¿De dónde emergen las experiencias dolorosas de la vida, qué podemos considerar la fuente de todo cuanto acontece?, pregunta el Buda a sus discípulos monjes (bikkhus). En nada se sustentan, nada hay que, en definitiva, exista, responde él mismo; solo nuestra ignorancia de la verdad esencial. Solo una mente que, no iluminada, teje una red de causas y efectos (las doce Nidanas), una mente que se siente perturbada por las sombras de su propio movimiento, que no percibe el eterno AHORA donde se inmovilizan todas las existencias. Donde la luz de la verdad-una (el ontos de Parménides, el sat de la filosofía védica) brilla con gloria infinita. Son nuestra ignorancia, la ausencia de plenitud en el Yo, y la sed de vida y sensación las fuerzas que hacen girar la Rueda de la Existencia, la Rueda del Dolor, la viva muerte en que viven, mueren y renacen todos los seres que nadan, aturdidos, en las aguas de samsara.

Este es uno de los tesoros, una de las enseñanzas del Buda en el Discurso sobre la «Raíz-Secuencia» (Mula Pariyaya Sutta) que aparece como el primero de los llamados Discursos Medios ( Majjhima Nikaya), dentro del Sutta Pitaka, obra, esta última, que compendia todos los discursos del Buda, según la versión del budismo Theravada de Sri Lanka.

Narra la tradición budista que, a poco de la muerte del Buda, uno de los monjes, indolente y perezoso, viendo tristes a sus compañeros, dijo que no se apenasen, pues antes «nos tenía hartos diciéndonos “Esto os conviene. Esto no os conviene”; pero ahora podremos hacer lo que nos dé la gana y no haremos lo que no nos dé la gana» [1] .

Y que el gran Kashyapa, sucesor del Buda en la dirección del Sangha (la comunidad de monjes budistas), oyendo esto, percibió la necesidad de fijar las enseñanzas del Bendito y convocó el primer Concilio de la Orden, celebrado en la ciudad de Rajagriha, al que asistieron quinientos Arhats [2] . Durante siete meses, debatieron y recordaron, uno a uno, los discursos, enseñanzas, normativas y recomendaciones del Tathagata, estableciendo así la disciplina que debía regir la vida de los monjes ( Vinaya) y la doctrina (Dhamma) del Buda.

La lengua en que fue compilado fue el pali, lengua vernácula y de uso popular, que, a diferencia del sánscrito, todos podían comprender, pues el mensaje del Buda se dirigía a reyes y a mendigos, a brahmanes y a parias, a todos, sin distinción de casta, raza, sexo o condición social. Poco después, el tesoro de las palabras del Buda sería traducido al sánscrito, y de este idioma al chino, al expandirse la religión y la filosofía del Buda hacia el Oriente. Resulta paradójico que muchos de los discursos e historias referidos al Buda fueran recuperados de este último idioma y otra vez traducidos al sánscrito, como ocurre con el llamado Evangelio de Asvagosha, obra capital en la literatura budista.

Un segundo concilio se reunió cien años después en Vaisalí, con el objeto de combatir diez prácticas heréticas que alteraban la disciplina y el espíritu de las palabras del Buda.

Un tercero fue convocado por el emperador Asoka el decimoctavo año de su reinado (389 a. C.) en Pataliputra, para aclarar algunos puntos doctrinales en disputa, reforzar las reglas de disciplina monástica y defender la fe contra los ataques de la herejía. Este emperador, que, después de la batalla de Kalinga, se convirtió al budismo y que, por sus actos fuertes, justos y bondadosos, encarnó el ideal de Chakravartin, Rey del Mundo, expandió la luz de esta nueva y divina doctrina, no solo por toda la India, sino en los confines de la tierra conocida. Splo en Occidente sabemos que envió maestros del Dharma budista a Antioco II de Siria, a Ptolomeo II de Egipto, a Magas de Cirene, a Antígono Gonatas de Macedonia y a Alejandro II de Epiro. Los gimnosofistas que refieren los textos clásicos, así como los esenios y terapeutas, recibieron, sin duda, una importante herencia de este ideal ascético y de toda la psicología budista. Asoka levantó columnas monumentales por todo el imperio e hizo grabar en ellas edictos que son un paradigma de tolerancia, eclecticismo y bondad hacia todos los seres vivos.

Mahendra, hermano menor (o quizás hijo) de este rey y la princesa Sanghamitta, hija también de Asoka, llevaron a Sri Lanka no solo la doctrina de Sakyamuni, sino también una rama del árbol sagrado Bo, bajo el cual el Buda alcanzó la iluminación, árbol que simboliza la sabiduría y también las doctrinas del Bendito. Esta rama, al ser plantada, creció y hoy es un testimonio vivo, un árbol bimilenario en Anuradhapura que peregrinos del mundo entero visitan con devoción.

En el primer siglo a. C., se compilaron y redactaron por escrito, en hojas de palma, las palabras del Buda; en lo que los budistas Theravada han llamado el Cuarto Concilio. Fue en esta misma isla de Sri Lanka, en el monasterio de Alu Vihara. Los monjes que durante todo el año predicaban el Dharma y se entregaban a los ejercicios ascéticos de control de sí mismos, en selvas y bosques solitarios, durante la estación de las lluvias disertaban y recopilaban las enseñanzas del Maestro. Como dichos discursos y máximas (Sutras en sánscrito,Sutta en pali) fueron reunidos en tres grandes cestas ( Pitaka), la primera compilación conocida de las enseñanzas del Buda recibe el nombre de Tripitaka (Tres Cestas) o Canon Pali. Debido a que la trasmisión durante cuatro siglos fue por vía oral, es difícil saber si son, o no, las palabras del Buda. Ya en el primer concilio realizado, como dijimos, tres meses después de la muerte del Buda, un célebre monje llamado Purana («el Antiguo»), se negó a adherirse a las resoluciones de los Arhats y se retiró con quinientos de sus compañeros. Según conserva escrito el Cullavagga, dijo cortésmente: «La doctrina y la regla disciplinaria han sido muy bien formuladas por los ancianos, pero la voy a conservar en mi memoria en la forma en que la oí y la recibí de los labios mismos del Bienaventurado». Y según la misma cita, ni los ancianos, ni nadie que estuviera presente en este episodio pronunció una sola palabra de repudio contra esta manifestación de independencia [3] .

Estas tres cestas o divisiones del Canon Pali son:

- El Sutta Pitaka, que contiene los discursos del Buda. Es el Libro de la Enseñanza.

- El Vinaya Pitaka, donde se hallan escritas las reglas de disciplina del Sangha, así como una amplia variedad de textos que explican por qué y en qué circunstancias dichas reglas fueron instituidas, así como una clarificación de la doctrina.

- El Abidhamma Pitaka, que profundiza de un modo sistemático en la filosofía y enseñanzas del Buda; e incluye un análisis pormenorizado de la psicología budista, de una precisión y complejidad que deja muy atrás a ningún otro sistema psicológico conocido en la historia, por lo menos respecto al conocimiento de las variadísimas trampas que teje la mente para engañarnos respecto a la vida. En esta obra, las mismas enseñanzas del Sutta Pitaka son empleadas como una herramienta para investigar y penetrar en la naturaleza de la mente y la materia.

La estructura de esta obra magna, el Tipitaka, es:

SUTTA PITAKA

Digha Nikaya. Colección de 34 (discursos) largos.

Majjhima Nikaya. Colección de 152 (discursos) medios.

Samyutta Nikaya. Colección de 7762 (discursos) relacionados –agrupamiento por materias en 56 secciones (samyuttas)–.

Anguttara Nikaya. Colección de 9950 (discursos) sobre un-solo-tema-en-orden-ascendente.

Khuddaka Nikaya. Colección miscelánea: 15 textos pequeños en 20 vols.

Khuddaka-patha. Lecturas breves.

Dhammapada. Versos sobre el Dhamma.

Udana.

Itivuttaka. Tal-y-como-se-dijo.

Sutta-nipata. Conjunto de discursos.

Vimana-vatthu. Historia sobre las Mansiones.

Peta-vatthu. Historia de difuntos.

Thera-gatha. Versos de los ancianos.

Theri-gatha. Versos de las ancianas.

Jataka. Historias sobre nacimientos.

Niddesa. Comentario.

Patisambhida-magga.

Apadana. Relatos.

Buddhavamsa. Crónica de los Budas.

Cariya-pitaka. Cesto de la conducta.

Nettippakarana.

Petakopadesa.

Milindapañha. Cuestiones del Rey Milinda [4]

VINAYA PITAKA

Sutta-vibhanga. Clase de reglas.

Maha-vibhanga. Reglas para monjes.

Bhikkhuni-vibhanga. Reglas para monjas.

Khandhaka. Secciones.

Mahavagga.

Cullavagga.

Parivara. Accesorios.

ABIDHAMMA PITAKA

Dhamma-sangani. Enumeración de Dhammas.

Vibhanga. Libro de análisis.

Dhatu-katha. Discurso sobre los elementos.

Puggala-paññatti. Concepto de personas.

Katha-vatthu. Puntos de controversia.

Yamaka. Pares.

Patthana. Relaciones condicionales.

Una síntesis y estudio detallado de cada uno de los libros del Sutta Pitaka requeriría un volumen entero. Pensemos, si no, en la profundidad del Dhammapada, obra cumbre quizás del budismo antiguo. Es importante darse cuenta de la practicidad y lo actuales que son sus enseñanzas. Como en todas las grandes obras, y penetrando un poco en el modo de expresión (también en el simbolismo, que abre las puertas a una recta interpretación), el mensaje es siempre atemporal. Es válido para el alma, y el alma lo proclama como válido en el transcurso de siglos y milenios. A modo de ejemplo, podemos listar, con muy breves comentarios, algunos de los discursos más importantes de los dos primeros libros, el Digha Nikaya (Discursos Largos) y el Majjhima Nikaya (Discursos Medios), que representaremos como DN y MN respectivamente.

Samaññaphala Sutta (DN 2).- Responde a la pregunta: ¿cuáles son los frutos de la vida contemplativa, aquí y ahora? Ilustra con ejemplos vívidos las distintas etapas del sendero udista.

Kevatta Sutta (DN 11).- La naturaleza de los milagros y de los seres celestiales, y cómo, de todos los milagros, el de la instrucción es el más necesario, pues el dominio de la mente es el camino que conduce a la liberación.

Lohicca Sutta (DN 12).- Por qué es necesario un Maestro y un guía en el Sendero.

Mahanidana Sutta (DN 15).- Discurso de las Grandes Causas. Extenso tratado sobre los factores dependientes que emergen y tejen la ilusión y el dolor en nuestra mente y, por ende, en nuestra vida. Sobre el no ser, el no yo o el yo irreal y egoísta –el yo inferior–, que surge como foco y núcleo de las sombras de esta ignorancia.

Mahaparinibbana Sutta (DN 16).- Describe los últimos días del Buda, el tesoro de las últimas instrucciones y enseñanzas del Bienaventurado, antes de disolver su conciencia en la plenitud ilimitada del Paranirvana. Es también un retrato del drama y tristeza que vivieron los monjes budistas a la muerte de su amado Maestro.

Mahasamaya Sutta (DN 20).- El Gran Encuentro. Todo un séquito de dioses acude jubiloso a presentarse y saludar al Buda. Este tratado es un «Quién es quién» en el mundo celestial, y sirve para iniciarse en la cosmología de los primeros tiempos del budismo.

Sakka-paha Sutta. Cuestiones del Rey Sakka (DN 21).- Este Rey-Deva interroga al Bendito acerca de cuáles son las fuentes del conflicto y la hostilidad, y el camino que lleva a su cesación. Una enseñanza muy útil para aquellos que quieren o deben, por su naturaleza, ser reyes entre los hombres. Es de interés recordar, al respecto, que en el Canon Pali el propio Buda recuerda los centenares o miles de veces que nació como un rey bondadoso; y cómo, si rechazó ser rey de Kapilavastú es porque consideraba a toda la humanidad y a todos los seres vivos como a su familia, y de todos ellos debía ser rey y guía en las tinieblas.

Mahasatipatthana Sutta, los Grandes Marcos de Referencia (DN 22).- El Discurso de las Cuatro Elevaciones de la Atención, la clave para conquistar el estado de continua plenitud mental. Este tratado es el pilar de la meditación en el budismo Hinayana. Enseña cómo el estudio y consideración de todo cuanto atañe al cuerpo, a los sentimientos, a la mente y a todos los fenómenos de conciencia derivados de los anteriores, permite hallar el camino que conduce a la libertad y a la iluminación.

Sabbasava Sutta. Todas las Fermentaciones (MN 2).- Cómo es la alquimia que puede purificar nuestra mente y liberarnos del dolor, cómo alcanzar la felicidad de una mente iluminada. Sobre las fermentaciones putrefactas que se originan en nuestra mente y cómo vencerlas, después de identificar la naturaleza de cada una de ellas. El problema de cómo perpetuamos la noción del «yo» desde el pasado y a él nos aferramos. El poder del ahora para combatir las nebulosidades de la mente.

Bhaya-bherava Sutta. Miedo y Terror (MN 4).- Cómo vencer el miedo a la soledad y a la vida en medio de los peligros.

Vatthupama Sutta. El símil del vestido (MN 7).- La diferencia entre una mente iluminada y una mente impura.

Sallekha Sutta (MN 8).- Cómo la meditación puede despojarnos de la torpeza y la negligencia, de hacer mal las cosas.

Sammaditthi Sutta. Discurso sobre la Recta Visión( MN 9).- Exposición detallada de la doctrina de las Cuatro Nobles Verdades (en relación con la naturaleza plena de la mente y vacía de la realidad; con el «alimento» –es decir, todo aquello que hacemos nuestro– y con las 12 Nidanas o Causas Últimas de la Existencia).

Satipatthana Sutta. Los marcos de referencia y los fundamentos de la plenitud mental (MN 10). Instrucciones prácticas sobre la meditación para conquistar la plenitud mental.

Mahasihananda Sutta, el Gran Discurso sobre el Rugido del León (MN 12).- Los 10 poderes del Tathagata, sus cuatro clases de intrepidez, y otras cualidades superiores que nos permiten afirmar de él que su voz es, en todo tipo de asambleas, como el rugido del león en la selva.

Madhupindika Sutta El discurso de la Bola de Miel (MN 18).- Un discurso que produjo gran estupefacción entre sus discípulos. En él amonesta las reflexiones ociosas y la mente sin rumbo.

Dvedhavitaka Sutta, las dos clases de pensamiento (MN 20).- Educación mental: métodos prácticos para responder a pensamientos negligentes.

Kakacupama Sutta, el Símil de la Sierra (MN 21).- Enseñanzas para desarrollar paciencia.

Mahasaccaka Sutta (MN 36).- El Buda cuenta las prácticas y austeridades que lo llevaron a encontrar el sendero del Despertar.

Saleyaka Sutta (MN 41).- Cómo nuestras acciones, palabras y pensamientos determinan nuestro futuro, es decir, cómo trabaja el Karma.

Cula-Dhammasamadana Sutta (MN 45).- ¿Está bien algo por el solo hecho de parecerlo?

Kukkuravatiha Sutta (MN 57).- Si actuamos como un perro, en un perro nos convertiremos. Necesidad de elegir mejor y con más cuidado nuestras acciones.

Abhaya Sutta (MN 58).- Sobre si algo debe o no decirse. Qué y cómo debemos hablar, recordando que no solo hablan nuestras palabras, sino también nuestros actos.

Ambalatthiharahulovada Sutta (MN 61).- El Buda amonesta a su hijo, el novicio Rahula, sobre los peligros de la mentira, y enfatiza sobre la importancia de reflexionar constantemente sobre los motivos que nos impulsan a obrar.

Cula-Malunkyovada Sutta (MN 63).- Con la parábola del herido por la flecha, el Buda elude preguntas metafísicas que no tiene sentido que nos inquieten, y que no vale la pena responder.

Aggi-Vacchagotta Sutta (MN 72).- Ídem. Por qué el Buda no sostiene ninguna concepción especulativa, sino que se limita a señalar el camino de la Liberación, a ser como una antorcha en medio de la oscuridad. Metáfora de la llama extinta, como símbolo del Nirvana.

Magandiya Sutta (MN 75).- Cuál es la naturaleza del verdadero placer y de la verdadera salud.

Piyajatika Sutta (MN 87).- Cómo el rey Pasenadi de Kosala, fervoroso discípulo del Buda, llegó a estar favorablemente dispuesto hacia él, gracias a una artimaña de su esposa.

Canki Sutta(MN 95).- El criterio para elegir un maestro adecuado y cómo aprender mejor de tal persona.

Sunakkhatta Sutta (MN 105).- Se plantea el problema de aquellos que sobreestiman su progreso en el camino de la meditación. Aquel que busca el desarrollo y la iluminación de la mente como una licencia para un comportamiento sin restricciones es como el que no obedece, después de una operación quirúrgica, las indicaciones del médico; o el que conscientemente bebe una copa de veneno, o el que deliberadamente extiende una mano hacia una serpiente venenosa.

Gopaka-Moggallana Sutta (MN 108).- Cómo vivían, cuál era la disciplina budista en los primeros tiempos, inmediatamente después de la muerte del Buda.

Cula-Punnama Sutta. Discurso breve sobre la Luna Llena (MN 110).- Cómo reconocer y llegar a ser una persona íntegra.

Anapanasati Sutta. Plenitud mental de la respiración (MN 118).- Lecciones de meditación práctica, usando la respiración como soporte.

Dantabhumi Sutta (MN 125).- El Buda expone cómo educa a sus discípulos, usando el símil de cómo se domestica a un elefante.

Baddhekaratta Sutta. Un día Auspicioso (MN 131).- Sobre la necesidad de hacer el recto esfuerzo ahora, para llegar a la visión interior. El ahora es todo lo que poseemos, pues ¿quién sabe si viviremos hasta mañana?

Mahakamma vibhanga Sutta (MN 136).- Sobre las complejidades sutiles de cómo trabaja el Karma, la ley de acción y reacción, en la Naturaleza y en lo moral.

Dhatu-vibhanga (MN 140).- Un análisis de las propiedades. Discurso de las cuatro determinaciones y las seis propiedades de la experiencia. Afirma que quien ve el Dharma le ve a Él. Es decir, que Él es una encarnación de la Ley, un arquetipo de la mente divina, un Rayo de la Luz Primordial.

Chachakka (MN 148).- Cómo la contemplación de los seis sentidos (los cinco sentidos más la mente) conducen a la comprensión del no-ser, y, ultérrimamente, al Despertar.

Mahasalayatamika (MN 149).- Cómo una clara comprensión de los seis sentidos conduce al desarrollo de las Alas del Despertar y a la liberación final.

Indriya Bhavana Sutta (MN 152).- Sobre el desarrollo de las facultades latentes.

Aquellos que vivieron en tiempo del Buda y fueron sus discípulos vivieron tiempos de oportunidad. El Karma abre y cierra las puertas guiado por nuestro propio esfuerzo e inteligencia, o tratando de purificarnos de nuestra propia pereza e ignorancia. Como expresa el tratado Mahayana [5] Los Dos Senderos, la rueda del Karma muele de noche y muele de día; y estamos condenados a beber, hasta la última gota, amarga o dulce, cada una de las consecuencias de nuestros actos pasados. Pero en medio de esa rueda, tan implacable como justa; y cuyo eje inmóvil descansa en nuestro propio egoísmo, en una mente contaminada por el deseo, la palabra de los Budas es una voz que no descansa, es un mensaje que no desfallece, es una música y una sabiduría que se oye más y más en la medida que nos alejamos de los tumultos del mundo, en la medida en que la mirada del alma penetra en las profundidades de la verdadera vida interior, es decir, en las profundidades de sí misma. Textos como el Sutta Pitaka, transcurridos más de dos milenios y escritos para una psicología y una mentalidad diferentes, aún hacen sonar su verdad como campanadas en la noche, y nos convocan para un destino mejor, para una felicidad más humana. El Dhammapada significa «el Camino de la Ley»; ¿quién puede rechazar sus enseñanzas?



[1] Canon Pali , Cullavaga 11.1, citado en Filosofías de la India, de Heinrich Zimmer.

[2] Un Arhat es un monje budista que ha alcanzado la Iluminación y se ha liberado, por tanto, de las ataduras del Karma.

[3] Ídem nota 1.

[4] Estos tres últimos libros solo son aceptados como canónicos en el budismo de Birmania.

[5] Magnífica y amorosamente traducidos por H. P. Blavatsky y compilados en su obra Voz del Silencio, el tratado místico más importante divulgado en el siglo XIX.

 

Publicado en Filosofía

El estudio y la entrega rigurosa de científicos y los más diversos especialistas en este campo han arrojado mucha luz a ese jeroglífico que representa la creación y el desarrollo del universo, así como del ser humano. Sin embargo, aún quedan muchas incógnitas, dudas que los parámetros de lo comprobable, en los que se basa la ciencia oficialista, no han podido despejar, y que, sumados a la búsqueda de un entendimiento espiritual sobre estas cuestiones vitales, han fortalecido la creencia de que nuestra existencia tiene un sentido más sustancial que lo que la ciencia, por sí misma, puede desvelar.

La limitación de los cinco sentidos

Las respuestas a todas esas preguntas que la ciencia materialista sigue dejando en blanco han sido los desencadenantes de una búsqueda que en realidad no es reciente. A lo largo de la historia, las convicciones de los místicos de todas las civilizaciones han buscado mostrar la existencia de una realidad que se manifiesta más allá de la materia. Sin embargo, esta certeza de que la realidad que percibimos a través de los cinco sentidos es limitante sigue sin encontrar consenso en el campo científico.

La revelación de la física cuántica a principios del siglo XIX comenzó a vulnerar este hermetismo del materialismo. Si bien los fenómenos descubiertos por esta modalidad científica propiciaron el desconcierto de la ciencia oficialista, también abrieron un canal para alcanzar respuestas que hasta ese momento no abandonaban el calificativo de ser meras suposiciones.

Las creencias orientales, hasta no hace mucho valoradas como simples hipótesis con una absoluta carencia de fundamento, han comenzado a ser vistas con otros ojos por el mundo occidental. Los hallazgos en el campo de la neurociencia avalan la existencia de una dimensión que se manifiesta con independencia del espacio biológico y que, en definitiva, apoyan lo que religiones ancestrales ya habían manifestado. El estricto, inamovible y hermético razonamiento de que la mente no es más que el resultado de impulsos físicos del cerebro y que no tiene ningún efecto sobre nuestro cuerpo y el mundo físico que nos rodea ha comenzado a tener fisuras.

El manifiesto postmaterialista

«El dominio casi absoluto del materialismo en el mundo académico ha restringido seriamente las ciencias y obstaculizado el desarrollo del estudio científico de la mente y la espiritualidad. La fe en esta ideología, como un marco explicativo exclusivo para la realidad, ha obligado a los científicos a descuidar la dimensión subjetiva de la experiencia humana. Esto ha llevado a una comprensión severamente distorsionada y empobrecida de nosotros mismos y de nuestro lugar en la naturaleza» (fragmento del manifiesto).

En febrero de 2014, más de un centenar de científicos, reconocidos a nivel internacional, decidieron respaldar con su firma la existencia de una realidad más allá de la materia. Con el Dr. Gary Swartz, el Dr. Mario Beauregard, ambos de la Universidad de Arizona, y la Dra. Lisa Miller, de la Universidad de Columbia, a la cabeza, se llevó a cabo un encuentro con el fin de reconocer la importancia de ir más allá de la materia para lograr evolucionar como humanidad. Las investigaciones de este sector científico instan a vincular los aportes de la neurociencia con la tradición mística milenaria.

La falta de respuesta ante los fenómenos no físicos ha abierto un diálogo entre este campo de la ciencia y los testimonios místicos. Estos últimos establecen que nuestra realidad se expande más allá del cerebro humano y que solo basta dar un paso hacia la espiritualidad para rebasar los límites físicos condicionados por los cinco sentidos. Es necesario superar estas fronteras para comprender nuestra naturaleza y alcanzar ese estado de realización permanente que no se puede alcanzar a través de comprensiones racionales.

conciencia

La necesidad de profundizar en la consciencia así como en las experiencias espirituales, de dar respuesta a los fenómenos no físicos, ha sido el motor para superar las barreras de la ciencia materialista. Diversos estudios psicológicos y psiconeuroinmunológicos han desafiado la certidumbre de que la mente no es más que el resultado de impulsos eléctricos y de que los pensamientos no tienen ninguna repercusión sobre el cuerpo o el entorno físico. Dichas investigaciones han revelado que los pensamientos y las emociones repercuten en el sistema fisiológico. La mente, aseguran, tiene una profunda interconexión con el mundo físico. Y dada su aparente ilimitación, además de influir en el estado físico, puede intervenir sin regirse por ese valor espacio-tiempo tan relacionado con la materia.

Asimismo, mediante el estudio de la actividad cerebral durante experiencias místicas se demostró que la consciencia y el cerebro son dos cosas distintas. El neurólogo Baeudegard y Vincent Paquette presentaron una evidencia científica que asegura que la consciencia no es creada por el cerebro, experiencia que fue publicada en el libro The Spiritual Brain (El cerebro espiritual) y que desbarató la versión de que estas experiencias eran producidas por un área del cerebro.

El escepticismo de la ciencia oficialista

La premisa de que aquello que no se puede verificar no se puede afirmar es la base de la ciencia tradicional, una idea que respalda el escepticismo de la ciencia oficialista con todo lo relacionado con las experiencias místicas o con toda aquella interpretación que sostenga que la consciencia es independiente del cerebro.

Francis Crick, premio nobel de Fisiología y Medicina en 1962 y uno de los descubridores de la estructura del ADN, fue uno de los primeros en afirmar que el comportamiento de nuestro cerebro podía ser íntegramente explicado por la interacción de las células cerebrales. Las investigaciones del neurocientífico y otros físicos sustentaron la evidencia de que la consciencia nace de reacciones químicas del cerebro.

Para esta vertiente científica, nuestro cerebro tiene la capacidad de producir experiencias espirituales y místicas gracias a una hiperactividad en el sistema límbico, que se encuentra en las profundidades del lóbulo temporal. La espiritualidad –sostiene– es algo inherente al ser humano, condición que justifica esas experiencias, que no son más que producciones de la actividad cerebral.

La bruma de sobrenaturalidad con la que tratan de envolver estos sucesos no se pueden –manifiestan– someter a comprobaciones empíricas, motivo más que suficiente para descartar todas aquellas suposiciones que no se pueden comprobar, verificar y contrastar.

Las fronteras de la comprensión racional

Y sin embargo, más allá del enfrentamiento –si se quiere, ideológico– de estas dos vertientes, una realidad irrefutable es la de que sigue habiendo dudas por despejar. Si bien es cierto que el ser humano tiene una naturaleza espiritual y que la ciencia oficialista ha dado respuesta a muchas incógnitas, también lo es que sería absurdo establecer los límites del conocimiento en el materialismo empírico. Es decir, que permitir que prevalezca como única verdad que el mundo real es tan solo un mundo de percepciones llevaría a truncar ese desafío al sentido común que ha permitido la evolución de la humanidad.

Las revelaciones que han aportado las investigaciones de la ciencia postmaterialista, así como en su momento comenzó a hacerlo la física cuántica, tal vez aún no superen las fronteras de la comprensión racional, pero eso no significa que no sean verdaderas. Solo basta recordar el experimento de la doble rendija que aún hoy sigue asombrando.

La certeza de que la mente influye en el cuerpo ya no es solo una suposición. Una investigación profunda llevada a cabo durante años por parte del campo neurocientífico mostró (ya había sido demostrado por místicos ancestrales) el poder de la meditación para transformar la arquitectura del cerebro. Pero además de los efectos de la atención plena en el bienestar general, en la salud y en el rendimiento mental, estos resultados arrojan la certeza de que hay algo más allá de la materia.

El modelo postmaterialista ha abierto la posibilidad de llegar al conocimiento por otra vía. La reflexión de Niels Bohr, uno de los padres de la física cuántica, de que no somos meros observadores de lo que medimos sino también actores, cobra fuerza con las revelaciones de esta vertiente científica. Las experiencias en los diferentes estados de la consciencia, de que esta trasciende los límites materiales y que aporta asimismo experiencias espirituales, comienzan a ser demostrables.

Solo hay que aventurarse a cruzar determinados umbrales, a superar los paradigmas racionalistas y seguir investigando la espiritualidad, que es, como sostienen los científicos postmaterialistas, un aspecto central de la existencia humana. Y tener presente, por más que el miedo disfrace esa búsqueda del entendimiento espiritual de falsas creencias o dogmas, supersticiones e incluso reacciones químicas del cerebro, aquella frase del físico Nikola Tesla que decía que el día que la ciencia empiece a estudiar los fenómenos no físicos, hará más progresos en una década que en todos los siglos anteriores de su existencia.

Publicado en Ciencia

La diversidad de religiones en el mundo es un tema complejo y problemático que, como Ken Wilber nos recuerda en Espiritualidad integral, no es esporádico ni temporal, sino que acompañará la marcha del mundo durante mucho tiempo.

Las religiones están aquí para quedarse, cumplen con muchas y muy valiosas funciones y no se pueden sustituir. Su propósito primordial es acelerar el proceso de crecimiento de la conciencia, en la línea de desarrollo propiamente espiritual. Pero ese proceso discurre por diversos caminos y genera problemas graves y aparentemente irresolubles. De ahí que la propuesta de Wilber al respecto resulte tan inspiradora como esperanzadora. Hagamos de las religiones, dice, una cinta transportadora que nos conduzca de una estación de vida a otra, de un nivel de conciencia a otro superior.

Si cada uno de nosotros nos ocupáramos de acelerar nuestro ritmo de crecimiento en la línea del conocimiento espiritual, podríamos resolver de manera más efectiva las guerras que tienen lugar entre la mentalidad moderna y la mentalidad tradicional; y entre las distintas religiones que hay en el mundo.

Citando a Kirpal Singh, fundador en 1957 de la Confraternidad Mundial de las Religiones, con el despertar de la primera chispa de la Divinidad, el ser humano desarrolló la conciencia de un principio que es la vida y el alma del universo. Esto condujo gradualmente a la fundación de diferentes religiones, cada una desde el discernimiento y la percepción de su fundador, según las necesidades de la época y de la gente, y de la capacidad de aceptar las enseñanzas de los maestros.

Las enseñanzas de los maestros siempre están dirigidas a la elevación material, social, moral, mental y espiritual de las multitudes. Todas las religiones han surgido de los motivos más nobles del ser humano, pero sus dirigentes son el producto de una época, así como de las condiciones que crean para el mejoramiento de las masas entre quienes predican. Para la gran mayoría de la gente, las enseñanzas acaban formando lo que se puede calificar de «religiones sociales», es decir, códigos de preceptos morales, costumbres, rituales… cuya función es quitar angustia y agresividad y encontrar consuelo o paz.

religion

Todos los pensamientos proceden de la mente, pero en el caso de los instructores del mundo, sus pensamientos tienen origen en la vida del espíritu que los anima. Muy pocos hombres pueden elevarse a su nivel y obtener los auténticos beneficios de sus enseñanzas. Solo unos cuantos pueden seguir la práctica central y experimentar por sí mismos la verdad que encierra. Las masas solo reciben los aspectos teóricos en forma de parábolas o mitos que, con el paso del tiempo, despiertan las capacidades para comprender el verdadero significado de las palabras.

Así, en el fondo de las religiones se perciben vislumbres de la realidad, pero su esencia es difícil de captar, ya que no hemos desarrollado los ojos o la mirada que tenían sus fundadores. Para el hombre común, la religión se mantiene solo como teoría, una teoría razonada para mejorar la suerte en la vida. Y, en el mejor de los casos, hacer del ser humano un miembro mejor del orden social.

Si vamos un paso adelante, llegamos a otro plano, a un nivel filosófico o plano de virtudes morales, que sirven para amansar, dominar o reconciliar fuerzas enfrentadas que se debaten en el interior humano. Y más adelante o arriba aún, están los yoguis, los místicos, los iniciados, aquellos versados en el verdadero arte de la unión del alma individual con Dios. En la cúspide de la ascensión evolutiva, y más allá de las instituciones que se han creado después, están los hombres-dios, los maestros iluminados o avataras, que no solo hablan del espíritu, sino que lo manifiestan.

Todas las religiones tienen niveles de conciencia

En teoría, tal como afirma la sabiduría perenne, se puede decir que solo hay una religión universal, que la practican verdaderamente solo estos maestros despiertos, pues solo ellos han realizado plenamente la verdad y están capacitados para guiar a los seres humanos a realizar la unión perfecta con el Creador. Las enseñanzas de los maestros no forman una religión institucional, como comúnmente se cree; se trata más bien de una ciencia metódica, de la ciencia del alma.

Como repite Ken Wilber, aquel que practique esta ciencia recibirá los mismos beneficios y llegará a las mismas conclusiones, sin que para ello importe la religión social, credo, Iglesia o comunidad a la que pertenezca. La ciencia del alma es el núcleo y esencia de todas las religiones, el fundamento sobre el cual todas las religiones descansan y donde convergen.

Pero las enseñanzas iluminadas que imparten los grandes maestros han sido y serán siempre malinterpretadas, según la capacidad de comprensión de sus seguidores. Estos suelen estar muy lejos del nivel de desarrollo del fundador de esa religión, hombres y mujeres de buena voluntad y aspiraciones, pero condicionados por su época, política y sociedad, y otros que utilizarán las enseñanzas o instituciones para maltratar y aprovecharse de las gentes. En este sentido, la existencia de las religiones es una mala noticia. Y es aquí, y no en su origen, donde la religión se puede convertir en el opio del pueblo, según expresión de Marx, ya que las verdades que vehiculan siempre estarán a merced de los receptores de esas enseñanzas. Según se interpreten, darán lugar a posturas intransigentes o traerán violencia terrible, guerras «santas» y abusos.

Hoy, como en la historia de la humanidad, los conflictos más cruentos entre personas siguen siendo en el nombre de algún Dios. Y todos desearíamos acabar con esas actitudes religiosas ciegas y dogmáticas que asolan aún el mundo. Pero siempre lo asolarán, mientras los humanos seamos tan infantiles. Todos nacemos en el primer nivel de conciencia, pero podemos, en el camino de una vida, ir subiendo a otros niveles superiores. Pero mientras los humanos seamos como niños, y la gran mayoría sea así, estaremos en niveles de conciencia arcaicos, mágicos y míticos. Los tres primeros estadios o estructuras de conciencia, según Wilber.

Estos se caracterizan por el egocentrismo y el afán de poder, por una mentalidad convencional y conformista y una visión del mundo etnocéntrica y beligerante. Y podríamos decir que esa mentalidad, la de un niño de siete años, es la que hoy conforma el hombre-común de nuestro planeta.

La pirámide evolutiva siempre será más amplia en la base que en la cúspide. La evolución procede creando niveles cada vez más profundos (o elevados) y menos amplios. De modo que siempre habrá más átomos que organismos; más insectos que mamíferos; y más seres humanos comunes que grandes maestros.

Estas masas de gente necesitan ser educadas, y las religiones arcaicas, mágicas y míticas son las encargadas de cumplir una función básica de educar, consolar, inspirar y guiar a los hombres comunes. Las religiones sociales, como Kirpal las llama, se ocupan de prescribir normas morales a fin de favorecer la cultura y el orden social en cada lugar.

Las religiones sociales o básicas

Por tanto, está bien que sea así: siempre se necesitan unos padres que cuiden y eduquen a los niños, con palabras y conceptos simples, adecuados a su edad mental. Las religiones mitológicas disponen de los medios para educar a un niño en la noble aspiración de realizar, algún día, su dios interior. A través de los mitos, los cuentos y las parábolas, los niños aprendemos a reconocer y dar nombre y dirección a los anhelos de infinito.

Las grandes religiones que dominan el mundo, precisamente por pertenecer a los estadios magenta, rojo y ámbar de la humanidad, saben ocuparse de esos primeros e inevitables niveles del desarrollo de todo ser humano. Si las mitologías del mundo no proporcionaran estas tempranas creencias, tendríamos que inventarlas, dice Wilber. Y hoy, debido a la tecnología, no resultaría posible.

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Las mitologías del mundo son depósitos de un tesoro incalculable. Sabemos que la ciencia no responde a nuestra preocupación última. Por ejemplo, cuando los niños preguntan: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿adónde vamos?, o ¿qué es la muerte?, los adultos en el nivel naranja de desarrollo, es decir, la mentalidad científica, no saben qué contestar.

No se puede hablar a un niño de la naturaleza primordial, el vacío o la no-dualidad. Los niños, los hombres-comunes, siempre necesitarán respuestas adecuadas a sus jóvenes mentes, explicaciones asequibles a sus ojos de infantes; mitos o historias que los eduquen y paulatinamente los conduzcan a la búsqueda de lo esencial.

Una vez clarificada la función importante que las religiones míticas tienen y tendrán siempre en nuestro mundo, así como el respeto que merecen quienes se hallan en esas etapas, hemos de considerar las malas noticias o lo peor que esto implica.

La mentalidad de esas masas de niños u hombres comunes, un 70% de la población mundial, bien podría definirse, dice Wilber, como mentalidad nazi. Es decir, su manera de pensar se caracteriza por la convicción absoluta de que solo su Dios, raza, grupo, cultura, sexo o clan es bueno; los demás son basura que hay que eliminar. Y no solo eso; con demasiada frecuencia, ese trabajo de «limpieza», la eliminación del otro, constituye una parte fundamental de sus creencias, en la medida que asegura la vida eterna en el paraíso. Y eso no va a cambiar, a menos (y esta es la gran aportación de Wilber) que las religiones que dominan ese 70% de la población mundial, en lugar de presentarse como «el único camino», o «la meta final», se presenten como medios. Que se vean como el puente o la escalera que nos invita a seguir evolucionando; como la mano que nos guía y nos sostiene a lo largo del proceso de la evolución psíquica o de conciencia.

La evolución también es para la conciencia

Tengamos en cuenta que el concepto de evolución es un concepto relativamente nuevo que no suele estar del todo integrado en nuestra manera habitual de pensar. Nos resulta difícil a todos, no solo a los jóvenes, recordar que la evolución, y muy especialmente la evolución de la conciencia de la humanidad, es un proceso de billones de años y del que no se vislumbra el final.

Y, sin embargo, se trataría de eso, de que todos, especialmente los líderes religiosos, tuvieran más presente el hecho de que la evolución no acaba en nosotros. Tenemos un larguísimo camino por delante antes de desarrollar los ojos de los fundadores de las religiones, como dice Kirpal. El propio Darwin intuye que hay algo más que evolución biológica: «Podemos excusar al ser humano por sentir cierto orgullo por haber conseguido ascender, aunque no haya sido por su propio esfuerzo, a la cúspide de la escala orgánica. Pero ese ascenso debe alimentar la esperanza de un destino todavía más brillante en un futuro distante».

Si los líderes religiosos tuvieran más presente esta realidad y en lugar de amurallarse en una determinada visión del mundo, como única verdad, abrieran sus mentes a otras posibles comprensiones, a otros aspectos de la verdad, sus seguidores podrían fluir y pasar de una religión a otra sin problemas. Y de un nivel a otro, hacia arriba…

Con «pasar de una religión a otra» no queremos decir ir del cristianismo al budismo, por ejemplo, sino subir por los distintos estadios de conciencia y transitar el camino que va de una religión mágica a una religión mítica, y de una religión racional a una pluralista… hasta alcanzar una visión integral y abrazar todos los niveles y todas las religiones (ahora sí) como una.

Recordemos que la ciencia del alma está para conducirnos aquí: al fundamento donde no importa la religión social o Iglesia a la que uno pertenezca.

Si las religiones se prestaran a esta función de cinta transportadora, se convertirían, como sugiere Wilber, en un vehículo precioso que nos impulsaría a crecer en conciencia, a trascender el escalón evolutivo en el que estamos. Podríamos descubrir una identidad más amplia, profunda y generosa en nuestro propio interior; ir del egocentrismo de un niño, el nivel rojo, al etnocentrismo de un adolescente, el nivel ámbar; y del mundicentrismo de la mentalidad adulta, el nivel verde, al kosmocentrismo del nivel violeta. Veríamos el orden y la totalidad incluida, integrada.

Pero está claro: esto no ocurrirá a menos que las autoridades religiosas modifiquen sus consignas habituales, pues para que esto ocurra es necesario que ellos mismos evolucionen y sean capaces renunciar al poder y la violencia que implica la pretensión de detentar la única verdad. «Solo aquellos que superen esas oscuridades podrán transparentar la esencia, esto es, la verdadera verdad», dice el antropólogo jesuita Javier Melloni. Y añade: «La verdad verdadera solo se ofrece, con la conciencia de no agotarla, sino tan solo para ser atraído por ella y ser convocado más allá de la propia perspectiva».

La propuesta de Wilber se puede entender como un útil recordatorio: nos recuerda que existen niveles de conciencia y que cada nivel es una perspectiva del mundo, y cada perspectiva, una verdad relativa. Pero también nos recuerda que la verdad, cuanto más profunda, amplia y abarcadora, más verdadera. El abrazo que nos religa a Dios abarca, por definición, a todo y a todos. Y solo este abrazo merece el nombre de religión.

Todas las religiones conducen a la salvación

La propuesta de Wilber es también una demanda de cordura y humildad: tenemos muchos estadios por delante antes de alcanzar una postura que no defiende nada ni excluye a nadie; una visión integral donde cada manifestación del ser es merecedora de respeto y veneración. Estamos lejos de incorporar realmente esta identidad abierta, lúcida y compasiva. Las etiquetas nos siguen importando, las diferencias nos siguen separando y las religiones nos siguen enfrentando en nombre de la verdad. Olvidamos que los nombres no importan. Ya sea chispa divina o gran misterio, espíritu santo, impulso creativo o el nombre de algún hombre-dios, dice Melloni, «la vocación y razón de ser de las religiones es religar a todos los seres entre sí, así como con la Fuente de la que dimanan». Es evidente la necesidad de que las autoridades religiosas realicen este humilde y arduo trabajo.

Por ejemplo, dice Wilber, bastaría con lo que se dijo en el Concilio Vaticano II: «La salvación no es prerrogativa solo del cristianismo, otras religiones también conducen a ella». Juan XXIII dio permiso a los católicos para aceptar otras concepciones religiosas. Recordó a la mentalidad cristiana que el espíritu se expresa de muchas maneras, habla diferentes lenguas y adopta diversos nombres; cualquiera que sea la forma en que se manifieste es perfectamente legítima y ha de tener su lugar. Si todos los dirigentes religiosos concedieran a sus fieles un permiso semejante, los fundamentalismos no encontrarían respaldo a sus posturas dogmáticas y podrían empezar a considerar el hecho de que otras creencias también merecen respeto y son vías.

Pero esa es la mitad del problema: la otra mitad somos nosotros. Por nosotros entiendo al privilegiado primer mundo, y muy especialmente a los que formamos parte de la generación de la posguerra, a los niños mimados que vivimos y hemos transmitido a hijos y nietos los grandes beneficios y defectos de la llamada revolución hippie. Nosotros nos movemos cómodos en el nivel naranja-racional y, aunque minoritariamente, tenemos acceso a niveles superiores, como el verde pluralista y el azul integrado. Recordemos que el nivel naranja supone una mente racional o científica; pero el verde, una mente racional madura y pluralista, que engloba a todos nosotros sin importar el credo, raza, género o clase; típico del posmodernismo, y con sus grandes ventajas y terribles defectos.

El mundo como una escuela

El llamado primer mundo opera mayoritariamente en estos niveles de conciencia. Precisamente por eso, hemos de aceptar una mayor responsabilidad, tanto en las causas como en las posibles soluciones de los conflictos que nos aquejan.

Imaginemos que la vida es una escuela donde los párvulos son muchos más que los universitarios, los profesionales, los grandes expertos. Casi no hay genios o maestros iluminados. Cada grado escolar es perfectamente legítimo, es una estación de vida absolutamente necesaria; cuanto más básica, más fundamental.

Sabemos que los pequeños han de crecer no solo en edad, sino en conciencia, y que hacen falta años, ¡y siglos!, para desarrollar las capacidades de mirar el mundo desde los ojos de un sabio. Pero ¿puede esa falta de edad evolutiva explicar los conflictos que convierten la escuela de la vida en un campo de batalla infernal? Si este colegio estuviera organizado, podrían convivir perfectamente los diferentes niveles, como en una familia armónica.

Porque es evidente que esta escuela del mundo no funciona como sería de esperar. Los jóvenes no solo no ven en los mayores un ejemplo a seguir, sino que se sienten oprimidos por nuestra visión-lógica del mundo y quieren acabar con ella.

Es evidente que los mayores, los padres y maestros, son los que han de resolver los problemas de la escuela. Los párvulos tienen décadas o siglos por delante, antes de llegar a ser adultos. Pero, y los adultos, ¿qué tenemos que hacer?

Olvidemos por un momento la actualidad mundial, ya que ahí, en ese caos, poco o nada podemos hacer. Un cúmulo enorme de razones económicas, políticas, culturales, etc., poderosísimas, explica todos los conflictos y justifica todas las guerras. Consideremos el problema como algo personal; así podremos aplicar algo a nuestras vidas. El conflicto, ya sea en mundo o en la escuela de la vida, tiene dos caras: los líderes míticos no están ayudando al 70% de párvulos-nazis que hay en el mundo a crecer en conciencia, y ellos mismos están fijados en la pubertad. Por otro lado, nosotros, la sociedad laica posmoderna y postconvencional, también estamos fijados en niveles de conciencia que, lejos de ayudar a resolver los problemas, los agravan.

Los niveles naranja y verde funcionan a modo de una tapadera que impide el flujo de una «estación» o nivel de vida a otra. Consecuentemente, se genera una presión que puede hacer explotar el mundo, lo mismo que explota una olla a presión a la que se le impide respirar.

Por un lado, los fanatismos religiosos, en nombre de su Dios, quieren acabar con la civilización moderna. Por otro, la sociedad posmoderna y cientificista cree haber encontrado a Dios en la física cuántica. El diálogo es evidentemente imposible, y esta incomunicación es, en opinión de Wilber, el mayor problema.

No intentaremos resumir los numerosos y complejos argumentos con los que Wilber invita a los niveles naranja y verde a ir más allá del peculiar fundamentalismo en el que se encuentran. En el capítulo titulado Las dignidades y desastres de la modernidad, hace una breve historia de la falacia nivel/línea, que nos permite entender esto: la ciencia moderna y la religión mítica incurren en el mismo error; ambas confunden un determinado nivel de una línea con toda la línea. Por ejemplo, los científicos confunden un nivel bajo de la línea religiosa (ven una expresión de la religiosidad roja, o arcaica) y la confunden con la inteligencia espiritual de otros niveles de la misma línea.

A raíz de esa confusión, la mentalidad racional reprime los niveles más elevados de la inteligencia espiritual y niega el acceso a ellos. Por el otro lado, la mentalidad mítica se fija y se estanca en un determinado nivel que acaba glorificando y defendiendo a muerte.

El estorbo que puede ser la posmodernidad

Los argumentos de Wilber no son sencillos, pero vale la pena estudiarlos en otro artículo. En lo que nos atañe a nosotros, los memes o niveles verde, somos la flor y nata de las sociedades posmodernas, los supuestamente inteligentes agnósticos o entusiastas seguidores de las muchas religiones de la nueva era: somos el 20% de la población mundial.

Esta vanguardia verde del mundo occidental deberíamos estar guiando a los que no han alcanzado estos niveles de desarrollo. Y no solo no lo estamos haciendo, señala Wilber, sino que constituimos un estorbo enorme en el libre flujo de la conciencia.

Wilber nos obliga a vernos en otro espejo distinto del que estamos acostumbrados... satisfechos de lo que hemos logrado; fascinados por nuestra sofisticación, inteligencia y exquisita sensibilidad. Estamos, como Narciso, ensimismados en nuestra buena imagen, enamorados de nosotros mismos, y no se nos ocurre cambiar. Nos hemos olvidado, como párvulos, de que hay muchos escalones por delante y de que cada paso, cada estadio evolutivo, supone años y siglos por andar.

Es fácil ver la paja en el ojo ajeno pero difícil vernos a nosotros mismos. Es fácil criticar en otros los errores que hemos cometido en el pasado, pero es fácil ver dónde erramos hoy. Y no es muy inteligente por nuestra parte esperar que los niños hagan un trabajo que nosotros, los adultos, nos negamos a hacer. Los análisis de Wilber al respecto son exhaustivos y contundentes; y tener conocimiento de ellos, ver el lugar que ocupamos en la pirámide evolutiva, nos anima a emprender el humilde y arduo trabajo que también nosotros tenemos por hacer.

Al respecto dice Andrew Cohen: «A menos que estemos dispuestos a hacer el esfuerzo heroico de interpretar nuestras experiencias espirituales desde un nivel superior de desarrollo del que constituye nuestro centro de gravedad, nada va a cambiar». Es un esfuerzo heroico vernos a nosotros mismos desde los ojos de Wilber: es un golpe casi mortal al propio ego, ya que lo que caracteriza a los egos-verdes es su desmesurado narcisismo. Y desde este peculiar fundamentalismo interpretamos, lamentablemente, nuestras experiencias espirituales y nuestra manera habitual de pensar. Nuestras interpretaciones son inteligentes y pluralistas, pero carecen de la noción de jerarquía, son incapaces de emitir juicios de valor y se «construyen y deconstruyen» constantemente. En otras palabras, no son de fiar. Y no son muy nobles.

Recordemos que el problema no son las experiencias, los estados de conciencia que podamos vislumbrar; el problema es el nivel de conciencia desde el que se van a interpretar. Una misma vivencia se convierte en algo muy distinto para una mente etnocéntrica o una mente impersonal.

Hemos perdido altitud y profundidad

Para verlo, volvamos al ámbito personal, al ejemplo de una escuela o familia, ya que así podemos vernos a nosotros mismos y a los conflictos. (El mismo ejercicio antiguo de ir de lo individual a lo colectivo es el que hace Platón en La República).

Padres amorosos e inteligentes, pero carentes de criterios morales y valores trascendentales, no saben qué hacer con sus hijos, hacia dónde dirigir su educación. Toda dirección noble ha desaparecido del mapa, el sentido profundo de la vida es un enigma insondable y toda aspiración heroica está fuera de lugar.

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Sin trascendencia, los valores y los principios se van achatando y acaban confundiéndose con el consumismo y la comodidad. Los hijos, sin otra aspiración que el propio bienestar, se instalan en su egocentrismo y nos crean problemas.

Es evidente, por otro lado, que los «padres-verdes» solo quieren ser buenos y hacerlo bien. No es su falta de bondad o amor lo que supone un problema, sino su falta de lucidez y conciencia. Están muy seguros de sí mismos y, como Narciso, no ven más allá. Los niños, por su parte, hacen lo mismo, desconocen la noción de autoridad y se enfrentan a unos maestros que, al igual que los padres, ante sus insolencias, no tienen poder alguno y no saben qué hacer.

La autoridad, la jerarquía, la disciplina, los valores y el discernimiento no están de moda y no se pueden aplicar. Tenemos miedo de repetir los viejos errores y no vislumbramos otra forma de comportarnos que no eche por tierra nuestra buena imagen.

Recordemos las palabras de Cohen: solo si somos capaces de interpretar nuestras experiencias y hábitos mentales desde un nivel de conciencia superior al que nos encontramos, podremos cambiar y destapar alguna de las muchas ollas a presión que amenazan con estallar. Pero hemos de hacer este esfuerzo y tener el coraje de entrar en conflicto con nuestra actual sensación de identidad. Y luego, trascenderla.

Solo entonces podríamos generar formas más honestas y efectivas de comunicarnos y acabar haciendo, nosotros mismos, de cintas transportadoras que posibilitaran un diálogo fluido entre padres e hijos, maestros y alumnos, religiones posmodernas y religiones míticas.

Wilber nos impulsa a seguir creciendo verticalmente. La evolución vertical supone el ejercicio de la línea de desarrollo propiamente cognitiva, es decir, horas de estudio y reflexión. Nos recuerda que solo el conocimiento abre espacios en la mente, obliga a nuevas perspectivas y hace posible su integración. Y solo este conocimiento nos impedirá seguir alimentando, desde la inconsciencia, las guerras religiosas y los desastres morales y espirituales que caracterizan estos tiempos. Más urgente que los pequeños crezcan es que nosotros crezcamos.

Estudiando a Wilber, vemos que nosotros, privilegiados del primer mundo, somos humanos comunes lo mismo que nuestros hermanos menores. Y, aunque más adelantados en la escuela de la vida, no somos un ejemplo a seguir. No sabemos aún cómo educar a nuestros propios hijos y seguramente tenemos siglos de evolución por delante antes de llegar a ser realmente buenos padres y maestros.

Un buen maestro sería aquel que sabe comunicar con el otro. En palabras de Wilber: «Es un milagro. La comunicación ocurre cuando usted y yo nos encontramos, empezamos a resonar y a comprendernos. Entonces se crea un nosotros en el que llegamos a sentir al otro como parte real de nuestro propio ser. Si en algún lugar se manifiesta el espíritu, es sin duda en el nexo de ese nosotros».

Como dice el antropólogo Javier Melloni, saber comunicar es el arte de los verdaderos maestros. Humildad, mansedumbre, ternura, suavidad, lucidez... son los signos de quienes han estado en las cumbres y descienden para buscar a sus hermanos. Se les reconoce porque tienen la mirada suave y luminosa como la nieve en la que han hundido sus pisadas. No compiten entre sí, discutiendo cuál es el mejor camino, porque conocen la infinita majestad de la Montaña. Saben de sus múltiples parajes, de sus abismos y peligros, y que la cumbre tiene muchos accesos. Saben indicar a cada uno el suyo, porque la Montaña está dentro de cada uno.

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