Este año 2020 será mundialmente conocido como “el año de la pandemia”. Ha sido este un tiempo extraño y, en muchos aspectos, dramático, pero también ha sido, como en todas las épocas difíciles que toca vivir a la Humanidad, un momento para volver la mirada a las cosas esenciales, a las que verdaderamente importan. Y no podemos referirnos sólo a aquellas que tienen que ver con la supervivencia, sino a las que nos hacen remontarnos por encima de las tiranías impuestas por las necesidades creadas del consumo sin freno, el individualismo salvaje y la superficialidad. Cuando la humanidad en conjunto saber vivir es más difícil que se vea en la necesidad de sobrevivir.

Afortunadamente, el destino nunca perpetra una oscuridad tal que no quede resquicio para la luz. Así, en este “año de la pandemia”, el mundo ha tenido también la oportunidad de volver los ojos hacia Beethoven en el 250 aniversario de su nacimiento. Beethoven no sólo representa una de las músicas más sublimes y exaltadas que jamás se han escrito; él es, también, el ejemplo de cómo la fortaleza de un carácter heroico puede sobreponerse a las más duras circunstancias. Este es el motivo de que Revista Esfinge dedique este mes al compositor alemán, así como que incluya una entrevista a Arturo Reverter y Victoria Stapells, autores del libro Beethoven: un retrato vienés, que edita Tirant Humanidades, y que se presenta como una absoluta novedad en nuestro país en coincidencia con el aniversario.

Es este un libro prodigioso, pues tiene la infrecuente virtud de estar al alcance tanto de los profanos musicales como de aquellos que más conocen del lenguaje y la estructura musical, gracias a la labor conjunta de los dos autores: el uno como gran conocedor de la música clásica y respetado crítico del mundillo y, la otra como conocida antropóloga e historiadora. Entre ambos abordan la época más significativa de Beethoven, esto es, los 30 años de su etapa de vida y trabajo en Viena.

Sin ser necesariamente una biografía, contextualiza a Beethoven dentro de las circunstancias políticas de su época, de la idiosincrasia de la ciudad, sus amistades, las complejas relaciones con su sobrino Karl y, cómo no, de la extremadamente dura situación que supuso la sordera para el compositor a una edad tan temprana. Casi puede decirse que una buena parte de su obra la compuso con crecientes dificultades de audición y, a partir de los 44 años, estando completamente sordo, algo que queda plasmado en el libro a través del análisis de algunas de sus obras más importantes. Fue, en medio de esas terribles circunstancias, donde Beethoven creó la música más sublime y extraordinaria. Una música que no puede encasillarse sólo en el grupo de la música clásica si no se le añade, a continuación, el adjetivo “universal”.

La originalidad de este libro, perfectamente apto para todos los públicos (profanos y no profanos), está justamente en crear un retrato fiel y cercano del compositor alemán. Cada capítulo gira alrededor, en orden cronológico, de una composición de Beethoven: circunstancias personales, situación social, amistades, amor, desamor, relaciones con los mecenas, su sordera y, por supuesto, un análisis preciso y enriquecedor de la composición, acompañado de algunas partituras. Ni que decir tiene que, el libro en sí, su cuidado aspecto, el interior de sus solapas, las ilustraciones a color que se recogen en el interior y el cuidado que se ha puesto en ordenar toda la bibliografía y referencias, así como de facilitar al lector el acceso a la estructura del libro, es otro de los factores por los que es tan sencillo disfrutar de cada una de las páginas de este libro.

Es imposible no sentirse infundido de ese espíritu feroz y sublime que Beethoven transmite en su música; en ese lenguaje sonoro universal que tan magistralmente maneja, Beethoven es una de las más solidas luces de este 2020, como lo ha sido de años precedentes y de los que en el futuro llegarán. Beethoven: un retrato vienés, aproxima al lector a la obra a través del autor, y al autor a través de la obra. Después de leerlo, cómo no llegar a la misma conclusión de Wagner, recogida en el capítulo XIII: “La última Sinfonía de Beethoven representa la redención de la música más allá de su propia identidad para formar parte de la parcela del arte comunitario. Es el evangelio del arte del futuro. Después de esta obra no existe ya ningún progreso (en el reino de la música instrumental), porque la consecuencia inmediata y necesaria es la perfecta obra de arte del futuro, el drama comunal, en el que Beethoven ha forjado la llave del arte.”

Título: Beethoven: un retrato vienés

Autores: Arturo Reverter y Victoria Stapells

Editorial: Tirant Humanidades

Fecha de impresión: Valencia, 2020

ISBN: 978-84-18155-09-3

 

Publicado en Libros
Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven en el alma

Los aniversarios y conmemoraciones nos sirven para traer a la actualidad los nombres y las obras más destacados de nuestra cultura. Es una excusa para despertar el interés de los que saben poco de ellos y para descubrir matices insospechados entre los que los conocen bien y disfrutan de sus obras.

Tal sucede con este año 2020 y su dedicación a Beethoven, uno de los más grandes artistas de todos los tiempos. Un misterio en sí mismo, una figura destacadísima en el mundo de la música. Siempre actual, siempre misterioso, sus obras perfectas resuenan en nuestro interior y despiertan sentimientos desconocidos, juegan con nuestros estados de ánimo, nos hacen volar hacia estados elevados de conciencia para después sentir el dolor de la nostalgia, el amor perdido, la soledad y la melancolía.

Nuestros colaboradores se han hecho eco de la oportunidad de la efeméride y han profundizado en aspectos de su personalidad y de su trayectoria vital. Su tesón, su inspirada vida interior, su obra imperecedera.

Gracias a las diversas plataformas que tenemos a nuestro alcance, podemos sugerir a nuestros lectores que disfruten este número de Esfinge, escuchando las composiciones que prefieran de este genio de la música. Se sentirán mejor tras haber estado cerca de alguien que supo traducir en notas armónicas y bellas su rico mundo interior.

Publicado en Editorial
Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Los últimos cuartetos de Beethoven

Entre las obras más sorprendentes de la historia de la música se hallan los últimos cuartetos de Beethoven, escritos para cuerda, del número 12 al 16 [1] , compuestos en sus dos últimos años de vida, en 1825 y 1826.

Aunque en su tiempo no fueron bien entendidos ni aceptados por el público general, y se ha tardado más de un siglo y medio en que sí se haga, los grandes músicos contemporáneos, jóvenes, sí lo hicieron y los consideraron las cumbres nevadas de la obra colosal del maestro de Bonn, junto con los otros dos monumentos de esta misma época, un poco anteriores: la Misa solemnis y la Novena sinfonía.

Después de varios años en que su genio —aclamado por la multitud con su Sinfonía de la batalla (hoy casi desconocida) y la victoria sobre Napoleón— fue casi silencioso, resurge de las cenizas como un fénix, renacido y para dar sus últimos y más sorprendentes resplandores.

El piano, ya abandonado como compositor —salvo una adaptación de la Gran fuga a cuatro manos—, elige para estos cuartetos la cuerda, más en concordancia con su musa otoñal.

Las reglas de la armonía y de la estética fueron violentadas, al menos aparentemente, lo que hizo que un compositor de la época más mozartiano dijese que eran «indescifrables, horrores incorregibles». LaGran fuga, opus 133, que era el último movimiento del Cuarteto n.º 13, fue directamente rechazada por su editor y se convirtió en una obra independiente.

boceto op131

En una reseña de periódico se especificó que si alguien quería disfrutar de la música como un entretenimiento, y no como algo que podía abrir la puerta a mundos desconocidos, indefinidos, era mejor que se abstuviera de estas últimas obras de Beethoven.

El divino Schubert hizo, en su lecho de muerte, que un cuarteto interpretase el opus 131, y en éxtasis dijo: «qué más se puede decir ya después de esto». El mismo Beethoven consideraría este cuarteto de cuerda su obra más perfecta. Como los colores del arco iris, tiene siete movimientos y sin transición, sin interrupción, lo que supuso una revolución en la música y la queja de sus intérpretes.

Emil Ludwig, biógrafo de Beethoven, dice de esta obra, opus 131 (el Cuarteto en do menor) que con ella nació una nueva música, y que «nunca nadie había tenido tal osadía. Este cuarteto contiene los gérmenes de Chopin, de Brahms y de muchos compositores modernos». Wagner diría de él que «revela el más melancólico sentimiento expresado en la música».

Un cuarteto que danza

El primer movimiento, adagio ma non troppo e molto espressivo, una fuga adagio, es como si nos hiciera ondular en las aguas genesíacas del amor y la bondad pura, el Gran Azul de los místicos egipcios. Richard Wagner la compara con la aurora, antes de que nazca el sol, «pero es, al mismo tiempo, una oración de penitencia, una consulta con Dios en la fe en el bien eterno».

El séptimo movimiento, que es Allegro en la forma de una sonata, le arrancó al autor del Anillo de los Nibelungos el siguiente comentario asombrado:

«Esta es la danza del mundo mismo: lujuria salvaje, lamento doloroso, deleite amoroso, felicidad suprema, miseria, lujuria y sufrimiento. Luego, tiembla como un rayo, el clima retumba: y, sobre todo, el monstruoso sujeto que fuerza y destierra todo, con orgullo y seguridad, lo condujo desde el vórtice al remolino, al abismo. Se sonríe a sí mismo, ya que esta magia era solo un juego para él… Entonces la noche lo llama. Su día ha terminado».

Beethoven, que era un enamorado de la naturaleza, extrae de ella motivos fundamentales de su música. Pero no de la naturaleza que percibimos con los sentidos físicos, sino de su alma, expresada en los atardeceres, o en el murmullo de los ríos, en el canto de un pájaro. A veces elaboraría en su mente durante años una intuición despierta ante un fenómeno de la naturaleza, y trabajaría con ella como un alquimista en el laboratorio de sí mismo, hasta convertirla en obra de arte.

Ahora dividimos la música en programática o la que no lo es, según exprese escenarios o historias o no. Y en Beethoven, a veces oímos los ejércitos en marcha, o el canto fúnebre a un héroe, caído en el campo de batalla, pero aunque esta diferenciación —programática o no— a veces pueda no ser clara, pienso que en toda obra de Beethoven hay «historia», escenarios, paisajes naturales, etc. Dice algo, pero en un plano que nuestra mente convencional, esclava de un lenguaje artificial, no puede comprender sin guía. Aunque no es necesario entender para sumergirse en su belleza. Como dice en su biografía Emil Ludwig, en numerosas notas, cartas y conversaciones explicaba las causas y fuentes de ciertas obras. Por ejemplo, compara el Cuarteto opus 12 n.º 1 con la escena de Romeo en la sepultura, o el principio de la Sonata op. 14, n.º 2 con el diálogo de dos enamorados. De esta última, el mismo Beethoven, en una carta a un alumno, explica: «El principio que pide es quien rechaza; en el compás 47 se aproximan; se anuncia el consentimiento. Pero de nuevo la lucha, sin entendimiento aún. Y solo en los cinco últimos compases del último movimiento ella murmura: ¡Sí!», lo que confirma que Beethoven creaba, ante todo, dramas del alma humana.

Otro ejemplo es cuando, al dedicar la Sonata opus 90 al conde Lichnowsky, le escribe: «Es su misma historia de amor la que he compuesto en música. ¿Quiere un título?:La lucha entre la cabeza y el corazón o Consolación con la amada», pues ella era una cantante con quien el conde se casó después de grandes conflictos.

Y, sin embargo, hay que tener en cuenta que en esta época, la de los últimos cuartetos, Beethoven estaba sordo, completamente sordo, y que, por lo tanto, estas obras, que no serían interpretadas hasta después de su muerte, las compuso en el pensamiento, con el pensamiento sin constatación sonora; de ahí que sean consideradas ya una matemática que se pierde en las abstracciones de la emoción sin raíces ya en la tierra. El efecto que producen al que las oye es aún de gran desasosiego al principio, de angustia incluso, pero poco a poco van haciendo que uno se sumerja en una gran paz, no exenta de tensión y lucha. Son caminos que ya no recorren la tierra y sus horizontes son otros. Esta misma experiencia la generan muchas de las sinfonías de Mahler, que han tardado más de medio siglo en ser reclamadas por el público. Es como si generasen una nueva dimensión, un volumen emocional y mental en el que, si no se entra, se queda uno solo en sus proyecciones o sombras, que sí que son desconcertantes.

Vemos ese avance hacia el misterio y lo incomprensible, saliendo casi del espectro de la luz racional humana, en las últimas esculturas de Miguel Ángel, o en los últimos cuadros de El Greco —que fueron, así, por cierto, la inspiración del impresionismo—, o en los últimos del pintor inglés Turner. Que luego, sus imitadores, que son legión, imitan, y mal, las ondas de la superficie pero son incapaces de evocar el poder de las profundidades.

Emil Ludwig en su Vida de Beethoven comenta:

«En vez de los combates de su madurez, en vez de la oposición entre la batalla y el idilio, Beethoven introdujo en los últimos cuartetos la comparación de dos estados platónicos. Hizo contrastar las profundas quejas y los sacrificios con danzas y alegrías simplemente humanas, pero sin ponerlas en duelo, como en el tiempo de su resplandeciente música de cámara. A decir verdad, los cinco cuartetos son monólogos de un hombre que pasea en la noche».

Al Cuarteto n.º 15, opus 132, Beethoven le llamó Canción de acción de gracias a la Divinidad. En realidad, al tercer movimiento del mismo, que compuso recién salvado de su enfermedad, renovado en su energía vital y deseos de crear. Se ve, por ejemplo, la impresión que ejerció esta música sobre el escritor y filósofo Aldous Huxley, que escribió sobre ella lo siguiente en su novela Contrapunto:

«Las arcaicas melodías lidias colgaban en el aire. Era música sin pasión, transparente, pura y cristalina, como un mar tropical, como un lago alpino. Agua sobre agua, calma deslizándose sobre calma, un acuerdo de horizontes unidos y espacios sin ondulaciones, un contrapunto de serenidades».

Felix Lichnowsky

El poeta y filósofo T. S. Eliot quizás se haya inspirado en estos cuartetos para escribir luego en poesía, y asociados a los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego), su Last Quartets, poema con el que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1948. Se piensa que es en relación con el n.º 15, opus 132, que escribió, en una carta:

«Su estudio es absolutamente inagotable. Hay una especie de alegría celestial, o al menos, más que humana, en algunos de los últimos pasajes, tal que uno podría imaginarse como el fruto de la reconciliación y el alivio después de inmenso sufrimiento. Me gustaría poder poner algo de esto en verso antes de morir».

El Cuarteto de cuerda n.º 16, opus 135 es la última obra importante de Beethoven. Su título es La difícil decisión, por la anotación que hay en el inicio del último movimiento, con los primeros acordes, graves, lentos y sombríos, que preguntan: «¿Debe ser?», y a los que responde el tema principal, veloz y alegre, imperativo: «¡Debe ser!». Representa la aceptación final del destino, de la muerte, el héroe se entrega a ella, la obra ha concluido, como dijo varias veces poco antes de morir Beethoven (aunque continuase trabajando en un quinteto y en la Décima sinfonía).

Y como dice Michael Parloff en su ciclo de conferencias sobre los últimos cuartetos [1] , este último movimiento, el cuarto, de su última composición, va precedido, en el tercero, por una especie de oración que hace ondular la música generando una sensación de infinitud. Desde ahí surgirá la pregunta fatal después cinco veces, y después de responder jovial que sí, que «debe ser», en ella se sumergirá, al final, en el silencio.



[1]

Opus 127 Cuarteto de cuerda n.º 12 en mi bemol mayor . Opus 130: Cuarteto de cuerda n.º 13 en si bemol mayor.Opus 131: Cuarteto de cuerda n.º 14 en do sostenido menor.Opus 132 Cuarteto de cuerda n.º 15 en la menor.Opus 133, Grosse Fuge, que era el final delOpus 130Opus 135 Cuarteto de cuerda n.º 16 en fa mayor.

Publicado en Arte
Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven, «el español», un hombre bueno

Aunque pocas biografías de las muchas que se han escrito sobre el genio de Bonn aluden a este importante detalle, la abuela paterna de Beethoven era española. Así lo afirma Andrés Ruiz Tarazona, uno de los grandes musicógrafos de nuestro país, en su libro España en los grandes músicos, el último que le ha editado Siruela, prologado por José Luis Temes.

Andrés es autor también de otro libro titulado Beethoven, el espíritu volcánico, muy bueno para consultar datos cronológicos sobre la vida y las obras del compositor, que forma parte de una interesante colección de pequeñas biografías muy bien documentadas de los músicos más conocidos, editada por Real Musical en 1975, y que hoy constituyen una joya bibliográfica.

Con la erudición y amenidad que le caracterizan, Ruiz Tarazona recoge en su último libro los testimonios del historiador David Jacobs y del profesor de música de la Universidad de Harvard Elliot Forbes, los cuales afirman que María Josefa Pols, abuela paterna de Beethoven, era oriunda del levante español. Probablemente, ella había emigrado a Alemania con su familia a causa de la derrota de los seguidores del archiduque Carlos, que estuvo apoyado por toda la franja mediterránea española en la llamada guerra de Sucesión española a principios del s. XVIII. De ahí el interés que siempre mostró Beethoven por España, y eso explica un poco también que le llamaran «el español» en su ciudad natal.

El esposo de María Josefa Pols, Lodewik (o Ludwig), abuelo paterno —y también su padrino—, que se llamaba como él y al que tanto admiraba nuestro compositor, había nacido en Malvinas en 1712 y, procedente de Amberes, llegó a Bonn hacia 1740, donde fue maestro de capilla del arzobispo elector de Colonia, y también regentaba en la capital alemana un negocio de vinos. Su hijo Johann, el padre de Beethoven, se casó con Maria Magdalena Kehwerich, una buena mujer de origen humilde y de naturaleza débil y enfermiza, a la que el pequeño Ludwig adoraba y siempre admiró por su abnegación y esfuerzo para sobrellevar el peso de una casa con tres hijos (llegó a tener hasta siete, de los cuales sobrevivieron solo tres: Ludwig, Karl y Johann) en medio de una gran estrechez económica. Sin apenas ingresos por parte de su marido —un hombre duro y difícil, alcohólico y autoritario—, la madre enfermó de una tuberculosis que acabó pronto con su vida. Maria Magdalena abandonó este mundo dejando a sus hijos en edad adolescente. Beethoven, sumido en la tristeza, exclamó desolado ante el cadáver de su madre: «¡Era mi mejor amiga!».

Infancia y adolescencia

Aunque no puede asegurarse con exactitud la fecha de su nacimiento, es tradicional la del 16 de diciembre de 1770, referida al día antes en que está fechada su acta de bautismo, de la que sí se tiene constancia, pues era costumbre entonces bautizar a los niños lo antes posible para evitar que pudiesen morir sin recibir el primer sacramento. Lo cierto es que, durante muchos años, el propio Beethoven creyó haber nacido dos años más tarde, debido al interés de su padre por hacerle pasar por un niño prodigio. Johann estaba obsesionado por convertir a su hijo en un segundo Mozart, a fin de poder obtener fácilmente la ayuda económica que siempre fue tan necesaria en la familia. Así, cuando solo contaba cuatro años y el padre descubrió las grandes dotes musicales del pequeño Ludwig, se dedicó febrilmente a darle clases con una intensidad y exigencia poco habituales, al punto de que el niño habría llegado a detestar la música de no ser por la llamada interior de su providencial genio, que tantas adversidades le hizo superar a lo largo de toda su vida.

A los ocho años, su padre lo presentó ante el público en un concierto en Colonia, y un año después comenzaba a estudiar con el pianista Tobías Pfeiffer y el organista Van Eiden. El jovencísimo Beethoven empieza desde entonces a cargarse de responsabilidades y deberes familiares. Con la madre enferma y el padre entregado a la bebida, él llevaba el peso y la dirección de su casa como hermano mayor, ganándose la vida para él y los suyos. Solo tenía trece años cuando se vio obligado a pedir dinero adelantado por su trabajo como organista y viola de la Corte, que en 1784 le nombra oficialmente adjunto del organista Christian Neefe, su mejor maestro y consejero. Convencido del genio extraordinario de su alumno, Neefe le familiarizó con las obras de Bach, Haydn y Mozart, y siempre demostró comprensión y cariño hacia el desvalido y valeroso joven.

Gottfried Fischer, un hijo de sus caseros en Bonn, cuenta en sus memorias cómo era Beethoven entonces, descripción confirmada por otros testimonios de la época. Afirma que el Ludwig adolescente era algo bajo para su edad, pero muy compacto y robusto; su frente angular y la mandíbula eran prominentes, sus ojos pequeños, oscuros y brillantes, de penetrante mirada, y su nariz ancha y redondeada; la tez era morena, algo llamativo en un país donde lo que abundaba era la gente de piel blanca. Quizás también por eso, los Fischer lo solían llamar «der Spagnol». Es evidente que en Bonn tendría que haber mucha más gente morena, pero sus vecinos sabían bien que la abuela de nuestro músico, María Josefa, era española y de ahí que aquel hijo moreno y bajito de Johann der Läufer (Juan el Corredor, como llamaban a su padre), fuera apodado «el español» por todo el vecindario.

No vamos ahora a ahondar más en su biografía, que es bien conocida. Trataremos mejor de indagar sobre su música, qué fue lo que le llevó a buscar nuevas armonías y formas renovadas hasta entonces desconocidas, tratando de describir los sentimientos más profundos, todos los abismos y esplendores del espíritu humano. Beethoven inició así el Romanticismo, una nueva etapa en la historia de la música, superando la perfección alcanzada en el clasicismo, que había culminado con Mozart, y dando paso al periodo más floreciente y espectacular de la música, con grandes compositores como Schubert, Brahms, Wagner o Mahler, sus más fervientes admiradores.

«Deseo aprender las reglas para encontrar el mejor camino para infringirlas»

España en los grandes musico

Con estas palabras recogidas en su diario, Beethoven hace una declaración de intenciones de lo que quería llevar a cabo en la música con su genio rebelde y extraño. Efectivamente, partiendo de su gran conocimiento y dominio de las reglas establecidas en el clasicismo, inició una nueva etapa renovadora para la música, liberándola de la condición de arte servil y mero pasatiempo que habían sufrido sus predecesores Haydn y Mozart. Hasta entonces, los músicos formaban parte del servicio, trabajando como lacayos en las cortes de príncipes caprichosos y arzobispos tiranos. Beethoven rescató a la gran música de la esclavitud de los salones cortesanos y de los castillos aristocráticos para llevarla a todo el público, haciendo de ella el arte más universal, que, gracias a él y a sus seguidores, hoy podemos disfrutar en numerosas salas de conciertos repartidas por todo el mundo.

El período en que creció Beethoven —lo que se ha llamado el clasicismo, que abarca todo el s. XVIII, el Siglo de las Luces— tenía establecidos estrictos patrones formales para la composición a los que él se supo amoldar, pero haciéndolo siempre de una forma libre y creativa. Beethoven es, en la música, un punto de partida paralelo al nacimiento del nuevo régimen, hasta entonces restringido y tutelar, para alcanzar los nuevos ideales de hermandad, libertad e igualdad promovidos por la Ilustración y que desembocaron en la Revolución francesa. Él soñaba con una humanidad libre y feliz, hermanada y en armonía con todos los seres creados bajo el amparo de un Padre amoroso —como más tarde tan bien supo expresar en el coro de su última sinfonía—, e hizo cuanto pudo para lograrlo a través de su arte, único e inigualable.

Beethoven tenía, además, una gran seguridad en sí mismo y en su talento (aunque no por ello dejaba de ser autocrítico y desapasionado en lo referente a sus obras), pero lo cierto es que él fue siempre fiel a sus ideales, a los fines que se había propuesto y que tenía muy claros desde el principio. Beethoven fue una gran hombre además de un gran músico, lo que se dice una «buena persona», noble, honesta y generosa, al servicio de la humanidad toda y siempre dispuesto a ayudar al que lo necesitaba. Prueba de ello es el famoso «Testamento de Heiligenstadt», redactado a los treinta y un años, cuando ya empezaba a sufrir los síntomas de la dolorosa sordera que le obligaba a apartarse del mundo. Solo la conciencia de su misión artística y el convencimiento del legado que había venido a dar a la humanidad impidieron el trágico final de sus días en esta tierra, y así lo cuenta él en este documento estremecedor que redactó en forma de una carta a sus hermanos Karl y Johann, donde deja al desnudo su alma y las desdichas de su destino. Era a principios del otoño de 1802 y el compositor estaba muy deprimido y melancólico por la sordera que empezaba a manifestarse de la manera más cruel. Angustiado, piensa en el suicidio y se despide de sus hermanos con una carta que nunca llegó a enviar, pero que pasó a la posteridad como el «Testamento de Heiligenstadt».

Testamento de Heiligenstadt

El texto se explica por sí solo y refleja de primera mano la situación vital que atravesaba el compositor. He aquí un fragmento:

«Para mis hermanos Karl y Johann:

Vosotros, que pensáis que soy un ser odioso, obstinado, misántropo, o que me hacéis pasar por tal, ¡qué injustos sois! Ignoráis la secreta razón de lo que así os parece.

Desde la infancia, mi corazón y mi espíritu se inclinaban a la bondad y a los tiernos sentimientos aun cuando estaba siempre dispuesto a acometer grandes actos; pero pensad tan solo que, desde hace casi seis años, he sido golpeado por un mal pernicioso que médicos incapaces han agravado.

Decepcionado de año en año, en la esperanza de una mejoría, forzado a terminar considerando la eventualidad de una larga enfermedad, cuya curación, de ser posible, exigiría años, nacido con un carácter ardiente y activo, inducido a las distracciones de la vida social, he debido muy pronto aislarme, vivir lejos del mundo, en solitario.

A veces creía poder sobrellevar todo esto. ¡Oh!, cómo he sido entonces cruelmente llevado a renovar la triste experiencia de no oír más. Y, sin embargo, no me era posible decir a los hombres: “hablad más fuerte, gritad, porque soy sordo”».

Jean y Brigitte Massin explican muy bien cuál era el sentido de la vida para nuestro genio: «Lo que es singular en Beethoven no es solo el grado de heroísmo excepcional del que ha dado abundantes pruebas en su vida. Es sobre todo la intensidad de conciencia y de voluntad que puso en asegurar, y después en profundizar, la unidad de todo su ser, la rigurosa adecuación del hombre y del artista, de sus razones de vivir y de su objetivo último en su creación musical. (…) La única razón de vivir que se asigna es su arte. Pero en todos los momentos de su existencia, no separa jamás sus preocupaciones morales de su función creadora. Exige del hombre que hay en él la misma rectitud, la misma perfección que en el artista».

A pesar de su sordera —con la que, no obstante, compuso la mayor parte de sus obras—, de sus problemas de visión, de sus innumerables desarreglos intestinales —que tantos sufrimientos le causaban— y su permanente contienda con los príncipes y mecenas que le protegían y que, muy a su pesar, necesitaba para poder sobrevivir; a pesar también de no haber podido formar una familia como tanto deseaba y de no poder gozar de los placeres y la tranquilidad de un hogar y unos servicios básicos —lo que le hacía estar cambiando constantemente de domicilio—, tuvo que apañárselas también para poder sobrevivir como músico, comprometiéndose a fondo con las técnicas y las tradiciones de su oficio, llegando a dominarlas todas sobre la base de su talento innato y voluntarioso, siendo en todos los sentidos un profesional consumado. Así era nuestro querido Beethoven.

Quiero terminar citando el elogio más sublime que se ha hecho de una de sus grandes obras, la Misa solemnis, op. 123. Es el escrito por Clara Schumann en su Diario el 1 de abril de 1855:

«Hoy domingo he estado con Johannes [Brahms] en Colonia para escuchar la obra más gigantesca que existe: la Misa solemne de Beethoven. Nos sentimos totalmente abrumados por su grandiosidad. C iertamente, es una obra de un dios, creada no solamente para deleite de los humanos, sino para gozo de los dioses mismos, porque al hombre le resulta imposible toda su magnificencia» ( F. Leèft: Schumann inmortal).

No cabe duda de que Beethoven fue un titán, un héroe, un alma muy grande y generosa y, además, por encima de todo, un hombre bueno y lleno de fortaleza interior, que puso la música en un lugar al que todavía la humanidad no ha llegado. No en vano él mismo dejó escrito en sus cuadernos: «No reconozco en los hombres otra señal de superioridad que su bondad».

Bibliografía:

Andrés Ruiz Tarazona: Beethoven, el espíritu volcánico, ed. Real Musical 1975.

Jean y Brigitte Massin: Ludwig van Beethoven, ed.Turner, 1967.

Jan Swafford: Beethoven, ed. Acantilado, 2017.

Andrés Ruiz Tarazona: España en los grandes músicos, ed. Siruela, 2018.

Publicado en Arte

Cuenta Wagner en sus memorias que lo que le hizo decidirse a ser músico fue el escuchar de joven en un concierto la Novena sinfonía de Beethoven. Fue tal el impacto emocional que le causó que, a partir de ese momento, solo quiso ser —en sus propias palabras— «Beethoven o nada».

Para él, Beethoven representaba «el modelo ideal de músico que elevó lo estético a la categoría de lo sublime, liberándolo de las antiguas formas convencionales y creando una música válida para todos los tiempos, ya que expresa las más elevadas y atemporales aspiraciones del género humano».

Para Schopenhauer, quien consideraba la música como la forma pura del sentimiento, Beethoven representaba la más alta cima del pensamiento musical, por encima incluso de Bach y de Mozart.

En cierta ocasión, Beethoven le confesó a Johann A. Stumpff, constructor de pianos y amigo suyo: «Cuando al anochecer contemplo con asombro el firmamento, mi espíritu vuela más allá de las estrellas hacia la fuente de donde brota toda obra creada y de la que todavía ha de fluir toda nueva creación… Lo que ha de llegar al corazón, tiene que proceder de arriba. Si no proviene de allí, no será más que notas, cuerpo sin alma».

Para Beethoven, el arte, la música, debían tener un carácter moral y transformador. Por eso, cuando Goethe rompe a llorar por la emoción al oír su música, Beethoven le escribe: «Estimado amigo, los verdaderos artistas no lloran. La música debe mover el espíritu de los hombres, no emocionarles».

El mismo Beethoven escribió en su diario: «¿No cambia algo la música en el hombre, algo que le haga sentirse diferente, que le haga más humano? Ciertamente, eso es lo que ocurre durante el concierto, pero, cuando sale a la calle, la vida cotidiana vuelve a engullirlo. Tal vez el sentimiento de sublimación que provoca la música empuje a ese hombre a querer sentir de nuevo lo mismo en su vida cotidiana; y lo conseguirá siempre y cuando actúe con compasión siguiendo las normas morales».

Él, con su música, más allá del impacto emocional, no solo buscaba la belleza, sino que, a través de la belleza, trataba de llegar a la verdad, a la bondad, a lo más noble y elevado del espíritu humano, aunque para ello tuviera que crear nuevas formas que pudieran expresar lo que él sentía en lo más profundo de su ser, subordinando la forma a la idea, pero sin romper nunca con la tradición, la cual siempre respetó y utilizó como pedestal firme sobre el que construir su propia obra.

Tal vez ningún otro compositor haya provocado tanta admiración y tanto respeto, tanto en vida como después de su muerte, como Beethoven. Brahms decía que se le hacía muy difícil componer música teniendo a sus espaldas la sombra de un gigante como Beethoven. Y dentro de la gigantesca obra de Beethoven, ninguna creación suya ha alcanzado tal universalidad como su Novena sinfonía. Wagner la consideraba como la sublimación del arte de Beethoven y el inicio de un nuevo camino en la historia de la música y del arte.

Un legado espiritual

La Novena sinfonía es el testamento espiritual de Beethoven, el mensaje último que quiso transmitir a la Humanidad, a sus semejantes. Y si bien cuando hablamos de la Novena sinfonía, en seguida nos viene a la mente el Himno a la alegría, este es en realidad el último movimiento, la culminación de la obra. Para poder expresar con más claridad, si cabe, el mensaje que quería transmitir, el ideal de una fraternidad universal entre todos los seres humanos más allá de cualquier diferencia, utilizó la palabra y la voz humana, algo inédito hasta ese momento en una sinfonía, como si quisiera centrar la atención en el ser humano y no simplemente en la música como algo abstracto.

Beethoven Ninth Symphony

La génesis de la Novena sinfonía es quizá de las más largas en toda la producción del músico. Beethoven siempre sintió admiración por la poesía de Schiller y Goethe. A este último lo utilizó en algunas de sus canciones, pero de Schiller había un poema que le fascinó desde bien joven: su Oda a la alegría.

Desde 1792, recién llegado a Viena, Beethoven había manifestado su deseo de poner música a la oda de Schiller, que había sido publicada seis años antes. Al principio, este poema se iba a llamar Oda a la libertad, adhiriéndose así al pensamiento revolucionario que recorría Europa en esos años. Beethoven mismo era seguidor de las ideas ilustradas surgidas de la Revolución francesa con su lema de Libertad, igualdad y fraternidad. Según comenta Karl Holz, su secretario personal en los últimos años, Beethoven era francmasón y pertenecía a la Logia Ilustrada, la misma logia a la que pertenecían Schiller, Goethe, Klopstock o Herder; y dice que entre ellos se trataban de «hermanos», si bien no se conserva ningún documento que acredite esta filiación, aunque se sabe que durante toda su vida se relacionó con muchos masones, ya desde su etapa en Bonn, como por ejemplo, muchos de sus benefactores.

Finalmente, y por diferentes motivos y presiones políticas, la que iba a ser Oda a la libertad terminó llamándose Oda a la alegría. Pero, por esas vueltas que da el destino, en el concierto que dirigió Leonard Bernstein en la Navidad de 1989 para conmemorar la caída del muro de Berlín, donde se interpretó la Novena sinfonía de Beethoven por músicos de las dos Alemanias y de otras orquestas del mundo, el director quiso que se utilizara la versión original de Schiller, sustituyendo la palabra freude (‘alegría’) por freiheit (‘libertad’).

Durante treinta años el pensamiento de Beethoven giró sobre este poema y sobre cómo darle una forma musical adecuada y digna de las ideas contenidas en él. A lo largo de los años hizo diferentes intentos; quizá el más destacable sea la Fantasía coral op. 80 para piano, coro y orquesta, terminada en 1808, donde esbozó alguna de las ideas musicales que luego desarrollaría en el coral de la Novena sinfonía.

En 1817 la Real Sociedad Filarmónica de Londres, a través del discípulo de Beethoven Ferdinand Ries, le encargó la composición de una nueva sinfonía. Para ese entonces ya había compuesto ocho sinfonías, pero de la época en que trabajaba sobre la Séptima y la Octava, en 1811, datan ya algunos apuntes y esbozos que utilizaría luego en su Novena sinfonía.

Beethoven se puso manos a la obra y volvió a retomar la idea de la Oda a la alegría de Schiller. En 1823 ya tenía terminados los tres primeros movimientos, pero el cuarto fue el que más le costó y el que más quebraderos de cabeza le trajo, sobre todo por cómo introducir la voz humana en una sinfonía, algo totalmente novedoso y revolucionario, y por cómo darle una forma adecuada que expresase realmente la grandeza y profundidad del mensaje que quería transmitir con el poema de Schiller.

Para ello retocó, de alguna manera, el poema original, ya que no lo utilizó completo. Hizo una selección y además puso al principio tres versos de su propia pluma como introducción al propio texto de Schiller. Aquí tenemos un pequeño extracto del texto que utilizó Beethoven:

¡Alegría, hermoso destello de los dioses,

hija del Elíseo!

¡Ebrios de entusiasmo, entramos,

diosa celestial, en tu santuario!

[…]

Todos los hombres vuelven a ser hermanos

allí donde tu suave ala se posa.

[…]

¡Gozosos como los cuerpos celestes

que transitan por sus órbitas

a través del inmenso espacio sideral,

marchad así, hermanos, por vuestro camino,

alegres como el héroe hacia la victoria!

¡Abrazaos, millones de criaturas!

¡Y que ese abrazo envuelva al mundo entero!

[…]

¿No vislumbras, mundo, a tu Creador?

¡Búscalo por encima de la bóveda estrellada,

pues habita sobre las estrellas!

Los movimientos de la Novena

La obra comienza de forma misteriosa con unos intervalos de quinta. El cinco es un número relacionado simbólicamente con el ser humano. Lo vemos, por ejemplo, en el hombre de Vitruvio, enmarcado dentro de una estrella pentagonal, que también utilizó Leonardo. Este movimiento utiliza un ritmo binario, como queriendo representar la dualidad, el enfrentamiento entre fuerzas opuestas que se da en la vida de todo ser humano. Esta dualidad la vemos reflejada también en los dos acordes que aparecen de repente, como con una connotación trágica, y que se van repitiendo a lo largo de todo el movimiento. Pero en determinado momento también aparecen, aunque no con tanta insistencia, grupos de tres acordes. El tres siempre se ha relacionado simbólicamente con lo espiritual. Lo vemos, por ejemplo, en las tríadas de muchas religiones, como la egipcia, la hindú o la misma religión cristiana con la Santísima Trinidad. Es como si lo superior, lo espiritual, quisiera abrirse paso en el mundo, pero encuentra una férrea resistencia. Es la eterna lucha del ser humano.

El segundo movimiento utiliza un ritmo ternario y empieza con un grupo de tres acordes que se repite tres veces y que se va repitiendo machaconamente a lo largo de todo el movimiento. Es como si Beethoven quisiera presentar una realidad diferente, elevada, que pueda inspirarnos en nuestra lucha cotidiana en el mundo de la dualidad, de lo manifestado, de lo concreto. Es como si quisiera que alzáramos nuestra mirada por encima de las pequeñeces cotidianas y de nuestros propios egoísmos hacia un mundo superior. Este movimiento tiene un carácter, todo él, más luminoso y optimista que el anterior.

El tercer movimiento tiene un carácter más íntimo, más lírico, más meditativo. Es como una profunda y serena reflexión sobre la vida, sobre el destino, sobre el propio ser humano, con sus pequeñeces y grandezas. En medio de esta meditación tranquila aparece en un momento dado el grupo de tres acordes, que se repite varias veces y de forma enérgica, como recordándonos nuestro destino y como queriendo elevar nuestros pensamientos en un canto de esperanza y de confianza en ese mundo superior.

El cuarto movimiento empieza de forma instrumental y de un modo un tanto sombrío, con los chelos y los contrabajos. Seguidamente, con unos breves compases de cada uno de los movimientos anteriores, pero dentro de ese ambiente sombrío, va haciendo un recordatorio y recapitulación de las ideas que ha estado exponiendo hasta ahora, como preparación al mensaje final que quiere transmitir. De repente, aparece la voz humana, el barítono, que nos dice: «Dejemos esos tonos y entonemos cantos más agradables y llenos de alegría». Y grita «¡Alegría!». Y le responde el coro: «¡Alegría!». Y empieza la Oda a la alegría, primero con la voz solista, a la que luego se le añade el coro.

En este último movimiento, Beethoven alcanzó las esferas de lo sublime como quizá ningún otro compositor haya podido lograr en toda la historia de la música. Y lo más curioso de todo es que, cuando compuso esta sinfonía, ya estaba completamente sordo. Tal vez fue una de esas paradojas del destino para que así pudiera escuchar una música interior que los oídos de los hombres jamás habían escuchado; una música inmaterial rebosante de alegría, de fe, de confianza en los valores superiores del ser humano y de esperanza en un destino y un mundo mejor, más bello y más justo, donde todos los hombres nos sintamos hermanados más allá de todas nuestras diferencias.beethoven 3694142 1920

La Novena llega al público

La obra se estrenó el 7 de mayo de 1824 y fue un éxito absoluto, aunque Beethoven, ya con una salud muy delicada y completamente sordo, no pudiera oír los aplausos del público, pero sí sentir su entusiasmo. Desde entonces, su significado ha trascendido a tal nivel que no solo ha pasado a ser el himno oficial de la Unión Europea, sino que se ha convertido en un auténtico símbolo mundial utilizado por personajes públicos de todas las ideologías.

Bismarck decía de la Novena sinfonía que si pudiera oírla más a menudo, sería más valiente. La utilizó para infundir valor a sus tropas e incluso la llegó a rebautizar con el nombre de Sinfonía Bismarck.

Engels insistió en el alcance universal de la Novena sinfonía y, a la hora de elegir un himno, los marxistas dudaron entre la Oda a la alegría y la Internacional. Y lo que les hizo decidirse por esta última fue el uso nacionalista que de la obra de Beethoven estaba haciendo Alemania.

El mismo Hitler, cuando llegó al poder en 1933, quiso que ese año, en el Festival de Bayreuth, dedicado exclusivamente a las óperas de Wagner, se interpretara la Novena sinfonía de Beethoven. Y cuando terminó la guerra y volvió a celebrarse el festival en 1951, la reapertura del mismo se hizo con la Novena. El mismo Wagner, cuando en 1872 se colocó la primera piedra del teatro de Bayreuth, celebró allí mismo un concierto donde dirigió la Novena.

Mussolini, en sus últimos años, también quiso utilizar y promover la música de Beethoven. Y Pietro Mascagni, el compositor verista autor de obras como Cavalleria Rusticana, decía de Beethoven que «murió como Jesús y como Jesús resucitó en la fulgurante luz de su arte. Beethoven resurgirá por el bien de la humanidad, inmortal en la historia, inmortal en el arte, inmortal en nuestros corazones, que latirán por él y por su gloria por los siglos de los siglos».

El Vaticano, a través de Pío XII, también favoreció el culto a Beethoven como un modelo cristiano a seguir. Y en este año ha emitido una moneda conmemorativa dedicada a Beethoven que está en circulación desde el 5 de marzo.

En los Juegos Olímpicos de 1952 y 1956 en Helsinki y Melbourne, las dos Alemanias, divididas tras la guerra, fueron representadas por una sola delegación, que utilizó como himno nacional común el Himno a la alegría de Beethoven.

En 1964 Ian Smith, el líder segregacionista que se hizo con el poder en Rodesia, declaró unilateralmente la independencia de la colonia inglesa y utilizó como nuevo himno, en vez del Dios salve a la reina, el Himno a la alegría de Beethoven.

Durante muchos años, también las Naciones Unidas soñaron con la idea de un himno del mundo, y de nuevo barajaron la opción de la Novena sinfonía, pero el intento no llegó a cuajar.

¿Qué tiene la Novena sinfonía que ha hecho que personajes con ideas tan diferentes y por motivos tan dispares se hayan sentido fascinados con ella, hayan proyectado sobre ella sus utopías y se hayan querido apropiar de ella?

Quizá sea la universalidad de su mensaje, que trasciende todas las ideologías, porque es un mensaje que va dirigido a la esencia misma del ser humano, a valores intemporales. El mismo Wagner estaba dispuesto a destruir toda la música del pasado con la excepción de la Novena sinfonía, convencido de que era el único canto de amor fraterno para toda la humanidad.

En el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven creo que el mejor homenaje que se le puede hacer al compositor es despojar a la Novena sinfonía y a su Himno a la alegría de cualquier connotación ideológica o política e ir a la esencia de su mensaje, que no es otro que un canto a la paz y a la fraternidad universal entre todos los seres humanos sin distinción, unidos no por valores particulares o egoístas, sino por valores superiores y atemporales, valores espirituales que le dignifican como ser humano y le hacer soñar con un mundo mejor, más bello y más justo.

Si esto se pudiera cumplir, aunque fuera en pequeña medida, Beethoven sonreiría desde su tumba convencido del poder transformador del arte con el que siempre soñó.

Publicado en Arte

Este año se conmemora el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven, y una de las cosas que más llama la atención cuando se busca bibliografía sobre el tema es que hay muy pocos autores españoles. Este libro, Beethoven: un retrato vienés, es, además, la única publicación nueva que ha habido este año de conmemoración, al menos en nuestro país.

Es este, además, un libro poco común, ya que no es ni una biografía al uso ni un libro técnico en el sentido musical, sino que ofrece muchos ángulos desde los que mirar a Beethoven. Revista Esfinge ha tenido la fortuna de poder charlar sobre este libro y sobre la figura de Beethoven con sus autores, Arturo Reverter y Victoria Stapells. Para esta entrevista, que se puede ver íntegramente en nuestro canal de YouTube, hemos contado con la inestimable ayuda de Sebastián Pérez Alcaraz, pedagogo, compositor y colaborador de la revista Esfinge desde hace muchos años.

Con ellos hemos hablado sobre la importancia que tuvo la ciudad de Viena en el desarrollo musical de Beethoven ya que, hasta Beethoven, casi todos los músicos estaban al servicio de la Iglesia o la nobleza. Él será prácticamente el primero que vivirá de la música sin estar supeditado a los ámbitos del poder. De alguna manera, como también se refleja en el libro en otros aspectos, Beethoven es un tránsito entre muchas cosas.

Violento, áspero, salvaje, independiente... son algunos de los adjetivos recogidos en el libro con los que se identificó a Beethoven durante su vida. Sin embargo, lo agrio de su carácter no fue sino el resultado de la terrible tormenta interior que padeció a causa de la enfermedad que acabó dejándolo sordo. Sin embargo, ¿habría sido Beethoven el músico extraordinario que fue sin su sordera?

Portada Beethoven

Como se cuenta en el libro, cuando perdió el oído, Beethoven se marchó a Heiligenstadt con la intención de suicidarse, llegando a escribir un testamento que no fue hallado hasta después de su muerte. Sin embargo, tal y como nos contaron los autores, finalmente decidió no hacerlo por amor a su arte y a la humanidad. Por eso, cuando regresa, lo hace con la sinfonía Heroica bajo el brazo. Un punto de inflexión a partir del cual todo cambia. Antes del testamento, Beethoven seguía de alguna manera la línea de los músicos que le precedieron, pero, a partir de la Heroica, surge el Beethoven genial, el músico extraordinario, su sentimiento y espiritualidad más pura.

Lejos de ser una entrevista formal y académica, a pesar del sólido currículum de ambos autores (o quizá gracias a él), el vídeo que podrán ver nuestros lectores es más una amena charla cargada de buen humor, cercanía y calidez. Cualquiera que, alguna vez en su vida, se haya sentido embargado por una profunda y extraña emoción al escuchar alguna de las muchas composiciones de Beethoven, tendrá oportunidad, con este vídeo, de entender por qué el compositor alemán ha sido, y es, una de las grandes almas de la música con mayúsculas, sin que se sea necesario añadir el epíteto de «clásica» porque es, sencillamente, universal.

Presentación de los autores:

Arturo Reverter. Estudios de leyes, música y canto en Madrid. Director de Radio 2 de RNE durante cinco años. Cofundador y consejero de la revista Scherzo. Ha sido asesor musical de la Residencia de Estudiantes de Madrid y de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales. Autor de diversos libros (BeethovenMozartBrahms, y Lieder de Schubert para Península-Scherzo), conferenciante, autor de infinidad de notas a los más diversos programas y colaborador en distintas publicaciones y enciclopedias. Desde 1998, dirige y presenta en Radio Clásica el programa Ars canendi. Acaba de publicar la reedición de El arte del canto en Alianza Editorial, que se suma a sus recientes textos sobre Alfredo Kraus y Las mejores 50 arias de Verdi.

Victoria Stapells. Antropóloga por la Universidad de Trent e historiadora por la de Ottawa. Reside en Sevilla desde 1976, ciudad a la que llegó para investigar el Archivo General de Indias, en el que trabajó durante décadas. Ha publicado ensayos sobre historia naval de los siglos XVI a XIX y colaborado con entidades culturales españolas e internacionales. Poseedora de una amplia preparación musical, desempeña desde hace años labores críticas en publicaciones como las revistas Ópera de Londres y Ópera Canada de Toronto, al tiempo que participa como traductora en distintos teatros, como el Real de Madrid y la Maestranza de Sevilla. Actúa como conferenciante en distintos lugares de la península y las islas Canarias.

ENLACE AL VÍDEO EN YOUTUBE

Publicado en Entrevistas
Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Bettina Brentano: entre Goethe y Beethoven

Así era Bettina: espontánea, inteligente, intuitiva, acogedora y comprensiva con todos los personajes que la rodearon. Fue amiga de Beethoven y de Goethe, dos personajes contemporáneos, excelente cada uno en su arte, pero diferentes en sus personalidades.

«¡Bettina, Dios te creó en un momento de buen humor, estás hecha “con amore”! ¡No te falsees nunca para que no desbarates su obra!» (F. D. E. Schleiermacher).

«Me llamo Catalina Isabel Ludovica Magdalena, y vulgarmente me dicen Bettina», escribe ella misma en su diario. El 4 de abril de 1785 nace Bettina Brentano en Francfort. Su padre era Pietro Antonio Brentano, un rico comerciante italiano casado en segundas nupcias con Maximiliane La Roche —la famosa Maxe, el primer gran amor de Goethe—, con la que tuvo catorce hijos. Maxe era hija de Sofía La Roche, una conocida escritora romántica que en su juventud fue novia del poeta Wieland, al que tuvo que renunciar por un obligado matrimonio de conveniencia con el caballero La Roche. El escritor Dámaso Alonso le habla así a Bettina, a la vez que hace de ella una perfecta descripción en el prólogo que escribe para una de sus biografías:

«Dios —pocas veces los designios providenciales son más evidentes— te puso en el justo momento, en el sitio exacto. Cuando tu Alemania, de repente, había saltado a un increíble florecimiento cultural (la modesta colina convertida en Himalaya), tú naciste y te encontraste en medio de los máximos héroes de la literatura, de las artes y de la ciencia de tu país, en medio de un equipo espiritual como posiblemente no se ha dado reunido (en tan pocos años) en ninguna parte del mundo. Y fuiste vínculo para todos ellos, excitadora para todos ellos; tú, encantadora, fantástica, inquieta, simpática, generosa, embustera, apasionada… seguramente la única mujer que hubiera podido cumplir ese destino».

Así era Bettina: espontánea, inteligente, intuitiva, acogedora y comprensiva con todos los personajes que la rodearon. Con tan solo ocho años perdió a su madre, a la que siempre recordaría como un prodigio de belleza«...parecía estar hecha para vivir entre ángeles y jugar con ellos», decía. La última vez que Goethe la vio, según le contaría años más tarde la propia madre de este a Bettina, el poeta juntó sus manos con asombrada admiración contemplando ensimismado la hermosura de Maxe.

Cuatro años después muere también su padre, y la pequeña adolescente pasó a estar bajo la custodia de Sofía, la abuela materna. Durante la estancia en casa de su ilustre abuela, Bettina disfrutó de una extensa biblioteca y pudo alternar con un amplio círculo de intelectuales y artistas pertenecientes a ese pequeño renacimiento europeo que fue el romanticismo alemán. Sofía La Roche recibía en su casa numerosas visitas de personajes importantes, así como a emigrados políticos que huían de la Revolución francesa; a la abuela le gustaba escuchar las opiniones de la gente de talento y recibir en sus tertulias vespertinas —tan populares entonces— a las grandes personalidades del momento.

En 1811 se casa con el poeta Achim von Arnim, con el que tuvo siete hijos formando una familia feliz, lo cual no le impidió seguir manteniendo siempre una vida intelectual muy activa dentro de la sociedad de su época. Su casa, al igual que la de su abuela, era el centro de un salón literario donde se reunían los más famosos personajes de la actualidad en animadas veladas.

Amistad con Goethe

A pesar de la diferencia de edad, Bettina sostuvo una amistad compleja y apasionada con Goethe, del que se sentía discípula y por el que profesaba una sincera admiración. Su amor por el poeta fue un amor ideal que, partiendo del cerebro, hizo partícipe a su corazón; Bettina poseía una viva imaginación y, al igual que Goethe —que siempre fue considerado casi como de la familia—, una sensibilidad apasionada por la naturaleza y un gran amor por la literatura y la música. En él encontró la plasmación de todos sus ideales juveniles; lo dejó bien expuesto en la abundante correspondencia que sostuvieron y que, en 1835, publicó con el nombre deEpistolario de Goethe con una niña ( Goethes Briefwechsel mit einem Kinde) como un homenaje a su maestro, muerto tres años antes.

Deslumbrada también por la personalidad de Beethoven, trató de poner en contacto a los dos grandes genios, consiguiendo que el músico le escribiera al poeta: «He repensado musicalmente a través de sus palabras a vuestro magnífico Egmont. Lo he leído tantas veces que sus notas se escriben de forma natural…». Goethe no se dignó contestar, a pesar de las insistencias de Bettina, hasta que en Teplitz, la pequeña ciudad que alberga el balneario de aguas termales más antiguo de Bohemia, un centro de salud muy de moda en el siglo XIX, tuvo lugar el famoso encuentro de los dos personajes.

Era verano —julio de 1812— y en Teplitz se hallaba reunida la flor y nata de la alta sociedad junto con el emperador y su esposa Maria Luisa, que ofrecían allí sus recepciones. Goethe tuvo entonces la oportunidad de escuchar tocar el piano a Beethoven y quedó impresionado, aplaudiendo con entusiasmo. Luego, confesaría: «He aprendido a conocer a Beethoven. Su talento me llenó de asombro. Solo que, por desgracia, es una personalidad desenfrenada. Sin duda, no está equivocado cuando juzga detestable al mundo, pero no por eso lo hace mejor para él ni para los demás».

Bettina von arnim grimm

Hay una famosa anécdota de la estancia en Teplitzt de Goethe y Beethoven, que fue contada así por Bettina en una carta a su amigo Pückler-Muskau:

«… Al encontrarse ambos durante un paseo a la emperatriz con los duques y toda la corte, Beethoven le dijo: “Continúe asido a mi brazo, son ellos los que nos deben dejar pasar, no nosotros». Goethe no era de la misma opinión y encontraba inconveniente esta actitud, así que soltó el brazo de Beethoven y se puso de lado con el sombrero en la mano, mientras que Beethoven pasaba entre los duques levantando apenas el suyo. Estos se separaban para abrirle paso, saludándole muy amistosamente. Cuando hubieron pasado, Beethoven esperó a Goethe, que se había apartado haciendo una profunda reverencia, y le dijo entones: “Os he esperado porque os honro y os estimo como merecéis, pero creo que les habéis hecho demasiados honores”. Beethoven se reunió después con nosotros —continúa Bettina— y nos contó todo, divertido como un niño por haber hecho rabiar así a Goethe».

La verdad es que nunca llegaron a entenderse los dos genios. Las escasas relaciones personales entre Goethe y Beethoven en los días de Teplitz fueron muy conflictivas, imposibles como es bien sabido, a pesar de que ambos pudieron hablar ampliamente durante varios días. El radicalismo apasionado del músico chocó de frente con el talante siempre conciliador del poeta, que, veinte años mayor que él, ya había superado la etapa de su juvenil romanticismo atormentado. Beethoven, sin embargo, era si cabe más rebelde que en su juventud y no soportó la actitud altanera y aburguesada del poeta, a pesar de los esfuerzos que hizo Bettina por conciliarlos. Goethe ya había puesto su vida bajo la advocación de la bella Juno Ludovisi con su consigna de «¡Calma, calma!» y prefería la música acompasada y amable del clasicismo de Haydn y Mozart al torrente tumultuoso de las revolucionarias armonías de Beethoven. La pasión del músico surgía de una visión radical de la vida, expresada con rotundidad en el espíritu de su música, mientras que el talante y la pluma del poeta desglosaban esa pasión serenamente.

libro partitura

La música rompedora y de altos vuelos heroicos de Beethoven asustaba a Goethe por el cambio tremendo que suponía para su anquilosado gusto cortesano y, aunque le produjo una gran admiración escucharlo, prefirió adherirse a sus detractores. Hubiese sido algo extraordinario que ambos hubiesen colaborado como pretendía Bettina, pero, lamentablemente, y exceptuando la obertura de Egmont, que escribió Beethoven para la tragedia del mismo nombre, y unos cuantos poemas de Goethe a los que puso música convirtiéndolos en preciosos lieder, no fue posible que llegara a plasmarse ningún trabajo serio en común, como tanto le hubiera gustado al músico.

Goethe comentó el encuentro de Teplitz en una carta a su mujer: «Nunca había visto a un artista más parco y a la vez más enérgico y más recóndito. Entiendo muy bien cómo tiene que enfrentar el mundo con extrañeza.” Beethoven, por su parte, comentaría sobre el carácter de su interlocutor: «A Goethe le gusta demasiado la atmósfera de la corte, más de lo que le conviene a un poeta. No hay mucho más que decir aquí sobre la ridiculez de los virtuosos, cuando los poetas, que deben ser vistos como los primeros maestros de la nación, pueden olvidar por ese deslumbramiento todo lo demás».

Los caminos de Beethoven y Goethe se separarían para siempre unos días después. Pese a todo, Goethe, en una misiva a su amigo Zelter, encontraría algunas palabras comprensivas para Beethoven: «Desafortunadamente, es una personalidad totalmente indómita, aunque, por otra parte, hay que disculparle por su creciente sordera, que es muy de lamentar y que quizás perjudica menos la parte musical que la social de su ser. Él es ya de por sí una naturaleza lacónica que se duplica ahora por esa pérdida de la audición». Está claro que Goethe nunca llegó a conocer realmente el carácter de Beethoven, y menos aún a comprenderlo (tendría que haberse leído el Testamento de Heiligenstadt…). No obstante, años más tarde, el poeta evocaría conmovido y con cierta añoranza aquellos días con el músico en Teplitz, en las largas conversaciones que mantuvo después con la emperatriz Maria Luisa.

Encuentro con Beethoven

«¡Mi querida Bettina! No hay primavera más hermosa que la de este año, os lo digo y lo siento así, porque es cuando os he conocido» (L. V. Beethoven).

Fue en Viena donde Bettina entró en contacto con Beethoven visitándole en su casa, lo que para ella constituyó un verdadero acontecimiento. La joven había ya adivinado con su natural intuición el genio del maestro y cuando lo escuchó hablar y tocar el piano se sintió rendida incondicionalmente hacia él. Luego, se lo contaría a Goethe en una de sus cartas:

«Cuando vi por primera vez al ser del que te voy a hablar, el mundo desapareció ante mi vista. (…) Es Beethoven del que voy a hablarte, quien me ha hecho olvidar todo, hasta a ti mismo, Goethe. (…) No creo engañarme si te digo algo que hoy nadie comprendería, y es que él se anticipa a la humanidad en sus conocimientos. ¿Llegaremos a alcanzarle? Lo dudo. Ojalá su vida dure mucho para que el noble y poderoso enigma que yace en su espíritu madure y alcance su más alta perfección. Entonces depositará en nuestras manos las llaves de una sabiduría celestial que nos permitirá ascender un escalón más hacia la verdadera felicidad. (…) Es pura magia el modo que tiene de instruirte, cada línea forma parte de la estructura de una existencia más alta. El mismo Beethoven se sabe asimismo como el fundador de una nueva base sensible para la vida espiritual. Tú bien comprendes que es una gran verdad lo que digo. (…) ¡Qué le importa a este ser relacionarse con el mundo si está desde el amanecer absorbido en su tarea sagrada y apenas contempla lo que le rodea! Él, que se olvida de alimentar su cuerpo, arrastrado por las ondas del entusiasmo y lejos de las orillas de la vulgaridad de la vida diaria, ha dicho: “¿Cómo no he de desdeñar a un mundo que ni siquiera presiente que la música es una revelación más alta que toda ciencia y filosofía? Ella es un vino que inspira nuevas creaciones y yo soy una especie de Baco que escancia a los hombres este vino exquisito que los embriaga. (…) No tengo ningún amigo, debo vivir solo conmigo mismo. Sin embargo, sé que Dios, a través de mi arte, está más próximo a mí que a otros. Estoy con Él sin temor alguno, pues siempre le reconozco y le venero. Tampoco temo por mi música; sé que su destino no ha de ser malo: quien sepa comprenderla podrá liberarse de las miserias que arrastran los demás vivientes».

La larga epístola de Bettina a Goethe comentando el feliz encuentro continúa así:

«Todo esto me dijo Beethoven la primera vez que le vi. Yo, que debía de parecerle tan insignificante, me sentí penetrada de un sentimiento de profundo respeto al oírle expresarse con tan amistosa sinceridad. También quedé asombrada, pues me habían dicho que era muy huraño y no entablaba conversación con nadie. Todos temían conducirme a su casa, así es que tuve que dirigirme yo sola. Le encontré en el tercer piso y entré sin hacerme anunciar. Estaba sentado al piano. Esperé un poco y le dije mi nombre. Él estuvo muy amable y me preguntó si quería escuchar una canción que acababa de componer. Entonces cantó de un modo agudo y penetrante que impresionaba dolorosamente. “¿Verdad que es bonita?” —dijo entusiasmado—, alegrándose mucho de verme aplaudir tan contenta. (…) Después me acompañó a casa y, por el camino, fue diciendo muchas cosas bellas acerca del arte; hablaba muy alto y se paraba en medio de la calle; yo tenía que armarme de valor para oírle; hablaba con gran pasión y de un modo tan sorprendente que me parecía como si yo también hubiera olvidado que estábamos en la calle. Se sorprendieron mucho de verle entrar en mi compañía en una sociedad tan numerosa como la que se reunió para la comida. Cuando se levantó de la mesa, se puso a tocar el piano sin que nadie se lo pidiese y tocó maravillosamente durante mucho tiempo. (…) Cuando se siente poseído por el entusiasmo, su espíritu es capaz de crear cosas inconcebibles y sus dedos ejecutan hasta lo que parece imposible. Desde entonces viene todos los días o yo voy a verle. Ese es el motivo por el que no asisto a otras reuniones, a las exposiciones, al teatro y hasta a la Stephansturm. Beethoven me dice: “Decidme ¿qué queréis ver? Iré a buscaros y al anochecer atravesaremos la alameda de Schoenbrunn”».

«Ayer estuve con él en un jardín espléndido, lleno de flores; de los invernaderos brotaba un aroma que aturdía. Beethoven permaneció a pleno sol y dijo: “Las poesías de Goethe ejercen sobre mí una gran influencia, no solo por su contenido, sino por su ritmo. Me siento incitado y predispuesto a la composición por su lenguaje, cuya estructura espiritual tiende a un orden más elevado y lleva en sí el secreto de la armonía. Entonces, desde el centro de mi entusiasmo, brota la melodía y se expande en derredor. Yo la sigo con pasión, voy a su encuentro y contemplo cómo fluye y cómo desaparece en medio de las distintas emociones; de nuevo vuelvo a dirigirla con renovada pasión y ya no puedo separarme de ella. Es entonces cuando con presto embeleso multiplico sus modulaciones, para, en el último instante, elevarme triunfante sobre el primitivo pensamiento musical. ¡Ved, esto es una sinfonía! Sí, la música es realmente la mediadora entre la vida de los sentidos y la vida del espíritu. Me gustaría hablar de esto con Goethe. ¿Me comprendería? La melodía es la vida sensual de la poesía. ¿No se hace acaso sensible, por medio de la melodía, el contenido espiritual de una poesía? (…) Uno siente que en todo lo espiritual hay algo de eterno, de infinito, de inaprensible».

Esta carta memorable está fechada el 28 de mayo de 1810. Bettina está como en éxtasis y, a su vez, no es menos el efecto que ella produce en Beethoven. El músico, tan aparentemente huraño y malhumorado para los demás, la acoge generosamente desde el primer momento, estableciendo con ella una tierna y profunda amistad. Bettina comenta también su feliz encuentro en otra carta fechada menos de dos meses después, el 9 de julio, esta vez dirigida a Alois Bihler:

«Al cabo de un cuarto de hora se había hecho tan amigo mío que no sabía separarse de mi lado y siempre iba junto a mí. Hasta vino a casa con nosotros, donde, para mayor asombro de sus conocidos, permaneció el día entero. Este hombre cifra su mayor orgullo en decir que él no tocaría para dar gusto al emperador ni a los condes, que en vano le pasan una pensión; en toda Viena es rarísimo poder escucharle. Cuando le rogué que tocara, repuso: “Bien, ¿y por qué debo tocar?” “Porque quiero que mi vida se colme de excelsitud, porque la música que vos toquéis ha de marcar un hito en mi vida”, le dije. Él me aseguró que quería intentar merecer esta alabanza y se sentó cerca del piano en el extremo de una silla, empezando a tocar suavemente con una sola mano, como si buscara vencer su repugnancia a hacerse oír. De golpe, olvidó todo lo que le rodeaba y su alma se derramó en un océano de armonías. Sentí por este hombre una ternura infinita. En su arte es tan soberano y verdadero que ningún artista puede competir con él, y en su vida, tan ingenuo e inocente que puede hacerse de él lo que se desee. (…) El más modesto principiante puede acercarse a él con plena confianza, nunca se cansa de aconsejar y de ayudar, él, que apenas si dispone de una hora libre».

Bettina penetra el carácter de Beethoven y adivina la oculta verdad que se esconde tras su apariencia huraña y poco sociable. Durante su estancia en Viena apenas se separa del músico y acude con él a los ensayos permaneciendo sentada en un palco en la oscuridad de la sala. El espíritu de Bettina se halla completamente identificado con la música de Beethoven, y el romanticismo del maestro le hace prorrumpir interiormente en exaltadas exclamaciones de admiración. Quisiera embriagarse aspirando profundamente el hálito de esa música, gozar siempre de la pureza y la calma serena que la invade escuchando sus atrevidas armonías que no conocen fronteras ni límites.

«Habladle a Goethe de mí», le pidió Beethoven a Bettina, según recogió luego ella en su diario: «Decidle que debe oír mis sinfonías. Cuando las oiga estará conforme conmigo en que la música es el único acceso incorpóreo, la inmaterial entrada a ese mundo superior del conocimiento que nos rodea y que no podemos aprehender. Solo el ritmo del espíritu es el que puede hacerse con la esencia de la música, la cual, a su vez, nos revela un mundo celestial. Todo lo que el espíritu experimenta de manera sensible es la encarnación de un conocimiento espiritual. Aunque el espíritu vive de la música como la vida necesita del aire, sus relaciones con ella son muy diferentes. Cuanto más se nutre el alma de la música, más íntima y feliz es la unión del espíritu con ella. A muy pocos, sin embargo, les está dado lograr esto. Pues así como cientos de seres se enlazan en nombre del amor y el amor no siempre se les revela a pesar de afanarse por lograrlo, asimismo no todos los que tienen trato con la música participan de su revelación. También la música, como todo arte, asienta sus fundamentos en la vida moral, ya que toda auténtica creación supone un paso más en el progreso hacia el bien. (…) De este modo, el arte puede considerarse como representante de la Divinidad y las relaciones humanas con el arte como una religión. Lo que el arte nos revela es de inspiración divina; Dios nos lo ha concedido como una meta lejana para que los hombres se esfuercen en alcanzarla».

Bettina Brentano fue siempre, como hemos visto, una fiel amiga y una gran admiradora de Goethe y Beethoven. Los dos sintieron por ella una inefable ternura, como ha quedado reflejado tanto en las cartas que le dedicaron como en su propio diario, y ella hizo cuanto pudo para que ambos colaboraran, poniéndolos en contacto e intentando crear una relación artística entre ellos para que trabajaran juntos, pero las diferencias de sus personalidades eran tan acusadas que cada uno alcanzó la gloria siguiendo su propio camino. Lo cierto es que entre los dos estuvo Bettina.

Bibliografía:

Andrés Ruiz Tarazona: Beethoven, el espíritu volcánico, ed. Real Musical, Madrid, 1975.

Carmen Bravo Villasante:Vida de Bettina Brentano, de Goethe a Beethoven, ed. Aedos, Barcelona, 1967.

Jean y Brigitte Massin: Ludwig van Beethoven, ed. Turner, Madrid, 1987.

 

Publicado en Arte

Hay seres humanos capaces de recibir la inspiración del arte, aunque el plasmar materialmente en palabras, sonidos o formas la belleza inmaterial se torne un trabajo agotador. Beethoven trajo para el común de los mortales la música que moraba en otros mundos inalcanzables para la mayoría.

Hay seres humanos bendecidos por las musas; pero también castigados por Zeus cuando su vanidad, a veces soberbia, y el ateísmo, a veces iconoclasta, les enfrenta a la Divinidad negando su existencia y se empodera con su propio voluntarismo, tema muy singular en todas las teologías. Y sobre todo, hay muchos genios y héroes que tienen que cargar con la presencia de su humanidad más dura; es la cara de la otra moneda, o los pies de barro, como suele adjetivar la sentencia común.

El asunto que nos lleva hoy a reflexionar. Beethoven, es un paradigma de esta mi teoría: alma bendecida, cuerpo maltratado. Eso es lo primero que me mueve al repasar su vida, con sus destellos y sombras, con su sentimiento creador y sus arrebatos emocionales… Y esto me mueve también a una compasiva ternura hacia quien tenía el alma en el Empíreo glorioso y su cuerpo en el Hades kármico.

Cierto es que, como dice Plotino, «¿Cómo puede alguien soportar el sufrimiento y ser feliz? Sabiendo distinguir el alma espiritual y el alma psíquica» (1). Y no dudo de que Beethoven, visto lo visto y escuchado, lograría esas ráfagas de felicidad en sus mágicos y sublimes momentos de inspiración; pero eran eso, ráfagas. Pues, para llegar a la inhibición del dolor existencial frente al sentimiento trágico de la vida de Unamuno, no bastan ráfagas de dicha; hace falta una profunda depuración inteligente hacia el bueno, místico y espiritual sentimiento de traslación desde lo material a lo más sutil y elevado. Y Beethoven no podía. Ni él ni casi nadie; es tan difícil…

Su alma bendecida sí que supo captar el ritmo matemático de la naturaleza y plasmarlo en la sinfonía Pastoral

Su alma bendecida sí que penetró, fraternalmente, en los versos de Schiller en su Oda a la alegría para culminar la Novena

Su alma bendecida también supo, cuando le subyugó el magnetismo del Gran Corso, volcar su entusiasmo en la Heroica; aunque después le decepcionase…

Su alma bendecida por el amor humano hacia ellas, ante todo, las inalcanzables, destiló sensibilidades enamoradas en un constante anhelo de complemento platónico en pos de su media parte. Y dejó testimonio musical a las admiradas féminas, como rendido amador de muchos amoríos… En concreto, la famosísima bagatela Fur Elise, no está claro que ese nombre, al ser mal copiado desde su mala caligrafía, no fuese otro que su amada Therese, a la que además dedicó sus variaciones Ich denke hein. También a la hermana de esta, Josephine, dedicó Andante pavoni (opus 557) y parece que una apasionada carta, «A la amante inmortal»: mi ángel, mi todo mi yo…, referida a la madre de su hija, a la cual al nacer se le pusieron cuatro nombres, y el último, Minona, es anagrama de anonim, que en alemán es anónimo. O la sonata Claro de luna, dedicada a otro enamoramiento: la condesa Guicciardi. Cuánto amor humano no correspondido en compromiso y sí escondido con silencio y disimulo.

Beethoven era muy admirado entre las mujeres en general, pues un genio, un vencedor, un héroe, un triunfador es siempre admirado y codiciado, según la teoría de Schopenhauer (2) por las féminas de toda naturaleza social, y es que él se movía en círculos diversos, artísticos y aristoc. Y aunque no era un esbelto y hermoso galán, su genio arrebataba y su mal genio era disculpado como genialidad. No extraña ver la cantidad de obras, dedicadas bajo encargo, que llevan nombre de damas importantes. En sus cuarenta y cinco años de actividad artística compuso 138 obras catalogadas como opus y 205 que se registraron después de su muerte. Esa fue el alma bendecida de Beethoven.

Pero su cuerpo, ¡ay, su cuerpo!. Ese fue Ludwig; simplemente Ludwig.

Eroica secondary development Beethoven

Desde su infancia en Bonn, sufrió como pequeña víctima del ambiente familiar. Ya se sabe que nació en 1770 en esta ciudad alemana de Renania, capital del arzobispado católico junto al Rin. Los orígenes de sus antepasados fueron de labradores flamencos, lo que apunta su von del apellido, que no significa nobleza, sino agricultor. Su padre Johan fue un mediocre pianista y cantante de capilla bajo la tutela del príncipe-arzobispo, y su madre Magdalena, hija del inspector de cocinas de dicho palacio.

En ese ambiente de servilismo doméstico ante los poderosos, el padre de Ludwig pretende emular al progenitor de Mozart y hacer de su hijo un niño prodigio en la música; pero con una descarnada y cruel paternidad, fruto de una vida disoluta entre procacidades y borracheras que amargan la infancia del niño. Se cuenta que muchas veces tuvo que acudir a la policía para reconocer a su padre entre los detenidos por alcoholismo y escándalo. En otras ocasiones, el padre llegaba a altas horas de la noche y hacía levantar al chico de la cama para que practicase ejercicios en el piano. No es de extrañar que toda esta infancia atormentada y desequilibrada formase en el compositor un carácter tremendamente díscolo, introvertido y asocial en su personalidad… Pero no en su alma sensible, heredada de su tierna y sufrida madre, refugio y consuelo para él que se purificaba con el don recibido desde celeste origen.

Los misteriosos laberintos de la genética nos demuestran muchas veces los errores del racionalismo científico que pretende dar por sentada la teoría en la cual, con todas las circunstancias biográficas y hereditarias de una vida como la de Beethoven, era improbable el próspero y saludable nacimiento de un infante. Pero, hoy en día, gracias a los descubrimientos de la cuántica, la epigenética y el ADN, que son testigos de un mundo aún desconocido, podemos adivinar que hay otra realidad. O como dijo el poeta Eluard: «Hay otros mundos; pero están en este». Que es lo mismo que reconocer que hay otra dimensión, oculta a nuestra visión material, que está poblada por almas antiguas que, de tanto en tanto, vienen a vivificar y embellecer a nuestra doliente humanidad.

El filósofo francés y premio Nobel de Literatura André Gide escribió una reflexión que se ajusta exactamente al caso del joven Beethoven: «El arte nace de la coacción, vive de la lucha y muere con la libertad». No cabe duda de que así vivió su despertar musical. Coaccionado por el tormentoso progenitor; su anhelo y lucha por atrapar la armonía de lo bello y lo bueno que necesitaba su alma hambrienta y corazón vibrante… y la necesidad de liberarse de esa opresiva búsqueda que, posiblemente, halló en sus magníficas creaciones, alcanzando el empíreo de su armonía existencial.

«Dulce es nacer y que la diosa amiga de un osado vigor dote a la mente». Eso leí hace muchos años; pero no es tan dulce como dicen. En esta batalla de intereses enfrentados, en la que se debate todo aquel que busca purificarse, como un eterno Arjuna, Heracles, Loengrin y tantos otros héroes que nos legaron magistrales lecciones de superación hacia lo bueno, bello y justo para llegar a la verdad, hay que estar guiados por la fortaleza del corazón. Esa fortaleza que nos puede dar alas para saltar sobre las bajas pasiones de nuestra acomodaticia humanidad. Esa fortaleza para salvar de la torre a nuestra dama prisionera: nuestra alma superior. Esa fortaleza que supera todos los obstáculos en la carrera para llegar a la meta, la de ser.

Y eso creo yo que consiguió, tras mi más humilde observación reflexiva, Ludwig van Beethoven: un alma bendecida por la musa Euterpe, pese al cuerpo maltratado.

* 1. Eneada I, 1 y 4

* 2. El amor, las mujeres y la muerte.

 

Publicado en Filosofía
Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven y la carta a la amada inmortal

Tras la muerte de Beethoven en 1827, Anton Schindler y Stefan von Breuning, amigos de Beethoven, encontraron entre sus pertenencias, entre otros muchos documentos, un escrito de puño y letra del mismo Beethoven que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces: la famosa Carta a la amada inmortal.

Aquí tenemos un extracto de la misma:

«Lunes, 6 de julio por la mañana.

Mi ángel, mi todo, mi ser mismo. Solo unas pocas palabras hoy. Escribo con lápiz, con el tuyo […] ¿Por qué este profundo dolor, cuando habla la necesidad? ¿Puede nuestro amor existir si no es a través del sacrificio, de no pedir todo del otro? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas completamente mía y yo no sea completamente tuyo?

¡Oh, Dios! Contempla la hermosa naturaleza y consuela tu alma acerca de lo que debe ser. El amor lo pide todo, completamente y con razón. Así es para mí contigo y para ti conmigo. Solo que olvidas muy fácilmente que yo debo vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos, tu sentirías este dolor tan poco como yo.

[…] Nosotros probablemente nos veremos pronto. Hoy todavía no puedo compartir contigo los pensamientos que he tenido durante estos últimos días acerca de mi vida. Si nuestros corazones estuvieran siempre juntos y unidos, yo, por supuesto, no tendría nada que decir. Mi corazón está tan lleno de cosas para decirte… Y, en cambio, a veces no encuentro las palabras para expresarlo.

No es nada en absoluto. Alégrate. Continúa siendo mi fiel y único tesoro, mi todo, como yo lo soy para ti. Los dioses deben concedernos lo que el destino nos tenga deparado.

Tu fiel Ludwig

Lunes, 6 de julio por la tarde

Estás sufriendo, mi queridísima criatura. […] ¡Oh, donde quiera que estoy, tú estás conmigo! Arreglaré contigo y conmigo para poder vivir a tu lado. ¡Qué vida, estar sin ti!

[…] Lloro cuando pienso que probablemente no recibas las primeras noticias de mí hasta el sábado. Por mucho que tú me ames, yo te amo aún más profundamente. Pero nunca te escondas de mí.

[…] ¡Oh, Dios mío! ¡Tan cerca, tan lejos! ¿Acaso no es nuestro amor un verdadero edificio celestial tan firme como el mismo firmamento?

Buenos días, el 7 de julio.

Aunque aún estoy acostado, mis pensamientos vuelan hacia ti, mi inmortal amada, por momentos alegres y por momentos tristes, esperando que el destino nos otorgue al final una resolución favorable.

Yo solo puedo vivir totalmente contigo o no viviré. Sí, estoy dispuesto a vagar sin rumbo tanto tiempo como haga falta hasta que pueda volar a tus brazos y pueda considerarme enteramente en casa contigo, y pueda dirigir mi alma abrazada por ti al reino del Espíritu.

Sí, desafortunadamente así debe ser. Tú debes dominarte tanto más cuanto que conoces mi fidelidad a ti. Nadie más podrá poseer jamás mi corazón… nunca, nunca.

¡Oh, Dios! ¿Por qué uno tiene que estar separado de lo que tanto ama? Mi vida en Viena es ahora muy desdichada. Tu amor me hace el hombre más feliz y a la vez el más infeliz. A mi edad debería tener cierta estabilidad y regularidad en mi vida. ¿Puede eso existir en nuestra relación?

[…] Permanece serena. Solo a través de la tranquila contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo de vivir juntos. Sé paciente. Ámame hoy… ayer. ¡Qué doloroso anhelo de ti… de ti… tú… mi amor… mi todo! Adiós.

¡Oh!, continúa amándome. Nunca juzgues mal el más fiel corazón de tu amado.

Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestros.

Ludwig».”

carta amada inmortal

La amada desconocida

¿Quién era la destinataria de tan apasionadas palabras? La respuesta al enigma se la llevó Beethoven a la tumba y desde entonces se han hecho muchas conjeturas.

La relación de Beethoven con las mujeres fue un tanto compleja, reflejo de su propia personalidad. Ferdinand Ries, discípulo de Beethoven, observó que, si bien el maestro solía enamorarse con mucha frecuencia, esos amoríos solían tener muy corta duración, ya que las destinatarias de sus desvelos, o bien eran de una escala social superior, o bien algunas de ellas estaban casadas o finalmente terminaban casándose con otro. Esto fue una tónica a lo largo de toda su vida, pero el caso de la enigmática Amada Inmortal tuvo un carácter diferente.

De entrada, en la carta no se cita su nombre ni tampoco el año y el lugar en que fue escrita. Los únicos datos concretos que él da es que fue escrita en tres fases: se empezó un lunes día seis por la mañana, se continuó por la tarde y se terminó al día siguiente por la mañana.

También podemos hacernos una pregunta: ¿por qué conservaba él la carta? Ante esto tenemos varias opciones. La primera es que no mandara la carta, la segunda es que lo que él conservó fuera un borrador (lo más probable, dadas las características del escrito) y la tercera es que la carta fuera devuelta a su destinatario, posibilidad que no existía en el correo de la época, ya que esto se implantó más tarde.

En cualquier caso, el enigma de quién era la destinataria sigue en pie. Según Anton Schindler, primer biógrafo de Beethoven, la destinataria sería la condesa Giulietta Guicciardi, alumna de Beethoven y dedicataria de la famosa Sonata para piano n.º 14, conocida como Claro de luna. Pero la credibilidad de Schindler es prácticamente nula, ya que se aprovechó de su relación con Beethoven para su propio beneficio personal hasta el punto de que en su tarjeta de visita ponía «amigo de Beethoven». Él se apoderó de los valiosos cuadernos de conversación del maestro y destruyó dos terceras partes de ellos, aparte de otros documentos, para poder crear en su biografía un Beethoven a su gusto, biografía que se ha demostrado que está plagada de falsedades e inexactitudes. Además, vendió los documentos robados al rey de Prusia a cambio de una pensión vitalicia. Con razón dijo Beethoven de él en sus últimos años, tras enfriarse su relación, que era «un ser abyecto y despreciable».

Desechada la versión de Schindler, los posteriores biógrafos del siglo XIX, en vez de seguir una investigación exhaustiva, partieron de que estuvo enamorado de tal o cual mujer y trataron de acomodar lo mejor posible esa relación a la carta y así fueron surgiendo diferentes candidatas.

La posible respuesta

Pero siguiendo el hilo lógico y los datos que podemos extraer de la carta, hay unanimidad en que fue escrita en el verano de 1812 en la ciudad balneario de Teplitz, en Bohemia, donde Beethoven solía pasar algunas temporadas y donde coincidió y conoció en esas fechas a Goethe por mediación de una amiga mutua: Bettina Brentano, escritora romántica y musa inspiradora de diferentes artistas.

Esto reduce muchísimo el abanico de posibles candidatas, ya que los datos que se deducen de la carta son que se habían conocido en Viena, coincidieron en Praga pocos días antes de la escritura de la carta y que ella estaba en Karlsbad, que es adonde está dirigida la carta.

Siguiendo una investigación muy exhaustiva y auténticamente detectivesca que no deja lugar a dudas, con registros policiales de los diferentes lugares en que estuvieron ambos en esas fechas, Maynard Solomon, uno de los mejores y más serios biógrafos de Beethoven, concluye que solo hay una candidata que cumpla escrupulosamente con todos los requisitos: Antonie Brentano, cuñada de Bettina y cuyo apellido de soltera era Birkenstock.

Antonie era hija de un diplomático austríaco, Johann M. E. Von Birkenstock, consejero de la emperatriz María Teresa y coleccionista de arte. Cuando tenía ocho años perdió a su madre y fue enviada a un colegio religioso. Con dieciocho años fue casada por conveniencia con un comerciante de Frankfurt amigo de la familia y quince años mayor que ella: Franz Brentano (hermanastro de Bettina y Clemens Brentano, los célebres autores románticos), pero a quien ella no amaba. Además, nada más casarse, tuvo que abandonar su amada Viena y trasladarse a Frankfurt, una ciudad fría y extraña para ella que le producía un rechazo total. Todo ello la sumió en una profunda depresión agravada por la muerte de su primer hijo. Según sus propias palabras: «Lo único que me permitía resistir era la esperanza de mis viajes a Viena al menos una vez cada dos años».

stephan von breuning

En 1809 volvió a Viena para ocuparse de su padre, gravemente enfermo, que murió pocos meses después. Allí permanecería más de tres años para gestionar la herencia de su padre y su inmensa colección de obras de arte, obligando a su marido a trasladarse también temporalmente a Viena. Fue entonces cuando conoció a Beethoven, comenzando con él una intensa y duradera amistad. Para ella, Beethoven representaba un modo de vida superior, que expresaba a través de su música. Y lo que sentía por él era auténtica veneración:

«Camina como un dios entre los mortales con actitud altiva, y las bajezas del mundo y sus problemas físicos solo lo irritan momentáneamente, porque la Musa lo abraza y lo aprieta contra su cálido corazón».

No sabemos cuándo esta veneración se transformó en amor, pero en 1811 Beethoven le dedicó una canción titulada An die Geliebte ( A la Amada):

¡Oh, si de tus plácidos ojos,

que brillan llenos de amor,

pudiera sorber las lágrimas de tu mejilla

antes de que la tierra las absorbiera!

Quizá titubean en tu mejilla,

para consagrar cálidamente su fidelidad.

Ahora las recojo con este beso.

¡Ahora tus penas son mías!

Más indicios

También le dedicó otras obras, como los Drei Gesange (Tres canciones), op. 83, así como las famosasVariaciones Diabelli, op. 120 o la Sonata para piano n.º 32, op. 111. Curiosamente, no hace mucho, en 2018, se descubrió un ejemplar desconocido de la primera impresión de la partitura de la Sinfonía n.º 7, terminada el 13 de mayo de 1812, y en la portada figura una dedicatoria manuscrita del autor: «A mi muy estimada amiga Antonie Brentano, de Beethoven».

Otro hecho significativo es que, entre las pertenencias de Beethoven, se encontraron dos retratos en miniatura de marfil que, tras diversos estudios anatómicos y comparaciones con retratos autentificados de Antonie Brentano, se concluyó que eran de ella. Antonie guardaba, a su vez, un retrato en miniatura de Beethoven. Y sabemos que un regalo de ese tipo significaba en esa época algo más que una simple expresión de estima.

Después de la muerte de su padre, Antonie a veces estaba enferma varias semanas seguidas, quizá por la tristeza de la pérdida y también por la negra perspectiva de tener que volver a Frankfurt. En esos momentos evitaba toda compañía con una sola excepción: Beethoven. El músico la visitaba regularmente y, cuando llegaba, se sentaba al piano en la antecámara y tocaba solo para ella. En Beethoven encontró no solo consuelo, sino también la posibilidad de salvarse de una triste perspectiva.

Años después describiría a Beethoven como «una persona grande y excelente, un artista íntegro, pero un ser humano más grande aún que el artista, con un corazón tierno y un alma resplandeciente llena de intenciones puras».

Aparte de consolar a Antonie, Beethoven solía frecuentar también la mansión de los Brentano, donde se sentía uno más de la familia, para asistir a los conciertos de cámara que ofrecían allí los mejores músicos de Viena y para complacer a los amigos con sus interpretaciones al piano, llegando a ser un buen amigo no solo de Antonie, sino también de su marido, Franz, a quien Toni (que era como la llamaban en familia) describe como un buen hombre a quien respetaba porque él también la respetaba y era bueno y afectuoso con ella, a pesar de que siempre estaba enfrascado en sus negocios. Y no solo era bueno con ella, ya que también fue amigo y benefactor de Beethoven.

Con ello, la carta y lo que podemos deducir de ella cobra nuevos tintes y podemos plantearnos un escenario un poco más amplio que la simple relación entre los amantes. Por un lado, tenemos los sentimientos que se profesaban ellos dos, pero por otro, tenemos la arraigada incapacidad para el matrimonio que demostró Beethoven a lo largo de su vida, quizá por la necesidad de libertad e independencia que requería para poder plasmar su arte. Y, por otro lado, tenemos la sincera amistad que sentía por Franz. Estimaba profundamente a ambos y no quería ser el elemento de ruptura de esa unión.

Sentimientos encontrados

Todo ello producía en Beethoven una serie de sentimientos encontrados y de angustia que se reflejan en la carta, donde la aceptación y el renunciamiento luchan por prevalecer. Es posible que en el encuentro previo que tuvieron en Praga días antes de la carta, Antonie le hubiera declarado a Ludwig que sus condiciones personales no eran un obstáculo insuperable para la unión entre ambos y que estaba dispuesta a abandonar a su marido y permanecer en Viena antes que regresar a Frankfurt. Y también es posible que esto le provocara a Beethoven una especie de vértigo, ya que seguramente no estaba preparado para este súbito vuelco de los acontecimientos.

No sabemos los hechos que se sucedieron desde la escritura de la carta, el encuentro entre los amigos en las semanas posteriores y la partida del matrimonio a Frankfurt en noviembre de ese mismo año, pero lo que es seguro es que superaron la crisis, alcanzaron una nueva etapa en sus relaciones y la pasión se convirtió en una exaltada amistad que mantuvieron hasta el fin de sus días, si bien no volvieron a verse, ya que ella no regresó a Viena en vida del compositor.

Prueba de esa amistad es que Beethoven compondría para Maximiliane, hija de Toni, el Trío en si bemol mayor WoO 39 (1812) y le dedicaría la Sonata para piano en mi mayor, op. 109 (1821).

Antonie siempre guardó un gran recuerdo de él. Se conservan cartas de un amigo de Antonie que residía en Viena informándole del fallecimiento de Beethoven, así como una descripción completa del funeral, una copia del discurso fúnebre de Grillparzer y numerosos recortes de periódicos que hacían alusión a la noticia.

Después de la relación entre ambos, no hay noticia de una sola relación de amor durante el resto de la vida de Beethoven, más allá de relaciones de amistad que nunca pasaron de eso.

Uno de los significados más importantes para Beethoven del asunto de la Amada Inmortal fue que Antonie Brentano fue la primera —y parece ser que la única— mujer que lo aceptó totalmente como hombre; la primera que le dijo que le amaba realmente sin ningún tipo de reservas y que estaba dispuesta a renunciar a todo, incluso con la condenación de la sociedad, por él.

Pero, a la vez, ella comprendió la importante barrera que se oponía a la unión entre ambos y supo también renunciar sin, al mismo tiempo, negarle su amor. Fue un gran mérito por su parte haber estado a la altura de las circunstancias. Y en compensación, el destino le deparó un tipo muy especial de inmortalidad.

 

Publicado en Arte
Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven filósofo

Su vida, fue una búsqueda constante y un sacrifico continuo por amor a la humanidad y a su arte. Y no lo detuvo la adversidad más hiriente, ni la incomprensión e incluso el olvido de sus contemporáneos ante nuevas modas musicales. Y todo ello porque un día, en lugar de marcharse, como veremos más adelante, decidió servir a la humanidad. Y no solo eso, sino que mantuvo su decisión durante gran parte de su existencia.

Con esta afirmación no quiero dar a entender que Beethoven estudiara filosofía, que perteneciera a una logia masónica o que siguiera las doctrinas de la Sociedad Teosófica que, años más tarde de su muerte, a finales del s. XIX abrió sus puertas. No. Lo que quiero señalar es que Beethoven mantuvo durante toda su vida ciertos principios, ciertas convicciones que podríamos calificar como humanas, autotransformadoras, incluso heroicas. En una palabra, filosóficas.

¿A qué principios o convicciones me refiero?

· Amor a la humanidad y a su arte.

· Un continuado estudio que le llevó a sobrepasar las formas musicales y sociales de su tiempo.

· Una continua transformación interior para poder realizar aquello a lo que se sentía llamado: su destino.

Su vida, fue una búsqueda constante y un sacrifico continuo por amor a la humanidad y a su arte. Y no lo detuvo la adversidad más hiriente, ni la incomprensión e incluso el olvido de sus contemporáneos ante nuevas modas musicales. Y todo ello porque un día, en lugar de marcharse, como veremos más adelante, decidió servir a la humanidad. Y no solo eso, sino que mantuvo su decisión durante gran parte de su existencia.

Esa búsqueda, ese servicio por amor, ese estudio de las leyes de la vida y de su arte y, sobre todo, esa transformación es lo que me lleva a considerar a Beethoven como filósofo.

Pero antes de entrar en su proceso de transformación humana, vale la pena profundizar un poco e investigar si estuvo o no en alguna escuela de formación filosófica o esotérica.

Pues bien, no hay constancia de ello. Es verdad que la masonería era una institución filantrópica importante en su época. Pero no hay prueba fehaciente de que Beethoven perteneciera a alguna.

Beethoven no fue un hombre religioso a la usanza. Aunque educado en la fe católica, no era asiduo del templo, aunque sí se interesó por la filosofía y por el orientalismo. Esto lo sabemos porque entre sus manuscritos se encontraron los Upanishads y el Bhagavad Gita. Y además tenía enmarcadas en su habitación algunas frases relevantes.

Así lo explica uno de sus primeros biógrafos, Anton Félix Schindler:

«Según mis observaciones, me parecía que sus convicciones religiosas tenían su fuente en la Deidad (siempre que entendamos bajo este vocablo la religión natural), más que en las creencias de la Iglesia. Había copiado, enmarcado y colgado desde hacía muchos años en su lugar de trabajo tres inscripciones:

Yo soy el que es.

Yo soy todo, el que es, el que fue, el que será. Ningún mortal ha levantado mi velo.

El es Único por el mismo, y a este Único le debemos todas las cosas de nuestra existencia».

Haber elegido estas frases y tenerlas presentes en su lugar de trabajo es muy significativo, sobre todo si pensamos que Beethoven, durante sus treinta y cinco años en Viena, cambió muchísimas veces de apartamento, unas ochenta veces, y vivó al menos en treinta y seis casas diferentes.

02 Neefe

Sí es cierto que desde su juventud estuvo rodeado de personajes relacionados con la masonería. Uno de sus primeros profesores en la ciudad de Bonn, donde nació, Christian Gottlob Neefe, era masón y le enseñó a tocar el piano, así como rudimentos de composición.

Franz Wegeler, amigo desde su juventud con el que mantuvo una fluida correspondencia, adaptó un par de obras de Beethoven para ser interpretadas en la logia masónica a la que estaba afiliado [1] . Y músicos de su época como Haydn o Mozart pertenecieron a la masonería (recordemos que Haydn le dio clases durante un tiempo). Y, desde luego, mecenas como el príncipe Lichnowsky, entre otros.

Sin embargo, repito, no hay ninguna composición beethoveniana bajo el sesgo de la masonería como en el caso de Mozart con su Flauta mágica o la música masónica escrita ex profeso para su hermandad.

03 Wegeler

Pero abordemos el tema principal de este artículo.

Un aniversario señalado

2020, además del año del Covid-19, será el del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. Probablemente pocos músicos sean tan conocidos, tan populares en el mundo; algo seguramente insospechado para él ni siquiera en sus más altos sueños. Pero lo cierto es que todos tarareamos algunas de sus melodías, como la de la Novena sinfonía, todos recordamos que era sordo. Algo inaudito: ¡un músico sordo! Y también casi todos tenemos la imagen del músico hosco y de mal carácter.

¿Qué hay de verdad en todo esto? Y si es verdad, ¿qué produjo ese carácter? ¿Realmente era un hombre tan sombrío, tan agrio y terco?

Parece ser que terco sí que era, pero también noble hasta el extremo. Sus amigos lo mencionan constantemente y hay cantidad de anécdotas que lo corroboran. Pero tal vez, para entender el proceso por el cual llegó a tener ese endiablado carácter, nos ayude conocer el ambiente de la Viena que él vivió, y también, su propia naturaleza.

Pongámonos en situación.

Un muchacho de veintidós años que llega a la ciudad de la música, a Viena. Allí donde cualquiera que pretenda consagrarse al arte musical ha de lograr, no solo ser conocido, sino reconocido, valorado y admirado. Estamos a finales del siglo XVIII y los músicos consagrados son Mozart y Haydn, así como algunos otros atraídos a la corte de los Habsburgo.

Esto es importante que lo recordemos, pues Beethoven va a abrir una nueva etapa en la vida del músico, del artista. Hasta ese momento, el músico ha estado fundamentalmente bajo la protección y, por tanto, asalariado de un noble o de un cargo eclesiástico. Beethoven va a ser de los primeros que viva de su trabajo, de la publicación de sus obras. Así pues, no escribirá su música a pedido o para cubrir las necesidades de la Iglesia, como hizo, por ejemplo, Bach, sino que estará continuamente creando para poder vivir. Recordemos que en esa época no había derechos de autor. El compositor recibía un pago por los derechos de publicación de una editorial y nada más, aunque a raíz del congreso de Viena de 1814, tras la derrota de Napoleón, donde se reorganizan las fronteras de Europa, Beethoven fue mucho más conocido. Esos años del congreso fueron para él un escaparate donde los dignatarios de los diferentes países pudieron conocer su música y asistir a sus conciertos [2] .

05 Beethoven joven

Así, tenemos a un joven Beethoven que quiere hacerse un sitio en Viena. Es un extraordinario pianista y, además, tiene una maravillosa capacidad para improvisar al piano. Esta anécdota, contada por uno de sus discípulos, ilustra muy bien lo que quiero decir:

«El siglo XVIII era muy aficionado a los duelos donde se enfrentaban ejecutantes rivales; cada año, un nuevo campeón llegaba a Viena y toda la alta sociedad se apretujaba para verle medirse con el héroe de la víspera; así también Beethoven, recién llegado, se había medido con Genilek. Ahora era él, el que tenía el título; en 1797 se le opuso Steibelt, y en 1798 fue José Wölffl; los años siguientes serán Cramer, Clementi y Hummel. Sobre cada uno de estos duelos tenemos un montón de anécdotas, pero todas tienen el mismo esquema: a) el otro (del que solo varía el nombre) toca con una perfección, una pureza y una delicadeza invariablemente dignas de Mozart, y b) Beethoven está de mal humor, se sienta al piano, golpea las teclas como un bruto, improvisa, hace llorar a todo el mundo y hace añicos a su rival».

Todo apunta a que su futuro va a ser clamoroso. Sus primeras composiciones tienen buena aceptación y Beethoven empieza a perfilar su propio éxito.

Aparece la sordera

Pero a los pocos años de estar en Viena, alrededor de 1796, empiezan los molestos zumbidos (veintiséis años), que van evolucionando y que el mismo Beethoven describe en sus cartas de 1801 a sus más íntimos:

«Puedo decir que llevo una vida miserable. Hace casi dos años que evito toda clase de sociedad, pues no puedo decir a la gente: “soy sordo”. Si tuviera cualquier otro oficio, esto sería quizás posible, pero en el mío es una situación terrible. Y con esto mis amigos, que no son pocos, ¿qué dirán? Para darte una idea de esta extraña sordera, te diré que en el teatro debo colocarme cerca de la orquesta para poder oír a los actores. No oigo los tonos elevados de los instrumentos y de las voces cuando me pongo un poco lejos. En las conversaciones, es sorprendente que haya personas que no lo hayan notado nunca, pues cometo muchas distracciones. Cuando hablan bajo, apenas oigo; sí oigo los sonidos pero no las palabras, y , por otra parte, me resulta insoportable que griten.

A veces he maldecido al Creador y a mi existencia. Pero si es posible, quiero afrontar mi destino y, sin embargo, habrá momentos de mi vida en que seré la más desgraciada criatura de Dios. Te ruego que no digas nada de mi estado a nadie, es un secreto que te confío» (Beethoven, Carta a Wegeler, Viena, 29 de junio de 1801).

Beethoven escribe esto con treinta y un años. Es uno de los músicos más brillantes de Europa, ha escrito obras como el Septeto op 20 —tan conocido y que él nunca considero una obra importante—, la primera y segunda sinfonías, los dos primeros conciertos para piano y orquesta o sus doce primeras sonatas para piano.

Pero se está empezando a quedar sordo.

Esta situación le llevó a una brutal lucha interior con varios procesos. Veamos: por un lado, el temor a que descubrieran su progresiva sordera, a ser señalado como un músico sordo. Por otro, a un aislamiento cada vez mayor, misantropía que le llevó a evitar el contacto con otras personas.

Es una verdadera bajada a los infiernos, como la que todos los héroes mitológicos realizan para pasar sus pruebas y ante las cuales se verá, si sale triunfante, renovado.

Este tiempo oscuro le lleva a pensar seriamente en quitarse la vida. Se retira a un pequeño pueblo cerca de la capital, a Heiligenstadt, que ahora es un barrio de Viena. Beethoven está en una encrucijada. Tiene que tomar una decisión, y la toma. La decisión que le convertirá en el genio que conocemos.

06 Testamento

Ahí escribirá su testamento; un testamento que se descubrió dos días después de su muerte en un cajón junto a algunas cosas muy personales. Ahí, en el testamento de Heiligenstadt, dejará escrito:

«Es el arte, y solo él, el que me ha salvado. ¡Ah!, me parecía imposible dejar el mundo antes de haber dado todo lo que sentía germinar en mí, y así he prolongado esta vida miserable, verdaderamente miserable, con un cuerpo tan sensible, al que todo cambio un poco brusco puede hacer pasar del mejor al peor estado de salud. Paciencia, es todo lo que me debe guiar ahora y así lo hago. Espero mantenerme en mi resolución de esperar hasta que le plazca a la parca cruel romper el hielo. Quizá me fuese mejor; quizá no; pero soy valiente. A los veintiocho años estar obligado a ser un filósofo no resulta cómodo; para un artista es todavía más duro que para otro hombre. Divinidad, tú que desde lo alto ves el fondo de mi ser sabes que viven en mí el deseo de hacer el bien y el amor a la humanidad. Hombres, si leéis esto algún día, pensad que no habéis sido justos conmigo, y que el desgraciado se consuela encontrando alguien que se le parezca, y que, pese a todos los obstáculos de la naturaleza, ha hecho, sin embargo, todo lo posible para ser admitido en la categoría de los artistas y hombres de valía.

(...) Mi deseo es que vuestra vida sea mejor y menos triste que la mía; recomendad a vuestros hijos la virtud, solo ella puede volvernos felices, y no el dinero; hablo por experiencia; es ella la que me ha reanimado en mi aflicción; le debo, como mi arte, no haber terminado mi vida con el suicidio» (Beethoven, Heiligenstadt, 6 Oct 1802).

Este extracto recrea muy bien que ha tomado una decisión que le va a transmutar: Quedarse por amor a su arte y a la humanidad. Y justo esa decisión empieza a reflejarse en su música, que desde ese momento tomará un rumbo diferente.

Una sinfonía heroica

Vuelve de Heiligenstadt con bocetos de la Tercera sinfonía. Una sinfonía absolutamente nueva, que rompe con las dos anteriores, que de alguna manera eran continuadoras del estilo de Mozart o Haydn. Se ha propuesto como protagonista de esta nueva sinfonía a Napoleón Bonaparte, en el que ve a alguien semejante a los grandes cónsules romanos.

Así lo narra uno de sus alumnos:

«Fui el primero en llevar a Beethoven la noticia de que Bonaparte se había declarado emperador. Al oírlo se encolerizó y gritó: "¡No es más que un hombre vulgar! Ahora va a pisotear todos los derechos humanos, no obedecerá más que a su ambición; querrá elevarse por encima de los demás y se convertirá en un tirano!". Se dirigió a su mesa, cogió la hoja del título, la rompió y la tiró al suelo. La primera página fue escrita de nuevo, y entonces la sinfonía recibió por primera vez su nombre: Sinfonía heroica».

07 Portada tercerar sinfonia

De manera que ese hombre hosco, de terrible carácter, es solo una apariencia, es la defensa de un hombre forjado a golpe de yunque, la cáscara, la parte externa que rodea una sensibilidad extrema y un alma perceptiva capaz de escuchar las más sutiles armonías y hacerlas música para los hombres, sus hermanos.

Fueron muchos años de progresivo deterioro auditivo, hasta que, en la última etapa de su vida, ya casi no oía nada. De los cincuenta y seis años de vida de nuestro compositor, estuvo casi treinta sufriendo los efectos de la paulatina sordera. Los últimos años fueron de una música cada vez más íntima, más de escucha interior, que no responde más que a necesidades del alma del propio compositor.

Sé que todos recordarán la Novena sinfonía, y ahora dedicaremos un tiempo a ella, pero los tres últimos años de su vida, muy perturbadores tanto familiar como social y económicamente, los dedicó a dejar su verdadero testamente musical. Les hablo de los últimos cuartetos y sonatas, así como la Misa solemnis, entre otras obras.

Sé que los cuartetos son poco conocidos; sin embargo, es un modo de composición delicado y difícil para violoncelo, viola y dos violines; algo íntimo a la vez que tremendamente potente. En ese último periodo escribió varios cuartetos que para él eran el culmen de su obra interior (ya estaba totalmente sordo), así como su aportación a la evolución del género musical.

De manera que la música de sus últimos años es realmente enigmática, habla al futuro. Habla de otro modo, con otro lenguaje.

También mencioné que esos últimos años fueron de mucho sufrimiento familiar y que incluso pasó necesidades económicas.

09 Sobrino Karl

Hemos hablado de un Beethoven que se fue aislando poco a poco debido a su sordera. Que sepamos, nunca tuvo una relación amorosa estable que le permitiera formar una familia, crear un hogar. En sus últimos años, y tras la muerte de uno de sus hermanos, adoptó a su sobrino Karl, que se había quedado huérfano, y así, de alguna manera, intentó crear un núcleo familiar. Pero este sobrino era una persona dada a la bebida que además robaba y despreciaba a Beethoven. Aunque, también es verdad que la relación con el genio debió de ser muy difícil.

Una historia puede ilustrar esta relación:

«Meses antes de la muerte de Beethoven, su sobrino Karl, acosado por las deudas, la bebida y tras años de penosa relación con su tío, intenta suicidarse. Vende su reloj, compra dos pistolas, se hace conducir a Baden donde, en plena noche, sube a las ruinas del castillo y dispara. Una de las pistolas falla; la otra le hiere superficialmente en la sien. Pero la noticia para Beethoven fue un terrible mazazo. Estaba abatido como un padre que ha perdido al hijo más querido».

Son momentos muy duros para él. Pero son momentos cuya crudeza no se trasluce en su música. Una de las atribuciones actuales del arte es reivindicar el estado del artista o del mundo en que vive, expresar lo que experimenta, sus dolores, sus temores, sus angustias… Nada de esto está en la música de Beethoven. Él, el músico sordo y aislado, no reivindica nada para sí, simplemente deja que las musas le hablen, deja que la inspiración le conmocione y escribe lo que oye en su interior. A mí me parece de un amor y de una generosidad extraordinarios, pues deja de lado su vanidad de artista, sus dolores personales, y hace de su música un canal de algo inexpresable y bello que fluye más allá de sus acontecimientos cotidianos. Esa es su grandeza. Esa es su filosofía.

Por último, y para acabar, hemos de acercarnos a esa obra que le ha convertido en mundialmente conocido: la Novena sinfonía. Bueno, en realidad, el último movimiento de la Novena sinfonía.

¿Por qué es tan relevante esta obra? Porque es un canto a la fraternidad.

010 manuscrito novena sinfonia

Ustedes saben que las sinfonías, en época de Beethoven, eran composiciones siempre instrumentales y con una estructura muy determinada. Pues bien, Beethoven rompe toda la tradición formal y crea una sinfonía con un coro al final que canta sobre la hermandad entre los hombres, sobre la igualdad, sobre la fraternidad sin distinciones.

Y esto merece también una reflexión, pues vemos cómo la forma que ya no expresa algo deja de ser útil y, entonces, el genio que sabe lo que quiere expresar y no tiene una estructura formal que pueda hacerlo, crea una nueva forma que permita que esa esencia se muestre. Es otra de esas premisas del arte filosófico: la forma es la resultante de una belleza que necesita expresarse. No al contrario.

El trabajo inspirador

La verdad es que Beethoven llevaba tiempo trabajando en esta idea. Él es un gran trabajador, al contrario que Mozart, que veía las obras acabadas, completas. Beethoven las elabora, las madura, las trabaja incansablemente hasta que logran expresar lo que quiere. Es el caso del tema del final de la Novena sinfonía. Ese tema ya lo había utilizado casi igual en una obra, una obra escrita en 1808, dieciséis años antes de escribir la Novena. Y en la que en la parte final del coro aparece ese tema tan conocido.

Pero ¿de que habla el texto del final de la Novena?

¡Oh amigos, dejemos esos tonos!

¡Entonemos cantos más agradables y llenos de alegría!

¡Alegría! ¡Alegría!

¡Alegría, hermoso destello de los dioses,

hija del Elíseo!

Ebrios de entusiasmo entramos,

diosa celestial, en tu santuario.

Tu hechizo une de nuevo

lo que la acerba costumbre había separado;

todos los hombres vuelven a ser hermanos

allí donde tu suave ala se posa.

Un músico sordo, solitario, sin más familia que sus amigos cercanos que canta a la alegría de la fraternidad. Un hombre que ve la hermandad de todos los hombres.

011 Escultura en Viena

No estoy de acuerdo con algunos directores o intérpretes que dejan a un lado obras muy consagradas, pues dicen que ya nada aportan, que se han interpretado tanto que no tienen ya nada original. Defienden que es necesario cambiar y dar paso a nuevas ideas. Creo que hay siempre algo nuevo que descubrir en lo que está tocado por lo eterno. Y muchas obras de Beethoven son así, están tocadas por lo eterno, son obras hijas de una inspiración que habla de un mundo real pero extremadamente elevado. Siempre hay algo nuevo por descubrir, pues nuestra profundidad va variando, y en esa medida vamos descubriendo más y más detalles, más y más perlas. Lo contrario sería negar la evolución, sería negar que podemos descubrir algo nuevo en cada amanecer, en cada poesía, en cada gesto, en cada música.

Conocer someramente la vida de este ser humano nos descubre un Beethoven filósofo extremadamente ardiente. Un hombre que hizo de su gran prueba la escalera de ascenso hacia la más bella y arrebatadora de las músicas. Cuando pensemos en él, no solo veamos a alguien malhumorado, sino a alguien que cubrió su vida de heroísmo y que se transformó atravesando todas sus pruebas por profundo amor a la música y a la humanidad.

La historia de la vida de Beethoven describe la lucha mítica del alma humana que supera toda adversidad externa e imperfección interna en su camino hacia la unión con la Divinidad. Un verdadero camino filosófico.

Bibliografía

Reverter, Arturo y Stapells, Victoria (2020). Beethoven: un retrato vienés. Valencia, Tirant Humanidades.

Massin, Jean y Brigitte (1987). Ludwig van Beethoven. Madrid, Ediciones Turner.

Trías, Eugenio (2012). El canto de las sirenas. Barcelona, Galaxia Gutenberg.

Roso de Luna, Mario (1915). Beethoven teósofo. Madrid, Editorial Eyras.

Sonneck, Oscar George (2020). Beethoven contado a través de sus contemporáneos. Madrid, Alianza Música.



[1] Wegeler adaptó el texto de Opferlied ( Himno del sacrificio), op 121b cambiando el texto para adaptarlo al uso del ritual masónico.

[2] Para profundizar sobre el tema, es interesante el libro Beethoven: un retrato vienés, 2020. Editorial Tirant Humanidades.

Publicado en Filosofía
Página 1 de 2
Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestra página web. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.