Noviembre 2017

Yehudi Menuhim: cómo mejorar el mundo tocando el violín

Escrito por  Maria Angustias Carrillo de Albornoz
Yehudi Menuhim Yehudi Menuhim

Yehudi Menuhim fue un niño prodigio que tocaba el violín, y desde su más tierna infancia concibió la música como una forma de crear lazos entre pueblos y personas diferentes. Entregado a la pedagogía, a la formación de jóvenes músicos y a la defensa de causas humanitarias, utilizó siempre la música para fomentar los valores humanos. Fue el primer artista judío que hizo un gesto de reconciliación tras la Segunda Guerra Mundial. Siempre estuvo muy ligado a la Filarmónica de Berlín.

« El sueño de mi infancia, por no decir mi sueño infantil, era que la paz podría llegar a ser realidad en la Tierra si un día yo consiguiera tocar suficientemente bien la Chacona de Bach en la Capilla Sixtina. (…) Lo que animaba mi ambición de niño de tres años no era tocar para mí, sino más bien lo que los demás deseaban escuchar y, así, forjar lazos de unión entre los seres humanos » (Yehudi Menuhin).

Yehudi Menuhin nació en Nueva York el 22 de abril de 1916, bajo el signo de Tauro, emblema de fortaleza, honestidad y sentido práctico para conquistar el mundo. Él mismo decía, poco antes de morir, que había nacido viejo y que ahora, con más de ochenta años, empezaba a sentirse niño. « Tuve la suerte de nacer en una familia que me enseñó tres cosas fundamentales: que todos y cada uno podemos aportar algo único al progreso del planeta; que el respeto y el deseo de comprender son fundamentos básicos de nuestras relaciones con los demás; y que el arte es una antena preciosa para captar el futuro y no debe ser coto exclusivo de algunos privilegiados » .

Nacido americano, de padres judíos ruso-tártaros, criado en California y París, lord británico y ciudadano suizo, Yehudi Menuhin era un europeo de adopción, lo que no impedía que apreciara con enorme atención y ternura todas las demás culturas, desde la hindú a la boliviana pasando por las africanas, como puso de manifiesto en numerosas actuaciones.

El sueño del maestro Yehudi Menuhin 1Comenzó a estudiar el violín a los cuatro años y a los siete, actuó para el público interpretando el violín solista en la Sinfonía española de Édouard Lalo. Su presentación oficial en Nueva York con diez años fue un fulgurante éxito que le sirvió para dar el salto a Europa en 1927, y desde entonces, no paró de actuar y dar conciertos en todo el mundo con los mejores conjuntos, primero como violinista y luego también como director de orquesta.

Lord Menuhin fue un maestro total, no solo en su dimensión musical –ha sido sin duda el mejor violinista del siglo XX–, sino como un ser humano muy especial. Entregado a la pedagogía, a la formación de jóvenes músicos y a la defensa de causas humanitarias, utilizó siempre la música como herramienta para mejorar el mundo y fomentar los valores humanos, sobre todo la tolerancia y la generosidad.

En Granada, en los Festivales de Música y Danza de 1956, nos dio una excepcional lección como intérprete que recordaremos siempre los que tuvimos la suerte de escucharle en el Palacio de Carlos V.

Dirigía Ataúlfo Argenta a la Orquesta Nacional, en una noche mágica bajo el cielo estrellado de junio, y Menuhin no se encontraba bien de salud. Las arcadas largas sobre las cuerdas de su Stradivarius ponían en peligro la fijeza sonora, amenazada por un cierto temblor en sus manos debido a la fiebre que padecía. Dueño de todos los recursos, hizo una maravillosa versión del Concierto de Brahms utilizando tan solo la mitad del arco. Sin embargo, en su semblante, por encima de todo problema y ante el asombro de la rendida audiencia, asomaba aquella sonrisa bondadosa que iluminaba siempre su rostro con angelical placidez, como si lo que hacía fuera lo más natural del mundo.

Es muy conocida la anécdota que protagonizó con Albert Einstein poco antes de cumplir los trece años y tras un brillante concierto en Berlín. El científico –al que también le encantaba tocar el violín en sus divinos ocios– fue a visitarle en su camerino, y allí, dándole un largo abrazo, exclamó: « Ahora ya sé con seguridad que existe un Dios en el cielo » . Este fue de alguna manera el inicio de una rutilante carrera internacional, que le permitió tocar con las mejores orquestas y bajo la dirección de todos los grandes directores de su época en todo el mundo. Fue también la coronación de un empeño precoz que gradualmente fue desarrollándose hasta alcanzar el pináculo de la fama.
 
El sueño del maestro Yehudi Menuhin 2Albert Einstein tocando el violín

El crítico británico Chris Moncrieff decía de él: «Menuhin era un fenómeno, un prodigio cuya virtud floreció hasta la genialidad, sin paralelo a lo largo de toda su vida».

El músico era ostensiblemente más tolerante con el jazz e incluso con el flamenco, la música zíngara o la hindú que con el rock, que decía no entender aunque, curiosamente, su carrera comenzó con un infantil gesto violento como los que suelen hacer ciertas estrellas del rock metálico: cuando sus padres le regalaron el primer violín, lo despedazó arrojándolo contra la pared porque « no cantaba », algo inusual en una persona de carácter tan apacible.

Aliando su técnica prodigiosa con otros géneros musicales, trabajó un amplio repertorio clásico junto a la música de vanguardia, haciendo improvisaciones de jazz con Stéphane Grappelli sobre temas de Bach, Ravel y Beethoven. Igualmente trabajó con su amigo Ravi Shankar, fascinado por la música oriental y las costumbres hindúes: « En la India, todo encierra en sí algo religioso, ya se baile, se toque música o se ame. Todo en la vida está consagrado al buen Dios y todo se hace allí con alegría » .

Yehudi Menuhin con Ravi Shankar y Alla Rakha
A lo largo de su carrera, siempre estuvo íntimamente ligado a la Orquesta Filarmónica de Berlín, donde debutó como director en 1929 y adonde regresó casi inmediatamente después de la capitulación de Alemania en 1945. Durante la guerra, ofreció más de 500 conciertos a los soldados de las tropas aliadas y a la Cruz Roja Internacional y, tras la derrota alemana, actuó para los supervivientes del campo de concentración de Bergen-Belsen: « En ese día, me sentí reconfortado por el hecho de que la Naturaleza había prevalecido, pues las plantas y los árboles habían cubierto de vegetación la tierra sobre las fosas comunes. No es que quisiera olvidar, pero creo que el sufrimiento no debe ser lo único que se apodere de un espacio, hay que darle siempre un lugar a la belleza » .
Casado en primeras nupcias con Nola Ruby Nicholas, con la que tuvo dos hijos, Menuhin vivió su madurez hasta el final de sus días con su segunda esposa, la bailarina Diana Rosamond –que le hizo padre de otros dos hijos–, en una casona del elegante barrio londinense de Belgravia, alternándola con su residencia en Gstaad cuando no estaba de gira.
En 1992 creó la Fundación Internacional Yehudi Menuhin: « Reconciliar al mundo es demasiado ambicioso, pero al menos se puede formar a los niños para ser respetuosos hacia las diferencias, que son lo único que nos permite aprender: si todos fuéramos iguales, no podríamos ofrecernos nada unos a otros. Por eso no debemos temernos, tener miedo nos vuelve enemigos. Nos ha de empujar la necesidad de realizar nuestros sueños, lo que constituye el sentido de nuestra vida » .

El sueño del maestro Yehudi Menuhin 4

Actualmente su programa se lleva a cabo en escuelas públicas de doce países. En 2003, la Fundación Yehudi Menuhin de España fue galardonada con la Gran Cruz de la Orden Civil de la Solidaridad Social, impuesta por S.M. la Reina Sofía.

La música para Menuhin era, como vemos, una excusa para la bondad, una invitación a la convivencia y a la solidaridad, y hasta una terapia para cualquier enfermedad: « Creo que fue Picasso quien dijo que el verdadero arte debería curar el dolor de muelas. Tomé conciencia de esto cuando después de interpretar el adagio del Concierto para violín en mi mayor de Bach para mi madre enferma, la vi sonreír aliviada » .

Lord Menuhin murió en Berlín el 12 de marzo de 1999. La noticia causó una consternación internacional. «No lo puedo creer», «Es una pérdida inconmensurable»… Similares expresiones de duelo partieron de todo el mundo, que lloraba desconsolado al maestro.

Yehudi Menuhin fue un hombre sencillo, carismático y convencido de que podía contribuir a mejorar la sociedad. Recibió numerosos galardones y premios en todo el mundo, entre otros el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia conjuntamente con Mstislav Rostropóvich. « El arte refleja el refinamiento de una sociedad » , declaró entonces . «La música tiene eso. Te enseña a escuchar y hace que se te escuche » . Quienes le conocían destacaron siempre su disponibilidad para hablar con los jóvenes y su elegancia y moderación con los críticos. Fue para todos un maestro cuya virtud estaba prácticamente al alcance de cualquiera que solicitara su ayuda.

El Ministro de Cultura alemán Peter Radunski señaló, al conocer la noticia de su muerte, que el mundo había perdido a un gran músico y a una persona maravillosa, y el intendente de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Elmer Weingartnen, aseguró que Alemania tenía «una deuda infinita con Menuhin», ya que fue el primer artista judío que hizo un gesto de reconciliación tras la Segunda Guerra Mundial.

Quiero terminar citando de nuevo unas palabras de su autobiografía Viaje Inacabado ( Unfinished Journey ):
 
« El otro día me impresionó el interés y la respuesta de los alumnos de mi escuela de Surrey cuando, en nuestro diario encuentro matutino en el que a veces me gusta hablar, pronuncié algunas palabras sobre religión. Nunca sospeché que estas pudieran tocar una cuerda particular en los niños. El encuentro es deliberadamente aconfesional, dadas las diferentes creencias y orígenes de los alumnos, y aquellos que lo desean tienen libertad para asistir a un rito de su elección una vez por semana, pero cada mañana nos concentramos antes de empezar a trabajar en los tres elementos que considero básicos en una plegaria: un canto, un texto que provoque la reflexión y un momento de silencio.

Esa mañana les hablé brevemente sobre los orígenes de la fe y la misteriosa secuencia del nacimiento y la muerte, suscitando cuestiones cuyas respuestas la humanidad ha tratado siempre de resolver a través de rituales y símbolos. Expliqué cuán abrumadora y universal es nuestra necesidad de creer en alguna continuidad y sentido de la vida, y cuán importante puede ser esta creencia para consolarnos sobre todo después de la muerte de un ser querido.

La intensidad de la respuesta de los estudiantes a lo que les dije, me reveló la sorprendente profundidad de la vida interior de los niños » .

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