Lunes, 01 Octubre 2018 08:39

I EXPOSICIÓN Y CICLO PIERRE DE COUBERTIN

Con motivo del I , la Escuela del Deporte con Corazón, en colaboración con la Real Academia Olímpica Española, está organizando e impartiendo por toda España conferencias sobre este pedagogo, filósofo y amante de la historia junto con una exposición que consta de varios paneles con información tanto gráfica como descriptiva sobre la vida y obra del barón Pierre de Coubertin.

Además, en este ciclo se proyecta un audiovisual cedido por la RAOE titulado «Pierre de Coubertin, ayer y hoy», en donde podemos escuchar la voz del presidente y fundador de la Academia Olímpica Española, D. Conrado Durántez.

Si queremos destacar algo de este maravilloso ser humano es que Pierre de Coubertin estaba convencido de que la restauración de los Juegos Olímpicos, tras siglos de olvido, ayudaría a desarrollar mejores individuos, lo que llevaría a un mundo mejor y, por tanto, a la paz; quería demostrar que la humanidad podía ser pacíficamente competitiva. Por eso, durante los Juegos de Londres dijo esta frase tan conocida y con un importante significado: «Lo importante de los Juegos Olímpicos no es ganar sino participar, de la misma forma que lo más importante en la vida no es el triunfo, sino el esfuerzo. Lo esencial no es haber conquistado, sino haber luchado bien».

Pierre de Coubertin estaba convencido de que la restauración de los Juegos Olímpicos, llevaría a un mundo mejor y, por tanto, a la paz; quería demostrar que la humanidad podía ser pacíficamente competitiva

Dentro de su ideario, Pierre de Coubertin entendía el espíritu de lucha como una constancia vital: «La vida es bella porque la lucha es bella: no la lucha sangrienta, fruto de la tiranía y de las malas pasiones, las que fomentan la ignorancia y la rutina, sino la santa lucha de las almas, en busca de la verdad, la luz y la justicia» (1902).

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En sus Memorias olímpicas, Coubertin expresa con claridad su postura: «El deporte no es ningún objeto de lujo ni una actividad para ociosos, ni es siquiera una compensación muscular al trabajo cerebral. Es, por el contrario, para toda persona, una fuente eventual de perfeccionamiento interior, no condicionada por la condición laboral, patrimonio de todos por igual y cuya esencia no puede sustituirse con nada».

La Escuela del Deporte con Corazón es consciente de lo que se transmite a través de la práctica del deporte y promueve la vivencia de la actividad deportiva con «espíritu olímpico». Invitamos a todos aquellos que viven de esta manera el deporte a participar de las próximas conferencias que se realizarán en Barcelona, Almería y Jaén.

 

Publicado en Acontecimientos

Pierre de Coubertin puso en marcha el Movimiento Olímpico moderno casi en solitario desde su despacho de la parisina calle Oudinot, un ingente trabajo que dejó tras de sí más de doce mil páginas impresas, la mayor parte escritas de su puño y letra. Una vida dedicada a la mejora psicofísica de la humanidad a través del deporte. El deporte como instrumento de cambio social, como herramienta revolucionaria.

Uno de los aspectos que siempre me ha llamado más la atención de la biografía de Pierre de Coubertin es el hecho de que, cuando le sorprendió la muerte de forma repentina, paseando meditabundo por el parque de La Grange en Ginebra (Suiza), en los bolsillos de su gastado abrigo solo encontraron unas pocas monedas… El ideólogo de la mayor fuerza social de nuestro tiempo murió arruinado e incomprendido por gran parte de sus contemporáneos.

Imaginemos, por un instante, una entrega tal en nuestra sociedad actual.

Pierre de Coubertin estaba desengañado de los políticos y de la política de su tiempo (podemos buscar, de nuevo, analogías con el nuestro), que no ofrecían cauce para sus ideas de establecer una reforma educativa en su Francia natal. Coubertin había desechado la idea de seguir una fácil carrera militar, que era lo que se esperaba de él, de un hombre de su rango, condición e hidalguía. Por cierto, también renegaba habitualmente de la elitista y despreocupada clase social a la que pertenecía por su baronía.

Dedicó gran parte de sus esfuerzos a conocer y comprender los sistemas educativos anglosajones que triunfaban en su época. Lo más importante en la vida de los pueblos modernos -escribió Coubertin- es la educación, la educación que ha de ser el prefacio de la vida, y lo que así expreso, es el resultado de mis observaciones adquiridas […] en donde he podido constatar la existencia de grandes corrientes de reforma pedagógica, independientes de los Gobiernos e incluso superiores a las tradiciones nacionales .

De nuevo, ideas revolucionarias para la Europa continental de su época y que podemos trasladar a nuestros tiempos. La educación como motor de la sociedad y del progreso. Pero no sirve con una educación partidaria, nacionalista o eventual. Tampoco basta con pensar a corto plazo. La idea de Coubertin, que sigue hoy día en plena vigencia, es trascender ideas políticas, coyunturas e incluso naciones, para acometer una gran reforma educativa. Y para ello, el humanista francés encontró el medio más cómodo, rápido y eficaz, además de un vehículo de comunicación directa, comprensión y pacificación entre los pueblos… Pierre de Coubertin restauró el olimpismo griego.

Y una prueba más de que la idea coubertiniana del moderno olimpismo no era crear un centro de alto rendimiento deportivo, fue que el Movimiento Olímpico nació al amparo del claustro de la prestigiosa universidad parisina de la Sorbona.

Coubertin había creado así, en el siglo XIX, el mayor acontecimiento social de nuestro tiempo. Y lo hizo a costa de su salud, su tiempo e incluso su fortuna hasta el mismo día de su muerte. Pensemos por un momento la ingente tarea que ello supone. Organizar unos primeros juegos olímpicos, sin móviles, sin Internet, sin nuestros modernos medios de transporte, sin el apoyo de la televisión…

El olimpismo, una filosofía de vida

El olimpismo es, en origen, una filosofía de vida que utiliza el deporte como correa transmisora de sus ideales formativos, pacifistas, democráticos y humanitarios, ideales todos ellos presentes constantemente en las sociedades modernas y en sus medios de comunicación. Frecuentemente, se nos pregunta: ¿y... feminista?

Sin duda, podemos y debemos responder a esta pregunta con un rotundo sí. En tanto en cuanto es democrático, es profundamente feminista. Además, todos los pasos que vienen dando las organizaciones olímpicas en las últimas décadas caminan, decididamente, en esta dirección.

Sin embargo, frecuentemente se le achaca a Coubertin, de forma malintencionada, un pretendido machismo, si bien de lo único que le podemos «acusar» es de no aplicar su sentido visionario también a la igualdad de género. Cabe citar al filósofo español Ortega y Gasset, quien afirmaba: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Y las circunstancias de Coubertin (a finales del XIX) no eran las más favorecedoras para el impulso de la mujer, que estaba relegada a un desempeño meramente familiar. Incluso en la práctica médica de la época, realizar actividades deportivas era ampliamente desaconsejado por ser incompatibles con la maternidad. Además, Coubertin también acudía en este caso a las fuentes clásicas que fundamentaban la ideología olímpica. Así, las mujeres griegas tenían prohibido competir en los Juegos de Olimpia bajo pena de muerte.

Señalemos otro aspecto en el que Pierre de Coubertin también se adelantó a su época y que está en plena vigencia tres siglos después. De hecho, las grandes reformas llevadas a cabo por el Comité Olímpico Internacional y que se han desarrollado desde finales del siglo pasado han tenido como detonante escándalos de corrupción económica y compraventa de todo tipo de prebendas. Y bastará citarlo para entender la concepción del pedagogo sobre la dimensión que él había imaginado para sus juegos olímpicos: Un espíritu mercantilista amenaza con invadir los círculos deportivos al haberse desarrollado los deportes en el seno de una sociedad que amenaza con pudrirse hasta la médula a causa de la pasión por el dinero. […] Los Juegos Olímpicos no deben considerarse como la gallina de los huevos de oro .

Termino citando a Marie-Thérèse Eyquem, deportista, escritora y activista feminista francesa, quien describió a Coubertin con belleza literaria: «De excepcional inteligencia, erudito y adivino, "decididamente subversivo" no por gusto, sino por probidad intelectual, revolucionario y enemigo de la violencia, a la vez apegado a su patria e internacionalista, vinculado a su raza, a su clase, a su nombre y hostil a su «casta», gentilhombre y a la vez descubridor de la nobleza del pueblo, cortés, discreto, espiritual, persuasivo para defender su ideal, vehemente contra la injusticia, luchador infatigable e infatigable defensor de la paz, dejó una obra y un ejemplo. Obstinado, inflexible y a la vez adaptable a todo tipo de sutilezas de la evolución, de un carácter tosco con una sensibilidad de niño o de poeta, poco preocupado de la gloria inmediata, ignorante de la palabra "interés", lo dio todo. Se entregó a sí mismo y entregó todo lo suyo a millones de desconocidos, en los que quiso ver la fuerza y la alegría».

 

Publicado en Pensamiento social
Lunes, 01 Octubre 2018 00:00

El espíritu olímpico, fuente de valores

Si buscamos en la historia algunos elementos que hayan sobrevivido a lo largo de miles de años, aunque sea de manera intermitente, y que hayan servido a personas que vivieron hace más de dos mil años y que todavía sirven hoy en día para nuestra sociedad, uno de estos elementos es, sin duda, los Juegos Olímpicos.

No vamos a hablar sobre la historia de los Juegos, sino sobre aquello que subsiste de forma inmanente en la celebración de los mismos y que es el espíritu olímpico, que sigue inspirando hoy en día a cada uno de los participantes de este evento.

La Escuela del Deporte con Corazón nació con el propósito de seguir alentando este espíritu. Para ello, ofrece el deporte para todos (viejo sueño de Coubertin), y para todas las edades. La educación deportiva es útil para todos: los que poseen vocación y los que se sienten atraídos por el deporte, para que todos tengan la oportunidad de vivir la experiencia del deporte como algo lúdico, agradable, provechoso, y que no produzca rechazo en personas que tienen el concepto erróneo de que el deporte es solo sacrificio y sufrimiento del cuerpo físico. El deporte produce bienestar físico y psicológico, así como salud si se practica con inteligencia.

La gimnasia no solamente posee la capacidad de formar físicamente al individuo, sino también psicológica y moralmente si utilizamos el deporte como medio para desarrollar y transmitir valores, formando seres humanos conscientes, útiles y felices. Algunos valores como la solidaridad, la cooperación, la comunicación, la participación, la tolerancia, el respeto a los demás, el trabajo en equipo, la convivencia, la perseverancia, la creatividad o la iniciativa, pueden desarrollarse con la práctica del deporte.

La Escuela del Deporte con Corazón colabora hoy en día como Centro de Estudios Olímpicos, formando parte de esa gran familia olímpica cuyo padre/madre es la Real Academia Olímpica Española, difusora y defensora del olimpismo, que es la filosofía olímpica.

El olimpismo se presenta como una filosofía de la vida, y los postulados están, entonces, dirigidos a exaltar y combinar en su conjunto armónico las cualidades del cuerpo, la voluntad y el espíritu. Al asociar el deporte con la cultura y la educación, el olimpismo se propone crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales. Es por ello por lo que el objetivo del olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armó nico del ser humano con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.

Como homenaje a este caballero del deporte que fue Pierre de Coubertin, hemos dedicado este año 2018 a rescatar y reivindicar la vida de este hombre, a decir de D. Conrado Durántez «el más famoso desconocido de la historia». Para ello hemos realizado muchas actividades en torno a su vida y su obra: una exposición itinerante y un audiovisual cedidos por la Real Academia Olímpica Española, más de 15 conferencias, charlas y tertulias en doce ciudades de toda España y, por último, esta revista, que trata de resumir toda la labor que realizó este gigante de la pedagogía y de acercarnos un poco más a la persona.

Coubertin, pedagogo antes que deportista

Conocido como «renovador de los JJ. OO.», Pierre de Coubertin, que se considera pedagogo por encima de todas las cosas, explora todos los dominios de la actividad humana y merece el noble título de humanista. Su obra resulta de una actualidad admirable. Con esta revista pretendemos, desde la humildad, aportar nuestro granito de arena en el rescate de la titánica obra y figura de este gigante de aspecto afable y sonrisa cómplice.

Coubertin quiere imprimir en el deporte una misión educativa; este aspecto se menciona en varios de los principios fundamentales de la Carta Olímpica:

Principio Fundamental 2 : El olimpismo es una filosofía de vida que exalta y combina en un todo equilibrado las cualidades del cuerpo, la voluntad y la mente. Con esta fusión del deporte con la cultura y la educación, el olimpismo aspira a crear un modo de vida basado en el disfrute hallado en el esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios é ticos fundamentales universales.

Principio Fundamental 3 : El objetivo del olimpismo es poner el deporte al servicio del desarrollo armó nico del ser humano en todos los ámbitos, a fin de fomentar el desarrollo de una sociedad pacífica preocupada por la preservación de la dignidad humana.

El espíritu de la Escuela del Deporte es entender que lo que importa es ser mejores, más rápidos a la hora de cumplir con las responsabilidades, más altos para elevar nuestros sentimientos y pensamientos y más fuertes para vencer las debilidades: citius, altius, fortius.

Como diría Aristóteles, «En los Juegos Olímpicos no se corona a los más hermosos y a los más fuertes, sino a los que saben competir…». De esta manera recuperamos el sentido original de la competición: com petire (ir juntos hacia algo). Por lo tanto, se hace imprescindible el desarrollo del espíritu olímpico.

En nuestro logo aparece el fuego olímpico como símbolo universal de unión. Quien siente esta vocación cree, además, en las ideas de hermandad entre los pueblos, de no discriminación, de usar el deporte como correa transmisora de valores y de la búsqueda incansable de la paz.

Así pues, emprendamos el comienzo de una hermosa aventura, hija de ideas luminosas, y al decir de Coubertin:

«A vosotras, mis ideas, dedico mis memorias en señal de agradecimiento por los momentos felices que me habéis dado. No estoy seguro de si sois todas mías, ni de si antes de que llegarais a mi mente habíais vivido en la mente de otras personas. No obstante, tengo la impresión de que me pertenecéis, lo que viene a ser lo mismo que si realmente lo hicierais. Nunca nos peleamos. Tiendo a aceptaros y a obedeceros, y tengo fe en vuestra consistencia. Algunas de vosotras ya habéis tomado forma y os habéis hecho realidad. Esto le da confianza a otras ideas en las que no he tenido tiempo de trabajar… Esperarán con paciencia y no me abandonarán.

¡Oh, no me abandonéis! Sois mi felicidad. Pensar, imaginar, soñar, concebir: que placer!».

 

Publicado en Filosofía

Era tal el carácter sagrado de los Juegos Olímpicos que las continuas guerras entre pueblos hermanos se detenían para permitir que todos pudieran asistir, pues el oráculo había dicho que debían convertir su antagonismo en una noble competición en el campo de los deportes.

Así, Olimpia fue el lugar físico donde encarnó un ideal que habría de llevar a los jóvenes, a través del acicate de la victoria, a desarrollar unos valores que, en el fondo, son el objetivo principal del juego.

Según el sentido profundo del oráculo, se trataría de un empujón civilizador impulsado una vez más por los dioses que velan por el desarrollo de la humanidad.

Estos valores, solo conseguidos a través del esfuerzo inteligente y entusiasta, serían los que irían ennobleciendo el alma del atleta, que pasaría a ser ejemplo a seguir por sus conciudadanos.

Así, aunque el premio pareciera ser la fama y el honor, el verdadero triunfo era la purificación del alma, tal como luego nos enseñaría Platón.

Y así fue durante más de mil años hasta que el desgaste de todo lo manifestado hizo que los Juegos cayeran en el olvido.

Pero los ideales civilizadores nunca mueren; esperan durmientes en su lecho divino hasta que la ley de los ciclos históricos los reclama de nuevo para su plasmación. Y es entonces cuando se hace necesaria la presencia de un alma grande para concebir el gran sueño. El destino quiso que fuese un hombre llamado Pierre de Fredy, nacido en París el 1 de enero de 1863.

Hay personajes a lo largo de la historia que han sabido legar a la humanidad una obra tan gigantesca que el brillo de su magnitud ha eclipsado al propio artífice de la misma. Este es el caso del barón Pierre de Coubertin, casi un desconocido fuera del ámbito especializado del olimpismo.

Su título nobiliario le fue dado por el rey francés Luis XIII a un antepasado suyo, el primer Fredy, en 1471. El sobrenombre familiar proviene de 1567, en que uno de los Fredy adquirió el señorío de Coubertin, cerca de París.

Pierre estudió Ciencias Políticas, pero pronto descubrió que su verdadera vocación era la pedagogía. En una época de cambios como vivía Europa, se dio cuenta de que la educación era la clave para que las nuevas generaciones hicieran resurgir valores aparentemente perdidos en el seno de una civilización utilitarista, profana y dividida.

A raíz de las experiencias personales vividas en sus viajes por Inglaterra y Estados Unidos, concibió la idea de una gran reforma pedagógica con proyección internacional.

Ecos del pasado

Inspirado en el recuerdo del espíritu olímpico, escuchó los ecos de ese pasado preservado en vasijas, mitos, estatuas y murales, resonando en la poesía clásica, la filosofía y el teatro. Las silenciosas piedras de las excavaciones de Atenas, Delfos y Olimpia avivaron también los rescoldos de un fuego que nunca se terminó de apagar porque vive en el corazón del espíritu humano.

Coubertin vio en su portentosa imaginación la posibilidad de dar vida de nuevo a los Juegos Olímpicos, de recuperar la competición atlética como una práctica para el fortalecimiento de los valores del alma así como de la forma física del cuerpo.

El juego limpio, la nobleza en la contienda, el coraje, la superación de los propios límites, la ofrenda del esfuerzo como un gesto que busca sacralizar nuestra vida, todo lo que el deporte puede aportar al joven era visto por Coubertin como una fragua en la que un temperamento violento, mediocre o pusilánime se puede convertir en un carácter bien templado, fuerte y dispuesto a la fraternidad entre los pueblos.

Y así, al considerar el deporte como un medio eficaz en la educación de la juventud, se comprometió en la introducción de la educación física en la escuela; fundó la Sociedad de Deportes Populares, creó Universidades Laborales, publicó numerosos escritos sobre temas pedagógicos, políticos e históricos y se entregó a la fundación de asociaciones deportivas escolares y su organización a nivel nacional.

El 25 de noviembre de 1892, en el claustro de la Sorbona, en París, anunció su idea de restablecer los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. La idea fue recibida con gran alborozo; sin embargo, no obtuvo la aprobación, quizás por considerarse un proyecto de una envergadura excepcional. No obstante, dos años después, en el mismo lugar, obtuvo el apoyo unánime de todos los presentes, creándose el Comité Olímpico Internacional (COI) y designándose como primera sede para la celebración de los Juegos Olímpicos modernos la ciudad de Atenas.

Ya en la primera versión de la reglamentación del COI (1894) se cita como tarea del Comité «adoptar todas las medidas convenientes para fomentar el deporte para todos en igual medida que el de alta competición». Coubertin quiso hacer del deporte una escuela de nobleza y pureza moral, a la vez que un medio de fortalecimiento y energía física.

En sus Memorias olímpicas, Coubertin expresa con claridad su postura sobre el «deporte para todos»:

«El deporte no es un artículo de lujo, no es una ocupación para ociosos ni una compensación por el trabajo intelectual. El deporte es una fuente de perfeccionamiento interno para cada persona. La profesión no tiene nada que ver con ello. Antes bien, el deporte es un regalo irreemplazable que le es dado a todas las personas en igual medida. Desde una perspectiva étnica tampoco existe diferencia, ya que, por naturaleza, todas las razas disponen del deporte como de algo propio y en igualdad de derecho».

Deporte y paz

Coubertin consideraba de vital importancia la misión pacificadora de los Juegos. En un discurso de 1894 en Atenas afirmaba:

«Es preciso que cada cuatro años los Juegos Olímpicos restaurados den a la juventud universal la ocasión de un reencuentro dichoso y fraternal, con el cual se disipará poco a poco esta ignorancia en que viven los pueblos unos respecto a los otros, ignorancia que mantiene odios, acumula los malentendidos y precipita los acontecimientos en el destino bárbaro de una lucha sin cuartel».

Desde la fundación del COI, Coubertin fue el motor que impulsó la nave olímpica con su aliento vital, con su conocimiento y, sobre todo, con su entusiasmo infatigable, pese a la incomprensión de muchos de sus contemporáneos. Ostentó la presidencia del Comité desde los inicios, en 1896, hasta 1925.

Coubertin siempre creyó que el arte y el deporte debían ir de la mano en la educación del joven; música y gimnasia, al decir de Platón. Las artes de las musas embellecen la vida individual y perfeccionan la vida social.

Así lo expresa en múltiples páginas de su Ideario:

«¡El culto a las letras y las artes! Abridle decididamente las puertas».

En 1912 introdujo «El pentatlón de las musas» en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, en el que obtuvo una medalla de oro por su Oda al deporte , firmada bajo el seudónimo de Georges Hohrod y M. Eschbach.

En 1915, debido a la incomprensión de una parte de sus paisanos hacia el sentido de su labor, sumado a las tensiones políticas de la época, trasladó la ubicación del COI a Suiza, donde vivió hasta su muerte, que tuvo lugar de forma repentina cuando paseaba por el parque de La Grange en Ginebra. En su testamento dejó escrito que su cuerpo fuera enterrado en Suiza, la ciudad que le dio cobijo y comprensión; y que su corazón fuera llevado a Olimpia, el mítico santuario fuente de inspiración de su vida y de su obra.

Este bienhechor de la humanidad que fue Pierre de Coubertin, revolucionario, amante de la paz, impulsor de la concordia entre los pueblos, de excepcional inteligencia y sobrehumana energía, se entregó a sí mismo y toda su fortuna para invocar y plasmar este ideal olímpico atemporal. Nos legó una ingente obra de investigación que sobrepasa las 14.000 páginas impresas, distribuidas en libros, conferencias, artículos, discursos...

Gracias a él, hemos recuperado los Juegos Olímpicos, unos festivales que han despertado de su letargo histórico para irrumpir en el presente con la fuerza de la juventud.

Olimpia representa el sueño universal de superar las grandes luchas de la vida con coraje y determinación. Y eso... no puede morir jamás.

Bibliografía

Phil Cousineau. La odisea olímpica. Ed. Amara, 2008.

Conrado Durántez. Ideario de Pierre de Coubertin. Comité Español Pierre de Coubertin. Madrid.

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Lunes, 01 Octubre 2018 00:00

Bienvenidos a Olimpia

Es agosto y estamos en mitad de Castilla-La Mancha, más concretamente en Chinchilla de Montearagón, un pueblo de nombre ilustre y arquitectura noble que apenas llega a 5000 habitantes. Solo 13 km lo separan de Albacete, una distancia desde la que ya se ve la que bien podría ser la única colina de la provincia, coronada por el hermoso y antiguo castillo de Chinchilla. La vida en el pueblo habitualmente discurre tranquila, pero durante cinco días los vecinos han compartido calles y plazas con cerca de 450 personas de nueve países‪, que han llegado hasta aquí para competir en las I Olimpiadas Internacionales del Voluntariado‪.

Deporte de corazón

Detrás de este evento está la Escuela del Deporte con Corazón, una entidad joven, nacida hace apenas ocho años, pero que ha desarrollado una intensa actividad organizando por primera vez, en 2011, las Olimpiadas del Voluntariado en España, abierta a voluntarios de cualquier organización aficionados al deporte. Eso sí, como en toda competición deportiva, los atletas han tenido que cumplir los requisitos de marca mínima establecidos para el deporte y la categoría en la que quisieran participar.

Francisco Iglesias, director de la Escuela del Deporte, ha logrado llevar sus principios también a Brasil, Canadá, Paraguay, Bolivia, Rusia, Ucrania, Israel, República Checa, Hungría, Eslovaquia y Alemania. Principios que no solo fomentan el uso del deporte como elemento de salud, sino que también buscan canalizar vocaciones deportivas e integrarlas con el espíritu filosófico, ese que permite aplicar y transmitir los valores deportivos a las personas. Sus palabras a los nadadores que compitieron, nada más conocerse los resultados de los cronómetros, expresan muy bien la idea: «Igual de bien que habéis nadado en la piscina tenéis que nadar en la vida, no podéis ser como otros atletas que nadan muy bien en la piscina pero se ahogan en la vida. Vosotros no».

Así, después de siete años convocando en Chinchilla a voluntarios deportistas de toda España, el 2018 se ha convertido para la Escuela del Deporte con Corazón en un año de importantes latidos, como la firma de un convenio con el Ayuntamiento del pueblo y la Real Academia Olímpica de España para crear en el municipio un Centro de Estudios Olímpicos, y el logro de atraer hasta este pueblo manchego a deportistas y voluntarios de diversos países para hacer realidad la primera de muchas Olimpiadas Internacionales del Voluntariado.

Atletas nuevos, espíritu antiguo

Los Juegos Olímpicos, los que salen por la tele cada cuatro años, son el espectáculo de las marcas, los récords y las estrellas. El « citius, altius, fortius» nos ha permitido ver los 9,58 segundos de Usain Bolt en 100 metros lisos, los 2,45 metros de Javier Sotomayor en salto de altura y las 2 horas 02 segundos de Dennis Kimetto en la maratón. Pero hay algo que hace mucho tiempo que no se ve en los Juegos Olímpicos, tanto que cuando ocurre es noticia en todo el mundo y los vídeos del momento se viralizan por doquier: eso que llaman «espíritu olímpico».

A pesar de que se trata de una competición de «aficionados», el nivel del deporte que ha podido verse en las Olimpiadas del Voluntariado ha sido bastante bueno, pero lo que realmente ha sorprendido es la presencia constante de ese espíritu que en la Antigüedad proclamaba la tregua de cualquier conflicto y exigía, como ofrenda viva al dios fundador de las olimpiadas, que reinase la paz y la convivencia entre los atletas, fuera cual fuera su ciudad de origen.

Solo hemos tenido que ver las competiciones, observar a los atletas de un país dando ánimos a los de los otros o gastándose bromas juntos, al público reconociendo el esfuerzo de los perdedores con vítores y aplausos, a los jueces actuar con rigor, justicia y alegría y, sobre todo, oírles; escuchar los comentarios que se hacían entre ellos o en las entrevistas que ofrecían a la prensa local: «He competido muchas veces, sé lo que es la competición, pero esto es nuevo para mí, es la primera vez que veo algo así, de compañerismo, con los equipos, con la gente. De verdad que todo esto es nuevo, es increíble», decía Juan Oppong, del equipo español, ganador del oro en velocidad; «Siento como si estuviera en Olimpia, es el espíritu, la fraternidad y la alegría», comentaba Roberto dos Santos, uno de los jefes de equipo de Brasil; «He competido en mi país, y esto es parecido, pero no es igual, estoy viviendo el espíritu de las olimpiadas», explicaba en inglés el israelí Or Shafrir, ganador del oro en 100 metros braza.

Como en la Antigüedad, estas olimpiadas no han sido solo competiciones deportivas. Cada noche, los equipos que durante el día habían competido en el estadio se batían de otra forma, sobre el escenario del Auditorio Constantino Romero de Chinchilla, con actuaciones de teatro, poesía, canto o baile. Los ganadores de cada competición artística también recibían sus medallas y coronas de olivo en el podio del estadio al día siguiente.

Los segundos y los centímetros marcan con precisión los récords olímpicos, pero ninguna de esas medidas puede acercarse siquiera a expresar o transmitir algo tan intenso, fuerte y elevado como la fraternidad. Algo así solo puede vivirse, y apenas hay palabras que puedan lograr que otro, alguien que no haya estado ahí, lo entienda. Los ganadores del oro en fútbol sala (obligatoriamente mixto en las normas de la competición), chicos y chicas del equipo de Chinchilla, comentaban que cuando juegan en las liguillas los equipos perdedores nunca les felicitan, y suelen marcharse abatidos nada más terminar. Les sorprendía ver cómo aquí los perdedores se abrazaban, felicitaban y festejaban el solo hecho de haber dado lo mejor en cada uno de los partidos. Y realmente lo hacían, realmente daban lo mejor de ellos, como atletas y como personas.

Voluntarios, voluntarios, voluntarios

Quizá ese espíritu del que hablamos tenga que ver con el tipo de personas que han hecho posible el evento. Si miramos la lista de colaboradores, están instituciones como el Centro de Estudios Olímpicos de Chinchilla, el Ayuntamiento de Chinchilla, Radio Chinchilla, la Diputación de Albacete, el Instituto Municipal de Deportes de Albacete, el Comité Olímpico Español, la Real Academia Olímpica Española, la Organización Internacional Nueva Acrópolis, así como numerosas empresas y comercios locales.

Las contribuciones han sido de todo tipo; algunas, económicas, pero también cesión de uso de instalaciones deportivas y culturales, equipamiento, servicio de lavandería, hospedaje, o la colaboración de Protección Civil durante la prueba de 14 km. Una infraestructura sin la cual difícilmente habrían podido llevarse a cabo estas Olimpiadas, y que ha estado articulada desde dentro por un extenso equipo de voluntarios que, durante cinco días, han sostenido casi a pulso el engranaje olímpico.

Empresarios e ingenieras convertidos en ayudantes de cocina, gestores que se han preparado para actuar como jueces, abogados como abanderados, una investigadora en biomedicina preparando las medallas que se entregaban a los ganadores, aparte de médicos, enfermeras y quiroprácticos atendiendo de día y de noche las lesiones de los atletas. Y Max, que ha venido con su equipo desde Rusia para grabarlo y fotografiarlo todo y dejar testimonio visual de lo que se ha vivido en Chinchilla. Posiblemente sea la persona que más ha corrido en los cinco días de olimpiadas. Todos voluntarios, todos en equipo, sin distinciones y sin más identificación que estar donde hiciera falta, especialmente por parte del equipo de España, el país anfitrión de estas primeras olimpiadas.

Con tanta gente que llevaba el voluntariado en la sangre no era difícil ver a atletas que, justo después de bajar del podio después de recibir una medalla, salían corriendo para la cocina porque había que preparar el almuerzo: 450 personas tres veces al día, y hacían falta manos para tenerlo todo a tiempo.

Al final

Si tuviera que pedir un deseo al futuro de las Olimpiadas del Voluntariado, no pensaría en más gente, ni en más países, ni en un estadio más grande en una capital importante; si tuviera que pedir un deseo, sería que no se perdiera el espíritu. Hago balance de estos cinco días, de los atletas y los voluntarios juntos en el gran comedor del Palacio de San Jorge, de la admiración del graderío por todos los que estaban en la pista, saltando, corriendo, lanzando y sudando. No es fácil estar allí, vistiendo la camiseta de tu país en el estadio, llegar desde lejos, ponerse a prueba y competir. Eso es lo que se aplaude.

Veo todo eso y me pregunto: ¿cuándo cambió todo?, ¿en qué momento los juegos dejaron de dar cabida a personas como el panadero Corebo de Élide, que obtuvo la victoria en velocidad en la primera olimpiada de la Antigüedad? ¿En qué momento el logro de la excelencia deportiva fue más importante que la excelencia humana? ¿Cuándo perdieron los juegos la capacidad de detener las guerras y hacer que los contendientes se sentaran en la misma mesa a negociar la paz, bajo el auspicio siempre favorable de los dioses rectores de los juegos?

En la Antigüedad una idea logró unir a personas diferentes más allá de los conflictos de sus políticos y sus credos. Al final, cuando los equipos desfilaban juntos al cierre detrás de las banderas, después de las últimas pruebas y de las últimas medallas, el concejal de Deportes de Chinchilla y primer teniente de alcalde, dijo unas palabras, las oficiales, sobre cómo el evento había engrandecido al pueblo, y le había dado vida y alegría. Luego, pronunció las otras, las extraoficiales, las que le salían del corazón en ese momento: «Estoy contento porque he podido vivir esto, porque esto es algo único, que voy a vivir sólo una vez en mi vida». Eso es Olimpia, ayer y ahora. ¡Bienvenidos a Olimpia!

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