
Qué bellos y qué serenos, qué clásicos los jardines del palacio del marqués de Pombal, con la geometría y la elegancia de los jardines de Versalles. Qué paz irradia la llamada «cascada de los poetas», con una gruta artificial en torno a la estatua del río Tajo, bañada, como si fuera una libación, por sus mismas aguas.
Cuántos recuerdos del primer conde de Oeiras —y luego, marqués de Pombal— en su residencia junto a Lisboa. Y, aunque no hay constatación de lo mismo, es muy fácil deducir que este genio político y organizativo que rigió los destinos de Portugal durante veintisiete años, al servicio del rey José I en pleno periodo de despotismo ilustrado, conoció los ideales de la masonería y quizás también sus enseñanzas mistéricas.
Gobernar, gobernó con mano firme y serena en su periodo más crítico, con el terremoto de 1755 y a punto de morir el país luso de exhausto en su economía, educación, agricultura, industria, legislación, etc., por la inercia generada por los ríos de oro que llegaban de las colonias, y por la telaraña espiritual de los jesuitas, que de ser innovadores y de mente abierta (en los tiempos de la escuela de La Flèche, donde aprendió Descartes, por ejemplo, un siglo y medio antes), se convirtieron en un cáncer para los diferentes Estados de Europa, y enemigos de toda forma de librepensamiento.
Pero queremos hoy detenernos en un detalle geométrico en uno de los cuadros que presiden, desde el techo, una de sus estancias, y que muestro a continuación.
Vemos al marqués de Pombal —en medio— y sus dos hermanos abrazándose de manera extraña, mientras un numen celestial, sobre una nube, porta una antorcha y las fasces del buen gobierno. Un letrero, en un papel medio desenrollado, da el tema y el título a dicho cuadro: CONCORDIA FRATUM, concordia entre hermanos.
Quienes acompañan al marqués de Pombal (nos referimos, claro está, a Sebastián José de Carvallo y Melo) son sus hermanos, Francisco Javier Mendonza, capitán general del ejército, y Paulo Antonio de Carvallo y Mendonza, nombrado cardenal inquisidor, cargo que nunca llegaría a ejercer, pues murió antes de recibir noticia de dicho nombramiento. Los tres, que venían de uno de los ramos de la nobleza menor, van a ocupar los cargos más importantes del poder en los diferentes ámbitos: el político, el religioso y el militar.
Nos llama la atención lo sorprendente del abrazo, que conforma un símbolo del infinito, en un entrelazamiento sin fin propio del estado de la concordia. El extraño gesto, asimismo, en que se entrelazan las manos ha llevado a algunos estudiosos a preguntarse si no será también un signo de reconocimiento masónico o de alguna orden secreta. También, al ser sendos representantes de los tres poderes que gobiernan una sociedad, hacen pensar que no es solo la concordia entre ellos como personas, sino de la función que representan y que permiten, en este caso, la concordia de un Estado.
Más interesante quizás es aún el ángulo que forman el cetro-antorcha y el haz de varas (fasces) que sostiene el dios o ángel, trayendo estos símbolos mágicos del cielo a la tierra. El uno es la filosofía, el conocimiento, la luz que permite ver hacia dónde y cómo avanzar. El haz representa la recta política o recto gobierno, e incluso la justicia o la legislación, que ata sanamente las voluntades para no perder el sentido de unidad y fortalecerse en la unión ante los embates de las aguas de disolución a que está expuesto todo lo que vive, y más aún, si se separa y se desintegra. Es el «unámonos para resistir», lógico además en quienes participan de un mismo Ideal, con mayúsculas, o sea, no por interés egoísta recíproco, sino por identidad de naturaleza y comunión espiritual.
En este caso, el ángulo, que determina —como decían Platón y Schwaller de Lubicz— una esencia, una naturaleza pura (un neter o dios, figurado por un hacha de oro de un filo único) es el de 60 grados, o sea, el propio de un triángulo equilátero, que está implícito, y cuya base oculta se hallaría en el cielo mientras que proyecta su foco creador en dirección a la tierra.
Este triángulo equilátero, en que lados y ángulos son iguales, es también de interés en la masonería, tan cara a los simbolismos geométricos. Es símbolo de perfección, armonía y sabiduría. Con un ojo en su interior, se convierte en la faz llameante de Dios, la expresión armónica de la unidad que traspasa todo lo que existe. Y también es asociado con el Espacio, el Tiempo y el Número. Los tres iguales, interdependientes y armoniosos, y que inspirarían después el ternario de valores libertad-igualdad-fraternidad (imagino que muy lejos aún del pensamiento del marqués de Pombal), son, evidentemente, un perfecto símbolo para la concordia, esa armonía llevada al máximo en el «corazón con corazón», que es el sentido profundo de esa concordia.
Fue, sin duda, ese sentido de concordia, unido a una fortaleza y determinación inflexibles y una clara visión de los acontecimientos y del futuro, lo que permitió que esta figura, el marqués de Pombal salvase a Portugal de una crisis tan grave que nos atrevemos a llamarla punto de muerte de la nación, haciéndola renacer, casi, de sus cenizas, como en el ave mítica del fénix.




















