Julio 2008

Bienvenida, Castilla

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Bienvenida, Castilla


Fueron los primeros jueces de Castilla Nuño Rasura y Laín Calvo. Nuño era mi abuelo. Su hijo se llamó Gonzalo Núñez, y tres éramos sus nietos: Diego, Rodrigo y yo, Fernán. Fernán González, conde de Castilla. Las tierras que a la muerte de mi padre se repartieron entre nosotros, a la de mis hermanos vinieron a mí. Pequeño era entonces mi terruño, mi Castiella, desde los Montes de Oca a Fitero. Pero la supe hacer grande, muy grande. Tanto, que de ella nació un mundo nuevo.

Ha tiempo que el condado de Castilla está en guerra con el poderoso reino de León. Y su Infanta, la hermana del rey Sancho, me prometió en matrimonio a su hermosa sobrina doña Sancha, buscando el modo de acabar los pleitos con alianzas. Eso me dijo, y la creí.

Pero al mismo tiempo envió cartas al rey navarro don García para que me apresase en las vistas del casamiento. Estas se celebraron en Cirueña. Yo llevé cinco caballeros, como se había acordado; los navarros, treinta. Sólo pude escapar a la muerte dándome en prisión bajo homenaje, como era pacto de honor en mi época.

Me encerraron en la prisión de Castroviejo, donde la rabia me hizo languidecer al punto que casi muero. A mis cinco caballeros logré que los dejasen libres, y ellos llevaron a Castilla la noticia de mi prisión.
Se enteró de ello doña Sancha, mi prometida y señuelo inocente de la traición, y rompiendo todo protocolo decidió venir a verme. Nos conocimos, hablamos, nos miramos a los ojos. Nos enamoramos, sí, Sancha, mi doña Sancha. Y allí mismo nos prometimos el matrimonio que antes nos quisieron imponer. Con sobornos me sacó de mi prisión, y huímos, con algunos leales, camino de Castilla.

Mientras, en mis tierras, los hombres sin caudillo mal se avienen. Y Nuño Laínez decide que se talle en piedra una imagen a mi semejanza, y que todos mis vasallos le presten juramento como si de mí en persona se tratase. Le hacen besamanos y le rinden pleitohomenaje. La llevaron delante de ellos en un carro, y juraron no volver a Castilla sin mí en carne y hueso.
Y así anduvieron por los caminos de España, hacia Navarra. Y así los encontramos doña Sancha y yo, por los vericuetos en los que andábamos huidos, y mi corazón explotó de alegría y de orgullo por mis gentes. Allí mismo, en medio de los campos, me hicieron besamano, en una ceremonia que puso escalofríos hasta en los troncos de los árboles que nos rodeaban. Por señora recibieron también a doña Sancha, mi ángel guardián de ésta mi historia de traiciones y de amor. Inmediatamente pusimos rumbo a Burgos y allí celebramos nuestras bodas, y allí hubo durante ocho días festejos para celebrarlas.
No podía durar nuestra felicidad, porque como era natural don García de Navarra venía a mí con sus mesnadas. Yo envié cartas de leva a toda Castilla y a mí acudieron las mías.

Se trabó la batalla, bajas las lanzas, altas las espadas y airosos los pendones. Cayó herido por mi mano el rey García, al punto de que mi hierro le salió por la espalda. Le traje prisionero a Burgos, le mandé curar y un año le retuve sin aceptar rehenes por él.

Pero una vez más se cruzó mi esposa en mi camino. Primero fue para salvarme de mi prisión. Ahora, para salvar de lo mismo al navarro, su hermano. Intercedió por él ante las Cortes castellanas. Me dejé convencer, que un año de prisión había bastado a mi venganza, y quedó libre don García.

Nunca debí hacerlo. Que el dos veces traidor, sin haber cuenta de mi gesto, convocó a sus nobles en Estella y juró acabar conmigo. Que la deshonra sea con él por todos los siglos. Se unió a él el rey de León, con lo que tuve dos reinos contra mí. Sin embargo, algo me vino bien: se me despertó el recuerdo del pago debido por el caballo y el azor, que tres años antes el leonés se comprometió a doblar cada día que pasase.

Ofendido grandemente por el recordatorio, el rey de León me mandó llamar, y yo, por cumplir mi deber de vasallo, hube de ir ante mi natural señor. Llegué a León con sólo siete de mis caballeros, y cuando quise besar la mano al rey, me ofendió negándomela, alegando rebeldía contra él, que, sin derecho, nunca tuve.

Y de nuevo me vi con los hierros y en prisión. Y de nuevo mi doña Sancha vino en mi ayuda. Acudió a León con su escolta, pero a la ciudad entró sola, vestida de peregrina, y así se presentó ante el rey para rogarle por mi vida. Tan sólo le fue permitido verme. Pero nos fue suficiente. Disfrazado con sus briales huí otra vez, y de nuevo le burlé. Volví a reclamarle el precio del caballo y del azor, y mientras a ello no se avino, con mis tropas saqueé sus tierras.

Accedió al fin el leonés y mandó echar cuentas a su mayordomo; y tanto era lo adeudado que no había en sus arcas con qué pagarme. No vio otra solución que entregarme en pago el condado de Castilla. De buen grado acepté, que así nunca más, ni yo ni mis descendientes, habríamos de besar mano de señor alguno.

Así nació la independencia de lo que conmigo no era sino una pequeña tierra, y el fuego de mis descendientes convirtió en la más grande madre de naciones.

Mª Ángeles Fernández

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