Naturaleza — 1 de mayo de 2021 at 00:00

Hacia una economía ecocéntrica

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economía ecocéntrica

La naturaleza maneja sus recursos de manera circular, como reflejo de nuestro planeta vivo. Sin embargo, nuestro sistema económico actual es lineal y desproporcionado. Esto ha ocasionado un gran desequilibrio entre los recursos naturales que «aprovechamos» y lo que hacemos con ellos después de que pierden su «utilidad». La consecuencia de este desequilibrio se ha hecho evidente en los últimos años, en los que nuestros desechos han retornado a nuestras costas y nuestros ecosistemas terrestres por medio de ríos.

Así mismo, es evidente cómo la seguridad alimentaria y bienestar de gran parte de las personas se ve afectada a causa del sistema económico actual. Es necesario volver a prácticas tradicionales de manejos de recursos y ecosistemas para salir de una economía egocéntrica hacia una ecocéntrica que asegure el bien común, de las personas y del planeta.

La naturaleza del bien común

En la naturaleza no existen los residuos, no hay un «afuera» adonde arrojar las cosas, todo debe ir a parar a alguna parte (Commoner, 1974).

Las civilizaciones antiguas tenían un gran entendimiento sobre los ciclos naturales, los fenómenos climatológicos y la capacidad de autorregenerarse, o la resiliencia de los ecosistemas. Las diversas disciplinas de la ecología, el derecho, la economía, la filosofía moral, el estudio de la naturaleza humana, eran la base de estas grandes civilizaciones y aquello que regía las leyes de la convivencia. En ese sentido, el enfoque detrás de estas disciplinas consistía en buscar el bien común.

Figura 1. Agricultura estacional en el antiguo Egipto, donde el Estado otorgaba seguridad alimentaria a todos los habitantes.

 

Esta idea del ser humano en convivencia armoniosa con su entorno natural cambia significativamente, según varios historiadores, alrededor del siglo XVIII a causa de dos grandes eventos: el desarrollo de la agricultura comercial y la revolución industrial (Morán y Lomnitz, 1999). El respeto del hombre hacia la naturaleza es reemplazado por una «apropiación» de los recursos como medios de «hacer dinero». La visión global se torna más egoísta e individualista, y el uso general de las ciencias ya no tiene como fin el bien común.

La desconexión del hombre con la naturaleza se hace evidente a partir de este punto, y se marca el inicio de una era de trastornos sociales, ecológicos, espirituales, que solo se han ido reforzando con el pasar de los años. Un claro reflejo de estos desequilibrios se evidencia en el sistema económico egocéntrico que impera en el mundo actual.

Economía egocéntrica vs. ecocéntrica

La economía egocéntrica es un sistema abierto —de producción en cadena— que empieza con materiales crudos y termina con el consumidor. En este sistema predomina la visión económica nacional, en vez de una visión mundial. Los países de mayor riqueza económica transforman los distintos materiales crudos de reinos naturales (mineral, vegetal, animal) en productos que satisfagan el «estilo de vida» del consumidor. Muchos de estos recursos naturales provienen del trópico, donde las naciones más biodiversas ofertan su riqueza natural con la idea de competir por una «mejor economía» y alcanzar el estilo de vida que ha sido vendido por naciones más adineradas (Cuadra Martínez et al., 2017). Así, el nivel económico se vuelve una especie de estatus que todos los países buscan y trabajan por alcanzar. A causa de esto se deja a un lado la búsqueda por la equidad, la justicia y la fraternidad que benefician a todos los seres humanos.

 

Figura 2. Cadena de producción alimenticia actual (Malik et al., 2018).

Por otro lado, la economía ecocéntrica es un sistema circular integral o «rosquilla», bajo el cual el crecimiento financiero va de la mano del bienestar de todos y de la preservación de los ecosistemas naturales. Las necesidades básicas y la dignidad humana están por encima de las ganancias económicas inmediatas. En este sistema, basado en la ética, se reconocen los ciclos de la naturaleza y se busca el consumo consciente de los recursos naturales. Naturalistas como Ernst Haeckel y Charles Darwin ya habrían mencionado el concepto de la economía de la naturaleza en sus estudios. La mentalidad de consumo cambia por un «reutilizar» y «reciclar» los productos con el fin de reducir la extracción y el uso de recursos materiales. Este modelo actual económico de rosquilla fue expuesto por Kate Raworth, una economista inglesa, en su libro Economía rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI (Estado y Sociedad), publicado en 2017, en el cual argumenta que este sistema cerrado es justo con las personas y el planeta.

Otro aspecto fundamental de la economía ecocéntrica es el reconocer la capacidad que poseen los ambientes naturales de resistir, regenerarse y adaptarse a los cambios. Existe un gran cuerpo de evidencia científica sobre la resiliencia de los ecosistemas prístinos, en los cuales no existen grandes presiones antropogénicas (pesca comercial, cacería, deforestación, etc.) que alteren el balance de las cadenas tróficas. Así mismo, ecosistemas significativamente afectados pueden volver a convertirse en resilientes y regenerarse, si se reconocen y respetan estos procesos.

Ejemplos de ecosistemas y economía resilientes

Un caso asombroso es el del Parque Nacional Cabo Pulmo en México, el cual hasta 1995 había sido devastado en sus recursos marinos por la comunidad local pesquera. Al ver que su principal fuente de sustento económico y alimentario había sido arrasada, la misma comunidad decide establecer una reserva marina «no-take» de 71 km2, es decir, totalmente libre de pesca. En 1999 científicos del Instituto Scripps de Oceanografía-San Diego realizan un estudio de la biodiversidad marina de Cabo Pulmo, en el cual determinan la biomasa de peces (peso total de peces por unidad de área) que existe dentro de la reserva. Este estudio de línea base demostró que dentro de la reserva predominaban peces herbívoros de mediano tamaño y una evidente ausencia de depredadores tope, como tiburones, pargos o meros. Se concluyó que la salud de ese ecosistema estaba altamente deteriorada (Aburto-Oropeza et al., 2011).

Lo inesperado sucede diez años más tarde de la creación de la reserva marina, cuando, en 2009, el mismo grupo de científicos regresa a Cabo Pulmo a evaluar por segunda vez la biomasa de peces. Para su sorpresa, encontraron un mundo totalmente cambiado, la biomasa se había incrementado en un 463%, algo que no había sido evidenciado en ningún otro lado del mundo. Diversas especies de tiburones, mantas y peces de gran tamaño estaban congregados en este sitio, e incluso el estado de los corales había mejorado, y la fauna asociada, como langostas y pulpos, había incrementado. El principal éxito de este relato son las fuertes políticas y restricciones que la comunidad local impuso y respetó.

Al existir tanta biomasa de peces dentro de la reserva, se da el efecto «derrame», en el cual los peces «excedentes» empiezan a buscar hábitats fuera de los límites establecidos. Los pescadores se benefician de esto al disminuir su esfuerzo de trabajo pesquero para capturar los peces que están saliendo de la reserva. Así mismo, la economía local mejoró cuando la comunidad diversificó sus fuentes de ingreso al ofrecer tours de buceo y desarrollar el ecoturismo en la zona.

 

Figura 3. Peces y morenas en Cabo Pulmo. Foto de Octavio Aburto.

Otro ejemplo se da en España, en la finca Veta la Palma con su sistema de acuicultura ecológica. Originalmente esta finca tenía una infraestructura que contenía el río y creaba canales de riego para los pastizales, ya que se criaba ganado y se sembraba arroz y trigo. Luego, en 1982, una empresa pesquera de Sevilla compra esta finca y modifica las represas para que este ecosistema vuelva a su estado natural, que actualmente tiene 3200 hectáreas inundadas. La zona inundada está cubierta con agua salobre, conformando 45 balsas de 70 ha interconectadas entre sí.

Esta granja marina se dedica al cultivo de lubina, dorada, corvina, mugílados, camarón, lenguado y anguila, que se exportan a nivel mundial. Su sistema de manejo es de producción natural, basándose en la sostenibilidad y preservación del hábitat natural. Esto implica que exista un sinnúmero de aves que conviven en este lugar, los cuales consumen peces y camarones que representan una pérdida del 20% para la empresa. Sin embargo, las aves aportan nutrientes —fosforo, calcio— al sistema a través de sus heces, lo cual ahorra la compra de químicos sintéticos para mejorar la calidad de agua.

Así mismo, la densidad de los cultivos es muy baja para la capacidad del sector, la oxigenación de las aguas se da por el ciclo natural de las mareas, y la cosecha de los peces y camarones se realiza de manera artesanal. Este es un gran ejemplo de acuicultura sostenible y rentable basándose en métodos de manejo tradicional, no comercial. Se podría decir que esta empresa confía su negocio en manos de la naturaleza y, a cambio, ambos se benefician significativamente.

Vemos arriba dos ejemplos de trabajo con la naturaleza en vez de contra la naturaleza. En ambos casos es la conciencia altruista la que predomina sobre el ego y las ganancias económicas a corto plazo, y, a cambio, existen beneficios económicos y ecológicos sostenibles.

Las actividades antropogénicas de los últimos tiempos han acelerado exponencialmente las consecuencias del cambio climático, entre ellas el incremento de la temperatura global y la acidificación de los océanos. Por varios años la comunidad científica ha advertido el incremento y expansión de virus y bacterias a causa de estos cambios climáticos (Cavicchioli et al., 2019). Más aún, con la reciente emergencia sanitaria se hace evidente la fragilidad del sistema económico actual, e imposible de negar la necesidad de un nuevo sistema más holístico y natural. Es necesario integrar las ciencias —sociales, políticas, económicas, biológicas— para volver a modelos circulares de cultivos y trabajos tradicionales que sigan el ejemplo del funcionamiento de los sistemas naturales. Para esto, se requiere un cambio de mentalidad que busque el bien común y se apegue a nuestra realidad, la de un solo planeta vivo.

 

Bibliografía

Aburto-Oropeza, O., Erisman, B., Galland, G. R., Mascareñas-Osorio, I., Sala, E., & Ezcurra, E. (2011). Large recovery of fish biomass in a no-take marine reserve. PloS one6(8), e23601.

Cavicchioli, R., Ripple, W. J., Timmis, K. N., Azam, F., Bakken, L. R., Baylis, M., … & Webster, N. S. (2019). Scientists’ warning to humanity: microorganisms and climate change. Nature Reviews Microbiology, 17(9), 569-586.

Commoner, B. (1972). The closing circle: confronting the environmental crisis. Cape.

Cuadra Martínez, D., Véliz Vergara, D., Sandoval Díaz, J., & Castro, P. J. (2017). Aportes a la economía ecológica: Una revisión de estudios latinoamericanos sobre subjetividades medio ambientales. Psicoperspectivas, 16(2), 156-169.

Malik, S., Kanhere, S. S., & Jurdak, R. (2018, November). Productchain: Scalable blockchain framework to support provenance in supply chains. In 2018 IEEE 17th International Symposium on Network Computing and Applications (NCA) (pp. 1-10). IEEE.

Morán, D., & Lomnitz, C. (1999). Las ciencias de la tierra. Universidad Nacional Autónoma de México.

Raworth, K. (2017). Doughnut economics: seven ways to think like a 21st-century economist. Chelsea Green Publishing.

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