Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

La fortaleza ante las dificultades

Cuando se inició 2020, no sabíamos todavía el alcance de los momentos difíciles que nos tocaría vivir. Al cabo de poco tiempo se expandió una pandemia que afectó a la mayoría de los países –si no a todos– del mundo, demostrando que, en estos casos, las que nosotros consideramos diferencias no existen. Todos somos seres humanos, todos somos vulnerables a la enfermedad y a todos nos afecta el dolor.

Diariamente vemos con asombro y pánico la cantidad de personas afectadas por el coronavirus, el número creciente de muertos, y aunque por suerte muchos se recuperan, el número de quienes han perdido la vida es sobrecogedor. Es tan grande que a veces no vemos más que cifras y olvidamos el dolor de quienes se marchan en la soledad de un hospital o en peores sitios, en la tristeza de quienes no pueden acercarse ni despedirse de sus seres queridos.

No vemos, por mucho que lo repitan, la entrega incansable de quienes se esfuerzan por salvar vidas, por elevar el ánimo de quienes se sienten desamparados. Verdaderos modelos de fortaleza.

Evidentemente, son momentos difíciles y, sobre todo, momentos especiales que ponen a prueba nuestros valores interiores.

Saber sufrir no es fácil, pero si hay fortaleza, el sufrimiento se convierte en una potencia enorme que desconocíamos y ni sabíamos que podíamos desarrollar. Hay formas de sufrimiento que ennoblecen, y no tenemos más que tomar en cuenta la gran cantidad de maravillosas obras de arte que surgieron bajo el influjo del dolor. Sin embargo, son expresiones de dolor que nos transportan a esferas elevadas de conciencia, produciendo, más que consuelo, un sentido de infinitud que nos funde con el universo entero.

Deberíamos recurrir diariamente a la belleza que nos devuelve la dignidad y nos hace sentir más grandes y mejores.

Detrás del dolor hay un significado, y aunque cuando estamos atrapados por el dolor no comprendemos el sentido de la vida, deberíamos hacer un esfuerzo por llegar a causas más profundas que las simplemente evidentes. Esta profundización nos ayudaría a llegar a otras causas, a otras respuestas que no son tan evidentes, pero no por ello menos verdaderas.

manos

Sé que es fácil utilizar palabras para explicar, palabras para consolar, palabras… Sin embargo, a falta de otro medio de comunicación más íntimo y sutil, no tenemos más opción que usar palabras. Si recordáramos viejas enseñanzas, de esas que el tiempo se ha tragado en beneficio de modalidades más superficiales e insignificantes, retomaríamos el sentido oculto que se esconde detrás de las palabras. Cada una de ellas encierra un concepto, una idea. Y debería bastar el sonido de esa palabra para que su sentido interno volviera a nosotros.

Recomendamos «fortaleza» y no sabemos muy bien qué queremos indicar con ello. ¿Es aguantar el dolor sin que se advierta? ¿Es esconder las lágrimas? ¿Es demostrar frialdad cuando ardemos por dentro? ¿Es caer en la apatía y la falta de sentimientos? ¿Es recurrir a la agresividad para desahogar lo que no podemos mostrar?

Por desgracia, esas formas de aparente fortaleza tienen corta duración y, tarde o temprano, se pierden, dando lugar a modalidades mucho más groseras o más impropias del ser humano. Entonces, desconfiamos de la fortaleza y de cualquier otro valor moral que se le parezca.

Mientras esperamos que las palabras adquieran un sentido especial, creemos que la fortaleza tiene algo de fuerza, naturalmente, pero necesita otros elementos que la completan y la convierten en un valor vital.

La verdadera fortaleza necesita voluntad, que es decir un valor permanente fundamentado en nuestros principios y en lo que queremos hacer en la vida. Es una valentía que no se destruye ante las adversidades, sino que, al contrario, crece y se hace más potente y refinada. Es capacidad de decisión y de hacerse cargo de los errores para reemprender la vida misma una y mil veces con afán de perfeccionamiento.

La verdadera fortaleza necesita inteligencia, no razonamiento. La inteligencia busca el porqué de las cosas, es capaz de ver detrás de las apariencias y captar de manera inmediata, como un chispazo, lo que se esconde detrás de cada situación, de cada persona, detrás de uno mismo.

La verdadera fortaleza necesita amor. Lejos de esta virtud está la dureza de carácter, la frialdad y el mal trato. Al contrario, el más fuerte es el que más comprende y más ama, comprende a los demás y se ama a sí mismo concediéndose oportunidades, lejos del orgullo y la vanidad.

La verdadera fortaleza necesita unión. Solos podemos hacer muchas cosas, pero unidos de corazón con quienes convivimos, podemos hacer casi milagros. La unión concede una fuerza que multiplica millones de veces la nuestra, multiplica la voluntad, la inteligencia y el amor.

Fortaleza y Unión son medicinas únicas en los momentos difíciles y especiales.

 

Sobre la autora:

Licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y graduada como profesora de Piano y Composición en el Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires.

Fundadora en 1982 del Concurso Internacional de Piano Delia Steinberg, aún en activo.

Desde 1991 hasta 2020 ha sido presidenta internacional de Nueva Acrópolis. Desde marzo de 2020, con la elección de un nuevo presidente internacional, es reconocida como Presidente de Honor de esta Asociación Internacional.

Entre algunas de sus obras podemos destacar:

Los juegos de Maya (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2001. 1.ª ed. 1980).

El héroe cotidiano (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2002).

Filosofía para vivir (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2005).

¿Qué hacemos con el corazón y la mente? (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2006).

Para conocerse mejor (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2015).

El ideal secreto de los templarios (Editorial Nueva Acrópolis, 2015).

Publicado en Filosofía
Viernes, 01 Marzo 2019 00:00

Prohibido aburrirse

No es infrecuente la sensación de vacío o de aburrimiento en muchos seres humanos en este siglo XXI cuando no se ven abocados a concentrarse simplemente en sobrevivir. Tal vez ello tenga que ver con la necesidad de descubrir las claves que conducen a saber vivir la vida, es decir, a saber extraer la experiencia de cada circunstancia por la que nos vemos obligados a pasar.

En 1804 Henri Beyle, el célebre escritor francés del s. XIX, famoso bajo el nombre de Stendhal , escribía a su hermana Paulina –tres años más joven que él– una preciosa carta que muchas veces ha sido citada por la madurez de su juicio y la lucidez con que le aconseja:

«El tedio sólo es perdonable a tu edad, en la que todavía no se ha aprendido a evitarlo; después, el hombre que se aburre es un tonto que pesa sobre los demás y, por consiguiente, todo el mundo le huye.

Hoy tenemos unas onzas de aburrimiento, nuestros vecinos lo notan y se apartan de nosotros; al día siguiente tenemos una libra; al otro día, dos, y poco a poco nos vamos volviendo estúpidos».

No pretende Stendhal tratarse a él mismo de manera distinta a como aconseja a su hermana preferida. Él es el primero que practica cotidianamente una gran autoexigencia para ejercitarse en el arte de vivir. En la correspondencia con Paulina, de la que siempre se preocupó y a la que convirtió en su pupila, le vemos acuciar a la joven con apremiantes proposiciones de planes de lecturas, resúmenes y críticas literarias de todo lo que le invitaba a leer. Son cartas de juventud dirigidas a una hermana muy querida, que están llenas de una espontaneidad y una ternura rayanas en la ingenuidad y en una absoluta confianza, pero nunca encontraremos en ellas una sola necedad. Habían perdido a su madre cuando los tres hermanos eran muy pequeños y Henri, que era el mayor y el único varón, se sintió impelido a madurar rápidamente para ayudar a sus hermanas, a pesar de que entonces tenía solo siete años. La muerte de la madre y el enfrentamiento con su padre suponen para él el origen de una profunda rebelión ante el destino, que mantendrá a lo largo de su vida y que le hará esforzarse por llegar a lo más alto de su carrera.

«Hago por arrancar de mi alma cuantas falsas pasiones encuentro, y llamo falsas pasiones a las que nos prometen, en determinadas situaciones, una dicha que no encontramos cuando llegamos al fin de ellas». Como vemos, Stendhal se ejercita en el conocimiento de sí mismo y es extremadamente exigente respecto a sus propias acciones. A los dieciocho años había superado ampliamente la adolescencia y adquirido suficiente madurez como para permitirse aconsejar a sus hermanas y prevenirlas del posible aburrimiento de una vida sin ideales. Aburrirse implicaba para él una esterilización de las cualidades naturales, si se tienen, y un brutal exponente de su ausencia si no se tienen, por lo que, tras advertir a Paulina sobre este peligro, le da más adelante un breve y sabio consejo como terapia para combatir el tedio:

«Lo primero es moverse; este es el remedio más seguro»le dice. La vida, como todos sabemos, es movimiento, es la acción la que nos aporta energía para destruir las células de la enfermedad gris y anodina del aburrimiento, al igual que el ejercicio físico nos ayuda a quemar la grasa superflua que se nos acumula con los años. Recordemos lo que nos dice el Bhagavad Gita:

«La acción es preferible a la inacción y el trabajo a la ociosidad.

La acción vigoriza la mente y el espíritu, prolonga y ennoblece la vida.

La ociosidad debilita la mente y el espíritu, acorta y degrada la vida».

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Para los que en el s. XIX viajaban en diligencia, no era fácil imaginar una sociedad como la nuestra, en donde, aunque parezca un contrasentido, «no tenemos tiempo para nada porque hay que tener tiempo para todo». Lo peor es que no queremos privarnos de nada y, en medio de nuestra agitación, al final nos encontramos muy solos con una muchedumbre que nos rodea y empuja sin saber hacia dónde se dirige.

La soledad es una de las características de nuestro tiempo. Hoy en día, hay muchas personas viviendo solas, solemos verlas paseando tristemente en compañía de cuidadores ajenos a la familia o acompañadas de su fiel perro guardián. ¿Qué puede hacer en la soledad el que tiene una vida vacía? Por lo general, se aburre y se deprime porque no le encuentra sentido. Para disfrutar de la soledad y poder transmitir alegría a los demás, hay que tener una vida interior plena. Puede que no solo de alegrías, también de dolores, de recuerdos y nostalgias, de éxitos y fracasos, de equivocaciones con las que aprendimos el arte de vivir y que fuimos convirtiendo en tesoros de experiencia. La soledad es, para los ricos de espíritu, para los que son capaces de desterrar de su quehacer cotidiano el egoísmo, ese oculto y terrible enemigo que acecha las vidas vacías y las priva de la alegría de vivir dándose a los demás. Nos sentimos solos porque no hemos sabido llenar la vida, como decía Ortega y Gasset:

«La vida que nos es dada tiene los minutos contados y nos es dada vacía. Queramos o no, tenemos que llenarla cada uno por nuestra cuenta» afirmaba nuestro filósofo. Llenar la vida es vivirla plenamente, restituirle lo mucho que nos ha regalado y enseñado, transmitiéndolo a nuestros compañeros de ruta. Es aprender a dar con generosidad como lo hace la buena tierra que, a poco que la cuidemos y le plantemos buenas semillas, nos da el ciento por uno.

Termino con unas palabras de Delia Steinberg Guzmán, alentándonos al movimiento:

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«Para construir esta vida, para ser “artistas de la vida”, necesitamos algo fundamental: necesitamos una conciencia activa y una conciencia en paz. La actividad y la paz son dos estados fundamentales de la conciencia».

 

Publicado en Filosofía
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