Culturas — 13 de marzo de 2026 at 00:00

Las geishas: el mundo de las flores y los sauces

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Las geishas

Vamos a intentar adentrarnos en ese enigmático y misterioso mundo de las geishas, conocido como «el mundo de las flores y los sauces».

Para ello tendremos que hacerlo, poco a poco, muy lentamente, como esos pasos lentos al caminar tan propio de las geishas.

No pretendamos en este breve artículo intentar comprender un mundo desconocido y tan diferente para nosotros como es el Japón, sino, más bien, reconozcamos que hay un abismo en el tiempo y en el espacio, e incluso culturalmente entre ellas y nosotros.

Por ello, intentaremos no tanto comprender sino, más bien, respetar una forma de vivir y de sentir diferente a la nuestra. Para comprender a las geishas, tendríamos que conocer Japón, porque ningún tópico cultural relevante puede describirse aisladamente, como si no formara parte de toda «una red de significados»; por ejemplo, una misma palabra tiene significados completamente diferentes para ellas que para nosotros.

Tal vez, el mundo de las flores y los sauces siga siendo un tópico fascinante, pero sigue diciendo más acerca de las obsesiones occidentales que sobre las propias geishas.

«El secreto para comprender la esencia de la vida consiste en aceptarla como es, con toda su verdadera concreción» (Kuki Shuzo, Ikino Kozo, 1980).

Origen, vínculos que unen

A principios del siglo XVII se estableció la dictadura militar en Japón. El largo período anterior de conflictos y de guerras civiles iba a ser reemplazado, no solamente por el orden y la prosperidad, sino por dos siglos y medio de paz interior.

Tras las viejas épocas de nobles y guerreros, este era un momento de comerciantes y nuevos ricos, herederos de una tradición artística y estética, y se iba a ir forjando una cultura refinada y plebeya a la vez, audaz y creativa, enamorada del teatro y los placeres. Así nació, en Edo, un barrio de diversiones llamado la «ciudad sin noches».

No se trataba de un barrio de geishas, estas todavía no existían. Pero era posible encontrarse frente a unos seres extraños y fabulosos por su lujo, su arte y su celebridad, llamadas las Tayu. Tenían un alto nivel cultural y practicaban todas las artes. Las Tayu fueron disminuyendo poco a poco, y surgieron otro tipo de personas dedicadas al mundo del arte y del espectáculo, profesionales independientes; pero muy pronto se les exigió que pagaran sus impuestos y se organizaran, se les impuso un horario, normas de vestuario… Lo único que faltaba era buscarles un nombre y terminó por prevalecer el de geishas, tanto para hombres como para mujeres Gei, por ‘arte’ y Sha, por ‘personas’, o sea, personas dedicadas al arte.

Los geishas hombres eran malabaristas, acróbatas, no fueron muy numerosos y terminaron pronto por desaparecer.

La carrera de las geishas femeninas comenzaba su ascensión. Y como tales aparecen a finales del siglo XVIII, y poco a poco surgirán los «barrios de geishas». Normalmente vivían como pupilas de una antigua geisha, a quien llamaban Mama-San o Okasan; y la vivienda se llamaba Okiya, y denominaban Onesan a la hermana mayor, o a cualquier geisha que poseyese mayor antigüedad. Ambos términos se utilizan por respeto. Cuando una geisha habla de su hermana mayor, se refiere a una geisha de más antigüedad con la que se «casó» en una ceremonia que las unía como hermanas. La hermandad es básica en la sociedad de geishas.

Pero ¿qué significa «ser hermanas» y «casarse»?

Lejos de poseer un significado de igualdad, puesto que se es hermana mayor y hermana menor, esta palabra implica «jerarquía». Una geisha nueva se convierte en hermana menor de una geisha más experimentada, y de manera natural y aceptada forman una pareja desigual. El uso de estos términos de parentesco no tiene la misma carga sentimental que para los occidentales, sino que definen los grupos desiguales pero complementarios que suponen la base de la sociedad de las geishas.

«Una taza de sake, el principio de una amistad…».

Este hermanamiento se realiza mediante una ceremonia, representación del ritual del Sansan-Kudo, o «tres veces tres, nueve veces», porque se toman tres sorbos de sake de cada una de las tres tazas esmaltadas que se van ofreciendo entre la Maiko (aprendiz de geisha) y la geisha mayor. Para los japoneses, «compartir» sake es crear un vínculo profundo y solemne, que se denomina «en musubi», encuentro de los destinos. Un «en» es un vínculo entre personas, normalmente un vínculo creado y no uno natural. El significado budista de «en», karma, impregna la noción de relaciones humanas. Si se tiene un «en» con alguien, existe una especie de afinidad especial. Un grado mayor es el «vínculo de en» (en musubi), que crea un lazo que no puede romperse con facilidad.

También existía una ceremonia para celebrar la salida, si era honrosa, llamada «Hiki Iwai», o «celebración de la retirada».

¿Cómo se anulan los vínculos forjados? Con nueve sorbos de licor de arroz. Con arroz hervido. Una geisha que abandona la comunidad debe regalar una cajita de arroz hervido a su hermana mayor, a su okasan, a sus profesores y a todos aquellos a quienes debe agradecer sus lecciones y su generosidad. Este acto desanuda los vínculos que la unían como geisha.

La hermana mayor debe hacer de modelo de la hermana pequeña y responsabilizarse de enseñarle el comportamiento propio de una geisha. Antiguamente se enseñaba a través de Minarai, «aprender a través de la observación», que implica acostumbrarse de forma progresiva al mundo de la geisha por el método de estar junto a otras geishas, y desarrollar de forma gradual la paciencia.

Requisitos

«Incluso son más maravillosas aún, cuando caen, las flores del cerezo. ¿Hay algo que perdure en este doloroso mundo?».

A una geisha se le pedían cuatro cosas: ser bellas, reflejo de la armonía interior; no conocer nada que fuera vulgar; vivir en un mundo de amor y elegancia; practicar un arte sobrio.

Una de las reglas era «nada de asuntos amorosos». Su arte era lo primero. Había que conocer el amor pero saber dejarlo atrás. A la geisha le faltará refinamiento y fuerza si no vive esta experiencia. Por tanto, ¿cuál era la mejor escuela para una geisha? Era la superación del amor.

Esta es la razón por la que antiguamente se decía que el fruto del amor eran las lágrimas, lágrimas de renuncia. Quizás nos falte un poco de sano romanticismo para ver en ello algo hermoso y muy profundo a la vez.

Había unas reglas en el arte de la conversación: ser amable, y por lo tanto no abrir el corazón; no decir todo lo que se piensa, sino solo lo que pueda agradar; saber intuir qué es lo que el otro necesita y decírselo.

El ideal de geisha consiste en ser y en poseer iki. Implica toda una filosofía de vida. El iki fusionaba la emoción humana con los ideales estéticos, relacionaba todas las artes de la época y convertía su propia vida en un instrumento de su arte. A principios del siglo XIX, el mayor elogio que podía recibir una geisha era que se la considerara iki. Tener iki implicaba sinceridad, pero una sinceridad compleja y no la devoción ciega, ser refinada pero no falta de entusiasmo, inocente pero no ingenua. Para que una mujer fuera iki necesitaba tener cierta experiencia y haber saboreado tanto la amargura como la dulzura.

También debían poseer Shibumi, que es actuar en la vida de una forma «natural» en todas las circunstancias, sin miedo pero sin ostentación; con autoridad pero sin crueldad, con modestia pero sin recato. Se trataría de actuar con la máxima sencillez y la máxima normalidad.

Antes de ser geishas, primero eran maikos, es decir, aprendiz de geisha. Maiko significa ‘hija de la danza’. Antiguamente se decía que, para tener una carrera brillante, había que dar el primer baile a los seis años y después continuar durante seis años más. La función de las maikos era acompañar y ayudar a las geishas en sus funciones. Las maikos se levantaban al amanecer para prepararse para su trabajo, es decir, asistían a diversas clases, tanto en la escuela de maikos como en casa de los diferentes maestros de danza, música, etc.; prácticamente, unían sus clases con su trabajo, que duraba hasta avanzadas horas de la noche.

Para los japoneses, la fiesta de las geishas es la cortesía indispensable que se creen obligados a ofrecer a sus honorables invitados. Cuando llegan los hombres, todo ha sido preparado de manera admirable para recibirlos. Ellos, quizás se sintiesen los amos en aquel momento al verse rodeados de una élite femenina, bella, encantadora y talentosa. A su alrededor todo son reverencias, atenciones y amables alabanzas. Pero es el canto de las sirenas, y ellos han sucumbido ante su llamada. Helos aquí cogidos en las redes de una conspiración minuciosamente planificada por ellas, pero no con el objeto de hacerles daño, sino justamente todo lo contrario, para enseñarles cosas que no tienen precio y que a menudo no tienen ocasión de conocer de otro modo, como la calma, la sonrisa, la dulzura y su arte.

La imagen de las geishas como esclavas sonrientes de los hombres es un absurdo estereotipo forjado fuera de Japón, puesto que no son camareras, ya que esta función la realizaban otras mujeres. Su función es más ceremonial que funcional.

Las geishas deben ser dúctiles, pero no sumisas, para adaptarse sin problemas a muchas situaciones y a las personalidades de los clientes. También poseen un fuerte sentido de la lealtad.

Estética

«Cuando los colores de una tela no concuerdan con las estaciones, se tiñen las flores de la primavera y del otoño, todo el esfuerzo es inútil como el rocío».

¿Qué es lo que enseña a sus pacientes adeptas esta educación de geisha?

Antes que nada, las hace sacerdotisas de la estética. La estética es una llave maestra en este país, no solo se encarga del aspecto estético del cuerpo y de los objetos, sino también de la conducta de los hombres, de su vida social, política y moral.

Lo importante no es destacar sino estar en armonía con lo que nos rodea, tanto en la naturaleza como en la sociedad, como con nosotros mismos. Rodearse de bellos objetos y buscar la armonía de las personas, desconfiar de las innovaciones del arte, temer las reacciones incontroladas: estas son algunas nociones de la estética japonesa, saber qué es lo que se debe hacer en cada momento del día, no hacer del arte una constante invención personal, sino al contrario, apreciarlo conforme a los modelos reconocidos, pues todo ello nos conduce al estilo.

Una de las características de esta educación es que desarrolla en la mujer japonesa todos los aspectos de la femineidad. La noción de lo unisex, vista desde el antiguo Japón, es una herejía chocante y absurda. La sociedad de este país poseía parte de su realce, e incluso de su riqueza, en el acusado contraste entre virilidad y femineidad, entre damas y caballeros.

La mujer japonesa cultivaba un arte que constituye uno de los elementos de su encanto, «el arte del gesto». A las geishas se les enseña que el gesto degenera a menudo en gesticulación si este no entraña un estilo. Debe tener clase, o sea, debe obedecer a las reglas del arte y de la estética. Este arte es practicado desde muy temprana edad por las niñas, por ejemplo: cómo recibir un objeto de valor con ambas manos, cómo arrodillarse sobre una estera, cómo sostener un bol, cómo realzar el frunce del kimono solo con la mano izquierda, que es la mano especial de las geishas: o sea, el difícil y gran arte de los pequeños detalles.

Las geishas tienen gestos propios que solo les pertenecen a ellas; como el manejo de sus mangas, los pequeños pasos al caminar, y hasta una forma muy curiosa y difícil de inclinar el cuello hacia la izquierda o a la derecha sin que el rostro pierda jamás su verticalidad. Una mujer que ha sido geisha nunca lo podrá ocultar, siempre se sabrá por sus gestos.

Tenían sus disciplinas y sus prohibiciones, a las que estaban sujetas; por ejemplo, una geisha no se podía reír, se tenía que tapar la boca con la mano, pero sí sonreír, no hablar de comidas, no usar anillos, joyas ni perfumes (pues altera el gusto de la comida japonesa y el aroma del sake). Tenían un código de honor no escrito, en el que las geishas no podían divulgar lo que se hablaba en su presencia.

Pero la obligación más difícil de esta vocación era estar representando, todos los días de la vida, por lo menos tres veces por noche el verdadero arte de ser una geisha. Estar obligadas, lloviera o tronara, estando de luto o con problemas personales, a la primera de las órdenes: ¡ser bellas, alegres, transmitir el amor y su arte!

¿Aún pensamos que las geishas son unas figurillas de porcelana, que simplemente de mirarlas se pueden romper? Justamente, la fuerza de las geishas estaba en su aparente fragilidad, estaba en su corazón, ya que por amor eran capaces de renunciar a ellas mismas, de poner una sonrisa y dulzura a su alrededor, en medio del dolor. Una de las características que llama más la atención de ellas es su suavidad, pero no olvidemos que en este país prima la cortesía, se es suave por fuera pero duro y fuerte por dentro, como son las geishas. Ellas no hacían ostentación de su vida ni del esfuerzo y sacrificio que ello conllevaba.

Tradición «geisha cantora»

Las geishas son el símbolo de la tradición japonesa. Eran las encargadas de transmitir sus costumbres, sus ancestros y sus tradiciones, es ahí donde reside su esperanza. La conservación de una tradición única es la contribución social de las geishas al Japón.

Otras de las funciones menos conocidas de las geishas era acompañar a los guerreros al campo de batalla, infundiéndoles ánimo con sus cantos. Formaban en las filas con los propios guerreros, e iban enardeciendo la bravura de los soldados, ensalzando con sus cantos y sus cítaras el sentido del honor y de la gloria.

Esta es la historia de una geisha llamada «Flor de Primavera», alrededor del año 1868, época memorable para Japón:

«Había allí una joven geisha que estaba siendo requerida forzosamente por dos bonzos. A los gritos de la geisha el Mikado (príncipe) salió en su auxilio y estos al verle huyeron. El Mikado le preguntó a la geisha qué ocurría. La joven geisha le contestó sin saber quién era él realmente:

Yo soy una geisha. Una geisha «cantora». El sogún nos acaba de privar de todos nuestros derechos, poniéndonos al nivel de las mujeres públicas. Los hombres han olvidado que en otro tiempo acompañábamos a los guerreros al campo de batalla para infundirles ánimo con nuestras canciones. Así que somos las únicas —añadió con orgullo— que hemos conservado los antiguos usos y costumbres del país.

La geisha sintió que debía compensar al Mikado y le juró lealtad en su corazón.

Pasado algún tiempo, cuando el Mikado hubo vencido al sogún, al expresar su gratitud después del triunfo a sus valientes samuráis, acercósele un viejo samurái y le dijo:

No solo a nosotros, a los hombres de las dos espadas, y a los fieles campesinos debe extenderse tu gratitud, oh señor. Hay una geisha que ninguno de nosotros conoce, que no lo merece menos que nosotros. Con una bien acordada cítara y sus dulces cantos, ha formado en nuestras filas hombro con hombro. De esta manera enardecía la bravura de nuestros soldados, animándoles durante el combate, les hablaba de las hazañas de sus antepasados y ensalzaba tu nombre.

¡Presentádmela! —ordenó el Mikado.

¡No es posible, mi señor, porque en la lucha cayó como un ciprés abatido y rodó por la tierra!

Pero… ¡yo quisiera saber su nombre! Quiero poder transmitírselo a nuestros descendientes para que lo tengan en el honor.

Cuando se hallaba la geisha a punto de morir —dijo el samurái— le suplicó al samurái que combatía a su lado le hiciese llegar al Mikado su nombre: Haru-San. Como llena de amor y de fidelidad hacia él, había querido ofrendarle su vida en señal de gratitud eterna…

Haru-San… ¡Flor de Primavera! ¡Qué corazón tan noble y abnegado tenías! —murmuró el Mikado; luego, en voz alta agregó: —¡Ordeno y mando que a partir de este día nadie pueda en mi reino rebajar, ofender ni menospreciar a una geisha. Las mejores, las más bellas y nobles serán públicamente loadas por los caballeros durante la primavera y el Mikado mismo les concederá el título de Geisha-Haru. ¡Tal es mi voluntad!

Calló el Mikado y se quedó pensativo. Creyó, por un instante, tener ante sus ojos a aquella encantadora y delicada geisha.

Y el Mikado murmuró: —loada seas, oh Haru-San!».

Esto sucedió hace muchos años, pero gracias al espíritu y al valor de esta geisha, posteriormente todas las primaveras, en honor a su nombre, Haru (Primavera) San, se celebraban en la capital del Imperio grandes representaciones primaverales. Cuando la aurora prende su rosado brillo en los cerezos, empieza la concentración de todas las geishas de las distintas ciudades del Japón; todas se reunían allí para decidir quién obtendría el título de Geisha-Haru, la Geisha Reina.

Este título de Reina de Primavera era otorgado por el mismo Mikado, y era equivalente a un título de nobleza.

El arte como forma de vida

Las artes que practicaban, principalmente, eran la música, el canto y la danza tradicional. La disciplina es tanto una disciplina del yo como un dominio de la forma del arte, ya que mediante la técnica del arte se va consiguiendo el dominio de la propia personalidad.

El arte de las geishas va más allá de los tipos de gei particulares y específicos que practican. Lo que importa es hacer de esta vocación una elección consciente y premeditada de hacer del arte su vida.

Para una geisha el arte es vida, y también deben convertir su vida en arte. Una geisha vivirá su arte haciendo que cada momento del día esté imbuido de él: su forma de caminar, de sentarse, de hablar, de coger un objeto…

«Perfeccionar su propia vida y convertirla en una verdadera obra de arte». Esta es una verdadera disciplina y, por ello, tienen un hálito de cierta mística, como si de una extraña orquídea se tratara.

¿Qué es este «algo» común que advertimos en todas estas artes? Es el espíritu del zen, que se transparenta en todas estas disciplinas.

Estas artes son como perlas de un collar, cada una de ellas con su individualidad pero con un hilo conductor que las atraviesa en sí mismas, de naturaleza muy diferentes pero que les da unión y sentido.

Para las geishas, su arte es un camino de realización interior, de formación del carácter, de transmisión y de purificación. Ellas transmiten su arte a través del «I Shin den Shin», es decir, «de mi espíritu a tu espíritu», de mi corazón a tu corazón, sin que intervenga el razonamiento, la inteligencia y, sobre todo, las explicaciones; se dirige a la intuición y a la sensibilidad del espectador. Cuando dicen «de mi corazón a tu corazón», están relacionándolo con el alma, o sea, transmitir lo mejor que existe en nosotros tanto en nuestros pensamientos como en nuestros sentimientos.

El verdadero arte no necesitaría en verdad de palabras, pues debería producir en nosotros un estado de catarsis, y a través de él podríamos entender las enseñanzas de una manera clara y directa, como fuente que emana sus aguas cristalinas y calma la sed del que a ella acude.

Epílogo

Soñemos con fuerza y luchemos con el empuje de la tradición. Para que de nuevo haya seres humanos superiores que sean capaces de transmitir un nuevo y viejo arte, tan nuevo como esta vida, tan viejo como nuestra alma inmortal; que sean dignos hijos de las musas y del dios Apolo, que con sus rayos y su luz pueden penetrar en los corazones para convertirlos en canales huecos e inspirarnos para ser el puente entre la tierra y el cielo, entre lo visible y lo invisible.

Bibliografía

El crisantemo y la espada. Ed. Alianza. Ruth Benedict.

Gentes del Japón. Peral S. Back.

Las leonas del rif y las geishas del Japón. F. Ossendowski.

Memorias de una geisha. Ed. Alfaguara. Arthur Goleen.

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