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Julio 2017

Prólogo para una guerra, de Iván Repila

Escrito por  Begoña Curiel
Prólogo para una guerra, de Iván Repila Prólogo para una guerra, de Iván Repila

La inquietud me invade al sentarme para elaborar la reseña de un libro que resulta tan complejo como interesante, que parece decir «lo tomas o lo dejas». Olvídense de relajarse si abren las páginas de Prólogo para una guerra ; es una tremebunda alegoría de la realidad donde el autor no pretende contar una historia concreta con principio, nudo y desenlace. La trama importa bien poco en esta parábola inundada de metáforas. Es tan arriesgada que puede triunfar o decepcionar en función de la mente del lector que tenga en sus manos esta propuesta.

Repila nos ofrece dos personajes antagónicos en sus maneras de enfrentar el mundo, aunque igual de sufrientes ante una realidad que les hunde y deprime. Sin duda, esa sensación ha sabido trasladarla de una manera magistral.

El arquitecto Emil Zarco convierte el proyecto urbanístico que tiene en sus manos en una auténtica obsesión. En él vuelca personalidad, angustias y placeres donde el espacio físico es lo que menos importa. Lo relevante es la marca que deja la construcción en los seres que la habitan, transitan por ella, la abandonan y luchan en su interior. En el polo opuesto está el otro protagonista: el Mudo. Calló un día por decisión propia ante una tragedia personal. Se cruzó de brazos ante la vida en compañía de un perro, su único cómplice fiel, quien le acompaña en sus paseos diarios, en los que tan solo vive o mejor dicho, sobrevive. Oona les une, aunque no lo sepan. Ella es la mujer del arquitecto, pero tiene alma y pensamientos propios. Aunque no comprende el debate interno de su compañero, tampoco es que la mujer sea fácil de entender. De hecho, es casi un ser inalcanzable para ambos. Va y viene como un espíritu con forma humana…

Todo y todos los que participan de este prólogo bélico simbolizan –cada uno en su proporción– las incertidumbres, amargura, incoherencias y desatinos que definen a la sociedad civil con la que nos ha tocado lidiar, donde la violencia no solo es física y se representa con sangre (aunque también la hay), sino que pulula alrededor, junto, por encima y debajo, a los lados de quienes participan de esta cosa llamada sociedad. Emil y el Mudo se enfrentan a sus crisis personales como quieren y pueden mientras otros seres y colectivos se mueven con ellos, dentro de este abanico metafórico y desquiciante que propone Repila.

Comprenderán ahora por qué es tan complicado un resumen, una sinopsis, una definición de este libro. El lector tiene mucho trabajo por delante. Puede saborear cada frase y fábula implícita en muchas de ellas o puede rendirse –como quienes están en este mundo lleno de destrucción– si considera que la lectura es insoportable. Pero no porque carezca de calidad –para nada, todo lo contrario– sino por la angustia y desconcierto que transmite, por el barroquismo de algunas expresiones y mensajes, donde es fácil perderte porque no comprendes de qué o quiénes está hablando o donde puedes enamorarte de sus insinuaciones, en las que, sin embargo, se dice todo de manera aplastante. Nunca había leído a Iván Repila. Me llamó la atención su sinopsis, aunque en realidad no se decía demasiado y ahora sé por qué. Sus 286 páginas son una inquietante aventura si te acercas a ella con los sentidos al cien por cien (por favor, si puede ser, mejor doscientos), si estás dispuesto a sumergirte y abandonarte a esta áspera historia.

Enorme el mérito, el atrevimiento de Repila dentro de un mercado literario en el que sobre todo se pide entretenimiento y, a ser posible, aprender algo. Aquí lo encontraréis pero solo si queréis verlo, si os engancha el estilo retorcido de Iván Repila. Lo he dicho antes, muy meritorio, pero también creo que se excede en la cadena de metáforas, matices separados y, por cierto, unidos entre innumerables comas, que en ocasiones se convierten en una espiral por la que te pierdes. Tanto, que a veces debes volver al punto de partida del párrafo para saber dónde comenzó todo, cómo llegó hasta allí. Por eso, además de una mente abierta, el lector debe mantenerse bien despierto para no perderse nada. Ya sabíamos que el mundo no era ideal, ni mucho menos. Pero me niego a dar el sí categórico a la visión que tiene del mismo. Cierto es que no hay páginas suficientes para enumerar los despropósitos cometidos por el hombre (una y otra vez hasta el infinito), pero –puede que sea ingenuidad– frente al desatino de los espacios, tiempos y personas, me agarro a la esperanza como a un clavo ardiendo, para intentar ver lo menos malo entre lo malo. Porque hay gafas de mirar lo positivo, sin echar mano de la candidez, por supuesto, lo bueno, pese a todas las capas de tierra que nos echen y nos echemos, nos dejen ciegos. Opto por esa manera de mirar para no caer en la desesperación que a diario nos reporta el mundo y sus inquilinos.

Iván Repila consigue con éxito que el lector se remueva en el asiento, que reflexione. Aunque por desgracia este hecho no implique una reacción (estamos hartos de verlo a diario), sigue siendo necesario que a esta sociedad le recuerden su apatía y su porcentaje de responsabilidad. Los granos hacen arena, por mucho que no queramos sentirnos culpables. Las posturas cómodas y el victimismo no valen en los prolegómenos de la guerra que en cualquier momento puede comenzar.

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