Octubre 2019

Buenos y malos tiempos

Escrito por  Carlos A. Farraces
Camino de Santiago Camino de Santiago

Hace poco, leí que para conocer y amar un lugar (y a su gente) hay que hacerlo andando despacio. Normalmente elijo anécdotas que suceden durante el Camino de Santiago. En este caso, ocurrió entre etapas (ahora que pienso, ¡qué tontería!, ¡esto también es parte del Camino!).

En las poblaciones que atravesamos por tierras alavesas, hay un espacio cubierto amplio, que, a veces, se aprovecha para los mercados semanales. Aunque diferentes, cumplen la misma función: guarecerse de la lluvia. En el caso que nos ocupa, era una superficie de unos 400 m2. Allí asistimos al espectáculo cotidiano de la ciudad: niños jugando ante la mirada atenta de sus padres, personas de todas las edades conversando en pequeños grupos, ancianos solos o acompañados realizando su paseo diario... Todo bajo techo. Un lado del recinto daba al río, del que nos separaban enormes ventanales, desde donde se disfrutarían las competiciones de piragua, tradicionales en aquella zona.

El rato que pasamos en esa síntesis de zona de recreo, mercado y tantas cosas más fue la demostración de que la gente del norte no tiene inconveniente para «salir» en uno de esos días que los mediterráneos llamamos «malos». Sentados a cubierto, tras los ventanales, también vimos cruzar a gente por un puente de piedra. Si no llevaban impermeable o paraguas, andaban tranquilamente y con la frente alta, eran autóctonos. Cuando iban enfundados en chubasqueros, cruzando raudos el puente, se trataba de turistas.

Luego, fuimos hasta una plaza interior para cenar. La gente llenaba los establecimientos; mejor dicho, los soportales, de pie, con su bebida en una mano y el pincho en otra, mientras los niños correteaban entre sus piernas. Me hubiera gustado preguntar a alguien: «Perdón, ¿se da cuenta de que el tiempo “no acompaña” y los niños se están empapando?». Me imagino a mí mismo un día cualquiera: salgo a la calle y veo unas nubes; inmediatamente mi ánimo cambia. ¡Como si las inocentes nubes fueran culpables de algo!

Llovía cuando llegamos, por la noche y también toda la etapa del día siguiente... Sin embargo, vimos a la gente en plena actividad, sin asomo de preocupación por lo que yo llamo «mal tiempo». El clima del norte («mal tiempo» para mí, «tiempo» para ellos) puede resultar un buen entrenamiento para enseñarnos a realizar nuestro deber más allá de las circunstancias. O, por lo menos, que lo externo no marque excesivamente nuestro Camino interno.

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