Aristóteles, uno de los filósofos que ha configurado la visión del mundo occidental, decía que “el movimiento es el tránsito de la potencia al acto”. Estamos acostumbrados a imaginar el cambio o el movimiento (intrínsecamente son lo mismo) como un cambio de lugar; de escenario, por tanto. Muevo, por ejemplo, un libro desde la estantería a la mesa. Ha cambiado así de lugar. Y sin embargo, la Tierra se desplaza en el espacio a una velocidad descomunal, y nosotros con ella, y poco cambio supone esto para nosotros. Y de hecho, solo raras veces, y gracias a la ciencia, pensamos que esto es así.

Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.

El profesor y filósofo J. Á. Livraga (1930-1991), fundador de la Organización Internacional Nueva Acrópolis, decía que las cosas no solo están vivas cuando crecen, sino también cuando resisten; esa es la forma que tiene, por ejemplo, el reino mineral de estar vivo. El movimiento de los electrones (y por tanto, su vida) garantiza las valencias químicas, lo que se convierte finalmente en las llamadas “energías de cohesión”, que evitan que lo que está vivo o simplemente existe (y eso es ya una forma, la más básica de la vida) se disuelva en la nada.

Hay cambios más sutiles o menos; por ejemplo, el cambio de estado es más sutil que el de lugar, o el químico que el físico. Si la temperatura del cuerpo humano se eleva cinco grados respecto a lo normal, eso produce efectos o cambios mayores que si alguien simplemente nos empuja. Según la filosofía hermética, existen también cambios alquímicos, aquellos en que muda la estructura interna de la materia y de la vida asociada, por tanto. Por ejemplo, si me expongo sin protección a los rayos cósmicos o simplemente a la radioactividad, esto puede provocar cambios en el ADN y hacer que al tener un hijo nazca un monstruo. Aparentemente nada sucedió y, sin embargo... Estas formas de vibración o vida son tan penetrantes que llegan hasta el corazón de la materia, mutándola.

Los antiguos alquimistas decían que la evolución consiste en la aceleración de las formas, y que la sustancia acelerada se convierte en luz. Este era, por tanto, el destino final de todos los cambios, paso a paso, el retorno a un océano universal de luz. Decían que la luz, cuando se detiene, cuando se cristaliza y es subyugada por el número y la geometría, origina todas las formas de la naturaleza y de la vida, pero que esta, al ser liberada, se convierte de nuevo en luz. Por ello, el dios Agni en la India védica era el superior de los dioses, aquel a quien se hacían las ofrendas, pues era el Fuego, el que libera la vida prisionera de la materia, símbolo, por tanto, del sacrificio redentor, del deber que libera. Los sabios y los guerreros eran vinculados, debían ser como el fuego, ser ígneos, luminosos, devorar su propia personalidad en su afán de vivir con más intensidad, de un modo más brillante (este es el significado más profundo del “sacrificio del cordero” en los primeros siglos del cristianismo). Esta verdad del fuego es cierta incluso a nivel químico, pues el fuego es un misterioso estado de la materia en que es liberada la energía química o luz prisionera en ésta.

Si la vida es resistencia en lo mineral, crecimiento en lo vegetal y emotividad en lo animal, en lo humano es luminosa razón, luz interior, visión, discernimiento. Un ser humano sin esta llama interior –la vida universal en él presente– es moralmente insensible, es en la vida como un pedazo de madera, como un autómata, sin capacidad de reacción. Pero ¿es que existe un ser humano que carezca de esta llama interior? Potencialmente no, pues duerme en el corazón de la misma naturaleza humana. Pero si volvemos a Aristóteles, “movimiento es el tránsito de la potencia al acto”, vemos que la vida no vibra en el alma humana si esa llama permanece latente, si la conciencia de lo divino y del Yo-Soy-Aquel-que-Soy simplemente espera, como una semilla en el interior de la tierra que no germina, al no ser capaz de responder a la llamada del sol, su dios.

¿Cuál es, entonces, el mejor de todos los cambios? El que nos hace despertar del sueño de la vida, el que abre nuestros ojos a su sentido, el que nos sacude de la inercia, del estancamiento y nos hace sentir que estamos vivos de verdad, el que abre las puertas del alma y permite que esta se llene de vida y luz, el que nos arranca de las fantasías que juegan con un pasado que ya está muerto y con un futuro que jamás será presente, llevándonos al alma y a la verdad de los hechos. Ya lo dicen los textos cabalísticos: “Si quieres ver en lo invisible, abre bien tus ojos a lo visible”.

¿Y cuál es la mejor de todas las filosofías? Si la filosofía es amor a la sabiduría y, por tanto, transferencia del corazón al seno de la misma, la mejor filosofía es la que nos hace más sabios (pues su luz nos permite saber y ver), más buenos (pues su calor y acción nos permite deshacer esos estancamientos-de-vida que llamamos mal), más justos (pues el alma, cuando encuentra la verdadera medida, su verdadero lugar, es naturalmente feliz, y cuando no, prisionera de la angustia), honestos (pues no hay mayor crimen que dejar de ser fieles a nuestra naturaleza más pura y fecunda, no hay mayor crimen que dejar apagar la llama interior, que arrojar barro sobre ella, y en esto consiste la falta de honestidad).

La mejor filosofía es la que nos hace luminosos, y ya que la esencia de la vida es luz, nos hace la vida amable y amables con la vida. Todos sabemos en lo más profundo si estamos subiendo la Montaña Interior o nos estamos perdiendo en el laberinto, o peor, cayendo en la inconsciencia y en la pérdida de valores internos. La mejor filosofía es la que nos permite subir, paciente y esforzadamente a esa Ciudad en lo Alto donde viven nuestros sueños más luminosos, lo mejor de nosotros mismos.

Ah, y no lo dije, el mejor de todos los cambios en el tiempo y para los seres humanos se llama Historia, pues esta es “realización del Destino, del Deber Ser”, tránsito, por tanto, de la potencia que espera al acto que sella, del camino pensado al vivido. Podemos y debemos hacer Historia, dejar una huella en el tiempo, pues la Historia, aunque construida por cada uno, es el movimiento de toda la Humanidad.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.

Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los confines de la Tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descubrió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años, Thomas Jefferson proclamó que “todos los hombres son creados iguales”. Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la Historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos esos actos será la Historia que escriba esta generación. Es sobre la base de innumerables actos de valentía y esperanza como la Historia humana queda escrita.

Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o se rebela ante la injusticia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión. Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la Historia nos ha asignado.

Hay un dicho popular chino que dice: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Nos guste o no, vivimos en “tiempos interesantes”. Son tiempos de peligro e incertidumbre, pero también son tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la Historia. Y todos y cada uno de nosotros seremos juzgados –nos juzgaremos a nosotros mismos– por los esfuerzos que hemos hecho para contribuir a crear un Mundo Nuevo y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo. Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la Historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta Tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que Su Trabajo aquí debe ser realizado por nosotros ”.

Este es el extracto de un discurso pronunciado el 6 de junio de 1966, ante un grupo de jóvenes de la Universidad de Capetown, durante su histórica visita a Sudáfrica.

Que estas palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven, vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto.


José Carlos Fernández

Jueves, 01 Noviembre 2012 01:00

El Loto de los grandes números

     “No hay símbolo alguno antiguo que no tenga un significado profundo y filosófico, cuya importancia y significación aumenta con su antigüedad. Tal es el loto. Es la flor consagrada a la Naturaleza y a sus dioses, y representa al universo en lo abstracto y en lo concreto, siendo el emblema de los poderes productivos, tanto de la naturaleza espiritual como de la física”.

La Doctrina Secreta Vol II. H.P.Blavatsky Cap. VIII “El loto como símbolo universal”. Pag. 147 Ed. Cárcamo.
    

     Los indos conocían este profundo significado del loto y lo relacionaron con:

1. Todo aquello que surge del fuego y del agua. En el calor y la humedad se expanden los gérmenes de la naturaleza y con él aparecen los nuevos brotes de la primavera. Pero también se refiere a todo lo que nace de la Idea-Fuego y de la Forma-Agua. Del espíritu y la materia. Todo el universo aparecía ante su filosófica y poética mirada como un loto, que es asiento del dios creador, Brahma.

2. La semilla espiritual en el alma humana. Una semilla de un mundo celeste, fuego en una naturaleza de agua, la psique. Es, por lo tanto, símbolo del discípulo, aquel que hace crecer las semillas de verdad depositadas en él por su dios. El discípulo, como el loto, tiene las raíces en el barro de la existencia ilusoria y manifestada, crece silenciosamente a través de las corrientes astrales –de agua–, donde nunca abre el seno interno de su flor. El alma del discípulo se abre sólo a un mundo de ideas fuertes, bellas y elevadas. Y el don de su espíritu vuelve a la fuente de donde surgió, “como la chispa que se sume en la radiación universal”. Es también en el loto el aire quien percibe la tersura de sus pétalos y el fuego del sol quien besa su color.

Pero no hablaremos de estos distintos significados que tanto la filosofía hindú como la egipcia atribuyeron al loto. Tampoco de la pureza, la sobriedad y rectitud, emblemas del sabio con que los chinos lo relacionaron. Tal y como nos cuenta Tcheu Tuen-Yi, la idea de pureza de que es símbolo, por no mancillarse en las aguas pantanosas en que habita, se une a la de firmeza, por la rigidez de su tallo. También en la alquimia china es símbolo de la flor de oro, la perfección o resurrección de la llama espiritual. Para los chinos, tal y como para los íberos en sus cerámicas funerarias, dice del tiempo y sus ciclos en los que el alma abre y cierra alternativamente sus brazos. En China, el tiempo pasado, presente y futuro son en el loto el botón, la flor abierta y la semilla derramada.

     En la India, también figuró los siete centros energéticos del ser humano, los chakras, ruedas que giran y entrelazan sus fibras de luz y que se abren como lotos para abrazar la luz y vida que les llega del sol.

     Para estas culturas, pues, el loto fue símbolo de la presencia de Dios en la materia. El cielo en la tierra. “Soy como el loto, resplandezco en la Pureza”, dice el Iniciado egipcio. Y es que el loto también significa el corazón sin mancha. Plegadas sus hojas, la forma del loto nos recuerda a la del corazón, y a la pirámide, su imagen geométrica. Ambos representan al universo como morada de Dios. Y Plutarco, el sacerdote de Apolo, dice haber aprendido de los sabios egipcios que el loto de hojas redondeadas es el símbolo del cosmos, y el de hojas triangulares representa a la Naturaleza y su orden piramidal.

¿Y qué tiene esto que ver con los grandes números? ¿Y a qué grandes números nos referimos?
Es que la filosofía y matemática hindú representó los grandes números que nosotros dificultosamente pronunciamos por imágenes de la naturaleza, símbolos. Y entre ellos el loto tiene un valor excepcional.
    

La matemática hindú trabaja, como la occidental, con las potencias de diez. Es herencia hindú el que para nombrar al 365 lo hagamos (3x 10 elevado a 2 más 6 por diez elevado a uno más 5 por diez elevado a cero 365= 3×10 + 6×10 + 5×10º. Esta estructura decimal fue vital para la filosofía pitagórica y para la Ciencia- Religión egipcia, que lo relacionó con la Enéada de Heliópolis que surge del Espacio puro o Nun- el cero matemático. Para los pitagóricos los primeros arquetipos fueron los números, de donde surgen la medida o las relaciones entre los seres, o los seres que son relaciones entre Números. Para los egipcios los primeros Dioses fueron estos 10 primeros Números, y todo aquello que no se ajustaba a ellos en sus medidas era progenie del caos. Estos diez Números se perpetúan en series sin fin. Contamos hasta 10 y hasta cien, diez veces diez y seguimos hasta mil, diez veces diez veces diez. Pero son estos mismos diez números que danzán y danzan. Y si bien es cierto que son los diez primeros números la clave del edificio matemático que es la Naturaleza- estos primeros números y sus sombras geométricas- también es cierto que cada orden numérico tiene un significado cualitativo distinto.

Esto lo sabían bien los filósofos hindúes cuando dieron un nombre, un significado y un símbolo distinto a cada potencia de diez. Muchas veces estos nombres son para nosotros intraducibles o de un significado ambiguo, como jaladhi- océano, que expresa el 10 elevado a 14; o kshobhya- Movimiento, que es el 10 elevado a 17, o parardha- literalmente “más allá- mitad”, 10 elevado a 12, y que se interpreta como la mitad del camino que lleva a la Eternidad; porque la misma serpiente sin fin de la eternidad, Ananta da nombre al 10 elevado a 13. Quizás las razones de llamar así a estos grandes números sean razones encriptadas, y el hecho de que los signos del silabario sánscrito se puedan leer también como números tenga mucho que ver con ello. Recordemos que una de las preguntas más difíciles que se le hace al Buda en el Lalita-Vishtara es que sepa nombrar los escalones que nos llevan a lo infinitamente grande y a lo infinitamente pequeño. Que ascienda hasta abarcar el universo y que descienda hasta nombrar, definir y sujetar a la razón las interioridades del átomo. Recordemos esta bella y antigua enseñanza en “Luz de Asia” del poeta ingés Edwind Arnold (Doctrina Secreta de H.P.Blavatsky pag. 721 Ed. Luis Cárcamo Vol III).

Cuánto enseña y cuánto encubre, tal es el poder del símbolo. En ella se habla de la serie de las potencias de diez- aunque como cuenta de cien en cien, se trata sólo de las potencias impares- hasta llegar hasta asankhya, literalmente “lo innumerable”, o “lo que está más allá de la razón”, que es “la cuenta de todas las gotas de lluvia que, en diez mil años, caerían a diario sobre el conjunto de los mundos”. Por estas gotas debe entenderse los rayos de luz que durante este tiempo irradian infinitos mundos sobre infinitos mundos, estrella a estrella. Se habla también –fácil, en comparación con lo anterior- del número que permita contar las estrellas de la noche, las gotas del océano y aquel mediante el cual los dioses calculan su porvenir y su pasado. Por el término asankhya también se entiende en el Bhagavad Gita- el manual de filosofía esotérica hindú- la duración total de la vida de Brahma, la friolera cantidad de 311. 040.000.000.000 años humanos, que dicen de la duración del universo manifestado, en el que nacen, viven y mueren los incontables mundos. Piénsese en la duración de vida de nuestro sistema solar, según enseñan los científicos y acéptese esta vida como un eslabón de una larga cadena de diez mil y este número no parecerá tan increíble. Y es que como afirman los comentarios a esta obra, aún esta cantidad es Nada en el océano sin orillas de la Eternidad.

Los lotos surgen en este Océano de Luz de la eternidad como crecidas semillas de perfección divina. La Belleza, Armonía, Perfección de lo Divino brota como un loto con raíces en el mundo manifestado. Para la filosofía esotérica es el átomo un loto, perfecto en su simplicidad, es un loto la estrella y es un loto un sistema solar como el nuestro. Es un loto la galaxia y es un loto la inmaculada luz del Universo. Lotos que abren y cierran sus pétalos en la eternidad. Quizás sea esta la causa de por qué los filósofos hindúes utilizan al loto para simbolizar varios de sus “grandes números”, en cantidades para nosotros imposibles de imaginar. Si el loto resume en sí lo divino de una vida, distinto será si quiere expresar el latido y movimiento del átomo, de la galaxia o del Universo en su totalidad, Uno-solo- uno de una serie infinita sin principio ni fin. Recordemos que la iconografía hindú diferencia el simbolismo del loto según su color, número de pétalos y según tenga sus hojas plegadas en capullo, semiabiertas o totalmente abiertas a la luz. Como la semilla del loto dibuja en sus pliegues la forma futura de sus pétalos, representa el loto al número diez y a sus desarrollos, presentes en geometría en el círculo y su diámetro vertical, su símbolo. Pues para la filosofía esotérica, la vida surge como surge la serie numérica del diez, y esta sigue el esquema geométrico de un diámetro vertical que corta y polariza el movimiento ininterrumpido de su circunferencia. Así el misterio del 10 es el misterio de la unidad en el seno de su circunstancia, imagen que evoca a la del loto. Esto lo sabían los sabios hindúes cuando llamaron a la Unidad, Mahi, “leche coagulada”, la infinita luz estelar que alimenta la vida. Nacen las “unidades” de vida como coagulaciones de esta Luz o Vida-Una, como lotos de inmaculada belleza.
    

     De los lotos, el más primitivo y de capital importancia es PADMA, el loto rosa, símbolo de la pureza, de la más alta divinidad y de la razón innata. Nombró al número mil por ser el loto de mil pétalos –Sahasrara– ,el trono de la sabiduría, el dios Vishnu. Pero también se convirtió en el nombre de “mil millones” (10 elevado a 9), y más adelante en el de 10 elevado a 14, incluso de 10 elevado a 29; y hasta del absolutamente incomprensible 10 elevado a 119.

     KUMUDA es el loto blanco rosado, que nombra al número 10 elevado a 31 (mil trillones) y al 10 elevado a 105.

     UTPALA es el loto azul entreabierto. En la filosofía hindú y budista representa el triunfo del espíritu sobre los sentidos. Es la verdadera victoria, y por lo tanto la flor del poder, la que representa a los grandes reyes y a los Iniciados. Esta flor en capullo es, en Egipto, el cetro Sejem, cetro de fuerza, poder y autoridad, asociada a Anubis, a Osiris y a Sekhmet, la diosa leona, cuyo nombre, “la poderosa”, es la forma femenina de este cetro, que aparece portando como Señora que es del Loto. En el Libro de los muertos (Himno 179) está escrito: “Soy el desmelenado que surge de su propio Sejem”, es la imagen del que despierta y abre todos sus poderes interiores como el loto azul entreabre sus pétalos. Es el mismo loto azul a que se refieren los antiquísimos textos tibetanos que recopiló H. P. Blavatsky en su inmortal “Doctrina Secreta”: “Los Reyes de la Luz han partido indignados. Los pecados de los hombres se han hecho tan negros que la Tierra se estremece en su agonía… Las azuladas sedes permanecen vacías. ¿Quiénes entre las morenas, quiénes entre las rojas ni aun entre las negras, pueden ocupar las Sedes de los Benditos, las Sedes de la Sabiduría y de la Piedad? ¿Quién puede asumir la Flor del Poder, la Planta del dorado Tallo y de la Flor Azul?”. En la matemática hindú nombra al 10 elevado a 25

     PUNDARIKA es el loto blanco de ocho pétalos, símbolo de la perfección mental y espiritual. Este loto tiene tantos pétalos como las ocho direcciones del espacio, los ocho puntos cardinales o los ocho elefantes de la cosmogonía hindú. Nombra al elefante que vigila el horizonte sudeste del universo para el dios del fuego Agni. Matemáticamente es el 10 elevado a 27 e incluso a 112.

     Lotos, tales son los lotos de los grandes números, el espíritu encarnado agitándose en el átomo, en el Sol y en el Mundo, invocando como potencias de diez que son, la luz divina en senos cada vez más y más grandes. Si nuestra mente se abriera como un loto a la luz, quizás pudiera entender el enigma de los lotos de los grandes números.


José Carlos Fernández

Lunes, 01 Octubre 2012 02:00

Conócete a ti mismo

Hay unas palabras áureas que la Historia repite como un eco y que la naturaleza reclama como un deber legítimo al ser humano. Son una máxima moral, una enseñanza milenaria, una petición y también un recuerdo, y un símbolo para todos los enamorados de la verdad y el saber: “Conócete a ti mismo”

Esta máxima fue atribuida a uno de los Siete Sabios Griegos, personajes históricos cuya prudencia y visión espiritual hizo que penetrasen todos ellos en el mito y fueran representados juntos en pinturas, mosaicos, escenificaciones teatrales: sus consejos y enseñanzas, lapidarios siempre, parecen joyas y cada una de ellas puede muy bien convertirse en un lema de vida.

Los historiadores griegos y romanos dicen que gran parte de estas máximas estaban grabadas en los muros del Templo de Apolo, Dios de la Armonía, en el santuario de Delfos. Y también que el “Conócete a ti mismo”, con letras de oro, figuraba en el frontispicio de dicho Templo y que Platón completaría esta máxima añadiendo: “Conócete a ti mismo y conocerás a los Dioses y al Mundo” pues el ser humano, como microcosmos, es el resumen y espejo de todo cuanto vive y alienta en el universo, en todos sus planos de conciencia.

De todos modos, si esta máxima ha llegado hasta nosotros, y es tan conocida es gracias a Sócrates, este personaje griego que se ha convertido en el símbolo mismo de la Filosofía y del diálogo racional que busca el sentido de la vida y la verdad detrás de todos los velos y apariencias. Una máxima que incita a buscar dentro de uno mismo las respuestas, pues descubrir y conocer la propia alma es conocer y descubrir el alma de todo lo que existe. Los griegos de hace casi mil años, y a través de ellos nuestra civilización occidental, modelaron sus vidas y mentes ayudados por estas máximas de fuego imperecedero, aunque, como es lógico, no siempre supieron atenerse a ellas.

Podemos recordar algunas de las sentencias de los Siete Sabios Griegos, todas ellas son reglas de oro del difícil Arte de Vivir si se usan como herramientas para formar el propio carácter, y no sólo como un “objeto intelectual” estéril:

“No desees lo imposible” (Quilón de Esparta),
“La medida es lo mejor” (Cleóbulo de Lindos),
“El ejercicio del poder muestra a la persona tal y como es” (Pítaco de Mitilene),
“No hagas nada por dinero” (Periandro de Corinto)
“Nada en exceso” (Solón),
“No permitas que tu lengua vaya más rápido que tu inteligencia” (Bias de Priene).
Algunos investigadores atribuyen el “Conócete a ti mismo” a Tales de Mileto, el filósofo jonio que planteó el famoso teorema de las líneas paralelas cortadas por dos rectas, teorema que es una expresión geométrica de la Ley de Analogía en la Naturaleza y que enlaza el mundo de los Números (Aritmética) con el de la Geometría, es decir, el de las verdaderas causas con los verdaderos efectos.
La caída del Imperio Romano significó el fin de esta forma de pensar y de vivir, tan mesurada y prudente, pero la máxima Conócete a ti mismo fue, es y será la bandera e insignia de los enamorados de la sabiduría. ¿Por qué? Podemos responder con otra de las enseñanzas atribuidas a los Siete Sabios Griegos: de todos los hábitos del ser humano, el más pernicioso y común, el que más dolor le causa y el que en definitiva arrebata su tiempo de vida, es el querer ser diferente de quien somos, es decir, querer imitar a otro o compararnos innecesariamente a los demás. Y la verdad es que nos pasamos la vida imitando a los otros en vez de buscar en el fondo del alma que es lo que tenemos que ofrecer al mundo, quiénes y cómo somos realmente y cómo desenvolver esa naturaleza interior, la única que nos puede otorgar la verdadera felicidad. Los filósofos egipcios e hindúes compararon este proceso de crecimiento y apertura del alma con el crecimiento del loto y cómo este abre sus pétalos a un Sol de pura autenticidad por encima de las corrientes enfangadas de lo mediocre y masificante. Dijeron también que nuestra esencia verdadera es como una estrella y que debemos caminar en dirección a esa estrella. Conocerse a sí mismo es arrancarse la máscara, desvelar quién somos, salir de la masa, despertar el individuo. Es por tanto el principio de la libertad interior: ¿puede un león que siempre vivió como oveja y que incluso creyó que era una oveja ser libre como oveja? No, sólo podrá ser libre desde su verdadera naturaleza, es decir, como león, y cuando despierte a su Ser León le parecerá que toda su vida anterior fue como un sueño.

En la estela funeraria (stecci) de un sabio de la tradición mística bogomil, del siglo XI o XII, figura la siguiente inscripción:

“Tú que lees en esta, mi piedra, tal vez fuiste hasta la estrella y regresaste, ya que allí no hay nada más que tú mismo de nuevo”

Ese “Tú mismo” es la llave que abre todas las puertas, pues qué puertas se pueden abrir siendo otro. Si caminando por la noche nos encontramos una cuerda y creemos que es una serpiente, el miedo que pasemos, todos los movimientos que realicemos, etc. son inútiles, porque no se trata de una serpiente, sino de una cuerda. Así, la vida que construimos creyendo ser “otro” diferente de Quien-somos-realmente, sin haber despertado a nuestra verdadera naturaleza es un espejismo, una pérdida de tiempo y, alejados de nuestra verdadera senda, un camino de dolor.

Cuando nuestra alma se abre a la bendición de un cielo estrellado, cuando sentimos que despierta con la suavísima paleta de colores de un amanecer, cuando se estremece con la pureza y vigor de una cascada o parece que danza al contemplar el balanceo de las ramas de un árbol y el titilar de sus hojas besadas por el viento, ¿por qué se presenta la naturaleza como una promesa, como una esperanza, como un desafío, como una canción, como un árbol mágico cuyos frutos de oro son las infinitas respuestas que en Ella podemos leer? El eco de esta canción de la vida en nuestra alma nos hace pensar que esas imágenes y estas verdades viven y esperan dentro. Si no fuera así, la belleza de la naturaleza no hallaría respuesta en el alma. Conocerse a sí mismo es conocer el secreto de la naturaleza, es encontrar dentro de uno montañas y valles, estrellas y fango también, es encontrar el punto de convergencia del camino de vida y el camino del alma, el misterio de la Doble Espiral. Conocerse a sí mismo es saber que nos hallamos en un laberinto, y también encontrar el hilo de plata, el hilo de Ariadna que nos permita salir feliz y triunfalmente. Conocerse a sí mismo es la piedra angular para ser fieles a nosotros mismos, y sin fidelidad a nuestros compromisos y sueños, es decir, a nosotros mismos, la vida es un infierno y una mascarada.


José Carlos Fernández

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