Alberto Monterroso Peña (1965) es doctor en Filología Latina y ejerce actualmente como profesor de Latín y Griego en el IES Blas Infante de Córdoba. Publicó su tesis doctoral sobre la vida y obra de Séneca el Viejo. Siempre dispuesto a colaborar en la difusión de la cultura clásica, participó en la dirección académica del I y II Congreso Internacional sobre Marco Aurelio, es autor de El emperador impasible, La Córdoba de Claudio Marcelo, Diez mujeres en la vida de Séneca, Relatos romanos, Lo que de verdad importa de la Córdoba romana y Séneca, la sabiduría del Imperio, un retrato histórico, político y filosófico de Lucio Anneo Séneca.

Hablar de Séneca es hablar del estoicismo. ¿Qué aporta Séneca a esta corriente filosófica que ya era conocida por personajes como Zenon de Citio o Catón?

Séneca es el gran pensador del estoicismo romano. Tres siglos antes había nacido esta filosofía en Grecia, pero es Séneca quien la traslada a Roma y la adapta mejor que ninguno de sus predecesores al espíritu romano y al Imperio. El estoicismo ya era, en tiempos de la República, la gran ideología de Roma, en el terreno intelectual, moral y político. Pero es Séneca quien la lleva a la cumbre, quien la adapta al Imperio, quien la dota de una fuerza y de una cercanía que no había tenido nunca desde su fundación.

cordoba claudio marcelo alberto monterroso

¿Séneca descubre el estoicismo en Roma o esa actitud ante la vida ya está presente en su Corduba natal?

Séneca es un hombre de gran inquietud intelectual que, desde su juventud, entró en contacto con todas las filosofías de su tiempo. Las entendió y practicó. Conoció perfectamente a los presocráticos, a Platón y Aristóteles. Fue pitagórico, simpatizó con algunos postulados de Epicuro y eligió al final el estoicismo como forma de vida. Es la suya una filosofía ecléctica, en cuanto que nutre al estoicismo de todo aquello que es útil y proviene de otras filosofías; por eso sus contemporáneos lo calificaban como filósofo sui géneris. Pero el estoicismo lo conoce Séneca como la gran ideología de su tiempo, como la corriente más potente de su época y como la más decididamente política.

Séneca nace en el seno de una familia ecuestre republicana donde el estoicismo es dominante. Su padre era un gran estoico. La Córdoba en la que nace es estoica, como lo es la propia Roma y todo el Imperio. Pero Séneca conseguirá traer al estoicismo de las regiones etéreas del pensamiento para hacerlo carne, hacerlo realidad, convertirlo en la ideología que puede levantar un Imperio, ofrecerlo como un mundo de ética y política para el buen gobierno, y lo que es más importante consigue acercarlo al ser humano y convencerlo de que puede alcanzar la felicidad personal. Séneca no solo ofreció un modelo de convivencia y política al Imperio. Con sus ideas enseñó a vivir a sus contemporáneos y nos puede seguir enseñando a vivir a las generaciones posteriores: a nosotros y a los hombres del futuro.

¿Se encuentran ideas del estoicismo en la obra de Séneca el Viejo?

Muchas. La figura de su padre, Séneca el Viejo, fue imprescindible para la formación y maduración intelectual de Séneca el filósofo. Muchas citas que aparecen en la obra del gran filósofo cordobés están tomadas del libro que escribió su padre, Controversias y suasorias. La influencia de la familia, del entorno cultural y político de la gens, del carácter de aquella Córdoba, colonia patricia, en que nació, son determinantes para la formación estoica de Séneca. Lo que ocurre es que Séneca va más allá. No se limita a profesar una filosofía que era la más común de Roma en aquellos tiempos, sino que sabe aplicarla a la vida real y al mundo de la política. Sabe enseñarla a través de sus obras, de sus cartas, de sus tragedias, para mostrar al mundo una forma de comportarse y para enseñar al ser humano a conducirse por la vida. Séneca el Viejo era un gran pensador estoico, pero el hijo conseguirá asimilar todo ese conocimiento y el de los grandes profesores y pensadores que conoció y leyó, para auparse sobre hombros de gigantes y llevar al estoicismo a la cumbre de la intelectualidad de su tiempo, convirtiéndolo así en una corriente de pensamiento humana y social que ha tenido una enorme influencia en los siglos posteriores hasta hoy día.

¿Es el estoicismo una actitud conformista ante lo que nos depara la vida sin pretender cambiarla o mejorarla?

En absoluto. El estoicismo es una filosofía de lucha y esfuerzo por la superación, por la construcción de nuestra propia personalidad, por conquistar la sabiduría y la felicidad. Es un pensamiento que requiere esfuerzo, pero que no se deja engañar. Aceptar lo inevitable no significa conformismo. El estoico conoce sus límites. Sabe que hay asuntos que se escapan a nuestro poder, es consciente de la fragilidad humana y no pide imposibles. Pero, conocidos nuestros límites, pone todo su esfuerzo en cambiar la realidad, en dar la mejor respuesta ante la adversidad, en fomentar la paciencia y las virtudes, en encajar con valentía nuestras derrotas y tener la suficiente inteligencia como para convertirlas en victorias o, al menos, minimizarlas. Es una filosofía muy potente para tiempos de crisis, sociales y personales.

¿Tuvieron preceptores o maestros estoicos los emperadores hispanos Trajano o Adriano?

Seguramente sí, porque los pensadores más importantes de la época son estoicos y epicúreos. Pero, en el terreno de la política, el estoicismo es la corriente idónea, porque los epicúreos no se interesaban por la política. El pensamiento de Trajano y Adriano, como el de sus sucesores Antonino Pío y Marco Aurelio, es el estoicismo. Esta es una filosofía y una política que adoptaron todos los emperadores del siglo II excepto el último, Cómodo, que prefirió el camino de la tiranía. En realidad, el estoicismo en política se opone a la tiranía, los dos modos de gobierno que imperaron en Roma tras Augusto y que hizo distinguir a los historiadores entre buenos y malos emperadores.

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¿Ha sobrevivido el estoicismo al paso del tiempo bajo nuevas formas?

Sí. El estoicismo está vigente aún hoy en nuestros días. Sobrevivió a la caída de Roma a través del cristianismo, que se empapó de él y lo adoptó como fuente teórica doctrinal de toda su moral. El cristianismo favoreció que se conservaran las obras de Séneca y otros estoicos porque asimilaron completamente su pensamiento, adaptándolo a su teología y sus dogmas. Pero podemos decir que el estoicismo pervivió en el cristianismo y continuó su andadura más allá. Es la ideología de los grandes pensadores del Renacimiento y la Edad Moderna. Inspiró a Montaigne o Descartes. Fue el arsenal ideológico de los intelectuales de la Revolución francesa. Ha seguido influyendo como corriente de pensamiento hasta nuestros días, en que la moderna psicología cognitiva lo ha puesto de moda en pleno siglo XXI.

¿Qué aportó el estoicismo al cristianismo emergente?

Le dotó de todo el arsenal ideológico, moral y filosófico que constituyó la nueva religión. No solo por la fuerza de este pensamiento. Hay que pensar que el cristianismo nace dentro del mundo romano y que el estoicismo es la gran ideología de la época. Pablo de Tarso es un hombre de formación estoica, nacido en una ciudad de gran trayectoria estoica. El estoicismo es el modo de pensar de aquellos tiempos y los padres de la Iglesia estaban imbuidos de él.

¿Fue el estoicismo el soporte ideológico de Roma?

Sí. De una parte de Roma. A nivel personal, en la forma de vivir la vida de cada cual, el estoicismo es una corriente como pueden ser otras, epicureísmo, eclecticismo, etc. Pero en el terreno político, la importancia del estoicismo es extrema. Ya los principales políticos de la República romana eran estoicos, como Catón. Pero desde que Séneca escribe libros sobre política e Imperio, como De Clementia, el estoicismo se convierte en la ideología política dominante, algo que luego Herodiano llamará «ideología antonina», que no es otra cosa que el estoicismo aplicado a la política tal como lo entendieron los grandes emperadores del siglo II. Los opuestos a este modo de ver el gobierno serán los tiranos, los autócratas como Nerón, Domiciano o Cómodo. Dirigir el Imperio con respeto a la ley y al Senado, tal como propugna el estoicismo, o gobernar desde el despotismo será lo que marque la diferencia entre buenos y malos emperadores, dos formas diferentes de hacer política según se adopte o no la ideología estoica.

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¿Es el emperador Marco Aurelio el culmen de la política, basada en el estoicismo, que Séneca no pudo poner en práctica?

En efecto, Séneca no pudo educar a Nerón. No consiguió plasmar sus ideas estoicas en la política porque no era él el emperador, no ostentaba el poder sino que vivía en torno al poder. Eso frustró las intenciones de Séneca, que tuvo que abandonar la corte y fue condenado a muerte por el tirano. Pero un siglo después, Marco Aurelio, emperador y filósofo, sí podrá poner en práctica las ideas estoicas, las de Séneca y las generales de esta corriente de pensamiento. Y entonces, por primera vez en la historia, el mundo verá cumplido el sueño de Platón, un filósofo en el poder. El gobierno de Marco Aurelio, a pesar de estar acosado por gravísimos males como las guerras y la peste, fue uno de los mejores. Marco Aurelio está considerado el mejor gobernante de la historia. La suya fue una época en que ética y política caminaron de la mano. De él dirá el historiador británico Edward Gibbon que aquella fue probablemente la época más feliz de la historia de la humanidad. Sin duda, el estoicismo tuvo mucho que ver en ello.

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Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

El estoicismo, una propuesta actual

En Esfinge solemos llamar la atención sobre la necesidad de que la filosofía esté presente en todos los niveles educativos y así lo han manifestado nuestros entrevistados y colaboradores en incontables ocasiones. Somos conscientes de que el principal argumento que se esgrime a favor de la ausencia de formación filosófica es el de su inutilidad, frente a otras materias que preparan para insertarse en el «mercado laboral». Como si el destino humano pudiera resumirse en esa propuesta materialista y casi mecanicista. Y como si aprender a pensar, a decidir, a discernir, no fuese útil y necesario para vivir mejor.

Por eso, en esta ocasión, nos sentimos satisfechos de participar en el debate sobre la necesidad y utilidad de la filosofía con una propuesta especialmente interesante, como lo es el estoicismo, una de las escuelas filosóficas más duraderas y todavía vigentes, como se deduce de las aportaciones de nuestros colaboradores.

Los filósofos estoicos de todas las épocas nos ofrecen maravillosos ejemplos de lo que es el «modo de vida filosófico», una manera de interpretar y comprenderse a uno mismo y al mundo que nos puede hacer más felices, más libres, mejores. Un vistazo a los trabajos que hemos reunido en este número de Esfinge nos ayudará a comprender todo lo que perderíamos si relegásemos la filosofía al rincón simbólico de los objetos inservibles.

Una lectura frecuente de las Meditaciones de Marco Aurelio o las Máximas de Epicteto puede ayudarnos a deshacer muchos nudos que nos atrapan en la vida diaria.

esfinge revista Estoicos

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Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

Reviven los estoicos en el siglo XXI

En un pórtico pintado con colores brillantes o porche con soportales –la stoa–, el filósofo Zenón solía pasear cotidianamente arriba y abajo, dando sus enseñanzas «estoicas» a quien quisiese venir a escucharle, en la Atenas de alrededor del año 300 a. C.

Alentaba a su audiencia a no seguir las formas del mundo, que califica a algunas cosas como «buenas» y a otras como «malas», sino a mirar dentro de cada uno, siguiendo tan solo lo que es eternamente bueno –la virtud y la sabiduría– y rechazando aquello que es eternamente malo –la ignorancia y la injusticia–.

Así empezó el fenómeno del estoicismo, una filosofía que se extendió luego de Grecia a Roma, donde llegó a ser la quintaesencia ideológica de aquellas gentes tan resistentes y firmes. Más tarde inspiró a Boecio, al principio de la Edad Oscura, a escribir su Consolación por la filosofía desde la celda de una prisión, mientras aguardaba su ejecución por orden del rey ostrogodo Teodorico el Grande.

Su influencia continuó en los siguientes siglos hasta llegar a hoy en día. En la actualidad está experimentando un resurgimiento, tras revelarse que ha supuesto un factor principal en el desarrollo de la terapia cognitiva conductual (TCC).

Es interesante ver cómo una filosofía que se desarrolló hace cerca de 2000 años en la antigua Grecia aún sea altamente valorada por su eficacia práctica en la actualidad, en un mundo totalmente diferente. Miles de personas todavía reaccionan ante las categóricas pero beneficiosas enseñanzas de escritores tales como Musonio Rufo, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.

En este artículo, me gustaría tomar algunos ejemplos de las enseñanzas de Marco Aurelio, un emperador romano, y de Epicteto, un esclavo. Hombres de extracciones sociales desiguales que, sin embargo, compartieron la misma filosofía de vida.

Los pensamientos de Marco Aurelio se encuentran en las Meditaciones, el único libro que él escribió. Desprenden un maravilloso sentido de amor fraternal por la humanidad y el sentimiento de ser parte integral de la naturaleza y del universo, que es considerado como un todo inteligente y coherente. El segundo capítulo de su libro comienza con el siguiente consejo:

«Empieza cada día diciéndote: “Hoy me encontraré con interferencias, ingratitud, insolencia, deslealtad, mala voluntad y egoísmo, todo ello debido a la ignorancia de los ofensores, que no distinguen el bien del mal. Pero yo, que he percibido desde hace tiempo la naturaleza del bien y su nobleza, y la naturaleza del mal y su fealdad, y reconozco también la naturaleza del que comete la falta, que es hermano mío, no en un sentido físico, sino como criatura similarmente dotada de razón y participación en un mismo espíritu que procede de Dios, no puedo sentirme ofendido por estas cosas, ya que nadie puede implicarme en algo degradante. Tampoco puedo enfadarme con mi hermano o llegar a odiarle, puesto que él y yo hemos nacido para trabajar de común acuerdo, como las manos, los pies, los párpados, o como las hileras superior e inferior de los dientes. Obstruirnos uno a otro sería ir en contra de las leyes de la naturaleza, y ¿qué es la irritación o la aversión sino una forma de obstrucción?» (Penguin Classics, 1974).

Un Renacimiento Estoico 3

El estoicismo práctico

Esta es una técnica que bien vale la pena probar cuando tengas un problema interpersonal. Empieza poniendo una nota de realismo: «esta es la situación, así es como es». Entonces procede hacia la comprensión de que el ofensor no es deliberadamente malo, sino que sencillamente está equivocado. Pero nos dice Marco Aurelio que todo ser humano tiene una chispa de razón y comparte lo divino, y a la luz de esto es posible trabajar con otros, aceptando las diferencias como algo positivo en lugar de negativo, y aprendiendo el arte de la cooperación, tal y como la naturaleza sabiamente nos enseña.

En este sentido, uno de los principales conceptos del estoicismo era la concordia, que significa la unión de todos los corazones bajo un sentimiento de cordialidad natural; ese era uno de los grandes ideales estoicos.

En otro pasaje, Marco Aurelio escribe: «Todo aquello que está en armonía contigo, oh universo, está en armonía conmigo». Esta concepción está en la base de la doctrina estoica de la aceptación. No es una connivencia estólida con los dictados del destino, sino una convicción, fundada en la observación estoica de la naturaleza, de que la naturaleza o el universo es un todo sabia y benevolentemente coordinado. En tal complejo organismo, la finalidad de cada uno de los seres humanos en todo momento no puede ser el placer absoluto. Es el bienestar del Todo lo que se busca, bajo el principio de que «lo que es bueno para la colmena es bueno para la abeja» (otra cita de Marco Aurelio). Esto lleva a una actitud de aceptación voluntaria de aquellos aspectos de nuestras vidas que están más allá de nuestro control, lo cual nos lleva directamente a Epicteto. Él abre su Manual de vida con la siguiente inequívoca afirmación:

«La felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas dependen de nosotros y otras no. No es sino después de haber enfrentado esta regla fundamental y aprendido a distinguir entre lo que podemos y lo que no podemos controlar, cuando la tranquilidad interna y la efectividad externa se hacen posibles. Bajo nuestro control están nuestras opiniones, aspiraciones, deseos y aversiones. Estas áreas están totalmente bajo nuestro cometido, porque están directamente sujetas a nuestra influencia. Siempre tenemos una elección sobre los contenidos y el carácter de nuestra vida interior. Fuera de nuestro control, sin embargo, están cosas tales como la clase de cuerpo que tenemos, el que hayamos nacido ricos o nos volvamos ricos, cómo somos considerados por otros y nuestro estatus en la sociedad. Debemos recordar que estas cosas son externas y, por lo tanto, no son de nuestra preocupación. Tratar de controlar o cambiar lo que no podemos solo se traduce en tormento. Recuerda: las cosas dentro de nuestro poder están naturalmente a nuestra disposición, libres de restricción u obstáculos; pero aquellas que están fuera de nuestro poder son débiles, dependientes o determinadas por caprichos o acciones de otros. Recuerda también que si crees que tienes cauce libre sobre las cosas que están naturalmente fuera de tu control o si intentas adoptar los asuntos de otro como si fueran los propios, tus propósitos se verán impedidos y te frustrarás, convirtiéndote en una persona ansiosa y crítica» (HarperCollins Publishers, 1994).

De nuevo, esto no significa renunciar a la responsabilidad sobre todos los asuntos externos, tales como la salud, la riqueza o el bienestar. Se trata de reconocer claramente qué es lo verdaderamente bueno y malo, en vez de las apariencias de esos atributos. «La muerte, por ejemplo –dice Epicteto en otro lugar–, no es terrible; si no, le habría parecido así a Sócrates». Pero la mayoría de la gente, hoy en día, considera la muerte como un mal que hay que evitar a toda costa, aunque obviamente no pueda ser. Para los estoicos, no es buena ni mala, sino «indiferente», y es nuestra actitud hacia ella lo que es más importante. Lo esencial no es si morimos o vivimos, sino cómo lo hacemos, con dignidad y nobleza de corazón o sin estas cualidades. Y esto, dicen tanto Marco Aurelio como Epicteto, depende enteramente de nosotros. Como Confucio dijo en un contexto similar, «¿qué tiene esto que ver con otros?».

Esperemos que este renacimiento estoico continúe floreciendo, de manera que así como el estoicismo reformó el Imperio romano con sus doctrinas, y en palabras de Ernest Renan, dio lugar al «capítulo más hermoso de la historia de la humanidad», así nosotros, los nuevos estoicos del Renacimiento, tengamos un efecto similar en el mundo del cual somos ciudadanos globales en la actualidad.

 

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Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

Séneca: la filosofía como terapia

Personaje multifacético, Lucio Anneo Séneca (4 a. C.-65 d. C) vivió una de las épocas más controvertidas del Imperio romano. Fue filósofo, político, abogado, escritor de prestigio ya en su época y preceptor del emperador Nerón. Es uno de los máximos exponentes del estoicismo romano.

Su filosofía es una auténtica terapia para el alma y un consuelo para los momentos difíciles de la vida.

Han pasado más de dos milenios y sus enseñanzas adquieren una tremenda actualidad por su profunda comprensión de los resortes psicológicos del ser humano.

Séneca pretendía que la filosofía realmente ayudara al ser humano a ser más feliz, a conocerse y a vivir más acorde con la naturaleza. Por eso, no consideraba filosofía lo que enseñaban otros personajes que se llamaban a sí mismos filósofos y que se dedicaban a hacer juegos de sofismas o silogismos cuya única finalidad era agudizar el ingenio. Cicerón llamaba a los sofismas «Cavillationes» o «cuestioncillas sutiles», que no sirven para la vida.

Séneca decía de su maestro Papirio Fabiano que era un «filósofo no de los de salón, como los de ahora, sino a la vieja usanza». Llama a los falsos filósofos Cathedrariiphilosophi, filósofos que enseñan desde la cátedra, no con el ejemplo de su vida (la cátedra era la silla de brazos desde donde enseñaban).

Ortega y Gasset, en su libro ¿Qué es la filosofía?, explica por qué la filosofía en nuestra época ha sido suplantada por otras ciencias que tienen la finalidad de «dominar la materia». En la segunda mitad del siglo XIX, con la Revolución Industrial, se dio especial importancia a lo utilitario en detrimento de las humanidades, pero como afirma el gran pensador español, una sociedad en la que la filosofía, la reflexión no tiene lugar, es una sociedad fácilmente manipulable.

La filosofía nos plantea preguntas fundamentales para el ser humano, como cuál es el sentido de la vida. Si carecemos de grandes preguntas, en lugar de acercarnos a una dimensión mayor de la vida, una más grande perspectiva, nos quedamos con la visión de un «paisaje mutilado».

Habría una diferencia entre sabiduría y filosofía.

La sabiduría es el logro del ansiado Bien, es la llegada a la cumbre, es poder vivir el arte de la vida, haber llegado a la meta. La filosofía, en cambio, es el amor o anhelo de la sabiduría. Busca lo que la sabiduría ya posee. El filósofo (filo, ‘amor’, y sofos, ‘sabiduría’) es el que «ama la sabiduría». A través del camino de la virtud que le lleva a la esencia de sí mismo, puede aproximarse a lo esencial de todas las cosas. Lo que el filósofo anhela, el sabio ya lo ha alcanzado.

Solo el sabio goza de verdadera salud. Los filósofos o aspirantes a la sabiduría se llaman también proficientes y son los que aspiran a la perfección, los que pretenden curarse de las enfermedades del alma.

«No es lo mismo recordar que saber. Recordar supone conservar en la memoria la enseñanza aprendida; por el contrario, saber es hacerla suya, sin depender de un modelo, ni volver en toda ocasión la mirada al maestro», nos dice Séneca.

También nos dice que la sabiduría, a diferencia de los conocimientos técnicos destinados a hacer más cómoda la vida del hombre, no alecciona nuestras manos, sino nuestras almas.

SENECA LA FILOSOFÍA COMO TERAPIA 3

La escuela estoica tuvo buena acogida en Roma. Su ideal de excelencia moral y de virtud daba seguridad interior en unos momentos de gran inestabilidad por las guerras civiles y, más tarde, por la conducta de algunos emperadores.

Séneca no se preocupa por transmitir los planteamientos clásicos de los fundadores del estoicismo como Zenón, Crisipo o Cleantes; resaltará principalmente el valor práctico de su pensamiento. A él no le importa tanto de quién son los preceptos sino que sean adecuados para el problema o la persona a la que se dirigen. «El filósofo no está para servir de archivo sapiencial, sino para administrar con prontitud y lucidez el remedio adecuado».

Vemos en Séneca al filósofo ecléctico que acoge en su pensamiento lo mejor de las diferentes corrientes filosóficas: estoicismo, cinismo, epicureísmo, neopitagorismo. Para Séneca, al igual que para Cicerón, todas estas escuelas persiguen la felicidad; lo que cambia es el método, el camino por el que cada una persigue el tan ansiado bien al que llaman Sumo Bien. Pero es en los filósofos del pórtico en los que encuentra mayor inspiración, tanto en sus obras como en su vida.

Séneca hará especial hincapié en la moral. Escribió un libro sobre filosofía moral que se ha perdido, pero en sus obras queda plasmada su enseñanza moral, especialmente en los diálogos y en sus Cartas morales a Lucilio. Séneca eleva la moral atemporal al lugar que le corresponde, una ética profunda que rebasa las costumbres propias de una época o lugar determinado, y su puesta en práctica nos acerca a lo más noble en nosotros y en la naturaleza, nos permite no depender de lo circunstancial en la vida. La práctica de esta filosofía moral nos conduce a la apatía (sin pasión o perturbación del alma), es decir a la serenidad, a la salud perpetua e integral.

Séneca no es simplemente un filósofo de preceptos para llevar una vida más feliz, sino que lo que pretende principalmente es que el ser humano sepa quién es y qué lugar ocupa en el mundo; solo entonces, cuando el ser humano quiere vivir de acuerdo con su naturaleza, surge el camino de la ética y la virtud.

«El estoicismo es amarga medicina. Séneca pertenece a esta estirpe de antiguos filósofos que nos trae el amargo despertar de la razón, que nos sacude de nuestros delirios y ensueños para “hacernos entrar en razón”, como el pueblo español dice todavía. Vemos en Séneca a un curandero de la filosofía, que sin ceñirse estrictamente a un sistema, burlándose un poco del rigor del pensamiento, nos trae el remedio» (María Zambrano).

Séneca recoge de la filosofía la función sanadora; el filósofo se convierte así en conductor de almas o psychagogos.

Si consideramos la enfermedad como una falta de armonía entre las partes de un todo, esta se puede dar no solo a nivel corporal, sino también a otros niveles, como el emocional o mental.

Si la virtud es armonía con uno mismo, con la naturaleza y con Dios, la enfermedad del alma se daría cuando algo ha ocupado el lugar que no le corresponde.

Para Séneca, la enfermedad estaría producida por las pasiones y los vicios que se han adherido tanto al alma que se han hecho crónicos, dando lugar a la enfermedad, al igual que un catarro que, si se cronifica, se puede convertir en una bronquitis. La enfermedad también sería la consecuencia de un error en los juicios o razonamientos sobre las cosas.

La filosofía a la manera clásica es un camino para vivir en armonía con la naturaleza y para lograr un desarrollo integral del ser humano. En este sentido, la filosofía es terapéutica.

Las antiguas filosofías desarrollaron una serie de prácticas que sirvieron de terapia para el alma. Los diferentes discursos constituían el remedio oportuno para restablecer la salud del alma: exhortación, reprimenda, consuelo o instrucción.

Estas filosofías, que desempeñaron un gran papel en la dirección espiritual de las almas dolientes, albergaron un gran conocimiento del «corazón humano», de sus motivaciones, conscientes e inconscientes, de sus intenciones profundas, etc.

Sus diálogos morales son un ejemplo del procedimiento usado por los filósofos estoicos y cínicos para llevar al alma a través del razonamiento, de un planteamiento erróneo y, por lo tanto, que tiende a la enfermedad, a un restablecimiento de la salud al aplicarse las directrices de la razón que llevan a salir de la ignorancia. A través del diálogo surgen las argumentaciones que llevarán, tras superar las oportunas objeciones, a exponer el remedio saludable para lograr las virtudes sanadoras.

El diálogo es el estilo literario escogido por Séneca para aportar los remedios para los males del alma. Para ello utilizará los recursos propios de la predicación popular: el empleo de términos propios de la medicina, los ejemplos extremos que espolean las conciencias, las preguntas oportunas, los ejemplos históricos o mitológicos, las citas de los sabios, etc. Al igual que las tragedias, parece que los tratados de Séneca pretenden impresionar al lector a través de lecciones más que a través de razonamientos lógicos.

Cuando leemos las obras de Séneca, vemos que continuamente hace alusiones a la curación. Él quiere saber para enseñar, para ser útil a los demás, para exhortarles, consolarles, para darles remedios curativos que son sus enseñanzas filosóficas. En sus obras, especialmente en sus Cartas morales a Lucilio, encontramos numerosos párrafos que demuestran sus conocimientos de medicina, y muchas alusiones a la terapia o curación del alma por medio de la filosofía. Y es que el contacto con las ideas de los grandes filósofos y pensadores produce una elevación de la conciencia que favorece la salud del alma.

SENECA LA FILOSOFÍA COMO TERAPIA 4

En una carta a Lucilio, Séneca, en lugar de comenzar como era de cortesía en las cartas, «Si tienes buena salud, me alegro, yo disfruto de buena salud», le dice: «Si cultivas la filosofía, me alegro, porque esto es en definitiva tener buena salud. Sin esto, el alma está enferma; hasta el cuerpo, por grandes energías que posea, no está igual de vigoroso. Por eso, cultiva primero esta salud; luego, la del cuerpo».

La terapia filosófica de Séneca pretende que confiemos la dirección del timón de nuestra alma a nuestra mejor parte, a la razón. Los juicios o razonamientos acertados sobre nosotros mismos y sobre las cosas nos conducen a la salud.

Para poder guiarse por la virtud, el hombre debe conocerse a sí mismo.

«¿Cómo hallarás lo que sea mejor para el hombre si no examinas la naturaleza de este? Llegarás a conocer tus deberes positivos y negativos cuando sepas qué es lo que debes a tu naturaleza».

Para cada cosa, lo mejor es aquello para lo que nació, y en esa conformidad se cumple su perfección (el Dharma de los hindúes). La libertad consiste en unificar la propia voluntad con la necesidad divina, en asentir al orden universal. «Es libre quien libremente obedece a lo que necesariamente sucede».

Para el estoico, solo se considera bueno lo bueno en sentido moral, las demás cosas no son verdaderamente bienes. Séneca, en sus escritos, quiere que no se confundan estas realidades con «lo Bueno», porque sería hacer depender al hombre de cosas exteriores: fama, riquezas, etc. Pero como esto no depende de nosotros mismos, por ese camino no es posible alcanzar la plenitud humana ni la felicidad. Séneca se refiere a esas realidades comoindiferentes. Eso no significa que algunas sean preferibles o comoda a otras, pero en sí mismas no son buenas ni malas, no hacen bueno o malo al que las posee. Igual de falso sería medir la estatura de los actores cuando están subidos a los coturnos en la escena que apreciar a los hombres junto con las cosas que poseen.

Para cada cosa, es bueno lo que está de acuerdo con su naturaleza, y cuando realiza el bien específico y es laudable, llega su razón de ser.

Lo que caracteriza al hombre en cuanto tal es la razón; por tanto, su bien propio es la razón perfecta o «recta razón».

Lo honestum se identifica con la razón perfecta, son buenas las acciones que provienen de la recta razón. La virtud es una disposición de regularidad armónica, implica la adhesión voluntaria a lo honestum, la rectitud en la intención.

Es entonces cuando se produce la eudaimonía (buen daimon ), que sería «estar en gracia», estar en dios. Es la verdadera felicidad, claritas. Surge cuando el hombre está en armonía con el orden universal. Dice Crisipo: «La eudaimonía llega cuando se ha hecho todo de acuerdo con el daimon [recordemos a Sócrates] que cada cual lleva dentro de sí, con la voluntad del Gobernador del Todo».

De entre las virtudes, Séneca da preferencia a la justicia; luego, a la moderación, el ahorro, la continencia, la serenidad, la tranquilidad de ánimo, la sinceridad, la elegancia, la nobleza de carácter, la clemencia y la sociabilidad.

Virtud viene del latín Virtus-utis, actividad o fuerza de las cosas para producir o causar efectos. Virtud es fuerza, vigor, valor.

El ser humano tiene cuerpo y alma. Debe cuidar y custodiar su cuerpo, como un tutor, pero no vive solo a su servicio. Hay que comportarse no como si debiéramos vivir para el cuerpo, sino como si la vida no nos fuera posible sin él.

Si lo específico del hombre es la razón, las acciones propiamente humanas serán las que tienen su origen en la parte superior del alma. La razón ennoblece al hombre, da sentido a su vida, le hace semejante a Dios; en cambio, la pasión es inmoderación, desequilibrio interior, pérdida de voluntad, y nos aleja de nuestra verdadera naturaleza.

Si «lo propio» del hombre es la razón, es ella la que ha de gobernar nuestra vida, y esa es la tarea de la ética.

«La virtud es el perfecto equilibrio y tónica de la vida, siempre en consonancia consigo, la cual no puede ser sin el conocimiento y experiencia de las cosas, por el que se conoce lo humano y lo divino» (Séneca).

Al igual que el Logos ordena la naturaleza, la razón debe ordenar toda la existencia del hombre. Eso es vivir acorde con la naturaleza, en armonía con ella.

De este vivir conforme a la naturaleza surge la ataraxia, que es la forma de vida del sabio, es una quietud que erradica del alma los elementos de discordia y falta de armonía. Si hay dolor, la razón lo privará de todo lo que sea en él superfluo e innecesario.

De la armonía con la naturaleza surge también la eutimia, la estabilidad de ánimo que Séneca traduce por tranquillitas.

Pero Séneca, si bien se pliega a los dictados de lo inexorable, no por eso deja de luchar contra lo evitable. En la tragedia Medea, encontramos esta frase: «La fortuna teme a los fuertes y acosa a los cobardes».

Herramientas para la salud en la filosofía de séneca

Atención: Vivir cada día como si fuera el último. Tener conciencia del presente.

Meditación : Prever problemas y dificultades para encontrar soluciones.

Reflexionar sobre las máximas o praecepta.

Rememoración : Antes de empezar el día, pensar en lo que queremos realizar y cómo. Al terminar el día, hacer un repaso de lo realizado, revisar las actitudes ante el «tribunal de la conciencia».

Revisarse: Tomar conciencia de lo que pensamos sobre las cosas, ver si podemos tener un criterio más acertado.

Conocerse para dominarse : Que nuestra mejor parte sea la que nos rija.

No añadir sufrimientos innecesarios . No atormentarnos con males que no han sucedido.

Aceptar lo que no podemos cambiar.

Acostumbrarnos a buscar el porqué de los acontecimientos. Las causas de las cosas.

Tener cada día una máxima o enseñanza de algún filósofo que nos inspire y tratar de llevarla a la práctica.

Tener una buena amistad o alguien con quien compartir nuestros sueños de crecimiento interior.

Tener criterio propio sobre las cosas, no dejarse llevar por la opinión de los demás.

Vivir como si un sabio nos estuviera observando.

Bibliografía

Séneca y los estoicos . Juan C. García-Borrén Moral.

Séneca y el estoicismo . Paul Viene.

Séneca o el poder de la cultura . Julio Mangas Manjares.

Séneca . Isabel M.ª León Sanz.

El ideal del sabio en Séneca . M.ª A. Fátima Martín Sánchez.

Séneca . María Zambrano.

Séneca. Diálogos . Matías López López.

Diálogos. Lucio Anneo Séneca . Carmen Codoñer.

Anales . Tácito.

Urbs Roma . José Guillén.

Suetonio. Los doce césares.

¿Qué es la filosofía? José Ortega y Gasset.

La sabiduría recobrada. La filosofía como terapia . Mónica Caballé.

Momentos estelares del mundo antiguo . Año uno y los orígenes del cristianismo. Antonio Piñero.

Hadot, Pierre. ¿Qué es la filosofía antigua? Fondo de Cultura Económica. 1998. Madrid.

Publicado en Filosofía

Esta obra, tan especial en la historia de la filosofía, está constituida por las meditaciones o reflexiones que el emperador Marco Aurelio escribía en griego, por las noches, después de haber cumplido con sus deberes imperiales. Probablemente eran ejercicios interiores, propios de aquellos que, como él, habían consagrado su vida a la vivencia de la filosofía.

El emperador conocía las escuelas filosóficas del mundo antiguo, pero seguía de forma más directa las enseñanzas de la escuela estoica, tan afín a su naturaleza y al carácter romano en general. Se trataba de una filosofía que, sin dejar de responder problemas teóricos generales, se centraba en el conocimiento y domino del mundo interior, con la finalidad de lograr el propio bien y el de la sociedad a la que se pertenece.

El primer capítulo está dedicado a recordar a todas aquellas personas que influyeron en forjar su carácter, expresando un profundo agradecimiento. Los once capítulos restantes están dedicados a hablar de temas que siempre son de actualidad para el ser humano: la vida, la muerte, el orden de la naturaleza, la conducta humana personal y la social. En este artículo, expondremos algunos de los temas centrales de sus reflexiones que pueden ayudarnos, a pesar del paso del tiempo, a tener más lucidez en ese camino hacia nosotros mismos. Mirar hacia nuestro mundo interior, entenderlo y ordenarlo para enfrentar mejor la vida, sigue siendo una labor humana a la que dedicamos una gran parte de nuestra existencia.

La disciplina del pensamiento: la lógica

Para la filosofía estoica solo tres cosas dependen de nosotros realmente: los juicios de valor o pensamientos sobre todo aquello que acontece, el impulso hacia la acción o la voluntad y los deseos o aversiones de nuestra parte emocional. Comenzaremos presentando cómo se esforzaban por canalizar sus pensamientos para que reforzaran su parte humana.

Para Marco Aurelio, igual que para el gran maestro del estoicismo Epicteto, no son las cosas las que nos turban, sino las representaciones e imágenes mentales que hacemos de lo que nos sucede. De estos juicios o representaciones mentales surgen después el deseo o aversión y el impulso de la acción. Una imagen o juicio interior solo es verdadera cuando coincide con la realidad objetiva.

«Borra de tu pensamiento lo que solo es pura fantasía y háblate interiormente así: “En este mismo momento, solo depende de mí el que no exista en mi alma ningún vicio, ninguna pasión; en una palabra, ningún desorden; para esto me basta únicamente con ver cada cosa tal como es y hacer de ella el uso que merezca”» (VIII, 29).

Otro elemento fundamental para el correcto dominio mental, para no turbarnos innecesariamente, es no dejar que la mente se vaya a otro momento que no sea el presente. A veces los seres humanos sufrimos por cargar con el peso de «toda la vida»; es suficiente saber sobrellevar el peso de «cada día» a la luz de la lógica y la razón.

«[...] No consideres en conjunto las dolorosas pruebas de todo género que, sin duda, habrás de sufrir, sino a medida que las vayas experimentando dirígete esta pregunta: “¿En qué consiste o qué es lo que en este momento no puedo soportar?” [...]. Ten en cuenta, luego, que no son ni el porvenir ni el pasado los que nos apenan, sino el presente. Luego las penas presentes no son casi nada si las reduces a su intensidad real [...]» (VIII, 36).

Marco Aurelio   Meditaciones 3

No obstante, pensar en el futuro también formaba parte de los ejercicios interiores estoicos, estar preparado para lo peor que pueda suceder era una manera de evitar la turbación del ánimo, pero también es una herramienta fundamental para el arte de elegir correctamente. Sin reflexionar profundamente en las consecuencias de nuestros actos, no podremos tomar decisiones correctas.

«Antes de llevar a cabo cualquier acto, pregúntate: ¿para qué me servirá? ¿Me arrepentiré? Dentro de poco ya no existiré [...] ¿Mi acto presente es digno de un ser inteligente, sociable y sometido a la misma ley de Dios?» (VIII, 2).

En resumen, esta disciplina del pensamiento, en la que nunca dejaremos de entrenarnos los seres humanos, para los filósofos estoicos era el objetivo de estudio de la lógica. No solo se trata de aprender a pensar con coherencia y haciendo uso de nuestra cualidad más elevada, la razón, sino de que «ese recto pensar», esa lógica aplicada, debería ser la raíz de nuestras emociones y acciones cotidianas. No sentir ni hacer nada que vaya contra nuestra naturaleza humana racional.

«[…] Acostúmbrate a pensar tan noble y rectamente que si de súbito te hicieran esta pregunta: “¿En qué piensas?”, pudieras contestar inmediatamente y con toda franqueza» (III, 4).

La disciplina de las emociones: la física

La práctica vivida de la disciplina del deseo implica una determinada actitud frente al cosmos y la naturaleza. Se trataría de solo desear lo que depende de nosotros (nuestros pensamientos, emociones y actos), de evitar hacer el mal a otros seres y de aceptar como voluntad de la naturaleza lo que no depende de nosotros. El ser humano se reconoce como parte del todo y comprende que los sucesos se encadenan porque así lo rige la razón o Providencia universal.

«No te preocupes, porque todo acaece según las leyes de la naturaleza universal» (VIII, 5).

El consentimiento al destino, como reflejo de la razón universal, es lo esencial de la vivencia de la disciplina del deseo. Se trata de que el ser humano se sienta una parte del universo y, por lo tanto, practique la «física», tal y como la entendían los estoicos. La física estoica abarcaba todas las leyes, desde las del mundo físico a las internas, inherentes a nuestra condición humana.

«No hay nada que colme tanto de alegría al hombre como el comportarse de acuerdo con la naturaleza humana. Luego es propio en el hombre amar a sus semejantes, despreciar todo lo que afecta a los sentidos, distinguir lo falso de lo verdadero, observar cuidadosamente la naturaleza universal y acatar todos los acontecimientos que las leyes nos aporten» (VIII,26).

Si hay una cualidad que resalte en Marco Aurelio es su gran tendencia al amor, su conciencia muy desarrollada hacia el bien común. En este aspecto, es un gran referente humano.

«[...] Yo soy una parte del Todo que está regido por la naturaleza universal; después, que existe cierta analogía entre yo y las partes que son de mi especie. Penetrado de este pensamiento, que soy una parte del Todo, no recibiré de mala gana nada de cuanto me esté reservado; porque aquello que es útil al Todo no puede ser perjudicial a la parte, y no hay nada en el Todo que no le sea esencialmente útil. [...] me someto con gusto a todo cuanto me acontezca; y puesto que existe cierta afinidad entre yo y las partes que son de mi especie, no haré nada que sea perjudicial para la sociedad; ¿qué digo?, me ocuparé particularmente de mis semejantes, dirigiré toda mi actividad hacia todo lo que contribuya al bien general, evitando cuanto le sea perjudicial. Del cumplimiento del deber, así comprendido, resulta necesariamente una vida dichosa. Para darte una idea, figúrate la dulce existencia de un hombre que, en todas sus acciones, no piensa sino en el bien de su conciudadanos, prestándose con gusto a todo cuanto la ciudad le pida» (X, 6).

En la disciplina estoica sobre el mundo emocional, es fundamental saber aceptar los acontecimientos. La aceptación es muy diferente a la resignación; la resignación es pasiva, la aceptación es activa. Todo aquello que dependa de nosotros mejorar para el bien propio y del conjunto lo realizamos, pero aceptamos serenamente aquello que no depende de nosotros.

«Si realizo un acto, lo hago pensando en el bien de la Humanidad; si me sucede algún accidente, lo acepto teniendo en cuenta que viene de los dioses y del origen de todas las cosas y de todos los acontecimientos» (VIII, 23).

Marco Aurelio   Meditaciones 4

La disciplina de la acción: la ética

La ética nace cuando hay un esfuerzo en unir el mundo de los mejores pensamientos o juicios a los mejores sentimientos, sublimando el mundo emocional y llevarlos a la práctica. Ética es pensar, sentir y actuar en la misma dirección, siempre que todo ello nos humanice. A continuación mostramos un fragmento de las Meditaciones que lo expresa de forma muy clara:

«[…] Que tu reflexión te lleve a conocer los deberes que el espíritu te impone, y que por ningún pretexto te apartes de este estudio. Has querido buscar la felicidad [...] ¿Dónde está, pues? En la práctica de las acciones que la naturaleza del hombre exige. […] Solo es bueno en el hombre lo que le hace justo, moderado, valeroso, libre; y solo es malo lo que produce en él el efecto contrario a estas bellas cualidades» (VIII,1).

El conocimiento es intelectual, surge del estudio. La sabiduría, la conciencia de unidad en la acción, fue un arte en el que Marco Aurelio destacó.

«No te es posible aprender todo de la lectura; pero puedes abstenerte de cualquier acto de violencia; puedes sobreponerte al placer; puedes despreciar el orgullo; puedes evitar la ira contra los malvados e ingratos; ¿qué digo?, hasta puedes ayudarles» (VIII, 8).

En ese camino ético, de acción, hacia la conquista de sí mismo, en la que Marco Aurelio destacó, es necesario tener mucha atención a las palabras. Las palabras también son formas de acción, deben ser reflejo de nuestra ética individual.

«Di lo que tú creas más justo, pero siempre con dulzura, modestamente y sin disimulo» (VIII, 5).

«Que nadie te oiga quejarte desde ahora de la vida social ni de la tuya» (VIII, 9).

El desarrollo de estas tres disciplinas filosóficas, la del pensamiento, la de la emoción y la de la acción deben ir de la mano. Pero a veces, los filósofos estoicos recomiendan comenzar, de acuerdo con un progresivo desarrollo interior, por la disciplina emocional sobre los deseos y las aversiones. Trabajar a continuación el mundo de las acciones e impulsos. Y finalmente, esforzarse por trabajar en el mundo del pensamiento o juicios.

Una vida inspiradora

Nos hemos acercado a la vida interior de Marco Aurelio a través de sus Meditaciones. Es impresionante la profundidad, humildad, bondad y alta conciencia colectiva que transmite. Pero todavía lo es más su vida. Marco Aurelio ha sido uno de los grandes personajes de la historia que la ha transformado. Desde su posición de emperador de Roma (161-180 d. C.) en el momento de máximo esplendor y expansión del Imperio, más allá de todas las adversidades con las que tuvo que lidiar, desde inundaciones a pestes y traiciones, pudo también expresar toda su buena voluntad. Construyó orfanatos, mejoró la condición civil de los esclavos, creó una institución pública para curar a todos los que lo necesitaran y protegió las escuelas de filosofía, instituciones que transmitían el conocimiento y espiritualidad en el mundo antiguo.

Para Platón, tal y como lo expresa en su famoso mito de la caverna, el mejor político es el que primero se ha tornado sabio recorriendo el camino de la filosofía. Sin duda, Marco Aurelio es un ejemplo del pensamiento platónico, supo unir grandeza interior y exterior, supo acercar los eternos arquetipos de Bondad, Belleza, Verdad y Justicia a la época que le tocó vivir.

«El principio activo del universo es un torrente que arrastra en su curso a todos los seres. […] No esperes jamás poder establecer la república de Platón. Conténtate si consigues hacer a los hombres un poco mejores; esto ya no es poco, puedes creerlo. (…) Simple y modesta es la obra de la filosofía» (IX, 29).

Para Cicerón, el filósofo y político romano, solo hacemos historia cuando logramos plasmar parte de esos eternos ideales humanos en lo individual y en lo colectivo. En este sentido ciceroniano, Marco Aurelio es uno de los grandes artífices de la historia de Occidente.

«No desees más que una cosa y es que no haya en tu vida ni acción ni reposo que no se aplique al interés de la sociedad» (IX, 12).

Bibliografía

Epicteto, Séneca, Marco Aurelio. Los estoicos. Editorial Nueva Acrópolis, Madrid, 1997.

Grimal, Pierre. Marco Aurelio. Fondo de Cultura Económica, 1997.

Hadot, Pierre. La ciudadela interior. Editorial Alpha Decay, S. A. Barcelona, 2013.

Romains, Jules. Marco Aurelio, o el emperador de buena voluntad. Editorial Espasa Calpe, S. A.

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Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

Humor estoico para mejorar tu carácter

Una sonrisa es la distancia más corta entre dos personas. ¿No hemos esbozado alguna vez, una mínima sonrisa al leer a Epicteto o a algún otro filósofo estoico? Por eso los sentimos tan cerca, tan actuales.

A veces una imagen vale más que mil palabras. Cuando vemos alguna imagen de Séneca (Córdoba, 4 a. C., Roma, 65 d. C.), es muy probable que pensemos que el filósofo cordobés era una persona atormentada, triste, amargada, con escaso sentido del humor; y esa es precisamente la imagen que tenemos de los filósofos estoicos. Pero ¿realmente podemos resumir la filosofía estoica en la resignación por todo lo que nos acontece? ¿Podemos afirmar que los filósofos estoicos eran unos hombres, siempre con caras largas y carentes de un mínimo sentido del humor?

, y nos conformamos con una lectura superficial que nos los presentan como unas personas resignadas o amargadas. Filósofos más o menos modernos, han contribuido en cierta medida a esta visión de la filosofía estoica. Por ejemplo, Nietzsche decía de ellos: «Los estoicos comen vidrio picado, sapos y culebras, para acostumbrar el estómago frente a cualquier comida que les pueda venir en la vida». Creo que, pensando así, Nietzsche no se iría de cañas con Epicteto para hablar, por ejemplo, de cómo no ser una persona atormentada.

El sentido del humor es una actitud que nos permite afrontar con entusiasmo las diversas situaciones de la vida, sobre todo las más difíciles, sin dejarnos atrapar por un espíritu derrotista. Nos puede ayudar a relativizar lo que nosotros creemos que son barreras infranqueables, dándonos valor para superar todos los obstáculos, superar nuestros miedos y, sobre todo, ayudar a mejorar la convivencia.

Las personas con sentido del humor suelen tener un alto nivel de autoestima; son auténticos especialistas en encontrar siempre la parte positiva de todo lo que les ocurre y reinterpretar los hechos de una forma positiva. Es una actitud vital interna, que la mayor parte de las veces transforma lo que ocurre a nuestro alrededor, es una actitud vibrante frente a lo cotidiano.

En todas las lenguas nos encontramos con refranes o frases de uso coloquial que reflejan muy bien esta actitud. Sirva a modo de ejemplo una frase muy común en Galicia. Es el famoso ¡malo será!expresión optimista, casi un grito de guerra; aunque haya miles de adversidades en un momento de tu vida, siempre se puede salir adelante. Siempre. Malo será que no apruebes el examen, malo será que no mejore tu enfermedad, malo será que no encontremos aparcamiento…; esta frase fue usada hace unos años por una cadena de supermercados en Galicia, en una campaña publicitaria que tuvo mucho éxito; recomiendo ver los vídeos de esta campaña en internet. Estas dos palabras, unidas aparentemente de forma absurda, reflejan muy bien el humor estoico del que estamos hablando. No te preocupes por lo que pueda acontecerte si no depende de ti, ¡malo será!

Resulta sorprendente la capacidad que tenemos para etiquetarlo todo, personas, animales, coches, escuelas de filosofía…, y casi siempre con un desconocimiento total. Así ha ocurrido con los estoicos; nos los presentan con la etiqueta de personas tristes y resignadas con su cruel destino. Después de leer y reflexionar sobre los escritos que han llegado hasta nuestros días de los filósofos estoicos, creo que podemos encontrar en ellos el sosiego necesario para no ver oscuros nubarrones en un futuro que no depende de nosotros.

Veamos a Crisipo (281 a. C.), filósofo griego y máxima figura de la escuela estoica antigua. Se cuenta de él que murió partiéndose de risa al ver a un burro comiendo higos en su jardín; quizás venga de ahí la expresión morirse de risa.

Humor estoico para mejorar tu carácter 2

Como observa Séneca, «todas las cosas son causa para la risa o el llanto. Y como ese es el caso, es más apropiado que un hombre se ría de la vida que lamentarse por ella».

Los escritos estoicos están salpicados de un gran ingenio, aquí representado por Epicteto: «Tengo que morir. Si es ahora, bueno, entonces muero ahora; si es más tarde, entonces ahora tomaré mi almuerzo, ya que la hora para el almuerzo ha llegado, y morirme, lo atenderé más tarde». Creo que si cogiéramos la frase anterior y la pusiéramos en boca de maestros del humor como Gila o Forges, diríamos: ¡que chiste más bueno!

También nos regala este divertido consejo, muy útil para los vanidosos que persiguen honores y recompensas: «Si tanto ansías llevar una corona, ¿por qué no llevar una de rosas? Te verás aún más elegante».

Epicteto nos muestra cómo responder a la opinión de los demás sobre nosotros: «Me río de los que piensan que pueden dañarme. No saben quién soy, no saben lo que pienso, ni siquiera pueden tocar las cosas que son realmente mías y con las que vivo. Escucha a los demás, pero sigue tu propio consejo: Si se habla mal de ti y es verdad, corrígete; si es una mentira, ríete».

Séneca nos advierte sobre la vida filosófica: «Si tienes un gran deseo de alcanzar la filosofía, prepárate desde el primer momento para que se rían y burlen de ti. Debes recordar que, si te adhieres a tu propósito, esas mismas personas que al principio te ridiculizaron te admirarán después. Pero si eres conquistado por ellos, incurrirás en un doble ridículo»También nos recuerda que, en primer lugar, debemos reírnos de nosotros mismos: «Nadie es risible si se ríe de sí mismo».

El gran filósofo estoico Marco Aurelio dijo: «La alegría se encuentra en el fondo de todas las cosas, pero a cada uno le corresponde extraerla. Y la vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella».

Pero, dentro de la moderación que nos enseñan los estoicos, Epicteto nos recuerda: «No permitas que tu risa sea mucha, ni en muchas ocasiones, ni profusa. No busques la risa de los demás. Este es un signo de vanidad y se refleja mal en ti. En las partes de conversación, evita una mención frecuente y excesiva de tus propias acciones y peligros. Por muy agradable que sea para ti mencionar los riesgos que has corrido, no es del mismo agrado que otros escuchen tus aventuras. Evita, asimismo, un esfuerzo por provocar la risa. Porque este es un punto resbaladizo, que puede arrojarte a los modales vulgares y, además, puede ser capaz de disminuirte en la estima de tus conocidos». Vamos, no quieras hacerte el gracioso.

Y para concluir con esta colección de reflexiones que podría ser mucho más extensa, otra de Séneca: «Muestra una mente más grande el que no reprime su risa que el que no niega sus lágrimas».

La risa estoica no es la risa de un público que asiste a la representación teatral de una comedia; es una risa que tiene su origen en el interior del ser humano, una risa constante, sincera y vibrante como la vida. Una risa que se refleja en los ojos, y no solamente en la bella arruga que se forma en la comisura de los labios al sonreír. Cuando miramos a los ojos de una persona que refleja en su mirada esa alegría interior, percibimos algo de la condición humana que está a nuestro alcance, pero que no nos atrevemos a coger con las manos porque nos falta valor. Percibimos una profunda integridad y una invitación a ver la vida con otros ojos.

Han pasado siglos, milenios, y parece que Epicteto, Séneca o Marco Aurelio (un esclavo, un senador romano y un emperador) están a nuestro lado charlando con nosotros acerca de lo que es la vida buena; dándonos consejos para ser felices y llevar una vida digna. Con un lenguaje actual, sencillo, pero directo al corazón. Al leer a estos maestros nos damos cuenta de lo poco que ha cambiado el ser humano en miles de años. Seguimos teniendo las mismas preocupaciones.

¿Por qué nos empeñamos en inventar técnicas para mejorar nuestra vida cuanto tenemos a nuestro alcance tanta sabiduría? La filosofía estoica, la filosofía en general, es la llave que nos permite abrir una puerta que nos da acceso al conocimiento de nosotros mismos para mejorarnos, a otra forma de vivir, a la vida buena.

Bibliografía

Hadot, P. (2015). Manual para la vida feliz. Madrid, Ed. Errata Naturae.

Artículo de Arnau, j. (28 de abril de 2018). Más Séneca y menos ansiolíticos. El País.

Artículo Epicteto, el filósofo de la no preocupación. https://www.filco.es/epicteto-estoico-no-preocupacion/

Blog de Filosofía estoica: cómo la aplico (cada día) a mi ética y actitud: http://pau.ninja/estoicismo

 

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Miércoles, 01 Enero 2020 00:00

La filosofía estoica, actual y práctica

Aunque la filosofía estoica está dividida en varias etapas, existen una serie de elementos comunes que aportan unidad al conjunto de esta filosofía dentro de los casi seis siglos de desarrollo que experimenta.

Se debe tener en cuenta que el estoicismo es, en cierto modo, el heredero de la decadencia griega, de una época de profundos cambios sociales y políticos que coinciden con la irrupción del Imperio macedonio y, sobre todo, con la muerte de Alejandro Magno, acaecida en torno al año 323 a. C. No se trata, sin embargo, de un periodo negativo en sentido lato, sino de un gozne histórico en el que se produce el paso de una forma de entender al mundo y el ser humano, apoyada en la estructura organizativa de la ciudad-Estado y el ágora, a otra en la que las fronteras identitarias se pierden y difuminan en el complejo crisol cultural del acervo helenístico.

Ante este panorama, el espacio público, antiguo origen y acicate de la filosofía, se torna insuficiente para resolver los nuevos interrogantes que la inestabilidad y diversidad política generan en la ciudadanía. De ahí que, de la mano de las nuevas necesidades sociales, surjan otras vías de reflexión y desarrollo humano, modelos de pensamiento actualizados y acordes a las nuevas perspectivas históricas. Tal es el caso de la escuela que nos ocupa, el estoicismo, una filosofía para tiempos de crisis que, ante la pérdida de valores e identidad propia de los momentos de cambio, invita al ser humano a mirar hacia dentro y a reencontrarse con su naturaleza universal a través de sí mismo.

El panorama filosófico que acompaña al estoicismo en su alumbramiento es, por otro lado, tremendamente heterogéneo, pues, aunque en el siglo III a. C. el fértil legado socrático también se hallaba en un claro estado de debilitamiento, el amplio abanico de escuelas que surgen gracias a él (la Academia, el Liceo, la escuela megárica, la cirenaica, los cínicos…) sirven de sustrato a la filosofía estoica o «zenoniana» (primer nombre con el que se la conocerá en honor a Zenón de Citio, su primer fundador). También persisten en la época algunos vestigios de las más viejas filosofías «presocráticas», como las escuelas de Pitágoras, de Heráclito o de Parménides, y la influencia de las «nuevas» tradiciones orientales, que comienzan a abrirse camino en Occidente gracias al comercio y las migraciones. Por todo ello, la escuela estoica no solo se alimenta de la filosofía del momento, sino que bebe de tres de las grandes tradiciones de la época: la tradición semita-cananea y su concepción moral, la socrática-platónica y aristotélica con su característica lógica y dialéctica, que hacen del logos humano un reflejo del logos universal, y la física de Heráclito, de la que toma Zenón toda la cosmovisión panteísta de su filosofía y su percepción ígnea de los ciclos históricos.

Fundamentos de la filosofía estoica 4

Zenón y el estoicismo

En cualquier caso, de todas estas influencias cabe destacar la aportación que, dentro de la tradición socrática, hace la escuela cínica al estoicismo, pues es ella quien imprime ese carácter virtuoso a la filosofía de Zenón que lo lleva a buscar siempre un modelo de conducta que sea riguroso y que le permita alcanzar la autarquía o absoluta independencia de todo lo exterior. Al igual que los cínicos, los estoicos son naturalistas, es decir, buscan la frugalidad y el desapego viviendo de acuerdo con la naturaleza y despertando un profundo amor a la vida. Esta perspectiva, unida a una fuerte convicción de que todo cuanto acontece es causa, a su vez, de una causa ulterior y necesaria, lleva a los estoicos a desarrollar una absoluta confianza en «lo proveído», es decir, a pensar que solo corresponde al ser humano decidir cómo se quiere actuar ante las cosas que le han sido «dadas». Alrededor de esta concepción del mundo heredada de Heráclito y del amor fati o amor al destino propio de los cínicos, Zenón desarrolla tres de los grandes temas del estoicismo:

* Dios y el cosmos son una misma cosa (panteísmo). El espacio y el tiempo son las dimensiones mismas de la divinidad en el interior de las cuales los seres desarrollan su existencia.

* La presencia de Dios se traduce en armonía y simpatía universal. La presencia temporal de Dios se expresa mediante el Destino y la Providencia, al igual que su presencia espacial se traduce en una interrelación simpática entre todos los seres.

Ante esta interpretación del destino, el estoicismo reivindica un modelo vital y moral que busca el acuerdo con la naturaleza en dos etapas: en primer lugar, tendiendo a la indiferencia respecto a lo que nos da la causa exterior, que hay que aceptar sin desear que sea diferente; en segundo lugar, subordinando las acciones y las tendencias a la actividad de la naturaleza con nuestra voluntad, es decir, queriendo que las cosas sean como son. Para ello, su filosofía se divide en tres campos armónicos e interrelacionados:

1. La física (o lo que concierne a la relación del ser humano con la naturaleza): el campo de los deseos y las aversiones, aprender a desear lo que depende de nosotros y ser indiferentes a lo que no depende de nosotros. Rechazar todo intento por pretender que las cosas sean como a nosotros nos gustaría que fuesen. Comprender que todas las partes que conforman la naturaleza están interconectadas.

2. La ética (la relación del ser humano con los demás): el campo de los impulsos o de la acción. Solo actuar en función de lo que depende de nosotros o es bueno para el conjunto. Sentirse ciudadanos universales.

3. La lógica (la relación del ser humano consigo mismo): el campo del asentimiento como la facultad de criticar y juzgar cada representación para poder dar nuestro asentimiento conforme a un juicio verdadero u objetivo. Buscar la armonización interior con la armonía inherente a la naturaleza.

Desde este prisma, la lógica nos enseña a descubrir los nexos causales; la física, a tomar conciencia de la armonía y simpatía del mundo; y la ética, que la ataraxia o imperturbabilidad del ánimo nacen de un consentimiento del alma al curso de todas las cosas. Las tres tienen un único fin, hacernos conocedores de la naturaleza divina como un todo simpático a sí mismo, organizado y libre con el cual tenemos que vivir en un acuerdo constante.

El deber social

El deber social está, por lo tanto, íntimamente vinculado con la naturaleza social del ser humano, porque cada individuo está unido a los demás por medio de la inteligencia universal de la que todos participan, es decir, está conectado por arriba, primero por la ciudad de la humanidad y después por la ciudad física a la que pertenece. Por ello, para los estoicos existe un tipo de solidaridad cósmica que une fraternalmente a todos los seres que participan del logos universal, y por eso existen unos deberes éticos y sociales de los unos respecto de los otros y de todos respecto de la naturaleza de la que forman parte (el hombre es apenas una parte más del todo). En consecuencia, mediante el estudio de la física, el ser humano toma conciencia de su papel en el mundo.

Sin embargo, este conocimiento epistemológico de la naturaleza conlleva, para el estoico, un proceso previo de ascesis y entrenamiento, pues solo el sabio sabe realizar este proceso de forma adecuada y llegar así a una correcta comprensión del mundo. De esta suerte, distinguen tres grados posibles de conocimiento: el estado de ignorancia, el conocimiento básico de la muchedumbre (la opinión y la creencia) y la ciencia propia de los sabios, los únicos capaces de hacer coincidir su propia razón con la razón universal. A mitad de camino entre la no sabiduría inconsciente del insensato y la sabiduría del sabio, se encuentra la no sabiduría consciente del filósofo.

De hecho, el proceso epistemológico del estoicismo se apoya sobre este reconocimiento socrático de la propia ignorancia, a través de un itinerario cognitivo que es, al mismo tiempo, empirista e idealista y que parte de la premisa de que el primer contacto con la realidad del sujeto viene siempre de la mano de sus sentidos (cuya información es siempre verdadera por cuanto transmiten y reproducen siempre algo real). En efecto, para los estoicos, la primera información que el ser humano recibe del mundo es por medio de una representación (visum o fantasía), una impresión sensitiva que generalmente produce una reacción emotiva en el alma y ante la que el sujeto puede reaccionar aceptando sus efectos o rechazándolos. De ahí que el estoico considere que las cosas tienen una naturaleza propia distinta a la que cada uno percibe, pues una vez que el sujeto recibe la impresión representativa, esta puede ser aprehendida de manera desapasionada (que es lo que hace el sabio) o puede dejarse arrobar por la impresión que de manera falseada se ha hecho de la misma.

En cualquier caso, para el estoico, la impresión anímica que producen las representaciones es igual tanto en el sabio como en el ignorante, por lo que la diferencia estriba únicamente en el juicio que cada uno realiza en el momento del contacto. Por esta razón, una vez que el alma recibe imágenes que proceden de las sensaciones del cuerpo, se debe desarrollar un discurso interior comprensivo. En este discurso o juicio, el ser humano debe comprender que no son las cosas las que lo conmueven, sino la idea preconcebida que tiene de ellas, es decir, la representación que se ha hecho de las mismas, y que de no realizar el juicio correctamente se verá arrastrado por las circunstancias sin poder determinar qué son ni de dónde provienen.

De este juicio surge, además, un impulso de deseo o de rechazo, por lo que, dado que el ser humano se siente naturalmente inclinado hacia el bien y repelido por el mal, debe tratar de alcanzar una conclusión comprensiva que le permita determinar si lo que se le ha representado es verdaderamente bueno o malo. De ahí que, para los estoicos, la representación sea como una impresión que el objeto o el acontecimiento produce en el alma y que es modificada en función de la calidad y consistencia de esta última. Así, en la medida en que el alma es fuerte e independiente, la modificación que produce el afecto o la aversión es menor, por lo que la representación es cada vez más acorde con la realidad.

Fundamentos de la filosofía estoica 5

Dolor y deseo

En este sentido, el estoicismo diferencia cuatro géneros de afecciones anímicas o pasiones en función de su ámbito temporal de proyección. En el presente, el dolor como contracción irracional del ánimo ante lo que se juzga como malo, y la concupiscencia como consecuencia de un apetito irracional descontrolado hacia lo que consideramos bueno. En el futuro, el temor a lo que es considerado como malo que aún no ha sucedido y el deseo respecto de lo que parece apetecible.

Ante ello, el estoico debe tener siempre presente tres cosas: qué es el bien para él, que su libertad depende de las opiniones y que tan solo existe el instante presente. Dentro de este marco existencial, determina una diferencia fundamental entre aquellas cosas que dependen de nosotros y aquellas que no dependen de nosotros y comprende que tan solo las primeras pertenecen al ámbito de la voluntad humana, siendo las demás indiferentes. De este modo, considera que no son los acontecimientos lo que causan perjuicios y dolor a los seres humanos, sino la forma en la que actuamos frente a ellos, por lo que admirar lo exterior tan solo puede arrastrarnos al miedo y al desconcierto propio del deseo desmedido. Estas vibraciones del alma tienen la capacidad de convertirnos en esclavos de las circunstancias y de aquellos que tienen poder sobre lo que tememos o deseamos. Por ello, el ideal de sabiduría del estoico es la ataraxia o imperturbabilidad del ánimo, un estado de equilibrio y serenidad interior al que solo se puede llegar prestando más atención a lo que nos sucede internamente que a lo que acontece en el exterior.

Cabe aclarar que, aunque para los estoicos todo está contenido en cuerpos o corpúsculos de manera que todo está en todo, admiten la existencia de cuatro entidades incorpóreas, inteligibles, inactivas e impasibles: el expresable (el ser de las cosas), el vacío, el lugar y el tiempo. No obstante, cada una de ellas se expresa, a su vez, en un mismo cuerpo: el expresable, como el verdadero ser de las cosas que hay que alcanzar; el vacío, como la contraposición a lo finito más allá de los límites del mundo en lo infinito; el lugar, como el espacio ocupado por los cuerpos; y el tiempo, como la manifestación tácita del destino y la Providencia a través del movimiento.

El acceso a estos incorporales se lleva a cabo mediante un buen uso de las representaciones, para cuyo juicio y valoración el ser humano debe siempre tener en cuenta que tan solo hay tres actos que dependen del alma y que, por lo tanto, son libres y no están sujetos a impedimentos, a saber, el deseo de adquirir lo que es bueno y la aversión sobre lo que se considera malo, el impulso para actuar y el poder realizar un juicio apropiado sobre el verdadero valor de las cosas. El resto de las cosas, como realmente no depende de uno, son también ajenas, inconsistentes, serviles y sujetas a impedimento. Así, por ejemplo, el cuerpo, las riquezas, las honras y los reconocimientos o el poder exterior son elementos todos ellos sobre los que no es posible ejercer un control absoluto.

Ejercicios de virtud

Algunos ejercicios estoicos para alcanzar estos ideales de virtud y comportamiento son:

1. No opinar, describir las cosas y los acontecimientos desapasionadamente, tal como son realmente y no como nos las representamos (las cosas no nos afectan por lo que son, sino por la opinión que nos hacemos de ellas).

2. Ser un atleta del acontecimiento, vivir la vida como una prueba.

3. Disponer de un equipamiento sencillo de reglas a aplicar en caso de dificultad o duda.

4. Escuchar y no intentar demostrar nada. Hablar solo de lo que se conoce.

5. Leer y reflexionar por escrito. Examen al final del día de lo ocurrido y de cómo se ha reaccionado. Recordar todos los días cuál es el bien para nosotros.

6. Gimnasia y abstinencia. Aprender a guardar silencio.

7. Diferenciar lo que depende de nosotros y lo que no, mostrar indiferencia ante esto último.

8. Esperar antes de reaccionar, examinar las representaciones.

9. Praemeditatio malorum. Anteponerse a lo que nos preocupa y decidir cómo queremos actuar.

10. Observar y ponerse en el lugar de los demás, tratar de comprenderlos desapasionadamente.

11. Ver el mal como un error de juicio.

12. Acompañarse de seres buenos y nobles.

13. No asentir la crítica ni el insulto, mostrar buen humor.

14. No hablar de nosotros mismos, pensar en plural.

15. No culpar a los demás, buscar nuestra propia responsabilidad.

16. Resignarse ante los acontecimientos, pues más fuerte que la ley es la necesidad.

17. Matar la ambición de lo exterior, buscar solo la libertad interior (ataraxia).

18. No dejarse llevar por el miedo.

19. Desconfiar de los elogios.

20. Comprometernos y ser fieles a nuestra palabra.

Como podemos ver, el estoicismo se presenta como una sana alternativa filosófica para interpretar el mundo que, a través de la libertad y la autarquía interior, hace del ser humano un sujeto independiente, pero al mismo tiempo responsable de la sociedad de la que forma parte indisoluble. Así, con sus postulados y su hermenéutica, esta filosofía nos invita a tener una vivencia más plena de nosotros mismos, de los demás y de la naturaleza, liberándonos con ello de los miedos, las frustraciones y los complejos que se nos adhieren por una mala comprensión de la vida en comunidad y que nos hacen vivir en una especie de conflicto permanente de todos contra todos. De este modo, con su ideal del ciudadano del mundo y su arquetipo del sabio, el estoicismo derriba las viejas murallas del egocentrismo cultural y nos impulsa a elevar nuestra mirada más allá de los desgastados baluartes de las diferencias raciales, religiosas o culturales. Una ascensión hasta la cima de nosotros mismos donde se intuye un origen común para todos los caminos.

Bibliografía consultada y recomendada

Bréhier, É.: La teoría de los incorporales en el estoicismo antiguo. Editorial Leviatán. 2011.

Crisipo de Solos: Testimonios y fragmentos. Editorial Gredos. Madrid, 2006.

Zenón et alii: Los estoicos antiguos. Editorial Gredos. Madrid, 1996.

Elorduy, E.: El estoicismo. Tomos I y II. Editorial Gredos. Madrid, 1972.

Gagin, F.: ¿Una ética en tiempos de crisis?: ensayos sobre estoicismo. Universidad del Valle. Santiago de Cali, 2003.

Hadot, P.: Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Editorial Siruela. Madrid, 2006.

Musonio Rufo: Disertaciones y fragmentos menores. Editorial Gredos. Madrid, 1995.

Epicteto: Disertaciones por Arriano. Editorial Gredos. Madrid, 1993.

Pigliucci, M.: Cómo ser un estoico. Editorial Ariel. Barcelona, 2018.

Rist, J.M.: La filosofía estoica. Editorial Ariel. Barcelona, 2017.

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