Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

Hidalgo o la gran carrera del desierto

Hidalgo es el título original de una película —a la que en España llamaron Océanos de fuego tal vez para evitar confundirla con otra película sobre el famoso cura Hidalgo de la historia de México— y es el nombre de un caballo pinto de raza mustang o mesteño que ganó muchas carreras de larga distancia a finales del siglo XIX llevando como jinete a Frank T. Hopkins. Este jinete legendario, en los estándares del oeste americano, no solo ganaba carreras de 800 kilómetros o más, sino que lo hacía con un caballo mestizo en lugar de con un purasangre o caballo de raza como la mayoría de los corredores.

La película es de 2004, dirigida por Joe Johnston, con guión de John Fusco, combinación que le otorga el ritmo y la ambientación del cine clásico de acción y aventuras, a lo que habría que añadir el viaje interior del protagonista para reencontrarse a sí mismo. Está protagonizada por Viggo Mortensen como el jinete Frank T. Hopkins, Omar Sharif como el jeque que organiza la carrera del desierto, Zuleikha Robinson como la hija del jeque, Louise Lombard como Lady Anne Davenport —aristócrata británica interesada en ganar la carrera y carente de escrúpulos para lograr sus objetivos—, todos dentro de un reparto bien escogido que incluye una breve aparición, un cameo realmente, a cargo de Malcolm McDowell como el aristócrata marido de Lady Anne.

Hopkins, además de participar en carreras de larga distancia, es un correo del ejército norteamericano y recibe el encargo de trasladar unas órdenes a una unidad del ejército, la que luego ha de llevar a cabo la masacre de Wounded Knee con una tribu indígena lakota. Esto le afecta seriamente, dado que él, en realidad, es mestizo, hijo de colono blanco e india lakota, orígenes que siempre mantuvo ocultos pero que no puede ignorar, mucho menos cuando es consciente de haber sido parte, aunque sea pasiva, de la masacre al llevar personalmente las órdenes que conllevaron la muerte de toda una tribu, incluyendo ancianos, mujeres y niños. De esta manera, desilusionado y amargado por lo que inconscientemente hizo, ha de terminar en el famoso espectáculo de Buffalo Bill, que consistía en representar de manera circense, para el público del Este y luego europeo, las aventuras del Oeste americano.

En el espectáculo, también participaban indios y, entre ellos, había un veterano jefe muy preocupado por el destino de los caballos indios, los mustang o mesteños, ya que al quedar los miembros de las tribus confinados en reservas indias, los caballos pasaron a ser propiedad del Gobierno, que no tenía uso para esos bellos animales, ya que eran, a ojos de los responsables gubernamentales, inútiles, pero había que alimentarlos. En consecuencia, esos caballos salieron a la venta y, en caso de que no hubiera comprador, serían sacrificados. En pocas palabras, ya no servían para nada y en la mentalidad del siglo XIX había que deshacerse de ellos porque ya habían cumplido con su objetivo.

Es en este contexto en el que llega un emisario de un jeque árabe que se había enterado de que el espectáculo de Buffalo Bill presentaba a Hidalgo como el más grande corredor de larga distancia del mundo. Aquello, a ojos de los criadores árabes, constituía un insulto para la raza de caballos purasangre árabes, que eran capaces de superar terribles condiciones en carreras a través del desierto. Por lo tanto, lo conmina a retirar el «ofensivo» título o atreverse a participar él y su caballo en la carrera de tres mil kilómetros a través del desierto llamada «Océanos de Fuego». Hopkins no tiene interés, vive deprimido y dado a la bebida, pero todos en el circo, desde el jefe indio hasta los participantes en el espectáculo, lo instan a participar, llegando a hacer una colecta para reunir el dinero necesario para la inscripción. Luego viene el viaje por mar y la llegada a puerto para el lento traslado al lugar de la carrera.

oceanos de fuego

Una escena que simplemente se perdió

Una vez llegados a puerto, comienza el lento y largo viaje hasta el punto de partida de la carrera. Apenas salidos del puerto, o quizás aún en él, no lo recuerdo bien, encuentran algo para entonces ya superado a ojos occidentales —estamos en 1890—, un mercado de esclavos. Ante el inesperado espectáculo, Frank T. Hopkins decide, en un acto impulsivo durante la venta de los pobres personajes, comprar a un niño al que le esperaba una vida de abuso e iniquidad. Una vez liberado el niño, y antes de poder coordinar con su nuevo «dueño» las cosas que tendría que hacer, el niño simplemente huye, volviendo poco tiempo después, al darse cuenta de que no tiene adonde ir ni quien lo proteja. Frank es un jefe benévolo que le pide hacerse cargo de dar agua al caballo o ayudar a montar y desmontar el campamento. Así, lo ha de acompañar durante el recorrido, no durante la carrera, ya que esa solo es para los corredores, encontrándose en los puntos u oasis de descanso. Todo el enorme cortejo viaja por las rutas de las caravanas, por lo que llega a estos oasis antes que los corredores, que tienen que atravesar el desierto.

Ahora bien, esta escena que acabo de citar de memoria y que vi la primera vez que pude asistir a la proyección de la película, simplemente ha desaparecido de las copias que se pueden ver hoy en día en la televisión o por Internet. Es decir, que alguien, alguna mano caritativa o políticamente correcta, decidió por nosotros qué podemos ver y qué no podemos ver. Si ese fuera el caso, sería censura bienintencionada, pero censura al fin. Hemos oído hablar mucho de otras épocas en las que se censuraban escenas por razones político/ideológicas, o por estar subidas de tono a ojos del censor. Recuerdo someramente las disposiciones en la época dorada de Hollywood, que obligaban a un matrimonio, por ejemplo, a dormir en camas separadas en la pantalla, o si debían compartir lecho para alguna escena, uno de ellos debía tener un pie apoyado en el suelo en todo momento durante la filmación.

Todo esto ha sido ampliamente superado hoy en día, sin embargo, por la ley del péndulo, que ha hecho el recorrido inverso, permitiendo todo tipo de escenas íntimas, en muchos casos innecesarias para la historia en cuestión o que simplemente ralentizan la dinámica de los acontecimientos. Si a esto le sumamos un cierto regusto por la violencia gratuita, nos encontramos con el patrón sexo/violencia imperante. Pero, al parecer, en este caso, y tal vez en otros parecidos, se trata de una nueva forma de control, que considera que está tratando con niños de escuela, a los que hay que proteger de cosas desagradables como la esclavitud. Como si la historia se pudiera borrar de la manera que lo hacíamos al terminar un ejercicio en la pizarra de la escuela y simplemente ignorar que existió. Lamento tener que expresar una opinión personal, pero me parece una reverenda tontería. La historia está para aprender, para tratar de no repetir los errores del pasado e inspirarse en sus grandes ejemplos. ¿Cómo podríamos intentar mejorar nuestro pasado si lo desconocemos? Aquel que ignore las lecciones de la historia está condenado a repetirla y no soy, por supuesto, el primero que lo dice. Este tema, entonces, el de la censura aparentemente bienintencionada, lo dejo aquí.

Tormenta en el desierto

La carrera tiene varias fases o etapas y, como en todo cine de aventuras, acontecen muchas cosas que afectan o pueden eliminar al jinete del caballo pinto. Un buen ejemplo de esto es una verdadera tormenta de arena que surge de la nada y hace desaparecer a varios jinetes, tormenta de la que nuestro héroe se salva gracias a encontrar unas ruinas de alguna antigua edificación donde se refugia con su caballo hasta que pasa el temporal de arena. Cuando termina cada etapa, anuncian en una suerte de torre improvisada, tocando una campana, la llegada de los jinetes que han sobrevivido a la prueba hasta ese punto. El verlo llegar después de la tormenta de arena es causa de asombro para el jeque y su séquito.

Luego, ha de aparecer la intriga dentro de la familia del jeque, donde un sobrino díscolo quiere robar el caballo estrella de la raza, además del libro de cría de caballos que ha pasado por generaciones y que contiene, se supone, los secretos para alcanzar tal excelencia en la crianza de equinos.

Hay un ataque al campamento, con el rapto de la hija del jeque para canjearla por el caballo estrella. Nuestro héroe ha de intentar el rescate sin perder el ejemplar en cuestión, ya que el caballo significa el orgullo de la casa del jeque, mediante una maniobra de distracción que incluye pintar otro caballo para hacerlo pasar por el deseado. Esto es típico cine de aventuras, secuencia muy a lo Indiana Jones, con el rescate de la doncella.

Luego, descubrimos que el sobrino díscolo del jeque es parte de un contubernio con Lady Davenport para sacar el caballo estrella de la carrera y permitir que gane la yegua purasangre que corre a nombre de esta dama, ganando de esta manera el derecho exclusivo a cruzar al caballo con su yegua y tener control absoluto sobre su descendencia. Pura y simple especulación económica occidental con los caballos purasangre árabes. En toda esta operación, Hopkins y su caballo pinto representan un incordio inesperado y, por lo tanto, también tratan de sacarlo de la carrera; sin contar con que su presencia no es del agrado de casi nadie relacionado con la carrera, corredores incluidos.

Aquí, podemos contemplar la lucha interior de Hopkins por reconciliar sus dos ancestros, tanto el blanco como el indio, al que ha mantenido en la oscuridad por años a pesar de haberse criado entre ellos, que lo llamaban «niño azul» por las dos naturalezas que habitaban en él. No obstante, hay un punto inviolable en Frank, y es que nadie toca o insulta a su caballo. Al inicio de la película, en una carrera en Missouri, otro corredor dice que ese caballo mestizo no merece competir con verdaderos purasangres, a lo que Hopkins reacciona poniéndolo a dormir de un puñetazo, para luego decir: «Amigo, usted puede decir de mí lo que quiera, pero no insultar a mi caballo». Esto se ha de repetir cuando su caballo es herido en una trampa preparada por los complotados, dando lugar a un combate donde finalmente vence al sobrino del jeque, que muere al caer en una de sus propias trampas, diciéndole: «Lo siento, amigo, pero nadie toca a mi caballo» antes de abandonarlo a su suerte.

La dureza de la carrera se hace casi insoportable e Hidalgo cae debilitado por su herida. Frank entiende que ha llegado el momento de separarse y, con todo el dolor y cariño de que es capaz, se prepara para matarlo de un tiro y que no sufra más. Pero no logra hacerlo, ya que le llegan imágenes de su niñez en la tribu y de su madre india en la forma de un espejismo del desierto. Entonces él asume la identidad de su infancia y entona una canción india. Es en este momento cuando oye una risa que proviene del jinete del gran caballo árabe que lo observa divertido y le recuerda que nunca debió atreverse a competir contra ellos en el desierto. Entonces Hidalgo se incorpora contra todo pronóstico y, mientras Frank y el jinete árabe lo observan sorprendidos, el tercer jinete, el de la yegua de Lady Davenport pasa corriendo a toda velocidad ya que la meta final está cerca. El jinete árabe sale disparado en su persecución y Frank, montando a Hidalgo a pelo, es decir sin montura, sale a por ellos.

La campana de la torre anunció primero a la yegua de Lady Davenport en el horizonte; luego, al gran caballo del jeque —que es donde se debe definir la carrera a ojos de todos—; pero luego anuncia «cowboy» indicando que Hidalgo viene en persecución. El final es apoteósico y emocionante, superando ambos a la yegua y definiendo la pugna en la recta final, que gana Hidalgo para regocijo de todos, incluyendo los espectadores.

Frank vuelve a los Estados Unidos ganador de la carrera del desierto y con el premio de cien mil dólares en su bolsillo. Nos lo muestran entonces dirigiéndose a unas tierras donde tienen a los caballos mesteños en corrales —esperando para ser sacrificados— a cargo de unos soldados, a los que les recomiendan que no desperdicien balas en la matanza que van a llevar a cabo. Entonces llega Frank a lomos de Hidalgo y entrega un documento al responsable de aquello, en el que queda estipulado que Frank ha pagado al contado por todos esos caballos e impide la matanza. Luego, pide ayuda a unos indios, que le cuentan que el viejo jefe ha muerto, pero que llegó a conocer la victoria allende los mares del «jinete lejano». Entonces abren los corrales y dejan libres a los caballos mustang o mesteños, a los que luego se une Hidalgo, ya que Frank considera que ha llegado el momento de que vuelva con los suyos.

En ese viaje interior recupera la confianza en sí mismo, asume su verdadera identidad mestiza y salva una raza de caballos de la extinción por aniquilamiento, simplemente porque no tenían utilidad económica. Es un mensaje positivo, agradable y simpático, a la manera de las películas de antaño.

Reconozco que la película me gustó por ese sabor a película clásica de aventuras, superando innumerables obstáculos hasta alcanzar la meta. Solo puedo añadir que se utilizaron varios caballos para las escenas de Hidalgo y que tanto Viggo Mortensen como John Fusco, el guionista, se encariñaron tanto con ellos que terminaron comprando uno cada uno.

Publicado en Arte
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