Septiembre 2018

1212

Escrito por  M.ª Ángeles Fernández
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Cuando Alfonso el de Las Navas hereda la corona de Castilla, solo tiene tres años. No conoció a su madre, Blanca de Pamplona, porque murió en el parto. Y su padre, Sancho III, vivió solo hasta los veintitrés años. El reyecito queda en manos, casi siempre peligrosas, de los grandes señores, en este caso los Castro y los Lara, que, naturalmente, luchan por obtener la regencia y todo lo que esta lleva aparejado.

Y los que se llevan el premio gordo son los Castro, pero aquí todo vale, y los Lara raptan al niño y se refugian con él en la fortaleza de Atienza.

Alfonso crece oyendo el rumor de las batallas, y con ellas su carácter y su espíritu guerrero se van fortaleciendo. Aprende las artes de la guerra con buenos maestros. Es un consumado paladín.

Y a los catorce años, mayoría de edad de la época, se sienta en el trono como Alfonso VIII de Castilla. Y se ve casado con una niña de diez años, Leonor Plantagenet, hermana nada menos que de Ricardo Corazón de León; buen enlace con Inglaterra es este para Castilla. Y buena reina será la ahora niña, porque luego será mecenas de grandes artistas, protectora de monasterios y conventos, y fundadora ella misma del magnífico monasterio de Las Huelgas de Burgos. Cumplió también como esposa: diez hijos dio a Alfonso. Lo malo es que, dada la mortalidad de la época, solo les quedó Berenguela, reina a su vez cuando le llegó el momento.

Victorias de Alfonso, muchas: conquista Cuenca, recupera La Rioja, incorpora a Castilla Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. Y muchos pequeños pueblos, que va repoblando.

Su gran enemigo, el de toda la cristiandad española, son los almohades. Son estos un pueblo africano muy poderoso, que desembarca en Al Ándalus en 1160 y la unifica bajo un feroz fanatismo. Persiguen a todos: cristianos, judíos y mozárabes, con una crueldad poco vista hasta entonces. Pero Alfonso les presenta batalla, es entonces cuando les arrebata Cuenca; avanza las fronteras e instala en ellas, para su defensa, a la Órdenes Militares de Santiago y Calatrava.

No todo son laureles, sin embargo. En 1195 el califa almohade le presenta batalla en Alarcos, y Alfonso, después de tantas victorias, se siente superior y apresta sus huestes, sin siquiera esperar refuerzos. Se siente suficiente, aunque son pocos. Y lo paga muy caro: pronto se ve rodeado por el nutrido ejército almohade, que destroza al suyo. El rey y muy pocos de sus caballeros logran sobrevivir y refugiarse en uno de sus castillos.

Muy cara paga su derrota: Trujillo, Plasencia, las ricas vegas toledanas…

Pero el bravo rey resiste. Firma treguas. Se rearma. Logra reunir a los señores de Guipúzcoa y Vizcaya, que permanecen suyos.

Y en 1212, una fecha esencial en nuestra historia, Alfonso, con Pedro de Aragón y muy pocos más aliados, que no confiaban mucho los demás en la victoria, se pone en marcha. Ha desafiado a los almohades, que, seguros de una nueva ganancia de botín, han aceptado, en la llanura de las Navas de Tolosa.

Terrible es la batalla, que ambos contendientes son aguerridos. Pero esta vez los laureles caen del lado cristiano. Incluso el poderoso emir Al-Muminin, al que los españoles llaman Miramamolín, tiene que huir a uña de caballo. Los almohades no vuelven a levantar cabeza. Su imperio se desintegra.

Ahora es Alfonso VIII el de Las Navas. Un nombre para la Historia.

Tanta guerra le pasa factura. A los cincuenta y nueve años se rinde a unas fiebres, que no a espada ninguna. Pronto muere también su Leonor, y tras ella su único heredero varón, Enrique. Queda Berenguela. Que continuaría, ya reina regente y separada del rey de León, una magnífica estirpe: su nieto es Fernando III el Santo, de Castilla y de León, que une ambos reinos bajo su corona. Y tras él vendrá Alfonso X el Sabio. Nada menos.

Alfonso VIII salvó a España de los feroces integristas almohades, últimos de las oleadas invasoras. Unificó, integró, reconquistó, repobló.

Fue grande entre nuestros grandes reyes medievales.

Honor por ello.

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