
Egipto, América, Grecia, son testimonios del eterno anhelo del ser humano por plasmar en la tierra la armonía que contempla en el universo. Siempre hemos contado con grandes artistas que, con el pincel, los sonidos, la pluma o el compás han rozado el gran misterio de la vida, consiguiendo que nos sobrecoja su belleza, esa que tanto ayer como hoy inspira a todos aquellos que son capaces de plasmar sus sueños.
No hace muchos años, un hombre soñó una ciudad. En su sueño, los dragones tenían escamas de azulejo; las casas, sonrisas de hierro forjado; y los edificios, olas de mar y montañas. Barcelona fue el abierto taller donde cristalizó la imaginación de un genio: Antoni Gaudí.
«¡Construir! ¡Construir belleza! Buscar en la naturaleza la imagen del misterio y convertirla en arquitectura. Forjar la forma de la idea: esta fue mi obra alquímica. Mi sueño: una Barcelona mediterránea, bella, grande… Ser canal para que la belleza sea el resplandor de la verdad, descubrir en las leyes del universo todos sus secretos» (César Martinell).
Para ello vino al mundo en Reus (Tarragona) a mediados del turbulento siglo XlX, el 25 de junio de 1852. Cuando llegó a Barcelona, con diecisiete años, descubrió un panorama arquitectónico riquísimo en monumentos antiguos, góticos, y pobre en edificios modernos, pero prometedor; eran los albores del modernismo.
En el año 1855 se habían demolido las murallas que rodeaban la ciudad y se aprobó el Plan del Ensanche. Barcelona disfrutaba de un gran bienestar económico. Estos dos factores, junto con la Exposición Universal, hicieron del modernismo catalán el estilo más importante después del gótico.
Paisajes de juventud
Estudió durante ocho años en la Escuela Provincial de Arquitectura, pero también asistió a clases de Estética y Filosofía. Una gran fuente de inspiración fue el Diccionario de arquitectura de Viollet-le-Duc, gran restaurador del gótico francés. Dedicaba largas horas a su lectura: se ensimismaba ante los edificios islámicos, o hindúes, o la descripción de Egipto de la expedición napoleónica. Parecía que renacía en él el espíritu renacentista del hombre completo, artista y científico. Le gustaba Shakespeare y, a pesar de sus escasos medios económicos, iba a todos los conciertos y representaciones de teatro clásico que podía, compraba libros usados y vestía modestamente.
«La elegancia es hermana de la pobreza, pero es necesario no confundir pobreza con miseria. Soy hijo de una familia de caldereros sin muchos medios económicos. Tuve una de mis primeras impresiones artísticas al ver trabajar a mi padre con los alambiques y serpentines de formas helicoidales, así empecé a imaginar en tres dimensiones. Tener la capacidad de ver y concebir en el espacio es un don de Dios» (Joan Bertgós).
Para mantenerse, trabajó como delineante y proyectó un depósito acumulador de agua tan novedoso que el catedrático de Resistencia y Estabilidad le aprobó la asignatura sin necesidad de hacer los exámenes. También frecuentaba el taller del artesano Eudald Puntí, especialista en la fundición de hierro, carpintería y cristalería. Gaudí diseñó una vitrina que se expuso en 1878 en París.
Cuando Eusebi Güel la vio, quiso conocerle, e iniciaron una relación que duró hasta la muerte de su amigo y mecenas. Fueron cuarenta años de apoyo incondicional. Al levantar el Palau Güel y colocar la forja del escudo de Cataluña, unos transeúntes dijeron: «¡Qué cosas más raras y feas!». Don Eusebi le abrazó en plena calle y exclamó: «¡Pues ahora todavía me gusta más!».
Gaudí fue un profesional muy diferente del resto de sus contemporáneos, más teóricos y académicos. ¿Cómo se inspiraba? ¿De dónde nació toda su imaginación? Siempre pensaba cómo resolvería el problema la naturaleza —el gran libro de la arquitectura—, pues nadie ofrece tanta variedad de modelos. El cálculo en un verdadero artista es la plasmación de la imaginación.
Así como Mozart transcribía directamente al papel la música que imaginaba, Gaudí materializaba su idea en la piedra. En parte, lo conseguía usando el arco parabólico o catenario, un arco muy parecido a las curvas de presiones que veía en la naturaleza. A diferencia de los rascacielos modernos, todas sus obras producen una reconfortante sensación de equilibrio.
En los comienzos están los augurios
El diseño de uno de sus primeros encargos, las farolas para el Ayuntamiento en la Plaça Real, está inspirado en el caduceo de Mercurio, símbolo del arte de la alquimia, que pudo ver entre los porches de la casa Xifré, renombrado teósofo catalán.
En 1883, con treinta y un años, le encargaron la casa Vicens y el Capricho, y asumió las obras de la Sagrada Familia. Al cabo de cinco años, la casa Vicens aún estaba inacabada debido a la complejidad de la decoración. En el Capricho las curvas empiezan a dominar sobre las rectas. Decía: «La recta es el hombre, la curva es de Dios».
Las obras de la Sagrada Familia habían empezado en 1882, pero el arquitecto que dirigía las obras renunció. Una señora del barrio soñó que el arquitecto del templo tendría los ojos azules, lo que el señor Bocabella, patrocinador del templo, pensó que eran tonterías de mujeres, pero cuando le presentaron a Gaudí tuvo un momento de consternación… ¡Un joven casi desconocido!, pero en su mirada estaba toda la fascinación del Mediterráneo, el azul vivo del mar encerrado en sus ojos… Y sin consultarlo a la Junta, le otorgó el cargo de ¡arquitecto de la Sagrada Familia!
Construyó el templo por trozos verticales, realizando una parte de forma completa. Hubiera querido desarrollar la planta según la diagonal de la manzana y, al igual que las catedrales góticas, orientarla con los puntos cardinales; pero las obras ya habían comenzado y sentía un profundo respeto por los arquitectos y albañiles anteriores.
El ábside se decoró con serpientes, lagartos, dragones y sapos, representando las sombras que bajan por las columnas huyendo de la estrella que brillará en la cima: la Virgen. Las cresterías se adornaron con motivos del reino vegetal: una corona de flores silvestres, el olivo, el laurel, la palmera… También suprimió los contrafuertes del gótico, a los que llamaba muletas, y adoptó formas equilibradas: parábolas.
La construcción de la Sagrada Familia avanzaba hacia la fachada de la Natividad. Para ello, Gaudí se sumió en un ayuno tan extremo que, agotadas sus fuerzas, se quedó en la cama, cubierto con un viejo gabán.
Escribió Joan Maragall: «El templo que nace ya tiene portal: el portal que mira al norte, al barrio obrero… No tiene techo todavía, sí portal… No puede cobijar aún, pero ya es amparo del alma».
La fachada de la Natividad está soportada por dos columnas cuya base son dos tortugas, que significan longevidad y estabilidad del universo. En la India, la tortuga es uno de los soportes del trono divino. Está enmarcada por los carámbanos de la fría noche de Navidad, y por encima, se levanta un ciprés eternamente verde, refugio de las palomas blancas, que son las almas puras. En la parte inferior están las aves domésticas, junto a la estrella de los magos y los signos del Zodiaco. Al terminar aparecería la policromía: rojo, azul, verde, como los antiguos templos griegos y egipcios.
«Así todos encuentran sus cosas en el templo; los payeses ven las gallinas, los científicos los signos del cielo, los teólogos la genealogía de Jesús… pero la explicación solo la conocen los sabios» (César Martinell).
Relacionar arquitectura con poesía, mitología, botánica y astronomía era una idea que rescataba de los clásicos: el ser humano no está hecho de compartimentos estancos y se debe unir arte, ciencia y filosofia.
En la Finca Güel crea el jardín de las Hespérides. Verdaguer y él, enamorados de los antiguos mitos, quisieron homenajear al marqués de Comillas recreando el jardín de las Hespérides que Hércules plantó en España después de robar la rama cimera del naranjo, y para ello utilizó el sulfuro metálico o antimonio, el mineral que utilizaban los alquimistas.
El obispo de Astorga le encargó la construcción del Palacio Episcopal. Estamos ante una de las pocas obras que hizo fuera de Cataluña, cuya construcción se realizó entre los años 1889 y 1915. El edificio es una fortaleza granítica, con influencia del gótico castellano. Su personal arco apuntado envuelve de suave misterio al edificio. Gaudí trabajó con el encargado toda una tarde para colocar la dovela de cierre del arco. Era un ejemplo por su dedicación y su capacidad de preocuparse por los demás.
En 1892 construye la casa de los Botines en León, cuya estructura es menos resistente que las que acostumbraba a construir y que sorprendió a la Universidad Politécnica de Barcelona, puesto que resiste solo las cargas sísmicas de la zona de León, no las de Barcelona. ¿Conocía Gaudí esta diferencia geográfico-sísmica y la tuvo en cuenta?
El alma del constructor
«Originalidad es volver al origen. No es posible avanzar sin apoyarse en el pasado, en el esfuerzo de los que nos precedieron. Para avanzar es necesaria la reflexión y la acción, ascender peldaño a peldaño, reflexión y acción» (César Martinell).
En el año 1900 construye el Park Güel. Es un conjunto armónico de caminos y viaductos adaptados a la antigua montaña Pelada. El parque es un libro abierto, donde escudos y animales no son meros elementos decorativos, cada uno tiene un simbolismo preciso. El árbol nos enseña la verticalidad, la receptividad de la luz como fuente de vida.
Para decorar el banco de la plaza, la escalinata y el templo dórico, los obreros —en sus trayectos por la ciudad— recogían los trozos de azulejos que encontraban y con ellos se hicieron estas maravillas. Como en la naturaleza, nada se pierde, todo se trasforma. Gaudí introdujo en sus obras maestras el concepto de reciclado, logrando con ello formas bellas y llenas de color.

Entre 1904 y 1911, Gaudí realiza los edificios urbanos en el Paseo de Gracia de Barcelona. La casa Batlló podía haber sido la simple reforma de la parte delantera de un antiguo edificio, pero Gaudí realizó en ella una de sus más poéticas composiciones. La fachada parece el mar, especialmente a primeras horas de la mañana, cuando la luz incide en la pared ligeramente ondulada. Son las suaves olas del luminoso Mediterráneo, un estanque lleno de nenúfares y lotos.
En una entrevista efectuada por el Dr. Bassegoda al constructor de este edificio meses antes de su muerte, este contaba que, por orden del señor Gaudí, apuntalaron durante cuatro días la fachada mientras cambiaban las piedras de la tribuna por las columnas de arenisca de Montjuic. No podía dormir pensando que tenían la casa en el aire.
A causa de sus formas inusitadas, la han llamado la casa de los bostezos, o casa de los huesos. Se coronó con dos buhardillas en forma de animal legendario, el lomo de un dragón sin cabeza ni cola. Para evitar que el edificio gravitara sobre la casa Ametller de Puig i Cadafalch, dejando a la vista la pared medianera, Gaudí desplazó a un lado la torre de la cruz y construyó una terracita.
Causó un gran impacto en Barcelona. Mientras se construía, el señor Milá visitó la obra y decidió que Gaudí le diseñara su casa.
Para la casa Milá, popularmente la Pedrera, imaginó un proyecto nunca visto. Representa grutas, montañas o acantilados, un océano cavernoso, una Atlántida habitable, un ritmo nuevo, un ritmo de mar y de montaña.
Aprovechando el derribo de la antigua casa, se levantaron los pilares, algunos de hierro, los demás de ladrillo. En el sótano se hizo la maqueta, el mejor método para comunicar sus ideas a clientes y albañiles. Al atardecer, muchos arquitectos y estudiantes se reunían allí y Gaudí les daba explicaciones extensas, en especial sobre la Sagrada Familia. Todos querían conocer a ese loco del que tanto habían oído hablar. Y cuando le pedían que enjuiciara la valía de arquitectos contemporáneos como Doménech i Muntaner o Puig i Cadafalch, invariablemente les elogiaba. No solía discutir de religión o de política con nadie, sabía que solo la conciencia libre de prejuicios podía acercarse al misterio.
Gaudí tuvo colaboradores excelentes, como Francesc Berenguer, Josep M.ª Jujol o Joan Rubió; escultores, como Llorenç Matamala y los talleres Badia. Cada uno de estos profesionales se dedicaba a su encargo y él dirigía todos los trabajos personalmente. Visitaba a los trabajadores enfermos y recomendaba normas para la seguridad e higiene.
«El trabajo es fruto de la colaboración. El verdadero arquitecto reconoce lo que sabe y puede hacer cada operario, no hay nadie inútil. He cansado mucho a los que han trabajado conmigo, procurando mejorar las cosas. Repetir es un camino de fertilidad; en Beethoven se encuentran temas retomados de diez años atrás, en Bach lo mismo. Verdaguer corregía siempre sus poesías. La ciencia consiste en esperar, no pasivamente, sino trabajando con persistencia, aunque la solución no se vea cerca» (César Martinell).
Pere Milá tuvo una fe total en Gaudí y hoy la Pedrera es el edificio más notable del Paseo de Gracia, declarado en 1984 Patrimonio Mundial de la UNESCO junto con el Palau Güell y el Park Güell. Si bien durante sus muchos años de existencia esta casa ha dado lugar a comentarios y chistes, Gaudí nunca hizo caso de las críticas.
La catedral de Mallorca había nacido de la conversión de una antigua mezquita musulmana en iglesia gótica en el año 1230 por orden del rey Jaime l. Gaudí la reformó: trasladó el coro, abrió los ventanales góticos ciegos y completó las tumbas de Jaime II y Jaime III; en el diseño de las vidrieras, superpuso cristales de tres colores primarios para que fuera la propia luz del sol la que diera origen a todos los colores. De ella decía: «Santa Sofía en Oriente, la catedral de Mallorca en Occidente».
El sentido de la gloria
En 1898 don Eusebio Güell encargó a Gaudí la obra más incompleta y perfecta de todas: la cripta de la colonia Güell en Santa Coloma de Cervelló. Gaudí escogió una pequeña colina rodeada de pinos. Fueron dieciséis años de trabajo en completa libertad. Los diez primeros los invirtió en la confección de la maqueta funicular, una de las cumbres de la investigación arquitectónica moderna. En un cobertizo suspendieron la maqueta en sentido invertido. La formaban multitud de cadenillas de las que pendían, atadas con hilos, miles de bolsitas llenas de perdigones. El peso de estas bolsitas es proporcional a la carga que debe soportar el edificio en ese punto, y así los hilos dibujan la trayectoria de las fuerzas.

La cripta brota de la geología del terreno. Taló muy pocos árboles, incluso cambió la forma de una escalera para salvar un pino, pues «la escalera la podía construir en tres semanas, pero se necesitaban veinte años para que creciera un pino».
Dos días a la semana, Gaudí, siguiendo su norma de no utilizar coche, venía en tren a dar instrucciones precisas a los operarios. A decir de la gente, Gaudí se había vuelto definitivamente loco, y causaría la ruina de Güell. No sabían que solo trabajaban nueve operarios.
Concentró sus mayores esfuerzos en las bóvedas tabicadas. Su objetivo era cubrir el máximo espacio con el mínimo material posible. Unió formas de la geometría reglada con un profundo simbolismo religioso: las cubiertas en forma de paraboloides hiperbólicos representando la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres rectas igualmente infinitas y conformando una sola bóveda. La cripta está llena de símbolos de la tradición popular, y también platónicos, pues manejaba el arte y el símbolo al igual que el científico el telescopio y el microscopio, con el fin de llegar a lo más profundo y elevado.
Encontramos episodios en estas construcciones que nos recuerdan la solidaridad de las antiguas cofradías de constructores de catedrales: un aprendiz se cayó en una caldera quemándose las piernas. Para salvarle la vida sin amputárselas había que injertar jirones de piel. Se ofrecieron a ello el párroco, los dos hijos de Güell, y cuarenta y tres obreros a quienes quitaron un fragmento de piel sin anestesia. Unos días más tarde recibieron de la ciudad la medalla de oro por su heroica conducta.
La obra se interrumpió en 1917, sin los acabados de la cripta ni la iglesia que se debía construir encima. Es la auténtica arquitectura mística del maestro Eckhart: el hombre pasará sin duda, pero el pacto firmado entre Dios y la humanidad ha quedado grabado para siempre en la catedral del universo, y en las piedras que alza el hombre hacia la bóveda celeste.
En mayo de 1908 visitaron el templo dos caballeros yanquis, con el encargo de un hotel para Nueva York, un rascacielos de 250 metros de altura. No llegó a realizarse. ¿El motivo? ¿Quizá las fiebres de Malta que le postraron en cama le apartaron del proyecto? ¿Quizá la grandiosidad asustó a los norteamericanos?
El ocaso del león
En 1911 esta intensa actividad menoscabó su salud, aquejada de fiebres de Malta, y decidió irse a Puigcerdà con el doctor Santaló, el mismo que le recomendó hacer trabajos manuales para el reumatismo. Estaba pálido y con escalofríos. Estos momentos fueron las únicas vacaciones de toda su vida. Cuando mejoró, se dedicó a la lectura. En esas largas tardes de verano pensaba en el templo. Cuando volvió a Barcelona, fue a su estudio y dibujó a lápiz el conjunto de la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia. Era fruto de una gran inspiración y refleja el dolor del genio.
La construcción del templo se financió en función de limosnas. Joan Maragall escribió el famoso artículo Una gràcia per caritat, que conmovió a la opinión pública, pero a fines de 1914 la crisis económica había obligado casi a paralizar las obras. Gaudí renunció a la mínima cantidad de doscientas pesetas mensuales (era lo mínimo que percibían sus auxiliares a media jornada). Él mismo salió a mendigar para el templo.
«El templo no lo terminaré. Harán falta una generación, dos, tres. El esfuerzo aun genial de un solo hombre es poco; sumando generaciones llegaremos a la belleza» (J. Bergós).
Como los constructores medievales, edificó para lo atemporal, no vio su obra terminada, pero no importaba, pues participaba en algo grandioso dejando huellas que no borrarían las aguas del tiempo. A medida que los años debilitaban su cuerpo, sentía más ágil su espíritu. Por entonces, Gaudí se fue quedando cada vez más solo. Primero falleció su ayudante y compañero Berenger. Poco después le dejaban su amigo Maragall, su mecenas Eusebi Güell y su admirado Torras y Bages.
Dijo Gaudí de la Sagrada Familia: «Esta no es la última de las catedrales, sino la primera de una nueva serie». Para Gaudí el templo era un viaje inmenso a través del espacio y el tiempo para franquear los límites de lo invisible. La Sagrada Familia fue una síntesis de símbolos universales: por fuera es una montaña, residencia de dioses, y por dentro, un frondoso bosque, en cuyos claros habitan los pequeños elementales. En 1921 llega el momento de la fachada de la Gloria.
«Será como en un bosque: oscuridad horadada por rayos de luz, la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles. Toda excelencia viene de la luz: la arquitectura es la ordenación de luz; la escultura es el juego de la luz; la pintura, la reproducción de la luz a través del color. El templo griego es una exteriorización luminosa; la catedral gótica es una interiorización de penumbra. La Sagrada Familia es de espíritu griego, ¡los griegos lo harían así hoy en día!» (Juan Matamala).
Gaudí dejo su casa del Park Güell y se quedó a dormir en su estudio de la Sagrada Familia. Sobre las cinco y media de la tarde se encaminaba a la iglesia de San Felipe Neri. El 7 de junio de 1926 un tranvía arrollaba a un hombre pobremente vestido, un indigente al que no ofrecieron ningún auxilio. Quedó tumbado en el húmedo suelo hasta que lo llevaron al hospital, donde murió tres días más tarde. Ese hombre era Antoni Gaudí, un genio del espacio, del símbolo y de la luz, que moría en silencio, sin molestar a nadie, tal vez rodeado del canto de las musas.
Los ciudadanos de Barcelona formaron un cortejo de 3 km para acompañar a aquel arquitecto que iluminaba la oscuridad de las almas hablando de Cataluña, de la naturaleza y de Dios. Hablaba palabras de verdad: «No hay amor superior al amor por la verdad. El pensamiento es esclavo de la verdad. La libertad del hombre está en su voluntad» (Joan Bergós).
Epílogo
Gaudí puso en acción su voluntad para mostrar la riqueza del arte y la ciencia como camino para liberar los verdaderos anhelos del ser humano, pues solo es válido lo que nos mejora; la cultura verdadera es lo que eleva al ser humano en pos de lo bueno, lo bello y lo verdadero.
Hablaba de liberar al hombre para que cante frente a las montañas, se emocione con los amaneceres, y que, como las pirámides, tenga una base firme y sepa elevarse hacia el azul del cielo, hacia el sol, hacia Dios. Grandes genios son los que han soñado grandes obras. ¿Qué hizo levantar las grandes catedrales? ¿Qué hizo que el hombre volase o llegara a la luna? Un sueño, un impulso interior que no murió.
La humanidad necesita hoy esos hombres que tienen la fuerza que hace girar los mundos, la fuerza que hace germinar las semillas, la misma fuerza que da alas a los sueños en los que las piedras no son murallas, sino símbolos de unión y fraternidad.
Bibliografía
Análisis estructural e historiográfico de Gaudí. González, José Luis. Publicaciones de la UPB (Universidad Politécnica de Cataluña).
Antoni Gaudí. Edición al cuidado de Salvador Tarragó. Ed. El Serval.
Antoni Gaudí. Zerbst, Rainer. Ed. Taschen.
El gran Gaudí. Bassegoda i Nonell, Joan. Ed. AUSA.
El mundo enigmático de Gaudí. Tokutoshi, Torii.
El templo de la Sagrada Familia. Carandell, Josep M.ª. Ed. Triangle.
Gaudí (Biografía) Álvarez Izquierdo, Rafael. Ed. MC.
Gaudí, biografía. Bassegoda i Nonell, Joan. Ed. Salvat.
Gaudí. Su vida, su teoría, su obra. Martinell, César. Publicado por el Colegio de Arquitectos de Cataluña y Baleares, Barcelona, 1967.
L´obrador de Gaudí. Publicación de la UPC (Universidad Politécnica de Cataluña).
La Pedrera de Gaudí. Bassegoda i Nonell, Joan. Ediciones Triangle.
Bertgós, Joan. Gaudí, l´home i l´obra, Barcelona, 1953.
Matamala Flotas, Juan. Gaudí. Mi itinerario con el arquitecto, 1960, inédito.
Pujols, Francesc. La visió artística i religiosa d´en Gaudí, 1920.
Rafols, J.F., Gaudí, Barcelona, 1929.




















