Han transcurrido 120 años desde que un grupo de literatos y pensadores sobresalientes conformaron lo que ha pasado a la historia como Generación del 98. Inquietudes similares en caracteres diferentes nos dejaron el legado de obras ineludibles para comprender la historia de España y la evolución de su pensamiento.

¿Eran tres? ¿Fueron siete? ¿O incluso catorce?

Ríos de tinta han sido vertidos por ilustres eruditos en la materia; aunque yo diría piélagos, más bien. No seré yo quien les contradiga desde mi humilde capacidad literaria. Tan solo me atreveré a comentar, opinar y dilucidar unas pequeñas notas narrativas sobre este hecho troncal, de donde surgieron las posteriores generaciones literarias y filosóficas españolas durante el siglo XX.

Según Ortega y Gasset, los que componían la llamada «generación» serían de siete años anteriores hasta siete posteriores a una fecha crucial:

«Una generación es una zona de quince años durante la cual cierta forma de vida fue vigente. La generación sería, pues, la unidad concreta de la auténtica cronología histórica, o, dicho de otra forma, que la historia camina y procede por generaciones. Ahora se comprende en qué consiste la afinidad verdadera entre los hombres de una generación. La afinidad no procede tanto de ellos como de verse obligados a vivir en un mundo que tiene una forma determinada y única».

¿Y cuál fue la «forma determinada y única» de nuestros personajes? El dolor ante una patria común deteriorada, hundida y humillada por la pérdida de centenarias colonias, muy queridas y fusionadas en la idiosincrasia del mestizaje natural de unos con otros. En 1895 se produce un levantamiento en Cuba, y el año siguiente, Filipinas y Puerto Rico. Tras una desastrosa guerra contra EE.UU., padrino de este bautizo independentista y sangriento, España se ve forzada a firmar en 1898 el tratado de París por la independencia de Cuba y la anexión de Puerto Rico y Filipinas como protectorados de EE.UU.

Y frente a todo ello, la irritación y rabia ante una sociedad que necesitaba regenerarse y recuperar los valores y la dignidad perdida. Una regeneración que ni tan siquiera el ejemplar proyecto de Cánovas logró fructificar; ¿qué hicieron nuestros ilustres literatos y filósofos ante la debacle? Lo que cualquier principio psicológico sabe: ante la frustración exterior, no cabe sino refugiarse en la interioridad, en lo íntimo, a nivel personal, y en el localismo en lo social. Así comenzaron a recrear sus miradas en el alma de los paisajes patrios, a reivindicar la beatitud de lo campestre, del terruño, de los tipos genuinos de la península… y las glorias pasadas en lo histórico. Y también a blandir, con impetuosa vehemencia, la tizona de la crítica al Gobierno de turno, a causa de su desgobierno.

Es reconocido por todos los entendidos en este tema que nos ocupa, que los promotores de la idea de regeneración, la Generación del 98, fueron tres: Pío Baroja, Maeztu y Azorín, que se unieron y comenzaron a publicar conjuntamente en la revista Juventud. Esto inspiró a otros a coger el testigo, aunque uno de ellos era posterior en nacimiento, Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y Ángel Ganivet, que también pretendían la europeización de España. Y mucho más…

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Autores de la Generación del 98

Son siete:José Martínez Ruiz, Azorín (Alicante, 1873-1967); Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 1872-1956); Ramiro de Maeztu (Vitoria, 1875-1936); a los que se añaden Ángel Ganivet García (Granada, 1865-1898); Antonio Machado (Sevilla, 1875-1939); Ramón M. del Valle Inclán (Villanueva de Arosa, 1866-1936); Y Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-1936).

Todos ellos merecen un trabajo en exclusiva, por su larga trayectoria y gran valía intelectual; pero no es nuestro cometido. Nosotros pensamos acercar este tema a los lectores para despertar en ellos el interés para indagar, conocer y comprender mejor la historia de nuestra nación y de nuestros pensadores comprometidos.

¿Qué ocurrió con este movimiento reivindicativo de la dignidad patria, este anhelo de modernización que airease los desvanes apolillados y mugrientos de las ideas pacatas y encorsetadas de la sociedad de entonces? Dejaron huella profunda.

Aunque ya he comentado que Giner de los Ríos propagó de algún modo el florecimiento de este grupo, está claro que su trayectoria se dedicaría a una regeneración docente, tan necesaria en aquellos tiempos, que merece un trabajo lateral a este. Por eso, comenzando por la ubicación en la lista, comentaremos algunas de sus destacadas opiniones.

Azorín

Se ha dicho de él que no era poeta rimado, sino que su poesía era la prosa. Escribió unos 5500 artículos periodísticos, la mayoría en ABC. También en La Prensa de Argentina durante su estancia en París en los años 1938-39. Sus comienzos académicos le llevaron a Salamanca, donde conoció a Unamuno, formando parte de las tertulias y posterior grupo del 98. Según Vargas Llosa, en su discurso de ingreso en la RAE, bajo el título «Las discretas ficciones de Azorín», dice que tuvo un periodo juvenil de «mansas simpatías anarquistas». Pero después se decantó por lo conservador. También, que solamente por su libro La ruta de Don Quijote, que califica de «hechicera lectura», ya valora toda su obra.

«Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos».

Pío Baroja

Nacido en San Sebastián, y es considerado uno de los mejores novelistas de la lengua castellana. Con garra y carácter dejó una prolífica producción, con un centenar de obras cuya temática abarca la novela principalmente, con un estilo «difícilmente sencillo», directo, existencial. Fue estudiante de Medicina en Madrid y ejerció como médico en sus años de juventud. Pero su gran cultura e inquietudes indagadoras, bebiendo en las fuentes de la historia, la filosofía y la literatura, ampliaron su cultura hasta límites envidiables. Manifestó su disgusto y enfado ante la situación española: «En España, en general, no se paga el trabajo, sino la sumisión».

«La revolución es buena para los histriones. Sirven todos los gritos, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal».

Ramiro de Maeztu

Destacó como periodista y crítico político y, aunque escribió poesía, narrativa y teatro, su producción principal fue como escritor de ideas políticas, que destaca en su ensayo La crisis del humanismo. Fundador de los comienzos de la Generación del 98, repudió su trayectoria liberal y europeizante, en favor de su idea regenerativa de lo patriótico, de inspiración nietzscheana. Su muerte por fusilamiento en 1936 dejó una huella durante años como víctima de la guerra civil. Se anotaron sus últimas palabras escritas:

«Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero: ¡para que vuestros hijos sean mejores que vosotros!».

Ángel Ganivet García

Era diplomático, agregado consular primero y cónsul después en Riga. De una sensibilidad extrema, poeta y místico a la vez, sufre por la situación social española y emprende la batalla de europeizarla. Sus escritos sociopolíticos denotan una preocupación dolorosa que le lleva a escribir su más famoso trabajo: un ensayo titulado Idearium español, en el que desgrana la crisis final de un pasado glorioso. En él, culpa al estoicismo de Séneca y al catolicismo de la constreñida alma española. También en sus poemas recita una serie de profundos sentimientos: «Lleva el placer al dolor/ y el dolor lleva al placer;/ ¡vivir no es más que correr eternamente/ alrededor de la esfinge del amor!». Murió con tan solo treinta y tres años, arrojándose desde un barco al río de Riga.

«Pero no hay cerebro ni corazón que se sostenga en el aire; ni hay idealismo que subsista sin apoyare en el esqueleto de la realidad, que es, en último término, la fuerza».

Antonio Machado

¿Qué decir que no se haya dicho sobre este poeta filósofo? Su vida, que él mismo esboza en un poema: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero…» y su «juventud en tierras de Castilla», su historia, «algunos casos que recordar no quiere», encuentros en la tertulia del café... en donde el camarero, graciosillo él, le sacó el mote de «manchado» en lugar del apellido. Allí conoció a los grandes literatos, entre ellos a Unamuno, que le admiraba con respeto, más por su interior que por lo externo; y otros a los que, aunque le admiraran, les empujaba la envidiosilla ironía española, como Juan Ramón, que le definió como «si acabaran de desenterrarle», a causa de su porte austero y serio. Dijo que no era Bradomín, pero que las flechas de Cupido le hicieron amar «cuanto ellas puedan tener de hospitalario». Y así llegó a su final, con sus «gotas de sangre jacobina» y sus versos «de manantial sereno», huyendo voluntariamente junto a los vencidos de una incivil guerra civil, «casi desnudo, como los hijos de la mar». Allí, en Colliure, está su tumba desde 1939…

«La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos».

Ramón María del Valle Inclán

Modernismo de lenguaje almibarado y exótico, teatro del absurdo con personajes estrafalarios, esperpento magistral Tirano Banderas y Luces de bohemia; Divinas palabras que se remansa entre los dos estilos anteriores. Novela, viajes, teatro… y un sinfín de escritos testimoniales de su quehacer literario y su carácter iconoclasta, muy adelantado en décadas a su tiempo. Renunció a diferentes puestos de responsabilidad para refugiarse en su querido Santiago de Compostela, hasta su muerte en 1936. Pero en sus años más jóvenes, frecuentó el café Gijón y sus tertulias, muchas veces escenario de tremendas y estrafalarias discusiones. En una de ellas, perdió el brazo izquierdo a causa de un golpe recibido, con fractura, que no curó bien y tras una infección hubo que amputar. Pero él no se inmutó y dijo que «aún tenía el derecho, que era con el que escribía».

«El sol es la ardiente fuente que provoca las ideas eternas en vaso mortal». 
Y por último, Unamuno, el eterno ceño fruncido del pensador que completa este conjunto.

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Hay varias opiniones críticas sobre la actitud negativa y descorazonada de la juventud del 98. Desde la «enfermedad pasajera», que apuntara Azaña, al «mito de Castilla» de García de Cortázar, hay toda una serie de reproches ante esa desorbitada exaltación, como si todos ellos representaran al resto de España; pero no era así. Sin ir más allá de la tierra valenciana, con la certeza de que hay otros lugares «periféricos» que tuvieron grandes representaciones en la literatura y las artes, solamente me cabe reseñar que mientras unos se lamentaban, otros se dedicaban a enaltecer y plasmar la fuerza y el vigor de sus creaciones. Como ejemplo, me permito recordar que junto al milenario y cosmopolita Mediterráneo nacían tres grandes genios en Valencia: el escultor y pintor José Benlliure, que vino a la vida en 1855. O sea, le cogió el final colonial en plena juventud y creatividad. También, Joaquín Sorolla, que vio la luz en 1863, esa luz mediterránea que plasmó con tanto acierto en sus lienzos. Y Vicente Blasco Ibáñez, nacido en 1867, gran escritor, periodista y político republicano de grandes y exaltadas actividades que le hicieron protagonista de sus propias novelas. No todos fueron del 98… pero se merecían un lugar de honor en esa época tan convulsa.

Hubo otros muchos que se fueron, o los fueron sumando a los genuinos. De todos ellos yo prefiero elegir, para acercarlo al lector, al más representativo de la poesía pura: Juan Ramón Jiménez.

Publicado en Arte
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