desengañados que la siguen. No muy lejos de aquí, existe un lugar donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado el nombre de Marcela, y encima de alguna de estas inscripciones luce una corona como si claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece como prototipo de la hermosura humana. Hay quien se pasa las horas de la noche sentado al pie de alguna encina, sin cerrar sus ojos llorosos; embebido y transportado en sus pensamientos le halla el sol a la mañana. Y de este y de aquel, libre y desenfadadamente, triunfa la hermosura de Marcela.
Y que nadie piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún recogimiento ha dado indicio, ni por semejas, de que queda en menoscabo su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra que, de cuantos la sirven y solicitan, ninguno se ha alabado ni se podrá alabar de que le haya dado alguna esperanza de alcanzar su deseo. Que no huye ni esquiva la compañía y conversación de los pastores y los trata cortés y amigablemente; y en llegando a descubrirle su intención cualquiera de ellos, aunque sea justa y santa como la del matrimonio, los arroja lejos de sí como a un trabuco. Y siendo de esta condición, hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse, y así la llaman cruel y desagradecida.
Y todos los que la conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura tan extremada».
Así conoció don Quijote la historia de Marcela.
Es de destacar que cuando don Quijote se dirigía hacia el entierro de Grisóstomo, por el camino conoció a Vivaldo, un gentilhombre que también acudía al entierro en compañía de varias personas. Vivaldo le preguntó a don Quijote sobre su oficio y este le dijo que era caballero andante. Como nadie de los presentes entendió lo que quería decir caballero andante, don Quijote les pregunta si no han leído la historia del rey Arturo, ya que fue él el que instituyó la Orden de la Caballería de los Caballeros de la Tabla Redonda, orden que fue extendiéndose por diversas partes del mundo. Don Quijote dice profesar esa orden y por eso va buscando aventuras con el ánimo deliberado de ofrecer su brazo y su persona en ayuda de los «flacos y menesterosos».
Por las razones que dio, pensaron Vivaldo y los demás caminantes que don Quijote estaba sin juicio. Y Vivaldo le dijo:
—Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aun la de los frailes cartujos no es tan estrecha.
—Tan estrecha bien podía ser —respondió nuestro don Quijote—, pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, si va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena.
Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos del invierno. Así que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las a ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución sino sudando, afanando y trabajando, síguese que aquellos que la profesan tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo están rogando a Dios favorezca a los que poco pueden.
No quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado religioso; solo quiero inferir, por lo que yo padezco, que, sin duda, es más trabajoso y más aporreado, y más hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, a fe que les costó buen porqué de su sangre y de su sudor; y que si a los que a tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran, que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus esperanzas.
—De ese parecer estoy yo —replicó el caminante—; pero una cosa, entre otras muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando se ven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se ve manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tanta gana y devoción como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huele algo a gentilidad.
—Señor —respondió don Quijote—, eso no puede ser menos en ninguna manera, y caería en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya está en uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andante que, al acometer algún gran fecho de armas, tuviese su señora delante, vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie le oye, está obligado a decir algunas palabras entre dientes en que de todo corazón se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en las historias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarse a Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la obra».
En esta conversación iban cuando llegaron al lugar del entierro y ven que
«junto al cuerpo de Grisóstomo había unos escritos que iban a ser enterrados con él por deseo del mismo Grisóstomo; pero uno de los presentes no estuvo de acuerdo y cogió unos pliegos, y leyó en voz alta unos versos, que estaban dedicados a Marcela, donde este, llevado por los celos, hablaba del perjuicio de la fama y buen crédito de Marcela. Ambrosio, el amigo de Grisóstomo, cuenta que, cuando aquel escribió estos versos, estaba como ausente y carcomido por los celos, imaginando cosas de Marcela que no eran verdaderas y así ensució la fama y el buen crédito de Marcela; la cual, a pesar de su inocente crueldad con los pretendientes, de su parte un poco arrogante y un mucho desdeñosa, nadie puede ponerle falta alguna a Marcela, ni siquiera la misma envidia que siempre da rienda suelta a falsedades y calumnias».
Y en ese instante, en la cima de la peña en donde se labraba la sepultura de Grisóstomo, apareció Marcela, tan hermosa que excedía a su fama de hermosura. Ambrosio le inquirió si venía a mofarse de Grisóstomo, y Marcela respondió:
«Vengo, Ambrosio, a defenderme y a que sepan cuán fuera de razón están todos aquellos que me culpan de la muerte de Grisóstomo. Hízome el cielo hermosa, y esta hermosura os mueve a que me améis, y por el amor que me mostráis, decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros; no alcanzo a comprender que por ser amada por hermosa, he de amar a quien me ama. Y más, que podría ser que el amador de lo hermoso fuese feo y digno de ser aborrecido, queda muy mal decir: «Como te quiero por hermosa me has de amar aunque sea feo».
El verdadero amor ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más porque decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa, me hiciera fea, ¿sería justo que me quejara de vosotros porque no me amáis? Habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que fue el cielo quien me la dio, como una gracia, sin yo pedirla ni escogerla. Así, como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, aunque con ella mata, por habérsela dado la naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como espada aguda, que ni él quema, ni ella corta a quien a ellos no se acercan. La honra y las virtudes son adornos del alma sin los cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué ha de perderla quien es amada por hermosa al corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Fuego soy y espada puesta lejos de los que he enamorado con la vista, y he desengañado con palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, bien se puede decir que antes les mató su porfía que mi crueldad. Quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, se anegó en su propio destino. Ved si se me puede culpar de su pena. El cielo, aún hasta ahora, no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan para su particular provecho; y entiéndase de aquí en adelante que si alguno por mí muere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno puede dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta por desdenes.
Si yo conservo mi limpieza en compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie, ni engaño a nadie ni busco a nadie, ni me burlo ni me entrego a ninguno. La conversación honesta con las zagalas de la aldea y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera».
Y diciendo esto se adentró en lo más cerrado del monte, dejando admirados a los que allí estaban. Algunos dieron muestras de quererla seguir, sin haber atendido a las palabras de Marcela.
Visto esto por don Quijote, le pareció bien usar de su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas. Puesta la mano en el puño de su espada, en alta voz dijo: «Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía».
Y así podemos ver, en la bella historia de Marcela y Grisóstomo una serie de hechos y símbolos tradicionales.
Por ejemplo, los padres de Marcela; ella es hija de Guillermo el Rico, donde hay que destacar la terminación del nombre «ermo», asociándolo al hermetismo, corriente filosófica tan presente en la época de Cervantes. Y la madre de Marcela tenía una cara «que de un cabo tenía el sol y del otro la luna, y murió de parto».
Y con su madre tenemos otro símbolo: el sol y la luna unidos, o sea el andrógino hermético, la piedra filosofal, llamada Rebis, o, en términos alquímicos, la unión entre el azufre y el mercurio. Marcela, al estar relacionada con la androginia, es un signo de la totalidad y símbolo de la plenitud, de perfección espiritual. Esto ayuda a comprender que Marcela se baste a sí misma, que sea independiente, porque la perfección humana solo puede ser imagen de la divina. Marcela integra en sí el conocimiento, el saber; por eso Grisóstomo, cuando la conoce, deja su vida anterior, como los demás pastores.
Significativa es la frase «Marcela salió de casa de su tío el cura para ser libre y vivir en la naturaleza»; y es que siempre se ha dicho que la sabiduría está en la naturaleza, y en sus secretos ha buscado la filosofía el conocimiento. La sabiduría es libre, ha estado en todas las épocas, en todas las civilizaciones, y no se ha casado ni con religiones ni con políticas que atienden antes a sus intereses propios que a los del hombre.
«Lo llevan a enterrar al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque en la que vio por primera vez a Marcela». Con la descripción del lugar, vemos diferentes símbolos muy representativos de la tradición hermética y alquímica.
* La peña o piedra, que tiene una gran relación con el alma, la cual aspira al encuentro con la sabiduría o piedra filosofal, que lleva el signo del sol, porque es su hija, y que es el primer peldaño, el escalón o corona de Isis, que permite elevarnos hasta los más sublimes conocimientos. Y por las verdades que revela al filósofo, le permite dominar los sufrimientos morales que afectan a los otros hombres y vencer los dolores suprimiendo la causa y los efectos de gran número de enfermedades.
* La fuente o el pozo donde están las aguas de la sabiduría, donde siempre hay una mujer que da de beber al sediento de conocimiento. Tales de Mileto decía: «Dios es ese espíritu que ha formado todas las cosas del agua». Es una tradición constante que la fuente de la juventud nazca al pie de un árbol, y que por el movimiento de sus aguas conceda el perpetuo rejuvenecimiento. Pegaso, entre otras acciones, hizo brotar de una coz la fuente de Hipocrene, de tal manera que el corcel alado de los poetas se confunde con la fuente hermética cuyos caracteres esenciales posee: la movilidad de las aguas vivas y la volatilidad de los espíritus.
* Y el árbol, que puntualiza que es un alcornoque, el cual pertenece a la misma familia que la encina, árbol muy sagrado para los druidas y también para los griegos. Ferécides nos habla de la encina sagrada, en cuyas frondosas ramas moraba una serpiente (esto es la sabiduría). Es el árbol del vellocino de oro, es el árbol de la ciencia del bien y del mal del Paraíso. El eje del mundo, el centro; por eso, al comienzo del capítulo de Marcela, don Quijote, al contemplar una bellota (semilla de la encina), dice un magistral discurso acerca de la Edad de Oro, que es la Edad del Sol, de la luz, donde el hombre encontrará el Paraíso, palabra de origen persa o caldeo que quiere decir ‘jardín delicioso’. Hesíodo dice que los dioses han hecho las encinas especialmente para los justos y que, para estos, su clima da bellotas, y abejas su tronco. Estos tres símbolos unidos a la figura de Marcela nos hablan de los cuatro elementos. Ella misma nos dice: «Fuego soy y espada puesta lejos».
«Fuego soy y espada puesta lejos». Otras dos expresiones muy significativas: Fuego y espada, sabiduría y ley, xonocimiento y justicia, gran ideal a alcanzar por el hombre, el fuego del filósofo, nacido de la inagotable Fuente Celeste. Es ese Fuego de la madre naturaleza el principal artesano de la Gran Obra. Es el fuego que quema lo superfluo, lo inútil, pero que regenera y revive aquello que es inmortal en nosotros, porque ha quitado el lastre, ha purificado al hombre y, así, el fuego actúa en nosotros como una espada que simboliza la justicia, el sol y también esa energía del Espíritu Universal que nos va transformando.
Espada, que en griego significa ‘espátula’, que en manos del artesano sirve para modelar y dar una forma bella.«Pero a Marcela nadie puede ponerle falta alguna, ni siquiera la misma envidia que siempre da rienda suelta a falsedades y calumnias». Sabido es que, desde siempre, la sabiduría ha sido perseguida, poco comprendida, acusada y traicionada muchas veces por aquellos que la desean y no pueden alcanzarla. Muchos son los ejemplos históricos en los que grandes Maestros de la humanidad han sido perseguidos, como Sócrates, Hipatia o Giordano Bruno, que fue denunciado por Giovanni Mocénigo al Tribunal de la Inquisición y quemado en Roma cinco años antes de que se publicara la primera parte del Quijote.
En la época de Cervantes, el humanismo trabajó para transmitir los ideales del hombre, recuperando a los escritores clásicos, como Cicerón, Séneca, Platón y Virgilio, al cual admiraba tanto Cervantes. Pero la intolerancia, la intransigencia y el fanatismo se cobró muchas vidas humanas por impedir este renacimiento.
«Muchos son los mancebos que han tomado el traje de pastor y que pasan las horas sentados al pie de alguna encina». Muchos son los que desean la sabiduría, pero pocos están dispuestos a servirla con abnegación, con amor, sin pedir nada a cambio, como don Quijote, que, enamorado de la justicia, puso su espada para defender la causa de Marcela. Y fue un loco quien lo hizo; pues ¡divina locura!
«No hay ningún árbol que en su lisa corteza no tenga grabado el nombre de Marcela y encima luce una corona como si claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece como prototipo de la hermosura humana». La corona, promesa de vida inmortal y luz que ilumina el alma de quien ha triunfado en un combate espiritual. La pastora Marcela es la belleza, es la luz, una hermana espiritual de don Quijote, soñadora de un ideal, que se hizo pastora, nombre que siempre ha designado al conductor de almas. Es como el rey que lleva a su pueblo hacia Dios; y es sabio porque es observador del cielo, de las estrellas, de la Luna y el Sol; y es el Maestro porque enseña a su gente todo lo que conoce. Por eso escribían su nombre con una corona, porque es soberana, es el principio de todos los principios, la sabiduría misteriosa, la corona de todo lo que hay más elevado.
«El cielo no ha querido que yo ame por destino». El destino no nos ha hecho sabios, pero «ella no huye ni esquiva la compañía ni la conversación». Podemos conocerla, andar junto a ella, ayudarla a triunfar en los corazones de los hombres, pero no degradarla, no utilizarla para nuestros propios fines y no rebajarla con nuestra propia pequeñez.
Giordano, hablando de la verdad, pues también así se llama a la sabiduría, dijo:
«La Verdad es la cosa más sincera, más divina de todas, incluso la Verdad es la Divinidad y la sinceridad, la bondad y la belleza de las cosas; ni por violencia se quita, ni por antigüedad se corrompe, ni por ocultación disminuye, ni por ocultación se disipa; pues el sentido no la confunde, el tiempo no la arruga, el lugar no la esconde, la noche no la interrumpe. No necesita defensores y protectores para defenderse; ama la compañía de pocos y sabios, no se muestra a aquellos que no la buscan por ella misma y no quiere declararse a aquellos que humildemente no se le presentan, ni a todos aquellos que la inquieten fraudulentamente, y por eso ella mora tan alta, allá donde todos miran y pocos ven».
Cervantes a través de sus obras, siempre nos ha dado un mensaje de amor hacia ese eterno ideal de justicia y de sabiduría, que don Quijote siempre se esforzó en enseñarnos a través de sus experiencias, sus logros y su ejemplo; quizás también nos muestre el camino para alcanzarlas, pues son el mejor camino para llegar a la libertad.
Bibliografía
Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes.
En torno a la «maravillosa visión» de la pastora Marcela y otra «fiction poética», Erna Berndt Kelley. Smith College Northampton, Mass.
Expulsión de la bestia triunfante. Giordano Bruno.
Isis sin velo I, H. P. Blavatsky.
Marcela y el principio de autodeterminación. Hans Jörg Neuschäfer del libro El Quijote en clave de mujer/es. De Fanny Rubio.
Mujeres del Quijote. Concha Espina.



















