Abril 2018

Marco Aurelio, el emperador bueno

Escrito por  Sony Grau
marco aurelio marco aurelio

Estoy en el British Museum, donde tanta historia artística romana se atesora. En la galería de Roma, me sorprende gratamente la visión del busto del emperador Marco Aurelio. La serena autoridad que emana de él, y que el artista supo transmitir, junto al noble gesto de quien ha encontrado su ser interno me conmueve y, naturalmente, me siento atraída por su magnetismo. Le miro y vienen a mi memoria las reflexiones magistrales de su obra que tanto bien me han aportado. Algo muy profundo me impele a exclamar: «¡Oh, emperador, mi emperador!».

Como un filósofo estoico diría: «Volver la vista atrás tiene que servir siempre para extraer algo, traer alguna enseñanza y además no solo en el plano intelectual, sino toda esa fuerza que hubo en determinados momentos históricos y en determinados personajes».

Déjame que recuerde que tú fuiste considerado uno de los «cinco buenos emperadores». Tú, que llevaste en todo momento muy en alto la antorcha de la sabiduría estoica, que iluminó los siglos venideros por medio de filósofos posteriores. Tú, filósofo de gens hispanocordobesa en Roma, por vía paterna, y romano consular por la materna; déjame acercar mi humilde memoria hacia tus enseñanzas. Y, sobre todo, hacia tu coherencia entre el saber y el actuar. Entre la mente y el corazón. Entre el deber y la buena voluntad.

Ya desde niño, tu sinceridad inteligente, tu sensibilidad limpia y natural disposición hacia lo bueno, admiraron al emperador Adriano y, por eso, ordenó a su sucesor Antonino Pío, que te adoptase y ello te preparó el sendero de tu destino imperial.

Cuando naciste en Roma, en aquel abril del año 121 de nuestra era, ese mes que es puerta que abre la floración de la primavera, ya estabas destinado a tu gran cetro imperial. Marco Annio Catilio Severo fue tu nombre completo y, si bien quedaste sin padre a los pocos años, fuiste educado por una madre sabia y austera que te inculcó huir de la ostentación, cosa difícil para quien podía gozar de todos los deleites materiales; pero no para ti que traías grabada en tu alma vieja la sabia moderación y pureza de espíritu.

Con estos dones naturales, no es de extrañar que surgieras como el mayor ejemplo imperial del estoicismo, pues es más de admirar la templanza en quien ostenta poder, que en el carente de ello. No en vano ironizabas en que no querías «cesarizar» en tus actividades. Lo tuyo era la austeridad. Por ello, ya de joven, en tu pubertad de doce años, adoptaste el manto de filósofo. Y te aplicaste en los estudios de retórica griega y latina con los maestros Ático y Frontón. Y siendo muy joven fuiste iniciado en los misterios de Eleusis y de Mitra. Los misterios de Eleusis son griegos, tú lo sabes. Y también que Roma conquistó militarmente a Grecia, pero Grecia conquistó culturalmente a Roma. Pues la cultura griega era tan superior que cuando es asimilada, Roma asume como cultura, como religión, como forma de arte, como filosofía, los valores griegos.

Fueron tiempos convulsos los que tenía dedicados para ti el destino divino. Con apenas veinte y pocos años ya comandabas las legiones en las campañas militares. Y en medio del trasiego bélico, en la tienda de campaña, escribías ya tus reflexiones filosóficas en los momentos de descanso. En el año 161, con la muerte de Antonino eres proclamado emperador. Y sigues practicando la filosofía estoica que te cautivó, porque en ella encontraste la dimensión insular de tu existencia en medio del mar de pasiones humanas. Esta doctrina que se ensambla en tu corazón y tu discernimiento, que sin duda te otorgó la casta e inteligente Minerva al nacer. Pero en ti se alejó de la docta erudición de Séneca y la dureza de Epicteto, anteriores a tus años, que influyeron, sí; pero tú adoptaste otro sentido más profundo, sensible y bondadoso, casi místico.

En los asuntos bélicos te puedo destacar brevemente que resuelves con gran entereza el problema con Oriente y la rebelión intestina del general Casio y quienes le secundaron. Que tuviste que llegarte hasta allí y, con tu sola presencia, se terminó la sublevación. No ocurrió lo mismo en los territorios del Danubio, que ahí la lucha fue muy cruenta.

Marco Aurelio 3

–Pero, permíteme, señor, unas cuestiones, y en orden a tus escritos esenciales, dime: de los diecisiete agradecimientos que detallas al comienzo de tus Meditaciones , ¿cuáles juzgas primordiales para tu existencia y crecimiento espiritual?, pues, parece ser que alguno de ellos no fueron tan positivos, a no ser por tu natural bondadoso que siempre ha preferido ver la parte grata.
«Todos ellos tuvieron una parte positiva para mi formación… Aunque, es verdad, lo más importante para mí, y para todo ser humano está en los dones recibidos de los dioses. Y por ende, como representantes de ellos en la vida terrenal, los progenitores y los maestros».

–Pero, señor, de todos es sabido que los maestros no siempre son tan benéficos como tú comentas en tu panegírico laudatorio. Por ejemplo, Frontón era reconocido como un hombre hipocondríaco, que si bien es verdad que estaba enfermo de gota, no es menos cierto que gustaba de hablar de su enfermedad, tanto contigo, como con otros, en innumerables epístolas estudiadas por preclaros historiadores como Plinio y otros más posteriores. (La enfermedad de Frontón también la citan Artemidoro, Sobre los sueños 4.24, y Aulo Gelio, Noches Micas 2.26 y 19.10).

«Sí, así es; pero eso tiene una explicación. Dado que nuestra tradición romana ha conservado conocimientos medicinales desde nuestros ancestros, que debía heredarse por medio del paterfamilias (como afirman Catón, Varrón y Plinio el Viejo), es habitual que nosotros, los romanos, intercambiemos nuestros conocimientos. Y en el caso de mi maestro Frontón, bien debes de saber que, como dijo el divino Platón en su res pública , es aleccionador para un maestro, al sufrir enfermedad, poder transmitir esa experiencia como lección de vida, no así el magistrado en cuanto a los vicios penales e injusticias del alma. En último caso, no es asunto propio juzgar al otro; menos aún a tu instructor y maestro:

Recuerda: el corto espacio de tiempo que te queda por vivir no lo malgastes en pensar en los asuntos ajenos, a menos que estos no sean un bien para la sociedad. No podrás ocuparte de lo que otro hace y por qué lo hace, de lo que dice o piensa, de las intrigas que trama o de otra cosa cualquiera por el estilo, so pena de faltar a alguno de tus deberes. Obrando de este modo, irías contra tu conciencia y te alejarías del estudio de esta parte de tu ser que ha sido hecha para dirigirte.

(Está claro que mi emperador es un ser humano con buena voluntad.)
–Dime, si tienes a bien responder. Se dice que perseguiste a los cristianos…

–Solo apliqué la ley contra los tumultos rebeldes. En la pacífica convivencia les dejaba practicar su doctrina, en tanto que respetaran a los dioses patrios de Roma. Nuestro imperio siempre ha tenido convivencia con todas las doctrinas extranjeras y ha permitido los cultos .

Recuerda: Antes de llevar a cabo cualquier acto, pregúntate: ¿para qué me servirá? ¿Me arrepentiré? Dentro de poco ya no existiré, todo habrá desaparecido para mí. ¿Qué puedo esperar más, si mi acto presente es digno de un ser inteligente, sociable y sometido a la misma ley de Dios?
¿Cómo se puede batallar contra otros seres humanos siendo como eres bondadoso? Dime, ¿es la vida un regalo o una maldición?

Recuerda: La materia que constituye el universo se presta fácilmente a todas las combinaciones; y la sabiduría que dispone de ellas no lleva en su esencia ningún principio maligno. Por lo tanto, no encerrando ninguna maldad, no puede hacer daño ni perjudicar, sino que vela por la creación de todas las cosas y por llevarlas a un buen fin.

–Señor, se cuenta, sé que es doloroso para ti y no está claro, que tu hijo Cómodo es quien te va a asesinar para hacerse con el trono. Lo que sí se sabe es que fueron circunstancias muy extrañas; ocurría en el año 181. Y se cree que un ciego, según algunos autores, te ofreció una manzana cortada con un cuchillo envenenado a petición de Cómodo. Tu hijo sabía o veía venir que la sucesión del trono no iba a ser para él. En Roma la sucesión al trono, no era necesariamente de padres a hijos, sino que tú como emperador tenías la potestad de adoptar como hijo, como hijo espiritual, a aquella persona que considerases con una preparación moral para sustentar el peso del imperio. Cómodo no era esa persona.

Recuerda: Apenas amanezca, piensa todos los días: hoy encontraré a cualquier persona que tenga alguna de estas faltas: que sea un indiscreto, un ingrato, un insolente, un embustero, un envidioso, un egoísta. Los desgraciados que tienen estos defectos es porque no distinguen los verdaderos bienes y los verdaderos males. Pero yo, que he aprendido que el bien verdadero consiste en lo que es honesto y el mal verdadero está en lo vergonzoso, yo, que conozco la naturaleza de quien comete la falta, que sé que es hermano mío, no de sangre y de carne, sino por nuestra común participación en un mismo espíritu procedente de Dios, no puedo sentirme ofendido por su parte, ya que nada de cuanto hago podría avergonzarme.
Solo me queda decirte: ¡gracias, mi emperador! Por tus reflexiones magistrales que nos ayudan a vivir y que difícilmente podremos llevar al grado de estoicismo que alcanzaste.

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Quería comentar como final una anécdota que refleja el respeto del pueblo romano actual a «su» emperador.

El hecho fue que en el año 1981, la estatua de Marco Aurelio que está en lo alto de una de las colinas de Roma, en la colina Capitolina, fue trasladada para su restauración. Esta estatua era de bronce, bronce dorado, y data de la época de Marco Aurelio. Él subió al trono en el 161 d. C. y se cree que la estatua data del 170 d. C., siendo ya emperador. Esa escultura se puso en el centro de la plaza con un pedestal hermosísimo de mármol diseñado por Miguel Ángel; también la plaza del Capitolio fue diseño de Miguel Ángel. Tocar la estatua del emperador traía suerte.

Incluso decían que si en algún momento esa estatua desaparecía, Roma desaparecía y con Roma el resto del mundo.

Entonces, en el año 1981, el Gobierno decidió llevarla a unos talleres de restauración para repararla. Y la desmontaron. Está hecha de dos piezas, el caballo y el emperador. Y se la llevaron a los talleres. Allí pasó varios años en unos trabajos que no se acababan nunca. Hasta que se dieron prisa. Eran los mundiales de fútbol, que se iban a celebrar en Roma en el año 1990. Y claro, se quería que la estatua estuviese terminada para que los millones de turistas que iban a ir pudiesen contemplarla. Lo que no se hizo en varios años, corriendo en los últimos meses se pudo terminar.

Y, por cierto, la estatua se salvó en el s. IV de ser fundida porque se pensó que era del emperador Constantino. Y en ese siglo fue cuando se organizó toda la revuelta de los cristianos que tomaron el poder religioso y desplazaron, destruyeron todo lo relativo a los cultos paganos, todas las estatuas que representaban algo del pasado pagano; pero esta no, porque en la confusión que reinaba se creyó que era de Constantino, el primer emperador cristiano. Gracias a eso se conserva.

Cuando la restauración estuvo terminada, las dos piezas las sacaron de los talleres en dos grandes camiones descubiertos. El primero llevaba la figura del emperador Marco Aurelio, de pie y con el brazo levantado saludando al estilo romano, custodiados por unos coches de policía y algunos motoristas, y la gente comenzó a congregarse para ver a su emperador. Iba en esa actitud tan romana del saludo que por donde pasaba la gente saludaba también a su emperador, pese a estar prohibidísimo el saludo mal llamado fascista, desde la caída de Mussolini. A la gente no le importó, pasaba su emperador y ellos le saludaban la manera romana. Pero la cuestión es que se congregó tanta gente, romanos y turistas que los camiones apenas podían avanzar. La noticia salió en los medios de difusión y un periodista contaba que, en el caos circulatorio, preguntó al conductor del autobús que estaba allí, pitando, si estaba enfadado por esa situación y el conductor contestó que no, que cómo iba a estar enfadado, «era su emperador». Y estaban pitando en honor al emperador que pasaba por las avenidas camino de su ubicación histórica.

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