
«Y ordeno que en la morada se haga un corazón para que uno pueda aproximarse y alejarse de algo» (Saint Exupéry).
La idea de simetría en la teoría de la relatividad (conocida como simetría de Lorentz) nos dice que las leyes físicas son iguales independientemente del movimiento al que se esté sometido. Este concepto justifica que cada observador pueda considerarse a sí mismo un objeto en reposo, y nos acerca a comprender la experiencia plena en que la conciencia es centro. Seguro que todos hemos experimentado ese momento en que encontramos quietud y serenidad (¿zen-renidad?) sin importar lo que pase fuera.
En la física, los resultados diferentes que se obtienen cuando yo mido y cuando tú mides son así simplemente porque el entorno ha cambiado. Aunque no nos separe un abismo, entre tú y yo existen lugares y momentos únicos que crean un nuevo espacio-tiempo. En el año 1905 Albert Einstein propuso el ejercicio mental conocido como la paradoja de los gemelos, la cual, por un lado, nos ahorra mucho dinero en cirugía plástica, pero por otro, nos deja tantas preguntas que de igual manera se nos arrugará la frente. A nivel biológico, autores como Humberto Maturana y Francisco Varela han teorizado cómo a partir de las interacciones de un sistema (vivo) con el ambiente que le rodea puede surgir el aprendizaje. Es decir, que aquello que ocurre externamente, al ser interpretado por alguien (o por algo), se convierte en su propio asunto. Con intención, he conservado los paréntesis para que el siguiente ejercicio nos sirva como boleto de entrada a un lugar más grande y misterioso…
Tenemos ya una pregunta y es cómo una bacteria, una planta, un pajarillo o un mineral son capaces de diferenciar el límite de hasta dónde llega cada uno y dónde empieza el entorno. Varela explica que el primer límite o membrana que se forma, antes invisible, en el momento en que se delimita, será amigable con su medio, pues hasta hace dos segundos formaba parte de él; ese «nuevo nivel», aun cuando posea su propio sentido y significado, para crecer y madurar ha de respetar las reglas de la matriz en que se desarrolla. Existe ahora una membrana que divide el interior y el exterior, y desde entonces habrá dos mundos. Dos lugares diferentes en el espacio, dos realidades físicas y químicas. Ahora hay algo que observa y algo que puede ser observado.
Por la diferencia entre «conocedor y conocido» pregunta literalmente Arjuna, el héroe legendario del Bhagavad Gita; la respuesta es al mismo tiempo psicológica, mística y cuántica:
* El campo (kshetra). La materia-energía incluye los elementos que la constituyen físicamente (mahabutas), y también lo inmanifestado (estos son los que la constituyen potencialmente). Agregamos además la autoconsciencia, la capacidad de discernir y la mente con sus propios atributos y facultades (por ejemplo, los sentidos). Adelantándose miles de años a la neurociencia y a nuestra física de partículas, el Gita dice que emociones o fuerzas tales como el deseo, el rechazo, el dolor o la voluntad son capaces de modificar ese campo. No será hasta principios del siglo XX cuando Thomas Young, con su experimento de la doble rendija, demuestre que efectivamente es posible afectar la realidad. A día de hoy, ya nos es familiar escuchar hablar del poder de las intenciones.
* El conocedor del campo (kshetrajna), se refiere a la capacidad de conocer más allá, una consciencia expandida. En algunos seres, el conocedor está desarrollado, y en otros está latente. En los primeros, este elemento superior, que en sánscrito se llama Atma (y se suele traducir como espíritu), «les ilumina como el sol ilumina al mundo».
En la selva tropical de Sumatra existe una flor gigantesca cuya fama viene de algo más que su tamaño (que, por cierto, llega a los tres metros). La Amorphopallus titanum es conocida como la flor cadáver. Nos cuentan que es polinizada por moscas e insectos coprófagos y, para ello, es capaz de imitar el olor de la carne descompuesta. Su cóctel secreto incluye trimetilamina (esencia de pescado podrido), ácido isovalérico (dicen que recuerda al queso rancio, característico del olor a pies sucios), trisulfuro de dimetilo (como al sobrecocinar brócoli) y disulfuro de dimetilo (basta decir que es inflamable y que en la industria se usa para controlar plagas). Aparte de los venenos químicos y el brócoli, cuando las dos primeras sustancias están asociadas al ser humano, solemos referirnos a una enfermedad metabólica. Lo resumimos despacio: esta flor no solo crea químicamente olores nefastos, sino que los combina en proporción exacta y logra reproducir el olor de la carne podrida para atraer a unos polinizadores especializados, (porque si algo se echa en falta en las selvas tropicales es, sin duda, la falta de formas de vida…). Agreguemos a esto que su espádice (la parte conspicua que en su nombre acompaña a amorfo) se calienta automáticamente para liberar los aromas. Esta capacidad espontánea de superar, hasta en 11ºC, la temperatura ambiente se conoce como termogénesis. Para lograr algo así, ella misma fabrica enzimas oxidantes que hackean un proceso originalmente diseñado para producir energía y que le permiten liberarla en forma de calor (como un difusor eléctrico). Los botánicos explican que el hecho de que la planta invierta tantos recursos (e insólitos) en un espectáculo que dura solamente dos días es la razón por la que tarda de siete a diez años en florecer por primera vez, y luego lo hace cada cuatro años (con la esperanza, además, de que otra esté floreciendo al mismo tiempo en ese momento para permitir la polinización cruzada, porque no se autofecunda).
Somos libres de imaginar los infinitos intentos aleatorios necesarios para que la naturaleza produzca un engendro así; de hecho, se le ha descrito como una adaptación evolutiva extrema…
Sin embargo, lo que más debiera inquietarnos ahora mismo es imaginar de dónde ha tomado la inspiración. ¿Cómo sabe una flor a qué huelen los cadáveres para poder imitarlos? Si nos colocaran en un laboratorio de materias primas, sería difícil imaginar que lograríamos fabricar con la misma precisión ese mismo olor (y eso que nosotros tenemos nariz). Este es un ejemplo impactante que nos puede hacer imaginar por qué muchos pueblos antiguos hablan de inteligencia en el universo: si hay objetivos y finalidad, sin duda existe un plan en alguna parte. Para ellos, era evidente que las formas son la expresión de ideas.
En el año 2010, los biólogos Craig Venter y John Glass cambiaron el material genético de una bacteria (la Mycoplasma mycoides) por el de otra especie (la Mycoplasma capricolum), que además había sido manipulado por encargo, lo que justifica el gran anuncio de «genoma sintético». El hecho de que una célula, a manera de un ordenador, pueda ser «reiniciada» por un nuevo software nos hace reconocer, en la práctica, que la vida parece ser una propiedad relacionada con el orden correcto de la materia. Pero este orden parece casi mágico cuando nos vemos obligados a reconocer en él características tales como:
* Robustez: la fortaleza flexible de los sistemas vivos les hace tener planes secundarios de emergencia, como las vías metabólicas alternativas para alcanzar objetivos con una capacidad de precisión que dista mucho del resultado de golpes ciegos. En algunos casos, como el del corazón humano, incluso plan C y plan D.
* Regularidad: un organismo o un sistema mantiene su identidad en el tiempo, resuelve problemas y aprende de ellos. Esto nos habla de un sistema dinámico capaz de reestructurarse y al que la experiencia le enriquece.
* Aprovecha los elementos disponibles del entorno, y además es capaz de decidir qué debe conservarse y qué elementos deben ser cambiados, como si contara con algún criterio que le permite reconocer qué elementos representan un daño y cuáles no. Por ejemplo, el nivel de destrucción en que considera una araña que la tela necesita repararse.
* Es autosuficiente, produce los materiales y los componentes que necesita, como si una máquina fabricara sus propias piezas.
* Se comunica con otros seres o con otros sistemas, en unas relaciones sociales que modelan comportamientos y donde existe intercambio de materiales.
Este orden especial que llamamos vida no solo se conforma con existir, sino que, por todos los medios, insiste en continuar haciéndolo.
El investigador Stuart Kauffman utiliza la elegante esdrújula autocatakinéticos para describir estos sistemas que existen como un flujo continuo cuyo movimiento surge gracias a transformaciones internas propias. A diferencia de la materia que reconocemos inerte, la potencia de lo vivo parece determinada de antemano, tiene una dirección natural. La palabra teleología incomoda al gremio científico porque hablar de propósito y de plan: implica inteligencia. Automáticamente solemos imaginar un arquitecto, pero tal parece que, desde los tiempos de Aristóteles, tranquiliza más imaginar un motor. Aunque el maestro de Alejandro Magno, en su obra Poética, nos enseñó que los artificios deben mantenerse fuera de la escena, le restamos puntos al anotarse un deus ex machina, literalmente.
Si «el desenlace ha de surgir del propio argumento», la idea de que el orden determina la vida y, recién surgido aquello, ya tiene impresa inteligencia, memoria, capacidad de respuesta, se comunica y es autosuficiente, dado que el sistema se ha diferenciado a partir del propio medio, sus cualidades deben haber emergido de él. La forma no puede surgir por completo independiente del entorno que la limita, del entorno que la ha generado. En una antigua versión de la creación, el dios Brahma crea a partir de su pensamiento, todo existe ya en él, pero solo puede comprenderlo y diferenciarlo cuando le surge de dentro, cuando lo observa: lo comprende.
Mirando, aun sin atención, comprobamos que los procesos biológicos son cíclicos. ¿Acaso no lo serán también los seres vivos? Y así, tal vez, periódicamente, lo manifestado regresa a lo invisible y de nuevo todo vuelve a empezar. El Campo se separa de su Conocedor, simplemente para que este lo pueda contemplar y comprender. O quizá para que este pueda comprenderse a sí mismo mirándose desde dentro con los ojos de fuera.
Pero, silencio ahora; me parece que en algún sitio, está a punto de abrirse una flor…
Referencias
Besant, Annie. Bhagavad Gita. Ed N.A 1981.
Pardilla, Julio. El Bhagavad Gita. Edicomunicación S.A, 1998.
Greene, Brian. El universo elegante. Editorial Crítica-Planeta, 2006.
Nogueroles Jové, M. (2022). Humberto Maturana: Ciencia, educación y democracia desde la biología del amor. Bajo Palabra. Revista de Filosofía, (30), 139-154.





















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