
El filósofo autodidacta de Ibn Tufail, hispanizado como Abentofail, es fruto del momento de gran esplendor del pensamiento musulmán en la península ibérica.
Al-Ándalus, un foco de luz
Durante ocho siglos, del 711d. C. hasta el siglo XVI, el mundo árabe-islámico dejó una profunda y duradera huella en al-Ándalus. Una vez consolidado el emirato de Córdoba, comenzaron a desarrollarse lo que los musulmanes llamaban las «ciencias antiguas», que eran todas aquellas que no se correspondían con las «ciencias árabes islámicas», ya que estas se centraban sobre todo en la religión, el derecho, la lengua y la literatura.
Será durante los siglos IX y X cuando al-Ándalus alcanzará su máximo esplendor, dando lugar a un importante y fuerte empujón a lo que modernamente hoy conocemos como las STEAM, siglas en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas, además de a la literatura y a la filosofía árabe, llamada falsafa.
Los hispanomusulmanes de al-Ándalus hicieron suyas las enseñanzas filosóficas greco-orientales, y, como dice el profesor de filosofía Ramón Sanchis, «las enraizaron en su fructífera imaginación y creatividad».
Gracias a ello resurgieron de nuevo la medicina, la farmacopea, las matemáticas, la arquitectura, la astronomía, la geografía, la historia y, destacando, la química y la alquimia, cuyos nombres proceden del árabe. Todo ello unido a una filosofía y literatura propias, que al igual que en el resto de las ciencias, dieron grandes nombres y también grandes frutos que han quedado para la posteridad, como por ejemplo, las grandes aportaciones en medicina de Avicena.
Y es que los grandes nombres de esta época, como Avicena, Averroes, Ibn Arabí, Ibn Tufail…, al igual que ocurrirá con los grandes nombres del Renacimiento europeo siglos más tarde, eran seres humanos multidisciplinares: médicos, astrónomos, filósofos, poetas, arquitectos…
Los conocimientos de al-Ándalus se transmitieron hacia los cuatro puntos cardinales influyendo y dando luz al pensamiento en otros lugares, sumergidos en una cruda Edad Media. Sus escuelas de traductores y grandes bibliotecas, como la de Córdoba y la de Medina Azahara, que resguardaban el saber como antaño había hecho la gran biblioteca de Alejandría, atraían a viajeros de todos los orígenes, facilitando el intercambio y esparciendo el conocimiento.
Ibn Tufail y la falsafa
Ibn Tufail nació a principios del siglo XII en Guadix (Granada).
Como hombre de su época, fue multidisciplinar: médico, filósofo, matemático y poeta. Contemporáneo de Avicena y Averroes, de quien se dice que era amigo, participó en la vida cultural, política y religiosa de la corte de los almohades en Granada.
Principalmente, es conocido por su obra El filósofo autodidacta, que es un compendio de las múltiples disciplinas a las que el autor se dedicó, y a través de ellas se centra en el problema de la unión del entendimiento humano con Dios, punto central de su filosofía y tema clave de la filosofía o falsafa árabe.
¿Filosofía árabe? Sí, filosofía árabe o falsafa.
Como nos explica Ramón Sanchis en su libro Al Ándalus, puerta del pensamiento clásico en Europa, la falsafa, como expresión de conocimiento, tuvo en la cultura árabe una duración limitada, de apenas unos tres o cuatro siglos, del siglo IX al XII d. C.
La falsafa dista del concepto occidental de filosofía, ya que no es una vía racional de comprensión de las grandes verdades o un mero ejercicio especulativo, sino un camino profundo, vivencial e intuitivo hacia la búsqueda de la verdad, mucho más cercano a la concepción clásica de la filosofía. Por este motivo, es difícil distinguir, en el pensamiento musulmán, entre falsafa (filosofía) y hikmat ilahiya (teosofía), entendida la teosofía como el conocimiento de la divinidad a través del desarrollo profundo y la iluminación interior. De aquí que muchas veces se confunda a los filósofos árabes con los sufís y viceversa.
En este ambiente surge El filósofo autodidacta, considerada una importante obra de filosofía, con una gran influencia en la literatura árabe, persa y europea. Seguramente estamos hablando de la segunda obra árabe más traducida después de Las mil y una noches. Personajes como Tarzán o Mowgli están inspirados en Hay, el protagonista de nuestra obra. Realmente esta maravillosa obra es fruto de su época.
Revelación y pensamiento filosófico: dos caminos de conocimiento de la verdad
Si nos vamos más allá de al-Ándalus y la falsafa, lo que preocupa al pensador de aquella época, fuera cual fuera la religión, era el conocimiento que se genera a través de la revelación y el pensamiento filosófico, que plantea el conocimiento por la reflexión de los fenómenos que se pueden constatar.
Los dos caminos de conocimiento, la revelación y el pensamiento filosófico, tienen en común el desvelamiento de la realidad interna y propia del ser, lo que Ibn Tufail llama verdad.
La verdad de Ibn Tufail no es la verdad inmediata que queremos hoy en día, es la verdad profunda, la verdad como lugar y esencia del ser, que hoy hemos olvidado, como nos recuerda Raimon Arola en el prólogo del libro.
La verdad se identifica con Dios, con el Ser Superior, centro de toda la existencia, Ser de Seres. Toda la reflexión de Ibn Tufail se basa en la búsqueda de la verdad, en la búsqueda del origen de la existencia, y va más lejos aún, porque no solo busca conocer este punto, sino probarlo.
Y como nos dice el propio Ibn Tufail sobre El filósofo autodidacta:
Hemos, pues, juzgado oportuno ofrecerles una ligera reseña del secreto de los secretos, para atraerles del lado de la verdad (…). Con todo, no hemos dejado los secretos que hemos confiado en estas cortas páginas sin un débil velo que será prontamente rasgado por aquel que sea digno de ello, y que resultará muy tupido para quien no merezca pasar adelante, de tal modo que será incapaz de atravesarlo (…).
¿Quién es el filósofo autodidacta?
Su nombre es Hay Benyocdán, que en árabe significa ‘el viviente, el hijo del Vigilante’. Para los musulmanes, el Vigilante es el ser supremo, siempre despierto y atento, porque no necesita reposo.
El origen de Hay es incierto. Hay quien dice que fue abandonado en una isla solitaria, como otros tantos relatos de la historia de la humanidad, y otros que nació sin procreación de una extraña suerte de circunstancias que se dieron en la isla solitaria. Sea cual sea su origen, la cuestión es que Hay crece solo en la isla solitaria donde de pequeño es amamantado y criado por una gacela, hasta que a los siete años la gacela muere.
Curiosamente, Ibn Tufail nos va contando la vida de Hay mediante septenarios. Si tenemos en cuenta lo que se conoce como constitución septenaria —la concepción sobre el ser humano que tenían las antiguas civilizaciones que hoy se pierden en la historia, que conciben al ser humano compuesto por una especie de siete motores o vehículos que animan al ser viviente—, podríamos decir que la vida de Hay, o la evolución de Hay, es un recorrido por estos siete vehículos de la antiquísima constitución septenaria del ser humano. Los cuatro vehículos inferiores constituyen la personalidad humana, la vestidura, aquello que nace y muere y es distinto para cada ser: físico, energético, emocional y mente concreta. Y los tres vehículos superiores, la tríada, constituye aquello indiviso a lo que no le afectan los cambios, ni la vida, ni la muerte. Se trata del ser, lo que ha sido, es y será siempre: mente espiritual, intuición y voluntad.
Los primeros cuatro septenarios de la vida de Hay
Hay, tras la muerte de su «madre-gacela», se desespera y busca la causa preguntándose: «¿Qué es lo que tenía mi madre que ahora no tiene y que le impide vivir?». Como exteriormente no ve nada, abre el cuerpo y al final llega al corazón, e intuye que es el centro vital sin cuyo impulso no existe la vida.
Hay tiene siete años cuando pierde a su madre. Es a partir de este momento cuando empieza el proceso de conocimiento de la naturaleza que le llevará a conocer la realidad última del ser, la verdad primera y causa de todos los fenómenos, hasta convertirse en el filósofo autodidacta.
Este proceso de conocimiento de la naturaleza se basa en el sistema aristotélico de categorización de la realidad y sus fenómenos, pero no basado en la razón, como principio y fundamentación del ser, sino mediante la pura observación de la realidad con el sentido común, el raciocinio y la curiosidad de un ser en solitario, sin ningún tipo de influencia ni revelación.

Durante este primer septenario, Hay no se ha tenido que preocupar de nada. Si tenía hambre, sed, frío o calor, su «madre» se ocupaba de todo: un simple llanto o gemido del pequeño y ella estaba allí para cuidarle. A partir de ahora debe espabilarse, y es muy bonito ver cómo va escalando por la constitución septenaria.
En los siguientes tres septenarios, Hay se centra en la observación de todo lo que le rodea. Con la observación franca y atenta de la realidad, ayudado por el instinto de supervivencia, va descubriendo las diferencias entre él, los minerales, los vegetales y los animales.
Se da cuenta de que, pese a las enormes desventajas físicas que tiene respecto a otros animales y que lo sitúan en inferioridad de condiciones ante las adversidades climáticas o el conseguir comida, tiene algo que lo diferencia, que le permite suplir esas desventajas con elementos que va construyendo con sus manos.
Al mismo tiempo que descubre las diferencias, también va concienciando lo que comparte con los distintos reinos existentes en la naturaleza.
Por un incendio en la isla, debido a causas naturales, descubre el fuego físico, símbolo del fuego mental. Percibe, sin saberlo, esa chispa divina que nos legó Prometeo a los seres humanos, «robándosela» a los dioses y por lo cual fue duramente castigado.
Hay, fascinado por la bondad de sus efectos y de su poder, se da cuenta de que lo que le faltaba al corazón de su madre-gacela, el calor de la vida, debía de ser de la misma sustancia que el fuego.
Hasta el descubrimiento del fuego, todo su aprendizaje fue para encontrar su lugar «físico» en la isla solitaria y sobrevivir. Pero el fuego le permitirá acabar de desarrollar su personalidad, tomar conciencia de lo perecedero y corruptible y de la variedad de las formas.
Entiende que es más importante lo que comparte con los minerales, vegetales y resto de animales que lo que lo diferencia de ellos. La comprensión de esto empieza a hacérsele más y más fehaciente, dándose cuenta de que todo participa de una misma cosa, de la cual él también participa. Empieza a intuir la existencia de algo eterno, no sujeto a los cambios.
Descubre el alma sensitiva de los animales, el alma vegetativa de los vegetales y la forma y naturaleza de los cuerpos inanimados, llegando a considerar la creación como una unidad. Empieza a atisbar la idea de un Agente voluntario creador de todos los cuerpos sujetos a la generación y a la corrupción.
Como nos dice Avicena: «Cuando la voluntad del hombre llega a ciertos términos y se ha ejercitado hasta cierto punto, preséntanse a él ciertos destellos, vislumbres procedentes de la luz de la Verdad».
Los tres últimos septenarios de la vida de Hay
El fuego le alumbra ese hilito de oro llamado en sánscrito Antakharana, que une su personalidad, forjada durante sus cuatro primeros septenarios, con la realidad interna y propia de su ser.
Así, al final de sus veintiocho años, entramos en la tríada de la constitución septenaria. Su mirada se dirige hacia arriba. Ahora sus observaciones se centrarán en la bóveda celeste.
Observando el curso de los astros llega a la conclusión de que el orbe celeste es también una única cosa y que todos los seres anteriormente estudiados —minerales, plantas, animales— y él mismo, constituidos por los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego), también forman parte del orbe celeste. Adquiere la evidencia de que todas las cosas del mundo son una sola cosa, una UNIDAD, y confirma la necesidad de la existencia de un Agente voluntario creador de todo.
Entonces le surgieron muchas dudas sobre la creación del mundo: «¿era una creación del no ser o era un ser que no había dejado de existir?». Llega a la conclusión de que da igual cómo se haya creado el mundo, ya que en cualquiera de los dos casos existe la necesidad de un Agente creador. «Así pues, todo el mundo es causado y creado por este Agente cuyo mandato, cuando desea una cosa, consiste en decir: Sea; y es (…)».
Comprende lo que en la filosofía hindú llaman la respiración de Brahma: el Manvántara, cuando el espíritu se expande (espiración) y el Pralaya, cuando el espíritu se retrae (inhalación).
Así, a sus treinta y cinco años, llega al fin de su quinto septenario. En este punto comprende que este Agente (o Dios) está en todas las cosas y todas las cosas están en Él.
En este momento había arraigado tanto en él la idea de un Agente creador que su corazón se olvidó del mundo inferior y sensible, y se unió al superior e intelectual.
Cada vez tiene más necesidad de atrapar esos destellos de la luz verdadera, y su anhelo por llegar a ella cada vez se hace mayor. ¡Debía saber cómo mantenerse en esos destellos de luz!
Así que, primero, quiere averiguar por qué medios ha conseguido la noticia de ese Agente creador. Descarta que sea a través de sus sentidos: vista, oído, tacto y gusto, ya que ellos solo alcanzan el mundo sensible. Busca en su interior y constata que este conocimiento le ha venido de su propia esencia. Entonces se cuestiona si su noble esencia puede corromperse y llega a la conclusión de que no es corruptible, porque no pertenece al mundo sensible.
Vuelve a observar el mundo sensible y confirma que los otros seres vivos de su alrededor no son conscientes de aquel Ser, ni se sienten atraídos hacia Él, aunque también forman parte de Él.
Eleva su mirada hacia los astros y se percata de que ellos sí que tienen conciencia de ese Ser. Sus movimientos regulares, el orden que siguen, su luz, entre otras cosas, se lo corrobora. Así llega a la conclusión de que comparte el conocimiento de este Ser con los astros.
Comprende que su naturaleza es doble: corruptible como ser sublunar con cuerpo; y eterna como ser celeste, al compartir el conocimiento del Ser con los astros. Advierte que el mantenerse en la parte celeste requiere mucho esfuerzo, pero está dispuesto a ello:
Debe cuidar de su cuerpo y atender a sus necesidades del mundo sensible, aunque es consciente de que estos reclamos del cuerpo lo distraen de la visión del Ser. Para ello decide darle al cuerpo lo suficiente para la subsistencia y seguridad. No puede despreciar el cuerpo porque ha sido creado con algún fin.
Debe imitar el comportamiento de los cuerpos celestes. Para ello, por un lado, dispone su ánimo para ayudar a cualquier vegetal o animal atormentado por la necesidad; y, por otro, requiere conservar su persona en una continua pureza.
Debe asemejarse al Ser, abstrayéndose de su esencia y de todas las demás, para ver al Ser único, vivo y permanente.
Se ejercita en estas tres acciones hasta al final de su séptimo septenario. Cada vez le cuesta menos llegar a las visiones del Ser único y verdadero, logrando un estado de misticismo que le proporciona gran alegría, y que cada vez se mantiene más en él.
Compartir la joya
Fue entonces cuando conoció a Asal, un seguidor de alguna secta de algún antiguo profeta, que fue a la isla solitaria de Hay para aislarse del mundo y llegar al misticismo, a la experiencia directa e inmediata de Dios.
Establecieron amistad. Asal le enseñó a hablar; así, Hay pudo explicarle sus experiencias de conexión con el Ser verdadero, separadas de la civilización y de toda revelación.
Asal quedó perplejo, porque todo lo que Hay le explicaba coincidía con su ley (el Corán), con los mandamientos de su Dios. Se le abrieron los ojos del corazón y se le iluminó la inteligencia haciéndosele más asequibles los métodos de la interpretación mística.
Después, Asal le explicó a Hay su mundo y el Corán. Hay tampoco encontró discrepancias. Lo único que no le terminaba de gustar a Hay era el uso excesivo de símbolos y parábolas, que para él eran distracciones del fin último.
Con la concordancia entre lo que le había sido revelado a Asal y lo que Hay había experimentado, Ibn Tufail quiere demostrar que la verdad —el absoluto o Dios—, conocida mediante la revelación o mediante la filosofía, es la misma.
Y sigue la historia
Al igual que el ser humano que sale a luz en la caverna platónica y vuelve a entrar a ella para liberar a sus compañeros, Hay tiene la necesidad imperiosa de ir a la isla vecina para demostrar a sus congéneres la posibilidad de llegar a lo que él ha llegado. Y aunque Asal le advierte que no todos los seres humanos están preparados para ello, es tal el ímpetu de Hay que le convence para volver con él a la civilización.
Hacen el intento, pero Hay se da cuenta de que la verdadera vida intelectual, filosófica o la vida religiosa, no se puede dar en una sociedad que practica una religión reducida a ritos formales y al cumplimiento meramente externo e hipócrita de las leyes religiosas.
Es admirable —y a la vez triste— ver cómo Hay, con una loable humildad e inmensa grandeza de corazón, se disculpa ante aquellos que no lo han sabido entender. Comprende que ha sido muy osado al querer desvelar la verdad al resto de seres humanos cuando no todos estamos preparados para ello, como ya le advirtiera Asal.
Así que, Hay y Asal retornan a la isla solitaria para recuperar el estado de la sublime contemplación.
Y esta es la historia de Hay, Asal y algún otro personaje no mencionado: «ejemplo para los avisados, consejo para los que tienen corazón y prestan oído, pues él es testimonio».
Bibliografía
El filósofo autodidacta. Abuchafar Abentofail. Ediciones Obelisco.
Al Ándalus, puerta del pensamiento clásico en Europa. Ramón Sanchis. Ediciones Almuzara.




















