Febrero 2007

La responsabilidad

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Esta maravillosa cualidad que puede expresarse con las mejores palabras pero que, en síntesis, destaca nuestra capacidad de actuar con la conciencia despierta, de reconocer cuáles son nuestros compromisos y llevarlos a cabo con la alegría de cumplir con un deber material y espiritual a la vez, se vuelve notoria por su ausencia entre la gente.

image.jpg Llamamos “civilización” al estilo de vida que nos rige, y sobre todo en un mundo tan variopinto como el nuestro, nunca sabemos a qué forma de civilización debemos referirnos. En todo caso, la que afecta a la inmensa mayoría de nosotros es la malamente denominada “occidental” y es la que predomina en las grandes ciudades de los “países desarrollados” y no tan desarrollados. Es una fórmula netamente materialista en la que el síndrome de las posesiones, el consumo, la eterna juventud corporal y la falta de preocupación son las máximas aspiraciones.


En nuestras aceptadas “sociedades de consumo”, los niños crecen aprendiendo que valen por lo que tienen (ellos o sus padres) y no por lo que son. Los valores morales no forman parte del mencionado “consumo”: nadie los usa, nadie los requiere ni los aprecia. Por lo tanto, la cuestión es poseer objetos materiales costosos y ampliamente publicitados, o bien gozar de situaciones de prestigio personal que, a la larga, se apoyan también en posesiones materiales: un título, un cargo, un lugar destacado entre los demás.

No hace mucho leí uno de esos trabajos estadísticos que suelen aparecer en revistas y periódicos, por el que me entero de que los padres actuales se sienten tentados de sacrificarlo todo, con tal de ofrecer a sus hijos las máximas comodidades. En parte, los padres actúan así por evitar a sus hijos algunos dolores que ellos tuvieron que sufrir, y en parte lo hacen por el inevitable sentimiento de culpa que los domina al tener a sus hijos abandonados casi todo el día para poder trabajar más y ganar más dinero.

¿Cómo resultarán las nuevas generaciones educadas con semejantes criterios? Jóvenes cómodos, apegados a la tranquilidad que encuentran en sus casas, hecho comprobado por las estadísticas: cada vez son más los jóvenes que prefieren vivir en el hogar junto a sus padres, no por el sentimiento de unión familiar, sino por la comodidad que esto representa. Nos tendremos que ver con jóvenes débiles ante la vida, acostumbrados a tenerlo todo servido en bandeja, a no hacer frente a ninguna dificultad y, lo que es peor, a estudiar minuciosamente cómo evitar cualquier dificultad.

Estamos en la era de la irresponsabilidad inconsciente. Sé que esta afirmación puede parecer contradictoria, ya que la evasión de la responsabilidad aparenta ser una búsqueda consciente por parte de la gente. Pero, como filósofos, no podemos admitir que sea la conciencia, la verdadera conciencia humana, la que llame a las puertas de la evasión de toda responsabilidad.

Los compromisos se conciben como la peor “enfermedad” que se pueda padecer y se prepara a niños, adolescentes y jóvenes para “ser libres”, para no atarse a compromisos innecesarios. Lástima que los que se consideran innecesarios son justamente los únicos compromisos que nos dan el honroso título de Humanos.

Comprometerse con un horario de escuela, trabajo o facultad; no faltar a citas sociales o a encuentros para pasar el rato, no son verdaderos compromisos al lado de aquellos que exigen abrir los ojos del alma, reconocerse a sí mismo, saber encontrar el sentido de la Vida y el papel que venimos a jugar en el mundo cada uno de nosotros, papel que debe redundar en el propio beneficio moral y espiritual y en el avance evidente de las civilizaciones.

Basta con echar una mirada a la Naturaleza, para recibir verdaderas clases de responsabilidad. Nada en ella, ni una piedra, ni un árbol, ni un animal, ni las estrellas, ni las galaxias escapan de su Destino; al contrario, lo cumplen con una regularidad tan maravillosa que la falta a esta regla es considerada como un “fenómeno” y es consignada por todos los observadores científicos y por los ávidos de noticias.

¿Puede entonces el hombre escapar a la responsabilidad? Al contrario. Lo justo sería que, desde el principio, los niños supieran que han venido a un mundo que espera mucho de ellos y que deben empezar a cumplir con pequeñas tareas, las suyas, las maravillosamente suyas que nadie les puede arrebatar y que nadie puede cumplir en su lugar. Así se haría realidad la presencia de una juventud saludable en cuerpo y alma y de una madurez serena y capacitada para vivir la civilización en lugar de verla deslizar cómodamente desde la ventana de los televisores.

¿Los compromisos? Igual se adquieren, aunque de menor categoría, por la fuerza o por la inconsciencia. Es mil veces mejor tener el valor de comprometernos por lo que queremos y hemos elegido, aunque miles de borregos clamen por lo contrario; tarde o temprano los borregos cantarán la canción de la responsabilidad cuando la escuchen en boca de los grandes, de las grandes mayorías.

Delia Steinberg Guzmán

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