Arte — 1 de junio de 2021 at 00:00

Mayéutica (Robe Iniesta)

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Mayéutica ha pausado mis escuchas de lo último de los Derby Motoneta’s, el reencuentro con Porcurpine Tree y el descubrimiento tardío de Riverside (todos ellos tendrán cabida en este espacio de reflexión).

Lo ha vuelto a hacer; después de La ley innata (Extemoduro, 2008), Robe Iniesta repite otra obra maestra, esta vez en solitario. A Robe siempre le ha gustado ir a la contra y cuando muchos se centran en composiciones cortas y simples. Musicalmente hablando, Mayéutica es un solo tema dividido en un interludio, cuatro movimientos y una coda final. Esta «sinfonía» rock suena compacta, donde todos los instrumentos van al encuentro de un fin común. Con la maravillosa incorporación del violín, que ya aparecía en otras obras en solitario de Robe, el sonido rock de la composición se enriquece; incluso en ocasiones hay diálogos entre la guitarra y el mismo violín realmente sublimes.

No oculto mi predilección por el de Plasencia; ya desde Esfinge he publicado varios artículos dedicados a su obra. No obstante, animo a aquellos que no lo conozcáis demasiado a que guardéis 43 minutos de vuestro tiempo para escuchar esta auténtica maravilla.

En cuanto al mensaje de la composición, es una especie de testamento filosófico del compositor donde nos habla de filosofía y, sobre todo, de amor. Es difícil destacar algún momento en especial. Robe hace tiempo que dejó atrás aquel lenguaje desgarrador de otras épocas, no exento de lirismo, y aparece el Robe más profundo, con unas letras de gran belleza, sin dejar de lado su faceta «anti-establishment». Es que, a pesar de los años y de las experiencias de todo tipo, aparece la belleza, siempre la belleza…

Siento que me estremezco

solo de estar contigo, respirando el mismo aire.

¿Será que, culpa del amor, todo me sabe diferente?

 

Y dejo las canciones sin final

porque no puedo saber

cómo acaba el cuento,

por si no quiere volver

y nada fuera cierto.

 

No sé, siempre me resulta sencillo encontrar un punto de contacto entre la filosofía y el rock. Sin embargo, en esta ocasión lo tengo fácil. Ya he hablado de mi admiración por el creador del rock transgresivo y también, en otras ocasiones, el protagonista filosófico de este espacio ha sido alguien bastante transgresivo.

Obviamente me refiero a Sócrates.

Sócrates era un hombre del pueblo. No era simple, pero le gustaba hablar con claridad y simpleza, y los ejemplos que ponía para sus argumentaciones filosóficas eran sencillos, todo el mundo podía entenderlo.

Es evidente que era alguien muy profundo. No era «políticamente correcto», tenía fama de decir cosas muy agudas en el momento justo, y eso preocupaba a los políticos de Atenas. Cuando alguien destaca en algún aspecto, cuando es diferente, aparecen las críticas, los celos, el odio. Como nos damos cuenta, en 2500 años no han cambiado mucho las cosas. Seguramente hoy, Sócrates volvería a tener problemas y encontraría dificultades para desarrollar su filosofía.

Creó lo que conocemos como mayéutica: Es el arte de dar a luz (como él decía); con hábiles preguntas llevaba a sus discípulos a enfrentarse a sus propias limitaciones, de modo que pudieran superarlas y así salir de su propia «caverna» de ignorancia. Pensaba que el dominio de uno mismo a través del conocimiento permite restaurar la relación entre el ser humano y la naturaleza.

Aunque hay influencias de Parménides en sus ideas, él decía que su maestro era su daimon (mal traducido como ‘demonio’; en realidad, lo correcto sería algo así como su voz interior).

Uno de los sistemas de enseñanza que aplicaba era la ironía (que no es burla ni humillación) y no solo la utilizaba con la gente más sencilla, sino también con los intelectuales. Sócrates cortaba a los sofistas por medio de preguntas, les obligaba a establecer un diálogo, a pensar y razonar, y a estos les molestaba porque creían que eran más sabios que él.

Ante la pregunta de sus discípulos cuando se lamentaban por la farsa de su juicio y posterior condena, él les respondió que «es mejor soportar una injusticia que cometerla». Esto es fácil de decir, pero vivirlo es más complicado, hay que tener un alto sentido ético. A nosotros, ante una injusticia nos sale la venganza («yo perdono, pero no olvido», «a mí el que me la hace la paga»).

Aunque fue condenado, siguió filosofando. Decía que ante los problemas hay que actuar como si nada sucediese, con inteligencia para solucionarlos, pero sin agobiarse por ellos. Para él era importante conseguir la epopteia, el entusiasmo por la vida, por todo aquello que nos eleva y nos acerca a lo divino que hay dentro del ser humano.

Quisiera acabar con este fragmento que resume la idea de Robe y con la que seguramente Sócrates estaría de acuerdo.

Quise hacer el mundo más feliz

y quise volar y hacer un mundo nuevo

y, aunque todo esté por conseguir,

no me desespero.

¡No te rindas, sigue luchando por el bien, la justicia y la belleza!

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